ahí va un trocito de vida gris
vestida con falda larga y tupida
pelo encrespado
bolso a juego con la mirada apagada
horario partido, martes y jueves de inglés básico
cena ligera y tres relaciones rotas.
un número ínfimo de ceros y comas
memorizado por máquinas que escupen datos inútiles
recordatorios, vencimientos
fechas límite
códigos que dictaron expertos en formularios y humo
acatados sin preguntas
mansamente
porque así se ha hecho siempre
y es contraproducente cambiar.
camina rápido, como si fuera a alguna parte
como si quisiera llegar antes
para luego
detenerse en la luz roja
y mirar a ambos lados antes de cruzar una calle cerrada al tráfico
la cabeza gacha, las manos frías en los bolsillos
el rumor acallado de todo lo que tenía que ser.
escucha conversaciones ajenas en un vagón saturado
de planes para un fin de semana con bajada de las temperaturas
periódicos mal doblados que pronostican más alarma que alivio.
observa a mujeres que probaron una nueva dieta
y siguen con el mismo amante que la prefería oronda y ancha
hombres que compraron un coche más veloz
para un viaje de siete minutos, dos rotondas y una carrera perdida
hijos que aprenden a fumar
y disimulan la tos,
la arcada
el olor a humo al llegar al adosado de cuatro habitaciones
jardín trasero, vecinos que hablan a gritos
y maravillosas vistas
a un muro de ladrillo enmohecido donde alguien, en una noche
de odio y pérdida,
pintarrajeó:
“hija de puta”.
a todos los escucha de refilón,
entre parada, destino y fin de trayecto de una línea
más viva
que la de sus propias manos
y sigue andando deprisa,
con pasos tan cortos
que parece que en vez de avanzar,
retrocede
disminuye
encoje.
ahí va el capricho ya crecido de unos padres ancianos
temblorosos y ausentes
el deseado proyecto, a medio camino,
entre lo común y lo mediocre
un sí, pero definitivamente no,
un pedacito de ilusión velada
que mal sonríe cuando inventa motivos y disimula
a todas horas,
hasta en los sueños
sueños que descartó por más pereza que miedo, más miedo que empeño
más juicios que impulsos.
y ahora camina, cómodamente, muda, ciega y amputada,
hacia no sabe dónde.
un trazo perfecto, recto y predecible
tan fiable y útil como el mapa de una ciudad lejana
la progresión decadente
la incitación a la nada.
ahí va.
30 octubre 2013
27 octubre 2013
Eulalia se colgó el bolso y salió del bar para que nadie pudiera ver que estaba a punto de echarse a llorar. No quería que las lágrimas sofocaran su furia. Se mordió los labios y echó a andar, casi a correr por el Paseo del Prado. Alguien se acercó a Jorge para proponerle tomar una copa en otro sitio. Tendría que haber dicho que no y salir corriendo a buscarla pero se dejó llevar por lo más fácil. Sabía cómo transcurriría la noche aunque aún no la había vivido, como si estuviera ya escrita y sólo hubiera que seguir los renglones con el dedo índice: irían a tomar una cañas ya picar algo a la Taberna de la Dolores, subirían luego la calle Huertas hacia la plaza de Santa Ana y entrarían en el Café Central. Allí se tomarían uno, dos, varios gin tonics. Y si hubiera algún grupo tocando jazz, el alcohol le ayudaría a cerrar los ojos, a creer que la música entraba dentro de uno subliminando cualquier dolor sentimental. Se imaginaría a sí mismo escribiendo una novela, se imaginaría la historia misma, la música de las frases, que se parecería a la música que estaría escuchando. Empezaré mañana mismo, se diría, o esa misma noche. En algún momento había que poner en marcha ese mecanismo adormecido de la ambición. El alcohol y la música harían su trabajo, como siempre, dispararían los mejores deseos, los que le llevan a uno a pensar que puede hacer cosas grandes, que de pronto tiene la voluntad que le faltaba, y que esa voluntad no va a fallar al día siguiente. Pero luego, el nivel de los grandes propósitos iría bajando, en cuanto salieran a la intemperie, fuera del encanto de la música. Los sentidos irían apreciando poco a poco, según los mejores efectos del alcohol se transformaran en los más desagradables, la vida tal y como es, ajena al amparo de las luces matizadas y de las baladas melancólicas. Se metería en un taxi. Subiría en el ascensor evitando mirarse al espejo. Y, al fin, se derrumbaría en la cama. Pero lo más terrible llegaría unas horas después, cuando la luz cruel de la mañana entrara en el cuarto, en el que desde hacía un año se había caído la cortina y no había sido capaz ni de colocar la barra. Sabía perfectamente cuál sería entonces su primer pensamiento: crees que estás en el centro del mundo y no estás en el centro de nada.
