13 mayo 2013

he decidido empezar a cuidarme. una ya tiene una edad, ¿sabéis? comenzaré poco a poco, no se trata de cambiar de golpe. tampoco creo que fuera capaz. muchos años de malos hábitos para borrarlos de un día para otro. no, estas cosas no funcionan así, hay que hacerlas poco a poco, ser constante. es lo más importante. ser constante. pero esto no me da miedo. yo suelo ser constante: viajes en metro, dos veces al día. trabajo, cinco días a la semana. leer un libro al mes. limpieza de armarios una vez al año. sí, voy a empezar a cuidarme. lo tengo decidido. supongo que empezaré por lo de fumar. ya lo he intentado otras veces en el pasado, pero nunca he podido. ese regusto que te deja en la boca, esa lengua con sabor a cenicero, ese olor a tabaco en el pelo, la tos del principio, el quedarse sin respiración cuando tienes que correr un par de metros para que no se escape el autobús. pues mira, que se escape. un autobús. que se largue. que lo cojan otros que no fuman. yo cogeré el de después. o mejor aún, iré andando. empezaré por tres al día, tres es un buen número. uno nada más despertarme, para que no se me olvide que debo cuidarme. cada día. otro al mediodía, en el parque, junto a esos ancianos que siguen pensando qué quieren ser de mayores. otro antes de acostarme, sin importarme demasiado las sábanas agujereadas o si termino quemando la cama entera en un descuido. supongo que también tendré que vigilar las horas de sueño. dormir no hace más que entorpecer mis planes. imagino que tendré que buscarme alguna afición de esas que ocupen mucho tiempo, una verdadera pasión, algo por lo que uno daría su vida, algo para lo que ser recordado en los libros de historia. encender y apagar el interruptor constantemente sólo para comprobar que el techo sigue pegado ahí arriba es un opción. pero puede haber otras. comer cinco piezas de fruta, a ser posible podridas, y beber dos litros diarios de cualquier líquido que abrase la garganta y la memoria. luego vendrá el deporte. por la mañana, permanecer sentada en cualquier rincón de la casa y por la tarde yacer en el sofá hasta que poco a poco los músculos pierdan definición, las carnes se llaguen y las articulaciones se atrofien. cómo no, tendré que pensar en las drogas. cuál me sienta peor y donde poder conseguirla en dosis mortales. borrar números, que no se me olvide eso. no quiero más malas influencias. sí, ahora que voy a cuidarme, mejor será que me relacione con gente como yo, con los mismos intereses, poder hablar de las mismas cosas y tener sus correos, sus direcciones, sus números de teléfono. números inventados, aleatorios, para que cuando les llame algún día para saber cómo les va la vida, una voz anónima y neutra me informe que esos números no existen. pues claro que no existen, los inventé sólo para mí. sí, cada vez lo tengo más claro, hay que cuidarse. porque de la otra forma, sin darme cuenta, con los años, quizá terminaría como un enfermo crónico, como un perfecto despojo, como alguien que respira, come, duerme y mea. como si en realidad de eso precisamente se tratara.

03 mayo 2013

caso clínico: los jefes

no se me ocurre nada mejor en este post-post-día del trabajador (trabajador, esa palabra que empieza a sonar lejana, como de otra década) que hablar de los jefes (que al fin y al cabo también son trabajadores, claro, pero con las sillas más mullidas). y es que sin intención de tomar partido, ser jefe no tiene que ser nada fácil: tomar decisiones importantes, ser ecuánime, motivador, generar beneficios, sobrellevar el estrés, el buen sueldo, el audi nuevo recién estrenado. por no hablar de la soledad que conlleva el éxito. estar en la cima, solo, nadando en billetes de quinientos, y sabiendo que nadie te va a querer por lo que eres, sino por lo que tienes. un drama, en serio. por eso hoy quiero rendirles un homenaje a los jefes, porque también son personas, con su corazoncito y sus sentimientos. y su audi. 

