Un náufrago que arroja al mar un mensaje en una botella conserva la esperanza de que algún día alguien lea su mensaje, incluso muchos años después de que él haya muerto de hambre. Yo soy un náufrago que arroja su mensaje al mar, no envuelto en botella alguna, para que se disuelva con la sal, para que se lo trague una tortuga hambrienta. No lanzo ningún pedido de auxilio, no pretendo que nadie me socorra, no tengo hambre de ojos que me salven y me lean, simplemente soy náufrago y me relato a mí mismo que me muero de sed mientras me estoy muriendo de sed. Escribo y sé que nunca nadie va a leer lo que escribo, escribo porque tengo el vicio incurable de escribir, escribo como quien orina, ni por gusto ni a pesar suyo, sino porque es lo más natural, algo con lo que nació, algo que debe hacer diariamente para no morirse y aunque se esté muriendo. ¿Para qué orina un moribundo? ¿Para qué escribe ya un agonizante? Y sin embargo orina. Y sin embargo escribo. Si lo publicara, admitiendo que alguien me lo quisiera publicar, lo primero que pensarían los críticos es que busco algún honor, reconocimiento, notoriedad, fama, plata. Y sí, eso es lo que buscan casi todos, eso es lo que yo mismo buscaba en otros tiempos. Ahora no quiero que nadie me premie porque orino: qué bien orina el señor Davanzati, realmente qué bien orina este señor. También temo que algunos critiquen mi manera de orinar: qué poca fuerza tiene la orina del señor Davanzati, qué amarilla está, cuánta espuma que saca y qué mal huele. Me importa un bledo lo que piensen sobre mi manera de orinar. No puedo dejar de hacerlo, no sé hacerlo de otra manera. Lo más que me pueden pedir es que escoja un sitio discreto para hacerlo. Cumplo con el precepto. Lo hago a escondidas y no espero que nadie me aplauda por la meada. Lo hago a menudo porque a menudo me dan ganas, porque tomo mucha agua o mucho vino o porque tengo pequeña la vegija, crecida la próstata, baja la hormona antidiurética, qué sé yo. Lo hago porque si no me reviento por dentro. En realidad, no tendría tampoco nada de malo reventarse, pero es más agradable mear que reventarse. Mear, seguir meando hasta el día que me muera.
Basura, H. Abad Faciolince
02 abril 2013
24 marzo 2013
-diga treinta y tres – dice el doctor mientras la ausculta.
-treinta y tres.
-repita otra vez, por favor.
-treinta y tres.
-y otra.
-treinta y tres.
-bien, esto está perfecto. puede usted vestirse.
ella se pone de pie, coge la blusa blanca que había dejado en el respaldo de la silla y la abrocha con rapidez. el doctor la espera, sentado en su escritorio, anotando algo en su historial médico. cuando ha terminado levanta la vista y sonríe.
-bueno, pues no debe preocuparse de nada – asegura, con voz firme y segura.
ella se muerde el labio y mira al suelo. no quiere parecer una entendida delante de un profesional, pero sabe que lo que acaba de decir el hombre de bata blanca no es cierto.
-pero yo no me siento bien – quisiera decir.
él le da una copia de los análisis y mira impaciente la puerta. una decena de pacientes esperan todavía su turno. ella agradece la visita, dobla los papeles sin tan siquiera mirarlos y los guarda en su bolso.
de lunes a viernes despierta todas las mañanas con una melodía diferente que escupe su pequeño despertador cuando el día todavía es noche. notas al azar, conocidas o extrañas, de cuando era una niña o recién estrenadas, lentas o estridentes. siempre con el mismo resultado: cinco minutos más, por favor. abrir los ojos resulta difícil últimamente, mucho más salir de la cama, poner los pies en el suelo helado, atreverse a dar un primer paso que no va a conducir a ninguna parte. abre el grifo y espera a que el agua salga caliente. rellena una taza y espera a que el café se enfríe. se viste con ropa que compró hace años y que todavía le sirve y se abriga antes de salir a la calle. camina rápido, con la cabeza escondida entre sus hombros, la manos en los bolsillos y tiembla como una hoja hasta que se mete en la boca del metro.
