es martes por la noche. las diez y diez. mi madre y yo esperamos que empiece el programa ése del hermano que busca a su padre después de quince años de no saber de él o de la hija que acaba de conocer a su madre biológica. es el que más nos gusta de todos y por eso, antes de que comience, preparamos las palomitas y sacamos un par de coca-colas con mucho hielo, tal y como nos gusta tomarla. mi madre se sienta en el sillón viejo, el que está ya roído por las esquinas, y yo me estiro en el sofá de dos plazas, los pies descolgados y desnudos. ella me advierte de que cogeré frío y me resfriaré. yo levanto la mano y la agito al aire, como diciendo que se calle, que está a punto de empezar el programa. ella suspira y coge una lata que sorbe ruidosamente.
-ssssssshhhh.
ella deja la lata en el reposabrazos y, con la mano encima de su boca, eructa.
la presentadora, una mujer joven que bien podría ser de mi misma edad, aunque esto es lo único que tengamos en común, espera el final de los aplausos, sonríe y da la bienvenida a los espectadores en el plató y en casa. a continuación explica muy brevemente las historias que nos tienen preparadas para esta noche. en todas ellas mi madre va soltando un “vaya por dios” o un “oh, no” o un “qué terrible”, como si fuera la primera vez que viera el programa y no estuviera ya habituada a tantas personas que buscan a tantas otras. siento un poco de frío en los pies, así que me acurruco por pereza a levantarme y coger unos calcetines. mi madre toma otro sorbo, esta vez en silencio, aunque vuelve a eructar.
la primera historia es la de arturo y rosalia, que entran cogidos de la mano, un tanto perdidos, sin recordar en qué lugar debían sentarse. la presentadora acude en su ayuda al ver que están a punto de salir de plano. miro de reojo a mi madre. algunas veces llora con los invitados. se emociona cuando las familias se perdonan y se abrazan. siempre dice que la familia es lo más importante y que debería llamar a mis primas para saber cómo están. no las llamo nunca porque me da igual cómo estén. arturo y rosalía buscan a un tercer hermano. yo no tengo hermanos. mi madre tiene dos, rita y amalia, a las que ve de tanto en tanto a pesar de ser vecinas.
las palomitas se han enfriado y algunas están totalmente carbonizadas. a medida que la historia de los tres hermanos avanza, el cuenco se va vaciando y mi madre se va poniendo más nerviosa. asegura que la historia no va a terminar bien. yo le digo que se calle porque cada vez que abre la boca para opinar me pierdo algún detalle. ella se calla, pero sólo un rato. efectivamente, tal y como ella pronosticaba, no termina bien: el tercero de los hermanos no ha querido saber nada de los otros dos, pero al menos, exclama mi madre, ahora podrán dormir tranquilos sabiendo que han hecho todo lo posible.
-antes de seguir con la siguiente crónica - informa la presentadora – vamos cinco minutos a publicidad. no se muevan, volvemos enseguida.
mi madre se levanta y desaparece por el pasillo. ha terminado su lata de coca-cola. yo hago lo mismo con la mía y grito que me traiga otra.
-¡y un poco de chocolate! – añado.
a su vuelta me lanza unos calcetines gruesos de rayas verdes, pero ha olvidado el chocolate. dice que no ha escuchado nada. yo niego con la cabeza porque sé que no es verdad. sólo cuando le conviene dice que no me ha escuchado, o que no sabía. se sienta de nuevo, abre su lata y vemos los anuncios porque el mando a distancia está en la mesilla y ninguna de las dos alcanza a cogerlo. tampoco importa mucho. a lo que encontremos algo interesante en alguna otra cadena ya habrá comenzado el programa, así que siempre miramos los anuncios.
-¿es que no te vas a poner los calcetines? – me recuerda.
la segunda historia termina mejor. las dos partes acceden a conocerse, y aunque les distancien miles de kilómetros, prometen, delante de las cámaras, mantener el contacto cueste lo que cueste. la presentadora, ahora más sonriente aún, les acompaña hasta el pasillo por donde se despiden jovialmente y desaparecen.
escucho los sollozos de mi madre. con una mano apoyada en la mejilla intenta ocultar en vano una lagrimilla que resbala hasta su escote. como más palomitas y pienso en la tableta de chocolate que sigue en la nevera.
el teléfono suena justo después de que hayan presentado a los siguientes invitados. es extraño que suene, ya de por sí, y mucho más a estas horas.
-¿quién será? – pregunta ella, sin moverse del sillón.
me levanto con lentitud. me duele un poco la espalda de la mala postura en la que me he tumbado. mi madre me apremia y contesto que puede ir ella misma si tanta prisa tiene. al dejar su lata en el reposabrazos, ésta cae y el líquido mancha parte del tapizado, de la bata y del parqué.
-¿ves lo que has conseguido? – chilla al tiempo que yo descuelgo el teléfono.
noto el suelo helado y encojo los dedos de los pies tanto como puedo. tal vez haya habido algún accidente o haya fallecido algún conocido o alguien nos esté buscando para acudir a un programa de la tele. no suele llamarnos mucha gente.