helos aquí, catalogados según sus anheladas aptitudes y sus envidiables facultades: 

el jefe ejemplar: 


el jefe ausente: 
es ese jefe que existe, y sabemos que existe porque tiene un despacho muy grande, con una silla muy cómoda y un cuadro muy caro, pero que nadie ha visto jamás. esta ausencia hace, como todas las ausencias de la vida en general, que se le mitifique de forma exagerada y que por los pasillos de la oficina corran todo tipo de gestas relacionadas con él: que si tienes tres cabezas, que si está casado con la hija del presidente, que si tiene cámaras en su casa para controlar al personal, y como no, el siempre clásico “para eso, ya podrían darme el despacho a mí, que lo aprovecharía mejor. y el sueldo, el sueldo también”. evidentemente, lo mejor de este tipo de jefe es que nos permite mucho margen para trabajar a nuestro ritmo, sin presión, alargando los veinte minutos del café, los treinta del cigarrito, los cuarenta de flirtear con la recepcionista, sentarnos en su cómoda silla a última hora de la tarde, disfrutando de los colores anaranjados del atardecer, comprobando que la silla gira con suavidad y luego, un poco mareadillos, levantarnos y volver a nuestro puesto, convencidos de que el mundo es un lugar maravilloso. 

el jefe amigo: 
los jefes amigos no existen. de hecho, en el diccionario de la rae, y en todos los demás, como antónimo de jefe debería constar como primera opción, el término “amigo”. así que mucho ojo con ese hombrecillo amable, de aspecto afable y paternal, que asiente comprensiblemente cuando uno le cuenta lo apurado que llega a fin de mes y él le responde con una palmadita en la espalda y afirma que si de él dependiera, si él pudiera tomar este tipo de decisiones, pero claro… no es así, ¿lo comprendes, no? en los tiempos que corren… bastante es tener un empleo, pero lo tendré en cuenta, claro, claro, y ya de paso, ¿el informe que te pedí esta mañana lo tendrás listo en media hora? oh, y por cierto, el día ese que me pediste de vacaciones… es que justo coincide que vienen unos clientes importantes, y claro… lo entiendes ¿no? buen muchacho, toma una galletita. 

el jefe anclado: 
el jefe anclado es ese que llega a la oficina a las nueve menos diez, desea los buenos días a su secretaría con el mismo tono neutro todos los días, los lunes viste de gris oscuro y corbata granate, los miércoles con traje azul marino y camisa rallada, los viernes de gris azulado y sin corbata, usa la misma colonia en los últimos veinte años, se sienta en su cómoda silla y lee la prensa antes de abrir el correo, tranquilo, reposado, sabiendo que nada ni nadie conseguirán que esa onda en el pelo, que le ha costado medio litro de fijador y media hora en el baño, se vaya a mover lo más mínimo en todo el día. al jefe anclado, como bien indica su nombre, no le gustan los cambios, ni las nuevas tecnologías, ni las medio nuevas, ni que haga mucho calor ni mucho frío, ni sobre todo que se tomen decisiones si no está él allí para derogarlas. el jefe anclado siempre tiene la razón y su voz, grave y sonora, se asegurará de demostrarlo en cualquier ocasión que se preste. es experto en opinar, sea de lo que sea ya que entiende de todos los temas (todos los temas que él considere importantes, claro), y en descatalogar categóricamente todo aquello que implique abrir un poco la mente. por supuesto, no habla inglés, ni se le conoce ninguna titulación específica, ni falta que le hace, y después de escuchar algunas de sus valoraciones más épicas, es lógico preguntarse cómo ha llegado hasta ahí. pues dejen de preguntar y pónganse a trabajar. 

el jefe genio: 
el jefe genio nació para vivir encerrado en la torre más alta del castillo y pensar y crear y crear y pensar. las mejores ideas de toda la compañía salen de esta mente privilegiada y es admirado (y cómo no, envidiado) por su originalidad y brillantez. de hecho, la empresa sabe de sobras que si se marchara, el negocio no aguantaría ni dos días, y por eso le miman y le permiten y le malcrían con todo lo que pueda solicitar y más. pero no dejen deslumbrarse. el jefe genio sólo sirve para eso. una vez sale de su burbuja creativa, no sabe relacionarse, no sabe gestionar, no sabe dónde están los baños, ni qué es un teléfono ni cómo actuar cuando suena, lo cual convierte a sus trabajadores en profesionales de tareas que no les incumben en absoluto tales como hacerse cargo de pasar la itv de su coche, mandar flores a su esposa el día de su cumpleaños, matricular al hijo a taekwondo, acordarse del día que le toca médico a la suegra y todo un sinfín de quehaceres cotidianos que a él le sobrepasan y por los que no ha nacido para hacer. déjenme que les dé un consejo si les toca este tipo de jefe: cambien de departamento o de trabajo. no pueden ni imaginarse lo difícil que es encontrar un buen curso de taekwondo infantil que esté a la altura de un jefe genio. 

