antes
de levantarse de la cama, carlos observó a su esposa mientras dormía. a pesar
de llevar nueve años casados, todavía se sorprendía de tener a gloria en
su cama. le gustaba todo de ella y si
desde hacía nueve años parecía estar viviendo una segunda juventud, era sin duda
gracias a ella y a los veintitrés años de diferencia que se llevaban. desde que
se habían conocido, en una fiesta en casa de unos amigos comunes, había
empezado a correr todas las mañanas antes de ir a trabajar, había dejado de
fumar, había comenzado a vigilar la dieta y había renovado todos sus trajes
grises y clásicos por ropa informal y colorida. su secretaria, con quien tenía
cierta confianza después de tantos años trabajando conjuntamente, le había
comentado en alguna ocasión que había rejuvenecido quince años y sus colegas de
trabajo le miraban con envidia, más que por su actitud dinámica y positiva, a
pesar de sus cincuenta y nueve años, por su segunda esposa, que aparte de ser
inteligente y amable, tenía el culo firme, las piernas largas y unos pechos
turgentes.
gloria
se despertó y miró a su marido. todavía adormilada, sonrió tímidamente.
-¿qué
estabas mirando? – preguntó.
-a ti.
-¿por qué?
-no lo sé. me gusta mirarte cuando duermes. eres más guapa todavía.
-qué tonterías dices.
-no es ninguna tontería. es la verdad.
ella lo abrazó y notó un bulto duro y cálido refregándose contra su muslo
derecho. hicieron el amor lentamente, como le gustaba a carlos, con gloria
encima, sus manos apoyadas en su pecho, moviéndose con suavidad. al terminar,
reposaron unos segundos en silencio y a continuación él se levantó y se puso
los pantalones del chándal.
-¿vas a correr ahora?
-claro, es domingo. los domingos toca recorrido doble, cariño, pero no tardaré
nada. en una hora estoy aquí de nuevo.
-en ese caso no me moveré de aquí.
él apartó la sábana, acarició la mejilla de ella, besó uno de sus pechos y
salió de la habitación canturreando una melodía.
hacía un día estupendo. el sol despuntaba por entre las frondosas copas de los
árboles de los jardines vecinos y todavía no hacía demasiado calor. la calle
estaba desierta a esas horas y carlos agradeció la brisa fresca proveniente del
mar. se abrochó la chaqueta, encendió su ipod y se dirigió hacia el paseo
marítimo a paso rápido. su corazón comenzó a bombear cada vez más veloz y no
tardó en notar las primeras gotas de sudor resbalando por la frente. como todos
los domingos, llegó hacia el final del paseo en media hora y repitió el
trayecto en sentido contario sin aminorar la marcha. sólo en los últimos
doscientos metros se permitió reducir la velocidad y comenzar a caminar para
relajar las piernas. se secó el sudor de la cara con una mano y se detuvo en un
banco para hacer un par de estiramientos y respirar profundamente. cuando notó
que su respiración había vuelto a la normalidad, apagó la música e inició el
camino de vuelta a casa, orgulloso de su gesta, pensando en una ducha fresca y
un desayuno frutal.
lo vio de lejos, tan de lejos que no pudo reconocer si se trataba de un hombre
o de una mujer. caminaba con dificultad, haciendo eses, como si estuviera
borracho o como si el peso de la bolsa que arrastraba fuera tal que no le
permitiera ir en línea recta, ni mucho menos erguido. a medida que iba
acercándose identificó la figura de un hombre. era extremadamente delgado,
moreno de tez, despeinado, mal afeitado y con aspecto enfermizo. el hombre,
pendiente de no soltar la bolsa, apenas podía mantenerse en pie. carlos sintió
asco y pena por él. calculó que tendría más o menos su misma edad, aunque
aparentaba muchos más años. vestía con unos pantalones grandes, manchados y
descoloridos y un jersey de pico de color verde oscuro, encogido y gastado. a
pocos metros de cruzarse los dos, el hombre, incapaz de coordinar sus pasos,
tropezó con la bolsa y cayó de rodillas al suelo. se quedó quieto, sin levantarse,
mirando sus manos sucias. carlos se apresuró a ayudarlo a levantarse.
-¿está usted bien? – preguntó mientras le alzaba por las axilas y se sorprendía
de lo poco que pesaba. el hombre lo miró asustado. encogido y con la mirada
perdida asintió deprisa, nervioso. hizo el amago de recoger la bolsa de
plástico, pero carlos se interpuso en su misión:
-¿quiere
que le ayude? ¿se lo llevo a algún sitio? ¿quiere que…?
el hombre dudó unos instantes. parecía no comprender a carlos. él se quedó
callado, esperando que el hombre decidiera, pero se mantuvo en silencio.