Algo más inesperado que la muerte, E. Lindo
Algo más inesperado que la muerte, E. Lindo
22 octubre 2013
caso clínico: vida sana
antes que nada aclarar que no seré yo quien desmonte todas esas teorías sobre lo beneficioso que es llevar una vida sana. estoy convencida de que si se han dedicado tantos años, y tantos estudios, a este asunto y todos los expertos coinciden, entre otras cosas, en la importancia de los dos litros de agua, por algo será. lo que pasa es que yo ya no sé si tantos sacrificios, constancia, autocontrol y autoflagelación, merecen la pena. porque sí, vale, vivir más años, sano, está muy bien pero si el camino para conseguirlo está lleno de piedras y de productos light, pues ya no sé qué decirles.
comer sano, la sin-sal de la vida:
el primer día que escuché la frase “la naturaleza es sabia” no pude evitar pensar, en primer lugar, en un parto natural de doce horas. inmediatamente después, quise borrar esta imagen y mi cerebro buscó algo más bucólico que corroborase la frase y me vino a la cabeza un plato de acelgas hervidas. y bueno, allí ya desistí y me dije “sabia, ¿de qué?”. que sí, que nada mejor que una manzana para saciar el hambre entre horas y que lo que no consiga una taza de té verde al día para el hígado tampoco lo conseguirá un traguito de vodka, pero de verdad: ¿hay algún héroe en la sala que dos minutos después de haberse comido una manzana no sienta la imperiosa necesidad de saquear la nevera para paliar en serio, definitivamente, de verdad, el hambre voraz? aunque bueno, en realidad la culpa es de los humanos, que nos pasamos el día inventando productos que más bien parecerían creados por el mismísimo diablo: que si patatas fritas, que si donuts, que si mazapanes, que si bebidas con gas que contienen tantísimo azúcar que no me atrevo ni a decirlo (seis cucharaditas bien ricas para ser exactos). y luego, con toda esta variedad de tentaciones y colesterol bien expuestas en las estanterías de los supermercados, los expertos pretenden que elijamos la opción sana (y cara) porque claro, somos animales racionales. y obesos.
¿qué cura más, el tiempo o dos litros de agua?
sin duda alguna, el agua. cualquier estudio médico que llegue a sus manos, cualquier foro que consulte, cualquier vecina, madre, conocido que entienda o no del tema, estará de acuerdo en que beber agua es la solución a todos los problemas: dolor de riñones: agua. retención de líquidos: agua. infección de orina: agua. ruptura sentimental: agua. bloqueo creativo: agua. de verdad, todo se quita con agua.
sin ir más lejos, yo misma he comenzado con esto de los dos litros diarios y debo asegurar que desde el minuto uno noté los cambios. para empezar tengo la tripa abultada y pesada a todas horas, lo cual es algo fenomenal porque en el metro me ceden siempre el asiento y todos me miran con tanta dulzura que me veo incapaz de desmontarles la ilusión y confesarles que es agua.
por otro lado, he mejorado mi propio record a la hora de precipitarme hacia el baño y desabrocharme los pantalones. algo que hago ya casi telepáticamente. ahora mismo, para que no decrezca mi productividad en el trabajo y en casa viva un poco más sosegada, estoy considerando mudarme al baño. sería cuestión de coger lo imprescindible (portátil, teléfono, libros, un poco de comida, un colchón inflable, una cafetera y un jarroncito con flores para darle un toque más de hogar) y adaptarse al nuevo espacio. teniendo en cuenta que podría realquilar mi antigua habitación, ahora libre, y sacarme un dinerillo extra mientras mi vejiga y mi salud soporta estoicamente otro vasito de agua bien rico.
sin embargo, al no haber llegado todavía a esta alternativa, lo que sí he desarrollado es un maravilloso sexto sentido para localizar en cuestión de segundos el baño de cualquier cine, restaurante, bar, museo, centro comercial, gimnasio o lo que sea de dónde me halle. y bueno, tal vez esto no me haga mejor persona, ni se considere suficientemente importante como para poner en un c.v, pero sí que agudiza el sentido de supervivencia y nunca se sabe para cuándo una tercera guerra mundial.