-¿qué te ha dicho el médico? – le pregunta su compañera a media tarde.
-que estoy bien.
-¿lo ves? ya te lo dije yo. imaginaciones tuyas.
ella vuelve a la pantalla. hay casillas y gráficos y números que no entiende. teclea durante horas con palabras que ha usado toda la vida y que sin embargo no sabría escribir en un papel. de vez en cuando levanta la cabeza y mira por la ventana que tiene a su derecha. desde allí ve la azotea de los edificios vecinos y un poco de cielo. una vez a la semana, una mujer sale a regar las plantas de su balcón y ella no puede evitar mirarla embobada. las riega de forma mecánica y con prisas. el agua inunda las flores, se sale de los tiestos y resbala por la cerámica hasta la calle. a esas horas, sin embargo, metida en su pecera, algo tan trivial le parece especial y hermoso. cuando la mujer entra de nuevo a su casa, con las misma prisas, ella vuelve a teclear. es ahí cuando le duele.
-hoy es el cumpleaños de r. – continúa hablando su compañera al otro lado de la mesa.
-ah.
-¿vas a venir?
-no lo creo. tengo que…
en realidad no tiene que hacer nada, pero inventa una excusa poco creíble y vuelve a mirar el trozo de cielo que cada vez es más oscuro. -vente mujer, nos lo pasaremos bien y nos reiremos un rato. su excusa no ha servido de nada, piensa. es como si hablara con un muro. es más fácil decir que sí. dejarse llevar. seguir la corriente. al fin y al cabo, se dice, van a reírse un rato. pero ella no se ríe. no se ríe en absoluto. no se ríe ni cuando ha bebido más de la cuenta. ni cuando le recuerdan esa anécdota que ha escuchado una veintena de veces. ni cuando uno de los compañeros, bebido y sobón, le sugiere continuar la fiesta en su casa. no se ríe ni cuando por fin, después de dos horas eternas, logra escabullirse y salir a la calle y respirar el aire gélido y andar hacia, supone, su propia casa. y ahí también le duele. un poco menos, quizá, pero duele.
llega cansada. es más tarde de lo habitual. el ascensor tarda en aparecer y una vez dentro apoya su espalda en el cristal ahumado. si se diera la vuelta vería la cara de alguien sano y que no sabe reír. sonríe. eso sí sabe hacerlo. lo aprendió un día que no tuvo más remedio que alegrarse por algo que ya ni recuerda. ahora lo usa en situaciones similares y parece ser que funciona. nadie ha reparado aún en que no es una sonrisa. es sólo una mueca. tiene muchas otras. abre la puerta. la casa huele a ella, una mezcla de perfume regalado en las pasadas navidades y vacío. enciende todas las luces y también la televisión. un señor le grita a otro mientras un tercero les insta a los dos a que hablen de uno en uno porque no se les entiende. ella decide ponerles a los tres en silencio y durante un segundo, enmudecidos, se cree un poco un dios severo y castigador. su tripa ruge. hace más de ocho horas que no ha comido nada, pero es demasiado tarde para preparar una cena decente, de esas que recomiendan los médicos expertos. opta por dos yogures y un caramelo de menta para la tos.
en el baño se quita las horquillas del pelo y se lava los dientes. no detecta ninguna nueva arruga, pero tampoco se ve más guapa que cualquier otro día. se desnuda rápido, dejando la ropa tirada por el suelo, coge una camiseta grande que le hace de pijama y se mete en la cama. las sábanas todavía heladas le producen escalofríos. se encoje y, hecha un ovillo, cierra los ojos, los abre, los cierra y los vuelve a abrir. imposible distinguir una visión de la otra y ve otra señal. ella, que jamás había creído en las señales y ahora las busca en todas partes y se asusta cuando las interpreta a su gusto y deseo. no, déjate de señales. lo importante es no contar las horas que faltan para levantarse otra vez. y una punzada en el costado. y los cierra de nuevo.