el jefe nuevo: 
el mayor problema de un jefe nuevo es que de una forma u otra va a querer hacer patente, a sus trabajadores y a sus superiores, que ha llegado un nuevo sheriff a la ciudad y que ahora las leyes son distintas. así que en los primeros días, o semanas, no se sorprendan si ven la maceta cambiada de lugar, o la temperatura del agua de la fuente ligeramente más fría, o lo mejor de todo: recolocación de mesas y armarios con el consecuente recoger archivos, empaquetar archivos, recolocar archivos y agradecer con una sincera sonrisa el haber ido a parar al puesto de justo debajo del chorro de aire siberiano del aire acondicionado. la cuestión es dar por saco y cambiar por cambiar, aunque las cosas ya estuvieran bien en su lugar inicial. a continuación, y ya de forma oficial, vendrá la típica reunión balsámica en la que el nuevo jefe asegura que todo va a ir bien, que tiene muchas y grandes ideas (una de las cuales era el divertidísimo traslado de mesas) para formar el mejor equipo de profesionales que bla, bla, bla, sopor. como dice un sabio proverbio: tiempo al tiempo. el jefe nuevo, tarde o temprano deja de ser nuevo y deja de mover cosas y deja de crear equipos. tarde o temprano se da cuenta de lo cómoda que es su silla de despacho e intenta pasar allí tantas horas como sea posible, con la puerta cerrada. y tarde o temprano contrata a un asistente que le solucione todos los frentes que un día, hace ya mucho, inició con ilusión y ganas. 

la jefa: 
antes de empezar con las jefas, quisiera dejar claros dos puntos. punto número uno: en el mundo deberían haber más jefas. punto número dos: con el mismo sueldo que el de los jefes. dicho esto, qué hijas de puta son las jefas. qué poco sentido del humor, qué forma de marcar el territorio, qué retorcidas, maquiavélicas y vengativas. que sí, que tal vez por eso de haber pocas deben demostrar su valía el doble de veces, que quizá se las juzga más por el tono caoba de su pelo que por su capacidad y que igual deben de soportar mucha más presión que un jefe, pero aun así, ¿es necesario ir por el mundo con semejante mala leche? o igual es que yo he tenido muy mala suerte y me he topado siempre con las que sufrían de los trastornos de personalidad más agudos. aprovecho este momento, si me lo permiten, para saludar a mi ex jefa s., de la que aprendí a esconderme debajo de la mesa cada vez que comenzaba con su espectáculo de llamaradas de fuego por los ojos, espuma por la boca, su variada y siempre extensa gama de insultos y lanzamiento de objetos y la que también me introdujo a las plegarías y a creer en un dios todopoderoso que se la llevara lejos. muy lejos. aunque luego también tuve una jefa buena, tan buena que la despidieron por quedarse embarazada y es que claro… o una cosa o la otra, a ver si se va a tener la intención de tenerlo todo ¿no?

feliz día de lo que toque hoy. ni que sea por lo de viernes. 

28 abril 2013

tercera división

-¿preparados, chicos? 
diana, que en realidad no se llama diana pero se hace llamar así, está sentada en el sofá con un conjunto de lencería blanca y unas botas de tacón que le aprietan las pantorrillas, asiente. yo, con la camiseta todavía puesta y fuera de plano, asiento también. 
-pues, ¡aaaación! 
se hace silencio absoluto en el plató y diana mira a cámara, se estira, tal y como le han indicado previamente, y comienza a manosearse las tetas con la misma delicadeza con la que rellenaría un pavo para el asado del domingo. 
venga, tío, me digo yo mientras observo los pechos lechosos, arrugados y caídos de la abuela por debajo del encaje del sujetador, venga. jenna jameson, alexis texas, gabriella fox, eso, la fox, gabriella fox. va, tío, en esa, piensa en esa, en la fox. 