-¿es
basura? –preguntó con la esperanza que la sencillez de la palabra lo hiciera
reaccionar. el hombre por fin asintió y señaló un contenedor que quedaba a
pocos metros, en esa misma acera. carlos se acercó a la bolsa y la empujó hacia
arriba para recogerla. pesaba tanto que no pudo evitar preguntarse cómo había
podido arrastrarla hasta allí un hombre tan enclenque. avanzó unos pasos y,
agotado, la dejó en el suelo para descansar. el hombre, detrás de él, lo miraba
con los ojos muy abiertos.
-hay
que ver lo que pesa –susurró. pero el hombre no cambió su expresión de sorpresa
e inquietud. carlos se secó el sudor y volvió a levantarla. apremió el paso
para llegar rápido al contenedor. sin ayuda, le iba a costar levantar la bolsa
hasta llegar a la altura de la tapa para lanzarla dentro, pero sabía que no
podía contar con el hombre ni tan siquiera para mantener la tapa abierta.
habría tardado más tiempo intentando explicarle qué debía hacer que hacerlo él
solo. apoyando una de sus piernas con el contenedor consiguió abrirlo y
balanceando la bolsa ligeramente con ambas manos consiguió lanzarla de malas
maneras dentro. al chocar con el resto de contenido hizo un ruido seco. justo
entonces le vino una oleada desagradable, un hedor de podredumbre y meado
intensó que lo hizo apartar de inmediato. la tapa del contenedor se cerró de
golpe y el hedor cesó levemente. estaba tan sudado que no podía esperar a
llegar a casa y meterse en la ducha. se dio la vuelta para despedirse del
hombre, pero al hacerlo él había desaparecido. miró a un lado y a otro, pero no
había rastro de él. se extrañó de la rapidez con que lo hizo cuando unos
minutos antes apenas parecía poder mantenerse en pie, pero no quiso dedicarle
más tiempo del necesario y necesitaba esa ducha urgente. mientras se alejaba
del contenedor volvió la cabeza un par de veces. la calle seguía vacía.
apresuró el paso sólo para alejarse de ahí y regresar cuanto antes a los
cálidos brazos de gloria que, con un poco de suerte, seguiría metida en la
cama, desnuda.
a primera hora del lunes, carlos acompañó a su esposa al aeropuerto. tomaron un
café en un bar atestado de pasajeros y esperaron hasta el último minuto para
despedirse.
-acuérdate de dejarle el dinero a consuelo. esta semana vendrá el miércoles.
recuérdale que tiene que hacer las persianas. hace un mes que no las toca y
están llenas de polvo. ¿te acordarás?
-sí, no te preocupes. voy a echarte de menos.
-y yo a ti. pero son solo tres días.
-lo sé, pero para mí es suficiente tiempo como para echarte de menos.
-te llamaré cuando llegue.
-te quiero.
ella sonrió y besó a su marido. todavía se emocionaba cuando le decía que la
quería y no podía evitar sonrojarse y sentirse aún más afortunada. si hubiese
sido por ella, hubiera cancelado ese viaje de trabajo para quedarse con él y
organizar cenas románticas o ir al teatro, como hacían a menudo, cuando sus
horarios y reuniones se lo permitían.
-me tengo que ir. ¿podrás recogerme a la vuelta? – dijo después de comprobar la
hora.
-acuérdate de llamarme.
-claro.
él esperó hasta que su mujer desapareció detrás de las puertas deslizantes. le
gustaba ver cómo los demás hombres se giraban para mirarla o, con más disimulo,
la observaban por el rabillo del ojo y ella, distraída, entregaba la carta de
embarque y el pasaporte.
llegó
a la oficina media hora más tarde de lo habitual. su secretaria le esperaba con
cambios de última hora, reuniones de producción y ventas y una comida con un
cliente demasiado importante que no estaba contento con los resultados de su
campaña. carlos le pidió un té frío, alabó su nueva blusa y se encerró en el
despacho con la intención de liquidar todos los temas pronto y poder pasar un
par de horas en el gimnasio. gloria lo
llamó mientras él conducía hacia allí. su voz sonaba lejana y triste. había
tenido un buen vuelo pero el hotel era viejo, no funcionaba la calefacción y la
presentación había sido desastrosa. estaba segura de no haber convencido a sus
clientes para que se quedaran en la compañía y se sentía desmoralizada y con
ganas de llorar. él la escuchó con atención, esperando que ella se desahogara y
terminara su explicación. le aseguró que todo eso eran sólo impresiones suyas y
que estaba seguro de que todo había salido bien. ella rompió a llorar y le
aseguró que no, que había fracasado estrepitosamente. carlos quiso abrazarla,
coger el primer vuelo y rescatarla de ese hotel lejano y frío y repetirle lo
mucho que valía para ese puesto que los dos sabían que le venía grande, pero se
quedó callado.