mens sana y el resto que sea lo que dios quiera:
una vez asimilada la dieta y el agua, el tercer paso es el archiconocido deporte. los hay realmente valientes, y con una fuerza de voluntad fuera de lo común, que optan por ir a correr o a andar o lo que sea, por su propio pie, sin necesidad de haber pagado previamente por una clase. olvidémonos de esta especie en vías de extinción. los demás, los mortales, un poco más débiles, optamos por ir a un gimnasio, donde el mero hecho de tener que pagar una cuota, nos arrastra del sofá a las máquinas de pesas con una inverosímil (y poco sana) motivación. y es que en realidad éstas son las razones por las que uno se apunta a un gimnasio, no busquen más:
1. como acción meramente filantrópica: pisaron un solo día el gimnasio y luego decidieron seguir pagando las mensualidades como si eso contabilizara como ejercicio. buen intento, pero no.
2. ligar: qué les voy a contar que no sepan ustedes ya.
3. falta de voluntad: o las consecuencias de tener que recurrir algo malo (pagar) para hacer algo peor (ejercicio).
la cosa es que cuando uno se ha acostumbrado al gentío, a las colas en las duchas, al sudor ajeno, al “¿quieres que te ayude con esta pesa, nena?”, y sobre todo, al dolor en forma de agujetas, moratones, esguinces y fracturas, hacer deporte no está tan mal y se sale del gimnasio con el nivel de endorfinas tan por las nubes que se diría que incluso ha valido la pena el esfuerzo. una lástima que las dos cañitas y el par de tapas de después se rían muy fuerte de este esfuerzo.
malos hábitos:
es que claro, todos tenemos un pasado y aunque hayamos decidido pasar página, siempre nos quedará ese paquete de cigarrillos escondido en el segundo cajón a la derecha, justo debajo de la cajita de madera donde guardamos la marihuana, por si acaso. no se lo pongan aún más difícil a ustedes mismos. ya bastante tenemos con lidiar con los estantes del supermercado como para, además, tener al enemigo en los lugares más recónditos (que tampoco son tan recónditos porque los recordamos perfectamente) de casa.
de ser de los que empezaron con todo eso de vida sana y “olvidaron” el paquete o la cajita, hay dos soluciones:
1. cerrar los ojos, abrir el cajón, extraer la tentación a la que sucumbiremos tarde o temprano manteniendo los ojos bien cerrados, dirigirse a la cocina, tropezar con una silla, soltar un taco, abrir la basura, tirar tentación, sollozar un poco y recomponerse.
2. abrir el cajón con los ojos abiertos, hacer un cálculo rápido con el número de cigarrillos y los gramos de hierba que quedan, bajar a por papel (siempre falta papel), liarse los porros correspondientes, fumarlos uno detrás de otro, esperar a bajarse de la nube, atracar la nevera y la del vecino, decidir que se empieza, de nuevo, definitivamente, en serio, esta vez sí, el lunes.
y por último, la clave de todo:
esto es un poco como el pez que se muerde la cola o el qué fue primero, la el huevo o la gallina. me explico: es complicado mantener tanta constancia, entereza y paz espiritual si nuestra vida está regida por el estrés y las carreras a contrarreloj. si además del poco tiempo libre que disponemos, tenemos que dedicarlo a contar calorías, mear y sudar grasas, pues es lógico que nos pasemos al bando contario.
organización, simplificación y priorización, querido lector, ni más ni menos, ahí está la clave. a mí, por ejemplo, lo que me vino muy bien para aprender a simplificar fue comprarme un sofá, tres plazas, bien mullido y dos cojines floreados. un poco después, cuando comenzó a refrescar, adquirí una manta de lana y desde entonces soy la reina de las priorizaciones. es sólo una idea por si les puede funcionar a ustedes, claro. hay muchas otras alternativas, como tirar el teléfono, fingir enfermedades altamente contagiosas, hacerse el muerto en casos puntuales y la más arriesgada de todas: hablar con su jefe, exponerle sus teorías sobre la vida sana y esperar una buena reacción que podría ser a/ subida de sueldo por sus buenas intenciones (y ya con más dinerito, la falta de tiempo pasa a segundo plano y el estrés se sobrelleva mejor) o b/despido y por lo tanto pasa usted a tener todo el tiempo del mundo para concentrarse en exclusiva en la práctica de los buenos hábitos.