todo empezó en los vestuarios, después de una clase de gimnasia en la que el profesor nos había obligado a correr por el patio durante más de treinta minutos. lo llamaban prueba de resistencia. yo odiaba las pruebas de resistencia, aunque también odiaba las matemáticas, la historia y la literatura. nunca fui un buen estudiante, y mi madre siempre se aseguró de recordarme que no llegaría a ningún lado, pero a mí no me preocupaba no llegar a ningún lado, ni tampoco entendía esa necesidad que tenía todo el mundo de llegar a algún lado. en cualquier caso, esa fue la primera vez, ahí en los vestuarios, cuando uno de los estudiantes un par de cursos más avanzados se fijó en mí, le dio un codazo a su compañero y dijo: 
-¿has visto eso? 
yo era muy pequeño todavía. no sé, tendría unos diez o once años, pero se me quedó grabado en la cabeza hasta que unos años más tarde, cuando me acosté con la primera chica, vero se llamaba, me pidió que parara porque le estaba haciendo daño. yo creí que era porque los dos éramos vírgenes y alguien me había contado que a ellas les podía doler la primera vez. días más tarde, cuando vero me había dejado, me enteré de que yo no había sido el primero y que el dolor no era por ser su primera vez, sino por el tamaño. eso también lo confirme por la que conocí después, que venía de parte de vero. y por las que fueron desfilando más tarde, que ya no sé si venían de parte alguien. 

pasados unos segundos, diana desliza la tira del sujetador de sus hombros caídos y coquetea con el supuesto futuro espectador humedeciéndose los labios y sonriendo con una mueca que debería considerarse sensual o algo parecido. el director hace una señal con la cabeza para que se desabroche el sujetador y ella obedece. sus tetas se bambolean como dos enormes flanes y cuando se incorpora para desprenderse de las bragas, me doy cuenta de que le llegan casi a la cintura. una vez desnuda, se abre de piernas y juguetea con un dedo metido en el coño mientras emite una especie de gemidos tan falsos que sería más convincente si se callara, pero parece que a los demás no les molesta y seguimos grabando. 

en realidad mi primera vez no fue así, claro. si hubiera sido así es muy probable que ahora mismo no estuviera aquí, sino reponiendo las estanterías de un supermercado, o podando rosas, o limpiando los baños de un hotel. mi primera vez fue con nancy, que tampoco se llamaba así y que se parecía un poco a la fox. no estaba nervioso porque eso de follar ya lo había hecho antes y se me daba bien. alguien podría decir, bueno, pero había focos y cámaras y otra gente mirando y no es lo mismo, pero a mí no me importaba nada de eso. yo sólo pensaba en nancy, que se paseaba por el estudio medio despelotada y tenía un culo firme y unas tetas enormes y que me la iba a chupar y, en definitiva, que eso era sólo el principio de lo que iban a ser muchas más chupadas y chicas. así que no, no estaba nervioso y no tuvimos que repetir ninguna secuencia. al terminar todos me felicitaron por mi actuación y por el tamaño de mi polla, algo que tampoco era nuevo. luego nancy y yo fuimos a tomar un par de copar a un local de moda que conocía y ella, que ya llevaba un tiempo metida en eso, me aseguró que acabaría hartándome, que todo este mundillo era una mierda y que mejor saliera de allí antes de que fuera demasiado tarde. yo contesté que lo haría, pero sólo para tranquilizarla porque quería acostarme de nuevo con ella, esta vez sin cámaras, ni directores que decidieran cuando me tocaba terminar. mi estrategia funcionó. pero ella tenía razón.