a medida que las ropas van calentándose con el calorcillo tibio de su propio cuerpo, se relaja y se estira. con lentitud y sin otra intención que entretenerse hasta coger el sueño desliza su dedo hasta el vientre y dibuja formas serpenteantes y estrambóticas. con más lentitud aún, llega hasta su coño y juguetea con los pelos que están creciendo después de rasurarlos ya no recuerda para quién. crece un cosquilleo y una urgencia que no tarda en satisfacer. con un dedo, con movimientos circulares, con dos, con una fricción rítmica que conoce bien. se corre rápido, en silencio, con el cuerpo retorcido y la cara aplastada en la almohada. cuando remiten los temblores retira los dedos y se los lleva a la boca. justo antes de quedarse dormida en medio de la cama, con un hilillo de voz y muy despacio, susurra para sí misma: “treinta y tres”.
-treinta y tres.
-repita otra vez, por favor.
-treinta y tres.
-y otra.
-treinta y tres.
-bien, esto está perfecto. puede usted vestirse.
ella se pone de pie, coge la blusa blanca que había dejado en el respaldo de la silla y la abrocha con rapidez. el doctor la espera, sentado en su escritorio, anotando algo en su historial médico. cuando ha terminado levanta la vista y sonríe.
-bueno, pues no debe preocuparse de nada – asegura, con voz firme y segura.
ella se muerde el labio y mira al suelo. no quiere parecer una entendida delante de un profesional, pero sabe que lo que acaba de decir el hombre de bata blanca no es cierto.
-pero yo no me siento bien – quisiera decir.
él le da una copia de los análisis y mira impaciente la puerta. una decena de pacientes esperan todavía su turno. ella agradece la visita, dobla los papeles sin tan siquiera mirarlos y los guarda en su bolso.
de lunes a viernes despierta todas las mañanas con una melodía diferente que escupe su pequeño despertador cuando el día todavía es noche. notas al azar, conocidas o extrañas, de cuando era una niña o recién estrenadas, lentas o estridentes. siempre con el mismo resultado: cinco minutos más, por favor. abrir los ojos resulta difícil últimamente, mucho más salir de la cama, poner los pies en el suelo helado, atreverse a dar un primer paso que no va a conducir a ninguna parte. abre el grifo y espera a que el agua salga caliente. rellena una taza y espera a que el café se enfríe. se viste con ropa que compró hace años y que todavía le sirve y se abriga antes de salir a la calle. camina rápido, con la cabeza escondida entre sus hombros, la manos en los bolsillos y tiembla como una hoja hasta que se mete en la boca del metro.
-¿qué te ha dicho el médico? – le pregunta su compañera a media tarde.
-que estoy bien.
-¿lo ves? ya te lo dije yo. imaginaciones tuyas.
ella vuelve a la pantalla. hay casillas y gráficos y números que no entiende. teclea durante horas con palabras que ha usado toda la vida y que sin embargo no sabría escribir en un papel. de vez en cuando levanta la cabeza y mira por la ventana que tiene a su derecha. desde allí ve la azotea de los edificios vecinos y un poco de cielo. una vez a la semana, una mujer sale a regar las plantas de su balcón y ella no puede evitar mirarla embobada. las riega de forma mecánica y con prisas. el agua inunda las flores, se sale de los tiestos y resbala por la cerámica hasta la calle. a esas horas, sin embargo, metida en su pecera, algo tan trivial le parece especial y hermoso. cuando la mujer entra de nuevo a su casa, con las misma prisas, ella vuelve a teclear. es ahí cuando le duele.
-hoy es el cumpleaños de r. – continúa hablando su compañera al otro lado de la mesa.
-ah.
-¿vas a venir?