-te
quiero mucho, gloria –dijo finalmente para apaciguar el lloro de la mujer.
el martes se despertó con dolor de cabeza. había dormido mal y recordaba haber
tenido pesadillas que le habían desvelado a las cuatro de la mañana. decidió
que en vez de salir a correr, se quedaría en la cama e intentaría dormir media
hora más. sin embargo cuando el despertador sonó treinta minutos después seguía
notando unos dolorosos pinchazos en la sien. se levantó de mal humor y salió de
casa sin desayunar nada más que un ibuprofeno y un vaso de agua del grifo. al
llegar a la oficina encontró a un grupo de personas arremolinadas y
cuchicheando alrededor de la mesa de la recepcionista. al verlo llegar, el
grupo se disgregó inmediatamente, sin disimulo, aunque continuaron rumoreando.
-¿qué pasa? – le preguntó a su secretaria.
la mujer miró hacía recepción, ahora vacía, y no supo a qué se refería.
-¿dónde?
-da igual. ¿puede traerme un café, por favor?
-¿un café? – repitió ella extrañada de la petición del hombre.
hacía seis años que carlos había sustituido el café por el té, mucho más sano y
saludable, según palabras de gloria.
-sí, un café. largo y sin azúcar.
la mañana pasó lenta. el ibuprofeno apenas había sido efectivo y su cabeza
seguía martilleando constantemente. no era capaz de concentrarse en ninguna de
las varias tareas que había empezado a hacer, ni mucho menos de resolver las
preguntas que tenía abiertas en su correo electrónico y que cualquier otro día
le hubieran parecido nimiedades. se aflojó la corbata y que quitó la chaqueta
con la intención de poder respirar mejor y dejar de sentirse acalorado y
mareado. salió a la hora de comer. también su secretaria se extrañó: no solía
salir del despacho a no ser que tuviera una comida con algún cliente o directivo.
quiso recordarle que saldría un poco antes ese día, pero él ya estaba en el
pasillo, a punto de llamar el ascensor. al pasar por la mesa de la
recepcionista le llamó la atención la portada del periódico de esa mañana. se
paró delante de ella, con la cabeza torcida para leer bien el titular. la
chica, un poco incómoda por su presencia, preguntó si podía hacer algo por
él.
-¿le importa dejarme el periódico?
-por supuesto que no, señor biesca.
-gracias. se lo devolveré cuando vuelva.
-oh, no hace falta, de verdad. ya había terminado de…
carlos se marchó sin esperar a que la chica terminara su frase. cuando se hubo
alejado lo suficiente del edificio, desplegó el periódico y releyó el titular,
esta vez seguro de no haberlo visto mal la primera vez: “hallado medio cuerpo
descuartizado en un contenedor de basura”. carlos buscó un banco donde
sentarse. era algo totalmente absurdo, no tenía ni pies ni cabeza, pero durante
diez minutos no consiguió levantar la vista de la foto de debajo del titular e
intentar identificar lo poco que se veía de sus alrededores. cuando consiguió
levantarse, turbado por la noticia, compró un café y volvió a la oficina.
-muchas gracias – le dijo a la recepcionista cuando entró de nuevo y dejó el
periódico en su mesa.
-oh, de nada, señor biesca.
-¿no tendrá usted un cigarrillo?
-claro, - contestó ella levantándose inmediatamente para buscar dentro de su
bolso. – aquí tiene. es mentolado, espero que no le importe.
-gracias de nuevo.
giró sobre sus talones y salió de nuevo del edificio, llamó a su secretaria y
le comunicó que no volvería hasta el día siguiente. condujo sin rumbo durante
una hora, con la ventana abierta, intentando no pensar en nada. cuando se hubo
alejado lo suficiente de la ciudad regresó sin prisa, incapaz de haber llegado
a ninguna conclusión. antes de llegar a casa paró en una estación de servicio y
compró el periódico que había leído hacía pocas horas. en casa revisó la
noticia y la foto y espero a que las noticias revelaran algún dato más sobre el
suceso, aunque ni tan siquiera lo mencionaron. carlos, cada vez más nervioso,
buscó en el cajón de la mesilla de noche de gloria el paquete de cigarrillos y,
sin pensarlo, encendió uno y después otro. más tarde esa noche se sirvió tres
vasos largos de whisky. cuando gloria lo llamó él estaba vomitando en el baño,
convencido de que su cabeza iba a estallar de un momento a otro.
consuelo lo despertó al día siguiente. se había quedado dormido en el sofá, con
el traje y la televisión encendida. al ver a la mujer se asustó.
