06 junio 2013

todo esto vino después

después de ti vinieron otros. 
tomaban el café ardiendo, sin azúcar 
en tazas resquebrajadas 
apoyados en la pared de la cocina 
mientras escuchaban una lluvia 
que yo no oía. 
ponían una música diferente 
aunque las notas eran siempre las mismas 
y bailaban desnudos por la casa. 
sujetaban mis manos 
cuando follábamos por las tardes 
con la ventana abierta y los ojos cerrados 
y buscaban en mapas inventados 
lugares de mi cuerpo donde juguetear 
unos días, unas semanas más. 
sabían cantar 
sabían gemir 
podían despertar un aletargado interés 
los días que sentía menos asfixia en la garganta.
pero al marcharse, 
con su mirada clavada en mis labios mordisqueados 
doloridos por los benditos rasguños del deseo saciado
rehuían el color de mis pupilas 
encharcadas en hielo y miseria. 

después de mí vinieron otras. 
sostenían los cigarrillos entre sus dedos finos 
y expulsaban el humo hacia ese techo 
donde un día, subida a tus hombros, 
dibujé un minúsculo dos en una esquina ennegrecida.
risueñas, escuchaban las historias que contabas 
tan nuevas y extrañas para ellas 
tan lejanas y amigas para mí, 
preguntaban por tus viajes a parís
y mil veces desearon que las llevaras contigo. 
por las mañanas 
despeinaban tu pelo oscuro 
y por la noches 
abrazaban tu cuerpo hueco. 
sabían recitar 
sabían besar 
podían arrancarte una sonrisa improvisada 
los días que sentías menos peso en el pecho
pero al marcharse, 
alargando inútilmente la búsqueda 
de sus bonitos vestidos floreados 
por entre tus sábanas rasgadas 
por debajo de tu cama maltrecha 
esperando un gesto, una señal 
una palabra que no llegaba, 
apresurabais una despedida escueta y pobre 
ellas, turbadas 
tú, vencido. 

después de nosotros 
vinieron listas de nombres que confundimos 
con otros nombres que confundimos con otras personas 
que nos confundieron 
con su propia amnistía, su única respuesta 
su camino hacia una desesperada salvación. 
vinieron llamadas que sonaron de madrugada 
y nos hundieron más aún en el fango pastoso. 
vinieron excusas y ruegos 
súplicas y juramentos
intentos 
negaciones 
y finalmente, 
cuando habíamos olvidado el miedo y las sombras, 
convencidos de haber sobrevivido, 
vinieron las ganas de volvernos a ver. 

03 junio 2013

Me aventuré en sus heridas, quise introducirme, sumergirme en ellas para procurarle algún alivio y, al mismo tiempo, impedir que sanaran, para que así tuviera siempre necesidad de mí, de mi existencia en la suya. Como una caja china: se la abría a ella, y dentro de ella se me encontraba a mí, agazapada y feliz. Si me hubiesen abierto a mí... habría estado ella, agazapada y feliz. Y así hasta el infinito. Y así hasta siempre. Agazapadas y felices. Pero... pero, todo. Todo se pierde en un instante. Ocurre de repente y de repente pasa. Así son las cosas. Has estado años, años, viendo la misma pared absurda y vacía y de pronto un día, un día cualquiera, que podría haber sido otro, le ves el agujero, la incisión, el desperfecto, y así descubres, sin más, la grieta por la que se han ido esfumando, imperceptibles, todos tus sueños, todas tus locuras y tus deseos, toda tu vida, esa herida que te abrió un día para siempre. Y ese agujero es la nostalgia, el whisky solitario, el cenicero repleto de colillas malolientes, la aguja al final del disco, que tropieza insistente y olvidada, el buzón lleno de propaganda y el teléfono muerto y los cajones llenos de humedad y de recuerdos que ya no prenden. Es el cansancio, el desencanto y la impotencia todo junto. La confesión repentina del fracaso acumulado que ha ido lastimándote en su goteo conocido. El llanto del alcohol, la ropa mojada tendida ante el espejo, que no es que nos distorsione, no, sino que al fin nos muestra tal cual, fiel a su misión de reproducir lo que ve para obligarnos a mirar cuanto hemos querido ignorar. El mundo es también eso. Y tantas otras cosas que nos están vedadas. Yo ya no quiero pensar más en todo lo que no puedo ni pude. Algo me ha hecho comprender que no tiene sentido. O al menos no el que quería yo darle. Lo cierto es que me torturaba. Hay veces que el cerebro no para, y da vueltas al mismo asunto con fruición, como si el hecho de pensarlo más y más fuera a abrir alguna puerta de alivio, cuando el único posible sería cambiar las cosas. Una utopía. Más aún cuando esas cosas dependen de otras personas.