-no lo creo. tengo que…
en realidad no tiene que hacer nada, pero inventa una excusa poco creíble y vuelve a mirar el trozo de cielo que cada vez es más oscuro. -vente mujer, nos lo pasaremos bien y nos reiremos un rato. su excusa no ha servido de nada, piensa. es como si hablara con un muro. es más fácil decir que sí. dejarse llevar. seguir la corriente. al fin y al cabo, se dice, van a reírse un rato. pero ella no se ríe. no se ríe en absoluto. no se ríe ni cuando ha bebido más de la cuenta. ni cuando le recuerdan esa anécdota que ha escuchado una veintena de veces. ni cuando uno de los compañeros, bebido y sobón, le sugiere continuar la fiesta en su casa. no se ríe ni cuando por fin, después de dos horas eternas, logra escabullirse y salir a la calle y respirar el aire gélido y andar hacia, supone, su propia casa. y ahí también le duele. un poco menos, quizá, pero duele.
llega cansada. es más tarde de lo habitual. el ascensor tarda en aparecer y una vez dentro apoya su espalda en el cristal ahumado. si se diera la vuelta vería la cara de alguien sano y que no sabe reír. sonríe. eso sí sabe hacerlo. lo aprendió un día que no tuvo más remedio que alegrarse por algo que ya ni recuerda. ahora lo usa en situaciones similares y parece ser que funciona. nadie ha reparado aún en que no es una sonrisa. es sólo una mueca. tiene muchas otras. abre la puerta. la casa huele a ella, una mezcla de perfume regalado en las pasadas navidades y vacío. enciende todas las luces y también la televisión. un señor le grita a otro mientras un tercero les insta a los dos a que hablen de uno en uno porque no se les entiende. ella decide ponerles a los tres en silencio y durante un segundo, enmudecidos, se cree un poco un dios severo y castigador. su tripa ruge. hace más de ocho horas que no ha comido nada, pero es demasiado tarde para preparar una cena decente, de esas que recomiendan los médicos expertos. opta por dos yogures y un caramelo de menta para la tos.
en el baño se quita las horquillas del pelo y se lava los dientes. no detecta ninguna nueva arruga, pero tampoco se ve más guapa que cualquier otro día. se desnuda rápido, dejando la ropa tirada por el suelo, coge una camiseta grande que le hace de pijama y se mete en la cama. las sábanas todavía heladas le producen escalofríos. se encoje y, hecha un ovillo, cierra los ojos, los abre, los cierra y los vuelve a abrir. imposible distinguir una visión de la otra y ve otra señal. ella, que jamás había creído en las señales y ahora las busca en todas partes y se asusta cuando las interpreta a su gusto y deseo. no, déjate de señales. lo importante es no contar las horas que faltan para levantarse otra vez. y una punzada en el costado. y los cierra de nuevo.
a medida que las ropas van calentándose con el calorcillo tibio de su propio cuerpo, se relaja y se estira. con lentitud y sin otra intención que entretenerse hasta coger el sueño desliza su dedo hasta el vientre y dibuja formas serpenteantes y estrambóticas. con más lentitud aún, llega hasta su coño y juguetea con los pelos que están creciendo después de rasurarlos ya no recuerda para quién. crece un cosquilleo y una urgencia que no tarda en satisfacer. con un dedo, con movimientos circulares, con dos, con una fricción rítmica que conoce bien. se corre rápido, en silencio, con el cuerpo retorcido y la cara aplastada en la almohada. cuando remiten los temblores retira los dedos y se los lleva a la boca. justo antes de quedarse dormida en medio de la cama, con un hilillo de voz y muy despacio, susurra para sí misma: “treinta y tres”.