-perdone, señor biesca. no pensaba que iba a estar todavía en casa.
-¿qué hora es?
-las nueve en punto.
-me quedé dormido.
-¿quiere que le prepare algo?
-un café, me vendría bien.
-no sé si quedará algo en el armario. voy a ver.
la
mujer se alejó justo cuando en la pantalla aparecía el hombre enclenque y
borracho que carlos había ayudado, más demacrado aún, con los ojos enrojecidos
y un gesto altivo frente a la decena de cámaras que lo gravaban entrando en un
coche policial. la voz del presentador acompañaba las imágenes con una danza de
palabra que carlos no supo conectar ni mucho menos digerir.
-menudo salvaje, por no decir algo peor – interrumpió consuelo al ver al hombre
en la pantalla – ojalá se pudra en la cárcel. aunque yo más que meterle en la
cárcel, le ahorcaría directamente, sin perder el tiempo.
la
mujer le ofreció un vaso de agua y él se incorporó y la bebió de un trago.
-¿puede
usted creerlo? –continuó- asesinar a su mujer y a su nieto. ¡su propio nieto de
tan solo un año! y no contento con esto, cortarlos a trocitos, como si fueran
longanizas e ir tirándolos a la basura, poco a poco. ¿se puede estar más
enfermo? un día un trozo de cabeza en gran vía, otro día la pierna izquierda
aquí al lado. aquí al lado, así como se lo digo encontraron también restos.
creo que eran del niño. ocho añitos, que tenía. un enfermo. pobre familia, qué
desgracia.
-¿y ha sido él? ¿no hay dudas? –preguntó temiendo que sabía la respuesta
de antemano.
-lo encontraron esta misma madrugada, borracho y medio desnudo, en un bar de
las afueras, gritando a los cuatro vientos, como un verdadero endemoniado lo
que había hecho con su familia. jactándose de cómo los había cortado y los
había metido en varias bolsas de basura. creo que todavía tenía alguna en su
casa. qué horror. no paraba de repetir que se lo merecían los dos. un loco,
señor biesca, un loco peligroso. y los que habrá todavía por allí sueltos. si
es que el milagro es que sigamos aún vivos.
-no
tendrá ningún cigarrillo, ¿no?
-es que yo no fumo señor biesca. pero puedo ir a comprarlos.
-no
se preocupe. iré yo mismo. y también compraré café.
carlos no fue a trabajar ese día. pasó la mañana encerrado en casa, viendo los
especiales que emitían los programas sensacionalistas sobre el asesino del
contenedor, como ya había sido bautizado en todos los medios. centenares de
veces a lo largo del día vio la cara del hombre al que había ayudado esa mañana
y el depósito donde él mismo había tirado una bolsa de basura con un trozo de
cuerpo. se preguntó si en algún momento debería llamar a la policía y confesar
su involuntaria colaboración o si, tarde o temprano, ellos darían con él.
intentó tranquilizarse pensando que el culpable, el verdadero culpable, ya
había confesado sus crímenes y que, por lo tanto, eso le dejaba al margen de
todo el asunto. a pesar de su convincente explicación siguió sintiendo náuseas
y temblores y sólo cuando desconectó el móvil sintió cierto alivio que no tardó
en evaporarse.
gloria llamó de nuevo a las nueve de la noche, pero el móvil seguía apagado.
el jueves carlos se despertó con una resaca dolorosa y terrible. de nuevo se
había quedado dormido en el sofá y había tirado el vaso lleno de whisky encima
de la alfombra que habían comprado en estambul hacía dos años. le dolía todo el
cuerpo y apestaba a humo y sudor. se levantó lentamente y con dificultad y una
vez en el baño se asustó de su propio reflejo: la piel de color ceniza, los
labios secos, ojeroso, despeinado y sin afeitar. en apenas tres días parecía
haber envejecido diez años. al salir de la ducha seguía teniendo el mismo
aspecto tenso y agotado y al llegar a la oficina su secretaria no pudo evitar
preguntarle si se encontraba bien. fue imposible pensar en otra cosa que no
fuera esa enorme bolsa de plástico, sujetada con sus propias manos, justo antes
de lanzarla con fuerza dentro del contenedor. recordó el impulso que cogió
antes de tirarla e imaginó los trozos de carne cortados, mezclándose y chocando
entre sí. recordó el hedor y recordó la cara del hombre, asustado y ausente. de
nuevo sintió náuseas y ganas de servirse un trago o dos, pero una llamada de su
secretaria lo hizo volver a su despacho, blanco, limpio y ordenado.