cuando diana ha acabado con el dedo, coge un pequeño vibrador de color morado de la mesita de al lado del sofá que el ayudante ha tenido que poner en plena actuación porque se había olvidado. ha sido el momento en el que diana ha dejado de gemir y ha mirado un tanto desconcertada al director, sin saber si debía continuar o abalanzarse sobre el ayudante en un inesperado cambio de planes. puede que deban de cortar este trozo, aunque yo qué sé, hay gente para todo, seguro que a alguno le pone cachondo ver a la vieja espatarrada y sin saber por dónde tirar. me pregunto de dónde la habrán sacado. o mejor no. también me pregunto qué tipo de persona estará interesada en vernos a nosotros dos, teniendo a otros muchos mejores, aunque quizá mejor no saberlo tampoco. 
es una suerte que el vibrador se haya encendido a la primera porque al hacer las pruebas había fallado un par de veces y temíamos que tuviéramos que improvisar una escena para sustituir ésta, lo cual hubiera supuesto tener que quedarme una o dos horas más. diana no pierde el tiempo y una vez sabe qué debe hacer, se mete el vibrador por el coño sin ningún preámbulo y prosigue con sus jadeos. si por lo menos hubiera alguna ventana que diese al exterior, pero no, la única que hay está en el pasillo de la entrada y además alguien ha corrido las cortinas para que la iluminación de la escena sea más tenue y misteriosa. yo creo más bien que es por las estrías de diana. 
-¡coooorten! 
la abuela se recoloca la peluca y el ayudante le trae un vaso de agua y una toalla amarillenta y agujereada con la que cubre su cuerpo rechoncho. 
-¿cómo lo he hecho? – le pregunta al director inmediatamente. 
-estupendo, cielo. ¿estás bien? 
-sí, claro. 
-bien, perfecto. ¿y tú estás listo? – me pregunta. 
-yo nací listo. 
él baja la mirada y se detiene en mi polla. 
-pues, las he visto en mejor estado, la verdad. ¿estás seguro que podrás? 
-por supuesto. soy un profesional. 
-ya... en fin, quítate la camiseta y continuamos. 
-cielo – anuncia el director – ponte a cuatro patas y ábrete un poco más de piernas. ¿alguien podría cerrar un poco más las cortinas? vamos, vamos, seguimos rodando. todo el mundo a su sitio. ¡y aaaación! 
gabriella fox, tío, gabriella fox, me repito mientras me arrodillo detrás del culo celulítico de diana y coloco mis manos sobre sus nalgas fofas. 

supongo que no vale simplemente con tener una buena polla. esto lo sé ahora. y supongo que por esto tengo a diana como compañera de reparto y no estoy en un plató con calefacción central, con más de una cámara y donde el ayudante no te trae una toalla sucia, sino un albornoz con tu nombre cosido a mano, ni te sirve un vaso de agua del grifo sino champán del bueno. supongo que algo se torció a medio camino, aunque no sé muy bien qué o quizá es que llegué donde tenía que llegar: a ser un mediocre del porno, uno de tantos, a grabar escenas con señoras mayores de tobillos hinchados y a esperar, todavía hoy, a que algún día algún productor famoso se fije en mí y me diga “eso es justo lo que estaba buscando”. todavía soy joven, me repito cuando salgo de los rodajes, cabizbajo y cansado, con el regusto del chicle de menta en la boca que acabo de escupir y que me recuerda al coño de diana, de marlene, de bianca o de quien sea. todavía hay tiempo y si comienzo a entrenar en serio, y no como hasta ahora, a contactar con las personas adecuadas, a dejar de aceptar la primera mierda que me propongan, seguro que podría conseguirlo. 