19 marzo 2013
un juego
a partir de las ocho, un poco más tarde si es verano y el tiempo acompaña, aparecen los chavales que aguantan la tos tras encender el primer cigarro, comen pipas y simulan ser adultos. son un grupo de siete u ocho. algunas veces pueden llegar a ser doce, según estén o no en época de exámenes. deben rondar los catorce o quince años. es difícil precisar su edad en esta época. algunos, los más desarrollados o los que han empezado a entrenar en su habitación, parece que tengan diecisiete, mientras que los más aniñados parece que apenas tengan diez. está blas, por ejemplo, el vecino de arriba. él sé seguro que ya cumplió los dieciséis. lo sé porque su madre no para de hablarme de él cada vez que nos encontramos en el ascensor. dice que es un tesoro, muy buen estudiante y que siempre la ayuda a recoger la mesa después de comer, aunque un día yo lo vi pegándole una paliza a otro muchacho que no le llegaba ni a la cintura. blas nunca me saluda. cuando nos cruzamos en la portería, él baja la cabeza y sube los seis pisos andando. también hay algunas chicas. la mayoría de veces se sientan en el banco contiguo al de los chicos, lo suficientemente lejos como para poder hablar de ellos sin que estos las escuchen, pero no tanto como para poder intervenir en sus conversaciones cuando el tema lo requiere. les gusta pintarse las uñas, cambiarse la ropa y teñirse el pelo de colores chillones. suelen hablar muy alto, de hecho, suelen chillar más que hablar. yo creo que es para que los ellos se fijen en ellas. siempre funciona. desde hace poco hay dos chicos nuevos en el grupo. uno es alto y desgarbado, de pelo rubio y piel pecosa, como su madre. el otro, un poco más bajito, tiene el pelo negro como el carbón y los ojos oscuros y hundidos. no sé sus nombres, pero hace poco me enteré de que son gemelos. se mudaron al barrio hace pocos meses y viven con su madre en el tercero b. según dicen ella se separó de su marido después de unos años de matrimonio infernales en los que a él le dio por beber y le carcomían los celos. algunos más atrevidos, y más dados a la rumorología, comentan que hubo algún golpe alguna que otra vez, pero no sé si creérmelo. a la gente le gusta hablar.
todas las mañanas, los tres salen de casa a las ocho y diez, ella siempre vestida con colores pálidos y un poco de colorete en las mejillas, los niños con las mochilas cargadas y cara de sueño. no regresan hasta las siete. la madre sube sin pararse a charlar con los vecinos, pero deja que los niños se queden un rato en el patio. a menudo los chicos juegan al fútbol hasta que llega el resto del grupo y luego se unen a él, dejando la pelota para los más pequeños. otras, sin embargo, continúan su juego hasta que uno de los dos mira el reloj, avisa a su hermano y se despiden de los otros muchachos sin ni tan siquiera haber cruzado palabra con ellos.
hoy por ejemplo han llegado un poco más tarde. es porque es jueves. los jueves deben de tener alguna actividad extra escolar porque suelen aparecer más tarde de lo habitual, con bolsas de deporte, el pelo sudado y las caras enrojecidas. al llegar han saludado a un par de chicos que fumaban y miraban algo en la pantalla de un móvil. los cuatro han estado riéndose y señalándose hasta que el hermano de pelo claro ha sacado la pelota de su bolsa y ha comenzado a juguetear con ella, tirándola hacia arriba, cada vez más alto, y recogiéndola hábilmente con las dos manos. en uno de los lanzamientos, su hermano la ha cazado al vuelo y ha iniciado una carrera con el balón escondido debajo de su camiseta. el otro lo ha perseguido hasta alcanzarlo. sus piernas son más largas y con dos zancadas ha conseguido atraparlo. los dos han caído al suelo. se han empujado y, entre carcajadas, se han pegado sin hacerse daño. se reían a gusto y sus amigos del banco, todavía embobados con el móvil, apenas han reparado en su griterío. al levantarse se han limpiado el polvo de los pantalones y han comenzado a intercambiar chutes a escasos centímetros entre ellos, con pasadas cortas y ágiles, con giros divertidos y payasadas que arrancaban risas del uno y del otro. así han pasado unos minutos. me he divertido viéndolos y aunque desde mi habitación no pueda oírles, he imaginado los motes cariñosos que el aventajado ganador iba dedicándole a su contrincante. “a ver si te esfuerzas más”, “espera y verás”, “¿eso es lo mejor que puedes hacer?”.