-¿señor biesca? es la señora biesca.
-pásemela, por favor.
carlos recordó que hacía dos días que apenas se había acordado de gloria. no se
sentía con la energía suficiente como para hablar de forma natural con ella,
pero se aclaró la voy y, como si ella pudiera verlo, intentó sonreír:
-¿cariño? ¿por qué no me llamas al móvil?
-¡porque lo tienes apagado! ¡he intentado llamarte diez veces!
-lo siento. me olvidé de cargarlo.
-¿te
olvidaste?
-he
estado muy liado estos días, gloria. cuéntame de ti, ¿cómo va todo por
ahí?
-¿por ahí? carlos, llevo una hora esperándote en el aeropuerto. habíamos
quedado que me pasarías a recoger. ¿qué te pasa? ¿va todo bien?
-todo va estupendamente –aseguró abriendo la ventana de su despacho de par en
par- ahora salgo de la oficina y en media hora estaré allí.
-date prisa, por favor. estoy helada y agotada.
condujo más deprisa de lo que las señales de tráfico permitían y al llegar al
aeropuerto dejó el coche aparcado en segunda fila. al ver a su mujer la abrazó,
pero ella lo apartó rápidamente. seguía enfadada y las explicaciones
atropelladas de su marido no sirvieron para calmarla. durante el viaje carlos
estuvo callado, atento a las noticias de la radio sobre el caso del asesino del
contenedor. su esposa, asqueada con los detalles cada vez más sórdidos, intentó
apagar la radio, pero carlos la detuvo argumentando que necesitaba escuchar las
últimas informaciones sobre los resultados de la bolsa que venían después de la
noticia. ella negó con la cabeza. lo notaba extraño, ausente y desaliñado. por
el rabillo del ojo lo miraba conducir tenso y erguido, e imaginó que durante
esos días apenas habría descansado lo suficiente. decidió que al llegar a casa,
después de una ducha y comer algo decente, hablaría con él. le molestaba que no
fuera capaz de desconectar nunca del trabajo y temía por su salud, a pesar de
los progresos que había hecho en los últimos años. al dejar las bolsas en el
pasillo y entra en el salón miró a su marido con desconcierto.
-¿qué ha pasado aquí? – le preguntó mientras señalaba la mancha de la alfombra,
el televisor encendido y el cenicero de encima de la mesa lleno de colillas.
-¿sabes qué tendríamos que hacer, cariño? irnos de viaje –contestó él.
-¿qué?
-sí, eso deberíamos hacer: irnos unos días, alejarnos de todo esto y
desconectar de todo el mundo.
-¿has vuelto a fumar?
-tres semanas. un mes. donde sea.
-no sé lo que ha pasado aquí, pero sea lo que sea, necesito que me lo expliques
ahora mismo.
carlos se dejó caer en el sofá. sacó un cigarrillo del paquete y lo encendió
tranquilamente. ella se apresuró a quitárselo de la boca y apagarlo en el
cenicero. él no se inmuto.
-¿sabes gloria? – dijo con voz calmada con la mirada puesta en el cigarrillo
doblado que todavía humeaba - cuando tú no estás, todo va mal.
-ni que lo digas – respondió ella. - mira cómo está la alfombra de manchada,
¡la alfombra de estambul! ¡y toda la casa huele fatal. ¿no vino consuelo ayer?
¡las persianas siguen igual de sucias! tendré que hablar con ella. carlos, ¿qué
ha ocurrido aquí? ¡es que está todo hecho un desastre!
él reposó la cabeza en el respaldo del sofá, apagó la televisión y soltó una
carcajada estridente que asustó a su esposa.
-tienes razón, - dijo de repente, muy serio y evitando mirarla - está todo
hecho un desastre porque todo esto es un desastre.
ella se sentó a su lado, demasiado confusa como para seguir insistiendo. su marido
alargó la mano y cogió el paquete de tabaco y la botella que estaba casi vacía.
esta vez gloria calló y se limitó a observar cómo su marido daba un trago de la
botella, encendía el cigarrillo e inhalaba el humo profundamente para dejarlo
ir unos segundos después llenando la habitación de una neblina densa y
apestosa.