-¡coooorten! – grita de nuevo el director. 
abro los ojos y me sorprendo de que ya haya terminado todo. hoy ha sido rápido. otros días no lo es tanto. 
-¿cómo lo he hecho? – pregunta de nuevo diana mientras se levanta del sofá y se limpia la cara con la misma toalla amarillenta. 
-habéis estado muy bien los dos. muy salvaje y real. 
-¿en serio? – dice ella un tanto incrédula o más bien esperando un segundo reconocimiento a su actuación. 
recojo mi camiseta del suelo y me visto deprisa. el director dice que espera volver a vernos pronto y yo me marcho dejándolos a los dos hablando de futuros proyectos. 
son apenas las cuatro de la tarde. está nublado y ya casi no hay luz natural en la calle. me abrocho la chaqueta y comienzo a andar no sé muy bien hacia dónde. hasta dentro de diez días no tengo otro rodaje y no me apetece llegar a casa, ni mucho menos ir al gimnasio que no he pisado en los últimos tres meses. de repente oigo a alguien gritar mi nombre, el artístico no el otro, y me sobresalto. hasta ahora nadie me había reconocido por la calle, pero cuando me giro compruebo que es diana, saludándome efusiva y corriendo hacia mí. se ha quitado la peluca y con el pelo corto y morena parece un poco más joven. 
-¡que no me había despedido de ti! – dice. 
en realidad he sido yo quien no me he despedido de ella, pero respondo: 
-ah, no pasa nada, mujer - ella sonríe. 
-sólo quería decirte que ha sido un placer trabajar contigo. 
-vaya, muchas gracias – contesto un tanto confuso.
-¿tienes prisa? ¿te apetece tomar un café? 
no me apetece en absoluto, pero no se me ocurre ninguna excusa y diana se apresura en señalar una cafetería que está a pocos metros. entramos, ella decidida y yo detrás suyo. es un local pequeño y poco acogedor, sin ni un solo cliente y con la música de una conocida emisora comercial demasiado alta. la camarera, una muchacha joven y muy guapa que me recuerda a una tal susi, que tampoco se llamaba susi, nos da las buenas tardes y nos asegura que nos atenderá enseguida, aunque al final tarda más de diez minutos en aparecer y en los que diana me habla de detalles del rodaje que preferiría no recordar. 
-bueno… ya estoy aquí – dice cuando por fin llega la chica a nuestra mesa - ¿qué os pongo? 
-para mí un café solo – respondo primero. 
-un café solo, perfecto. ¿y para la madre? 
ni diana ni yo hacemos el amago de corregir a la camarera, aunque por un momento veo que su rostro se ensombrece. rápidamente se recompone y le pide una coca-cola light. está a dieta, nos informa a los dos, y debe vigilar lo que bebe y lo que come, resalta, mirándome de una forma que me hace enderezar la espalda. 
la conversación gira entorno del porno, como no podía ser de otra forma. al fin y al cabo es lo único que nos une. con interés fingido, escucho la historia que no quería escuchar, sólo interrumpida cuando se acerca la camarera con las bebidas. con un tono divertido y despreocupado mi compañera de reparto me cuenta que comenzó con su carrera justo después de que su marido muriera de un infarto en la cocina. 
-vaya, lo siento mucho. 
-¡no, no! en realidad fue lo mejor que me podía haber pasado. de haber estado vivo, yo no hubiera descubierto nunca mi verdadera vocación. 
-¿vocación? – repito a punto de escupir el café y recordando un fugaz plano en el sofá de hace menos de una hora. 
-por supuesto, esto es una vocación. si no lo llevas dentro, nunca llegarás a ningún lado. 
-bueno, tampoco es que seamos… 
iba a decir el nombre de alguno de los grandes, de los verdaderamente admirados, aunque dudo de que ella haya oído jamás sus nombres, pero en cualquier caso me corta sin darse ni cuenta de que estaba hablando y continúa con una verborrea incontenible sobre el bien que estamos haciendo a centenares de miles de personas que nos ven como a sus verdaderos héroes. en algún momento llego a dudar de la cordura de esta mujer y me pregunto cuánto deben cobrar los aprendices del taller de debajo de casa. al menos aquí hay ventanas por las que de vez en cuando descanso la vista. 
-bueno, - dice por fin cuando lleva hablando más de media hora sin interrupciones y le da el último sorbo a su coca-cola – creo que debería irme ya. tengo que prepararme para mañana. me toca trabajar con este nuevo chico del que todo el mundo habla… juan no sé qué… no sé si te suena. 
-no, no me suena de nada. 
-ah, pues dicen que es de los mejores y que va a llegar lejos. 
-estoy seguro de que lo hará – garantizo, deseando que se dé cuenta de que no hablo en serio y de que seguramente éste juan no sé qué llegará tan lejos como nosotros dos. 
-en fin, me ha encantado hablar contigo y conocerte. a ver si tenemos suerte y volvemos a trabajar juntos otra vez. de verdad que me encantaría. mira, te dejo una tarjeta mía por si algún día… 
yo sonrío. sonrío mucho y cojo la tarjeta y hago como que la leo antes de guardármela en el bolsillo del pantalón. ella se saca un billete de cinco de su monedero y lo deja encima de la mesa.
-la próxima vez me invitas tú – dice, probablemente convencida de que habrá una próxima vez. 
nos despedimos en la puerta, después de mentirle y afirmar que voy en dirección contraria a la suya. la veo alejarse a paso rápido, con las botas de tacón dentro de una bolsa de plástico de unos grandes almacenes y sujetando su bolso donde imagino llevará el resto del uniforme. recupero la tarjeta y la rompo sin haberla leído. los trozos de papel caen al suelo formando un curioso tapiz de color rosa pálido, letras plateadas y gris asfalto. 
en el interior de la cafetería, la camarera, que nos ha seguido con la mirada, habla por teléfono y me sonríe a través del cristal. en cualquier otra ocasión volvería a entrar, me tomaría otro café amargo y le preguntaría cómo se llama y a qué hora sale de trabajar. le diría incluso que soy actor, pero hoy no me veo capaz de seguir mintiendo y sé de sobras que cuando me preguntara mi nombre y a qué me dedico, tendría que mirar por alguna de las ventanas.