-¿sí? ¿dígame?
cuando vuelvo al salón mi madre está todavía intentando quitar la mancha del sofá, pero ha desistido con la de la bata y ahora, además del lamparón de coca-cola, hay a su alrededor una enorme mancha de agua. me pregunta quién era, aunque sigue con más interés el programa que mi contestación. me estiro de nuevo en el sofá y justo entonces recuerdo que he olvidado el chocolate. hay una actuación. es un cantante muy conocido, el artista favorito del invitado, que se llama rodrigo y tiene un tic nervioso en el ojo derecho, aparte de una enfermedad degenerativa que la presentadora explica por alto. el chico va acompañado de sus padres, dos personas ya mayores. o quizá es que la enfermedad de su hijo les ha envejecido más rápidamente. rodrigo, absorto, como mi madre, contempla a su ídolo con lágrimas en los ojos. ella al menos no llora, pero sigue el ritmo de la melodía con la cabeza y tararea algunas palabras inventadas del estribillo.
-ssssshhhhh.
-¿qué pasa ahora? ¡si no están hablando!
-me molesta.
ella se calla, pero el ruidito que hace al masticar también me pone nerviosa y al final me reincorporo, cojo el mando y subo el volumen hasta que consigo silenciarla. no dice nada. parece que no se ha dado ni cuenta. cuando el artista termina de cantar la presentadora agradece su colaboración en el programa y le hace un par de preguntas sobre su carrera profesional y todo el éxito que ha conseguido en los últimos años. mientras, rodrigo, al lado del cantante, solloza y su madre le seca los mocos que él no puede quitarse. las cámaras lo enfocan unos segundos y luego vuelven a la sonrisa de la presentadora. cuando poco después despiden a los tres. rodrigo, mediante titubeantes muecas y algún movimiento leve de cabeza, asegura que este ha sido el día más feliz de su vida. el cantante le abraza por fin. mi madre, ahora sí, también llora.
el programa termina después de la quinta historia. siempre hacen cinco, ni una más ni una menos. creo que esta última es la que menos le ha gustado a mi madre porque en algún momento la he visto cabecear y sólo cuando ha sonado la melodía final del programa ha parecido desvelarse de repente.
-bueno… - dice haciendo un esfuerzo para reincorporarse y recoger el bol de palomitas vacío.
apago la tele y la estancia se queda a oscuras. antes de que mis ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación, tropiezo con la esquina de la mesilla y cojeo aparatosamente hasta mi cuarto. cierro la puerta y me siento en la cama. tengo un rasguño en la rodilla que humedezco con saliva abundante. oigo los pasos de mi madre a lo largo del pasillo hasta llegar a su habitación y desde allí vocea un “buenas noches” que me llega amortiguado a través de las paredes finas que nos separan. me tapo con la manta y me estremezco con el contacto de las sábanas frías y un poco húmedas. me acuerdo de los calcetines gruesos de rayas verdes, que imagino siguen en el suelo del salón, y de la tableta de chocolate.
15 octubre 2013
07 octubre 2013
poesía son los otros
me hablaron de desvelo y mariposas
de sonrisas y sonrojos
de domingos lluviosos y tazas humeantes de té
me relataron sobre horas eternas al teléfono
susurrando palabras suaves, silencios prolongados
suspiros y halagos.
de corazones y flechas
y nombres y fechas
grabados en troncos de árboles apartados.
de rimas y versos
de letras escritas por mentes ilustres
que sabían narrarlo mejor,
mucho mejor que nosotros.
dijeron que había caricias,
también llanto.
que la luz de la luna inspiraba más belleza
que defectos
que todo era más hermoso
y que no lo olvidaría jamás.
me marché a casa cabizbaja
apenada
arrastrando los pies, levantando polvo
pateando las piedras pequeñas
que se amontonaban a los lados del camino.
arranqué malas hierbas
pisoteé flores y ortigas
y disparé con los dedos a los pájaros imaginarios
concluí que lo habíamos hecho mal:
yo comía con apetito
dormía mil horas por las noches
con demasiado que contar para callarme
te avasallaba con palabras y gestos cada vez que te veía
preferíamos la prosa
nos desvestíamos deprisa
escuchábamos más jadeos que canciones
recordábamos más verbos que lunas
los domingos lluviosos eran lunes soleados
habíamos roto las tazas
no nos quedaba más té.
aporreé tu puerta y pronuncié tu nombre
escupí mis dudas y te miré perdida.
observaste incrédulo, me llamaste tonta y resonó tu risa.
respiré tu calma
y me reí contigo.
de sonrisas y sonrojos
de domingos lluviosos y tazas humeantes de té
me relataron sobre horas eternas al teléfono
susurrando palabras suaves, silencios prolongados
suspiros y halagos.
de corazones y flechas
y nombres y fechas
grabados en troncos de árboles apartados.
de rimas y versos
de letras escritas por mentes ilustres
que sabían narrarlo mejor,
mucho mejor que nosotros.