Dame placer, F. Company

25 mayo 2013

los niños que lloran de noche


la mujer se despierta con los lloros del bebé del piso de arriba. es la segunda vez que rompe a llorar esta noche. la primera vez, hace tres horas, se ha despertado de repente, aturdida y confusa. por un momento el subconsciente le ha jugado una mala pasada y durante unos segundos ha dudado. casi al mismo tiempo, ha sentido la mano de su marido acariciándole la nuca y se ha calmado. ha apartado las sábanas y ha bebido un poco de agua del vaso que tiene en la mesilla de noche, al lado de un libro que empezó a leer por recomendación de una amiga. “es muy divertido”, dijo la amiga, pero a ella le cuesta reírse, con el libro y con todo lo demás, y casi preferiría leer a uno de esos autores rusos cuyas extensas obras se recrean tan precisamente en guerras y dramas. aunque claro, su marido no la dejaría. como tampoco la deja dejar de comer, ni dejar de tomar las dos pastillas diarias, la azul por las mañanas y la blanca por las noches. 
a diferencia de algún otro vecino que se ha quejado ya del alboroto de los de arriba, a ella no le molestan los lloros del recién nacido, todo lo contrario. son como una melodía, con notas y ritmo que dicen mucho más que cualquier canción que escucha por la radio en el coche de su marido rumbo a una escapada relajante de fin de semana. esas son las únicas veces que escucha música, otro tipo de música, claro, porque para la mujer, música es ese lloro incansable y monótono, que la despierta dos o tres veces por la noche y que espera impaciente a lo largo del día. por eso ahora, con la cabeza escondida debajo de las sábanas, imagina al niño en su cuna, con los pañales mojados, hambriento o simplemente con ganas de que alguien meza su cuna. qué fácil es imaginarlo, adivinar sus rasgos aunque no los haya visto nunca y suponer, por sus persistentes gimoteos, qué dolencia padece. sólo una vez vio a la madre, una mujer joven que arrastraba los pies y que no la saludó cuando mantuvo abierta la puerta del ascensor para que pasara. no la culpó. parecía cansada y harta de esos nueve meses que llegaban a su fin. la mujer quiso preguntar algo. las típicas preguntas que se le hacen a una embarazada, cuánto te queda, cómo te encuentras, niño o niña, pero recordó lo mucho que le agotaban a ella en su día y permaneció callada, con la mirada clavada en la punta de sus zapatos negros, apretando las mandíbulas con fuerza. al llegar a su planta fue ella quien se marchó sin despedirse, no tanto por falta de educación, sino por no poder disimular su indiferencia ni un segundo más. 

su marido sigue durmiendo, ajeno a lo que sucede en la casa de arriba, y también se alegra por ello. es más difícil para ella cuando él también se desvela, como ha ocurrido hace unas horas. es más difícil cuando le acaricia la espalda o cuando ninguno de los dos dice nada y en silencio, observando el techo, esperan que los padres consigan serenar al bebé. y sobre todo es más difícil volver a conciliar el sueño después, sabiendo que los dos están pensando en la misma persona, aunque ya nunca hablen de ello. así que ahora, escuchando la respiración pausada del hombre que duerme a su lado, puede recrearse en recordar esas escenas que tiene prohibidas por médicos, amigos y familiares. puede también permitirse el lujo de llorar un poco, sin montar un escándalo, y repetir ese nombre que les costó más de dos meses en acordar y si se levanta con cuidado, lentamente y sin hacer ruido, puede incluso llegar hasta la cocina, abrir la cajita donde guarda las pastillas azules y las pastillas blancas, alinearlas y tragarlas unas detrás de otra, mientras el bebé, en el piso de arriba reclama otro tipo de alimento. por qué no, se dice. por qué no probarlo de una vez por todas. y nota como tiembla un poco, no de frío, sino por la excitación de esta idea que no es la primera vez que cruza su mente, pero sí la primera vez que toma en serio. y sin darse más tiempo, con el cadencioso lloriqueo del niño, aparta de nuevo las sábanas, pero esta vez no es para beber agua. esta vez no necesita calmarse, ni necesita pensar en otra cosa. y ya de pie, al lado de la cama, mira a su marido y podría asegurar que no siente pena por él. él se arreglará, sabrá rehacer su vida, puede que al principio lo pase mal, pero tarde o temprano conocerá a otra mujer y seguramente tendrán el hijo que no pudo tener con ella. salimos todos ganando, se dice. y mientras avanza por el pasillo, con el gemido infantil cada vez más desquiciante, se pregunta por qué ha tardado tanto en encontrar una solución a los problemas de todos. 

la luz azulada de las farolas de la calle se cuela por la ventana de la cocina. es suficiente para que la mujer ubique el armario y los frascos de las pastillas, que abre con torpeza. los comprimidos caen desperdigados por la encimera y el suelo. por unos instantes se asusta y teme que su marido haya despertado con el ruido de las píldoras rodando alrededor de sus pies desnudos. aguanta la respiración y estira el cuello hacia el pasillo. aparte de los retumbantes berridos del bebé y del castañeo de sus propios dientes, la casa permanece en silencio. no sabe si alegrarse o entristecerse. nadie parece que vaya a socorrerla en el último minuto, al fin y al cabo eso es lo quiere, ¿no? poner punto y final, piensa con la primera pastilla, azul, entre sus dedos.
es con la cuarta cuando se da cuenta. tal vez porque ha tenido que detener sus planes para rellenar el vaso de agua otra vez. o tal vez porque ahora la casa sí está en absoluto silencio. o tal vez porque alguien sí tenía que salvarla. o tal vez porque alguien sí tenía que seguir condenándola. los padres han conseguido acallar al bebé después de lo que a ella le ha parecido una eternidad y lo único que escucha desde la cocina son los pocos coches que atraviesan la ciudad de madrugada. le duele un poco la cabeza, se siente mareada y tiene ganas de mear. deja el vaso encima de la mesa y como ha sucedido con la decena de pastillas, también éste se estrella contra el suelo y se rompe en pedazos minúsculos y punzantes. 
-cariño, ¿eres tú? ¿estás bien? 
la mujer intenta responder con normalidad. respira un par de veces y se apoya en la pared. 
-sí, todo bien. se me ha caído un vaso, sólo esto. ahora voy. 

atraviesa la cocina y, sin darse cuenta, aplasta los diminutos cristales con sus pies. tampoco se da cuenta cuando la carne se abre y comienza a sangrar. sus pasos de vuelta al dormitorio quedan perfilados en rojo oscuro sobre el parqué claro del pasadizo. al verla, su marido sonríe y la abraza. justo antes de cerrar los ojos, aún temblando, piensa en el bebé de arriba y reza para que, al menos esta noche, no vuelva a llorar.