de verdad que no era mi intención amargarles el día. sé que tal y como están las cosas en el mundo ya sólo nos faltaba estar pendientes de nuestro cuerpo, de cuidarlo y mimarlo como si sólo tuviéramos uno o algo así, pero es que hace ya un tiempo que nos leemos y les he cogido aprecio y no querría que nada malo les ocurriera. así que ahora, en disposición de toda la información que han leído, miren ese pastelito de crema que compraron por error creyendo que eran madalenas integrales. mírenlo bien, obsérvenlo detenidamente y fíjense en la cantidad de colorantes, edulcorantes, grasas saturadas, aditivos y e-330 que aporta. piénsenlo bien y pregúntense con sinceridad: ¿me lo como ahora o después de la docena de croquetas?
comer sano, la sin-sal de la vida:
el primer día que escuché la frase “la naturaleza es sabia” no pude evitar pensar, en primer lugar, en un parto natural de doce horas. inmediatamente después, quise borrar esta imagen y mi cerebro buscó algo más bucólico que corroborase la frase y me vino a la cabeza un plato de acelgas hervidas. y bueno, allí ya desistí y me dije “sabia, ¿de qué?”. que sí, que nada mejor que una manzana para saciar el hambre entre horas y que lo que no consiga una taza de té verde al día para el hígado tampoco lo conseguirá un traguito de vodka, pero de verdad: ¿hay algún héroe en la sala que dos minutos después de haberse comido una manzana no sienta la imperiosa necesidad de saquear la nevera para paliar en serio, definitivamente, de verdad, el hambre voraz? aunque bueno, en realidad la culpa es de los humanos, que nos pasamos el día inventando productos que más bien parecerían creados por el mismísimo diablo: que si patatas fritas, que si donuts, que si mazapanes, que si bebidas con gas que contienen tantísimo azúcar que no me atrevo ni a decirlo (seis cucharaditas bien ricas para ser exactos). y luego, con toda esta variedad de tentaciones y colesterol bien expuestas en las estanterías de los supermercados, los expertos pretenden que elijamos la opción sana (y cara) porque claro, somos animales racionales. y obesos.
¿qué cura más, el tiempo o dos litros de agua?
sin duda alguna, el agua. cualquier estudio médico que llegue a sus manos, cualquier foro que consulte, cualquier vecina, madre, conocido que entienda o no del tema, estará de acuerdo en que beber agua es la solución a todos los problemas: dolor de riñones: agua. retención de líquidos: agua. infección de orina: agua. ruptura sentimental: agua. bloqueo creativo: agua. de verdad, todo se quita con agua.
sin ir más lejos, yo misma he comenzado con esto de los dos litros diarios y debo asegurar que desde el minuto uno noté los cambios. para empezar tengo la tripa abultada y pesada a todas horas, lo cual es algo fenomenal porque en el metro me ceden siempre el asiento y todos me miran con tanta dulzura que me veo incapaz de desmontarles la ilusión y confesarles que es agua.
por otro lado, he mejorado mi propio record a la hora de precipitarme hacia el baño y desabrocharme los pantalones. algo que hago ya casi telepáticamente. ahora mismo, para que no decrezca mi productividad en el trabajo y en casa viva un poco más sosegada, estoy considerando mudarme al baño. sería cuestión de coger lo imprescindible (portátil, teléfono, libros, un poco de comida, un colchón inflable, una cafetera y un jarroncito con flores para darle un toque más de hogar) y adaptarse al nuevo espacio. teniendo en cuenta que podría realquilar mi antigua habitación, ahora libre, y sacarme un dinerillo extra mientras mi vejiga y mi salud soporta estoicamente otro vasito de agua bien rico.
sin embargo, al no haber llegado todavía a esta alternativa, lo que sí he desarrollado es un maravilloso sexto sentido para localizar en cuestión de segundos el baño de cualquier cine, restaurante, bar, museo, centro comercial, gimnasio o lo que sea de dónde me halle. y bueno, tal vez esto no me haga mejor persona, ni se considere suficientemente importante como para poner en un c.v, pero sí que agudiza el sentido de supervivencia y nunca se sabe para cuándo una tercera guerra mundial.
mens sana y el resto que sea lo que dios quiera:
una vez asimilada la dieta y el agua, el tercer paso es el archiconocido deporte. los hay realmente valientes, y con una fuerza de voluntad fuera de lo común, que optan por ir a correr o a andar o lo que sea, por su propio pie, sin necesidad de haber pagado previamente por una clase. olvidémonos de esta especie en vías de extinción. los demás, los mortales, un poco más débiles, optamos por ir a un gimnasio, donde el mero hecho de tener que pagar una cuota, nos arrastra del sofá a las máquinas de pesas con una inverosímil (y poco sana) motivación. y es que en realidad éstas son las razones por las que uno se apunta a un gimnasio, no busquen más:
1. como acción meramente filantrópica: pisaron un solo día el gimnasio y luego decidieron seguir pagando las mensualidades como si eso contabilizara como ejercicio. buen intento, pero no.