dijeron que había caricias,
también llanto.
que la luz de la luna inspiraba más belleza
que defectos
que todo era más hermoso
y que no lo olvidaría jamás.
me marché a casa cabizbaja
apenada
arrastrando los pies, levantando polvo
pateando las piedras pequeñas
que se amontonaban a los lados del camino.
arranqué malas hierbas
pisoteé flores y ortigas
y disparé con los dedos a los pájaros imaginarios
concluí que lo habíamos hecho mal:
yo comía con apetito
dormía mil horas por las noches
con demasiado que contar para callarme
te avasallaba con palabras y gestos cada vez que te veía
preferíamos la prosa
nos desvestíamos deprisa
escuchábamos más jadeos que canciones
recordábamos más verbos que lunas
los domingos lluviosos eran lunes soleados
habíamos roto las tazas
no nos quedaba más té.
aporreé tu puerta y pronuncié tu nombre
escupí mis dudas y te miré perdida.
observaste incrédulo, me llamaste tonta y resonó tu risa.
respiré tu calma
y me reí contigo.
25 septiembre 2013
malo
no quiero que te pase nada
malo
piensa al ver las fotos en la primera página de un periódico.
fotos a todo color
titulares en negro
un atentado, otro.
una pareja muerta, tendida en el suelo
abatida
desangrada.
esta mañana se despertaron abrazados, piensa
ella dijo “vamos al centro”, imagina
él protestó.
veinte minutos tardaron en llegar
él se interpuso
su cuerpo, un escudo de pluma y paja
veinte balas atravesaron sus huesos
no tuvieron tiempo de mirarse, ni de decirse
cayeron abrazados
pero ya estaban muertos para darse cuenta,
piensa.
no quiero que te pase nada
malo.
repite, escuchando la voz ronca de una anciana coja
en el asiento trasero de un autobús vacío.
detalla la enfermedad, el pus, la gangrena
maldice el dolor, la espera, el silencio
el diagnóstico erróneo
las agujas, la sala de espera
más pruebas
busca culpables.
aplaca la rabia
ahoga la pena
y ruega un final
cualquier final que libere
los últimos recuerdos
de ése quien un día la recordaba a ella
y hoy, sin embargo,
senil y sedado,
vegeta.
no quiero que te pase nada
malo.
susurra cuando la chica de pelo corto sale del coche, descalza
y regresa a su esquina
con el billete de veinte en la mano,
el trueque simple, la mente en blanco
la vida entera por delante, descojonándose.
cuando el niño de rizos claros pierde el equilibrio
y se estrella con su bici nueva contra la hiedra frondosa
su primer rasguño, el alcohol que escuece.
cuando suena el teléfono a media noche
cuando recibe otro no
cuando discuten, dejan de hablarse
y se cruzan por el pasillo como si no les importase.
cuando miente y asegura que sí,
que todo saldrá bien y desvía la mirada
hacia la puerta cerrada.
no quiero, ruega
alzando la vista
esperando que alguien escuche y acceda
y topándose sólo con el techo alto
una delgada grieta, una bombilla fundida
y nada.
malo
piensa al ver las fotos en la primera página de un periódico.
fotos a todo color
titulares en negro
un atentado, otro.
una pareja muerta, tendida en el suelo
abatida
desangrada.
esta mañana se despertaron abrazados, piensa
ella dijo “vamos al centro”, imagina
él protestó.
veinte minutos tardaron en llegar
él se interpuso
su cuerpo, un escudo de pluma y paja
veinte balas atravesaron sus huesos
no tuvieron tiempo de mirarse, ni de decirse
cayeron abrazados
pero ya estaban muertos para darse cuenta,
piensa.
no quiero que te pase nada
malo.
repite, escuchando la voz ronca de una anciana coja
en el asiento trasero de un autobús vacío.
detalla la enfermedad, el pus, la gangrena
maldice el dolor, la espera, el silencio
el diagnóstico erróneo
las agujas, la sala de espera
más pruebas
busca culpables.
aplaca la rabia
ahoga la pena
y ruega un final
cualquier final que libere
los últimos recuerdos
de ése quien un día la recordaba a ella
y hoy, sin embargo,
senil y sedado,
vegeta.
no quiero que te pase nada
malo.
susurra cuando la chica de pelo corto sale del coche, descalza
y regresa a su esquina
con el billete de veinte en la mano,
el trueque simple, la mente en blanco
la vida entera por delante, descojonándose.
cuando el niño de rizos claros pierde el equilibrio
y se estrella con su bici nueva contra la hiedra frondosa
su primer rasguño, el alcohol que escuece.
cuando suena el teléfono a media noche
cuando recibe otro no
cuando discuten, dejan de hablarse
y se cruzan por el pasillo como si no les importase.
cuando miente y asegura que sí,
que todo saldrá bien y desvía la mirada
hacia la puerta cerrada.
no quiero, ruega
alzando la vista
esperando que alguien escuche y acceda
y topándose sólo con el techo alto
una delgada grieta, una bombilla fundida
y nada.
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