luego ha bajado blas. venía con un par de amigos que le acompañan a todas partes, y de maría. me sorprendió verles juntos al principio. nunca les había visto juntos antes. de hecho, nunca les había visto ni tan siquiera hablar, aunque estoy segura de que se conocían porque los dos han vivido siempre en el barrio. en realidad tampoco sé si están juntos. jamás van cogidos de la mano y ni mucho menos les he visto besarse, así que no sé muy bien qué hay entre los dos. maría vive en el segundo c, pero del bloque de en medio. siempre ha sido una chica guapa, incluso cuando era pequeña ya hacía ladear cabezas y generaba comentarios del tipo “qué preciosidad de niña”. ahora los vecinos opinan lo mismo, pero han variado el tono, mucho menos tierno, y ya no le pellizcan los mofletes. ella, conocedora de su belleza, se pasea por el parque ufana, casi a cámara lenta, asegurándose de que todas las miradas se centran en su pelo lacio y largo, sus curvas perfectas, su ropa apretada al cuerpo, sus gestos perfectamente estudiados y su escote generoso. a todos les gusta maría, a todos.
los recién llegados se han unido al grupo y han sacado compartido más cigarrillos. hablaban, gesticulaban teatralmente y se reían. los gemelos han continuado con su juego, pero algo ha cambiado. algo que al principio sólo ellos y yo hemos podido notar. su expresión era distinta. ya no sonreían, ya no se hablaban, ya no se miraban a los ojos. se han alejado un poco más el uno del otro. el chico de piel pecosa ha lanzado un poco más fuerte. el otro ha respondido molesto con una patada demasiado enérgica que ha forzado a su hermano desviarse del campo de fútbol imaginario para atrapar la pelota.
-¿qué haces? – imagino que le habrá dicho, apuntando hacia el espacio imaginario reglamentado.
el otro se ha encogido de hombros.
-deja de perder el tiempo – le habrá contestado.
han reiniciado el juego. el balón ha sido lanzado con más furia aún. ha volado por los aires, por encima de la copa de los árboles. no ha habido forma de cogerlo a tiempo y ha rebotado cerca del parque donde juegan los niños. uno de los abuelos al cuidado de sus nietos les ha reprendido.
-¿es que estáis locos o qué? aquí hay niños jugando, a ver si vigiláis.
el muchacho de ojos oscuros ha llegado resoplando, ha cogido el esférico de debajo de los columpios y se habrá disculpado tartamudeando algo incomprensible. su hermano, a distancia, secándose el sudor de la frente, sonreía.
-¿qué les pasa a esos dos? – ha preguntado blas.
el grupo ha parado su conversación. incluso maría ha levantado la vista del móvil y arreglándose un mechón de pelo, les ha observado con curiosidad. bajo la atenta mirada del resto, las normas se han vuelto más difusas aún. la pelota rodaba a más velocidad, las patadas eran más rabiosas, las paradas se celebraban con gestos ofensivos, los motes se han convertido en insultos groseros. ya no era un simple juego, pero maría se divertía viendo cómo los dos hermanos festejaban sus goles. ellos, de reojo, se aseguraban de que la chica les había visto. la partida plácida, convertida ahora en una batalla disimulada, ha continuado diez minutos más sin que nadie haya intervenido y los dos hermanos hayan casi llegado a las manos. pasados los diez minutos, blas, aburrido del espectáculo, se ha levantado del banco y ha tirado la colilla al suelo. maría se ha levantado también. los dos han intercambiado algunas palabras con el grupo y sin despedirse de los gemelos, se han marchado. ellos, sudados y sin apenas poder respirar por el esfuerzo, les han seguido con la mirada. maría, a unos pasos de blas, ha desparecido detrás de unos de los portales.
-¿tiras o qué? – le ha retado un hermano al otro. el chico de ojos oscuros ha pateado el balón desganado, sin fuerza, ni intención de alcanzar a su hermano. la pelota ha llegado a los pies del otro chaval girando lentamente y éste ha respondido de la misma forma, con la misma indolencia. el grupo ha vuelto a sus pantallas. han encendido más cigarrillos y han escupido más pipas al suelo. ha anochecido y he mirado el reloj. dentro de unos minutos, los gemelos recogerán sus bolsas y subirán a su casa. me los imagino en el ascensor, en silencio, escuchando sólo sus respiraciones todavía agitadas, un poco incómodos, disimulando, tal vez, como si en realidad sólo hubieran estado jugando un rato.
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