2. ligar: qué les voy a contar que no sepan ustedes ya.
3. falta de voluntad: o las consecuencias de tener que recurrir algo malo (pagar) para hacer algo peor (ejercicio).
la cosa es que cuando uno se ha acostumbrado al gentío, a las colas en las duchas, al sudor ajeno, al “¿quieres que te ayude con esta pesa, nena?”, y sobre todo, al dolor en forma de agujetas, moratones, esguinces y fracturas, hacer deporte no está tan mal y se sale del gimnasio con el nivel de endorfinas tan por las nubes que se diría que incluso ha valido la pena el esfuerzo. una lástima que las dos cañitas y el par de tapas de después se rían muy fuerte de este esfuerzo.
malos hábitos:
es que claro, todos tenemos un pasado y aunque hayamos decidido pasar página, siempre nos quedará ese paquete de cigarrillos escondido en el segundo cajón a la derecha, justo debajo de la cajita de madera donde guardamos la marihuana, por si acaso. no se lo pongan aún más difícil a ustedes mismos. ya bastante tenemos con lidiar con los estantes del supermercado como para, además, tener al enemigo en los lugares más recónditos (que tampoco son tan recónditos porque los recordamos perfectamente) de casa.
de ser de los que empezaron con todo eso de vida sana y “olvidaron” el paquete o la cajita, hay dos soluciones:
1. cerrar los ojos, abrir el cajón, extraer la tentación a la que sucumbiremos tarde o temprano manteniendo los ojos bien cerrados, dirigirse a la cocina, tropezar con una silla, soltar un taco, abrir la basura, tirar tentación, sollozar un poco y recomponerse.
2. abrir el cajón con los ojos abiertos, hacer un cálculo rápido con el número de cigarrillos y los gramos de hierba que quedan, bajar a por papel (siempre falta papel), liarse los porros correspondientes, fumarlos uno detrás de otro, esperar a bajarse de la nube, atracar la nevera y la del vecino, decidir que se empieza, de nuevo, definitivamente, en serio, esta vez sí, el lunes.
y por último, la clave de todo:
esto es un poco como el pez que se muerde la cola o el qué fue primero, la el huevo o la gallina. me explico: es complicado mantener tanta constancia, entereza y paz espiritual si nuestra vida está regida por el estrés y las carreras a contrarreloj. si además del poco tiempo libre que disponemos, tenemos que dedicarlo a contar calorías, mear y sudar grasas, pues es lógico que nos pasemos al bando contario.
organización, simplificación y priorización, querido lector, ni más ni menos, ahí está la clave. a mí, por ejemplo, lo que me vino muy bien para aprender a simplificar fue comprarme un sofá, tres plazas, bien mullido y dos cojines floreados. un poco después, cuando comenzó a refrescar, adquirí una manta de lana y desde entonces soy la reina de las priorizaciones. es sólo una idea por si les puede funcionar a ustedes, claro. hay muchas otras alternativas, como tirar el teléfono, fingir enfermedades altamente contagiosas, hacerse el muerto en casos puntuales y la más arriesgada de todas: hablar con su jefe, exponerle sus teorías sobre la vida sana y esperar una buena reacción que podría ser a/ subida de sueldo por sus buenas intenciones (y ya con más dinerito, la falta de tiempo pasa a segundo plano y el estrés se sobrelleva mejor) o b/despido y por lo tanto pasa usted a tener todo el tiempo del mundo para concentrarse en exclusiva en la práctica de los buenos hábitos.
de verdad que no era mi intención amargarles el día. sé que tal y como están las cosas en el mundo ya sólo nos faltaba estar pendientes de nuestro cuerpo, de cuidarlo y mimarlo como si sólo tuviéramos uno o algo así, pero es que hace ya un tiempo que nos leemos y les he cogido aprecio y no querría que nada malo les ocurriera. así que ahora, en disposición de toda la información que han leído, miren ese pastelito de crema que compraron por error creyendo que eran madalenas integrales. mírenlo bien, obsérvenlo detenidamente y fíjense en la cantidad de colorantes, edulcorantes, grasas saturadas, aditivos y e-330 que aporta. piénsenlo bien y pregúntense con sinceridad: ¿me lo como ahora o después de la docena de croquetas?
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