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cuando leí el anuncio en el periódico supe de inmediato que quería ese puesto de trabajo. lo leí durante mi descanso al mediodía mientras tomaba un sandwich de pepino con mantequilla. lo recorté deprisa y lo guardé en mi bolso antes de que viniera jane, la supervisora, y me preguntara qué estaba haciendo y por qué tardaba tanto en volver a la barra. estaba harta de ese bar, de los horarios intempestivos, de mi jefe soplapollas e intransigente y sobre todo de la clientela, siempre pidiendo, reclamando, exigiendo: “chica, eh, eh, tú, te dije un café corto de café. corto de café, ¿recuerdas? aquí hay demasiado café y yo lo quería corto de café. corto de café. además… ¿estás segura que es descafeinado? no puedo tomar cafeína. mi salud depende de ello. no es tan difícil de entender. tráeme otro y que sea rápido. y asegúrate de que esa vez sea descafeinado”. oh, los hubiera fusilado a todos, pero claro, de algún modo tenía que pagar el alquiler, así que siguiendo las instrucciones que jane nos repetía cada mañana, sonreía mansamente y les servía otro maldito capuccino, esperando que se largaran del establecimiento y no volvieran jamás.
de vuelta a casa ese mismo día, pasé por el museo y pedí una solicitud que rellené nada más llegar al piso de finchley park. pedían lo de siempre: estudios, experiencia laboral anterior, idiomas y antecedentes penales. en realidad era la primera vez que en un trabajo se interesaban por este último aspecto, y orgullosa por mi intachable currículum criminal, marqué en la casilla del “no”. estaba convencida de que el trabajo sería mío. cuando ya habían pasado más de cuatro semanas y casi me había olvidado de ellos y había aprendido a hacer los capuccinos cortos de café y descafeinados, recibí su llamada. querían verme cuanto antes y les propuse de quedar al día siguiente. ellos estuvieron de acuerdo y yo tuve que improvisar una repentina indisposición para no ir al trabajo ese día, a pesar de las quejas de jane que iba corta de personal.
me entrevistaron cuatro personas y mentiría si dijera que tanta audiencia no me impresionó. en un extremo de la mesa estaba el señor patel, que era el jefe del equipo de seguridad, y por tanto, mi futuro jefe directo. era un señor mayor, bajito, con el semblante muy serio y con mucho pelo. tenía un acento raro, que por su tez morena y sus ojos negros, deduje que era de la índia o del pakistan. también estaba el señor campbell, mucho más distendido y amable. fue él quien alabó mi buen nivel de inglés y le dio un buen repaso a mi culo cuando me di la vuelta para marcharme. también estaba el señor cole, que no me quedó muy claro quién era porque se presentó muy rápidamente, y la señora reid, que era la ayudante del señor patel y bajo mi punto de vista, necesitaba un corte de pelo urgente. la entrevista duró casi una hora en la que hablamos de arte, de mis trabajos anteriores, de mi vida en londres, de la comida inglesa y del pésimo clima del país. al salir me invitaron a visitar las instalaciones de la galería, para ir habituándome a mi nuevo espacio laboral. creí que era una bonita forma de notificarme que el puesto era mío, pero en realidad era sólo una invitación que hacían a todos los candidatos para que gastaran algo en la tienda o en el bar. como tenía el resto del día libre decidí quedarme un rato y pasearme por las salas del museo. había estado otras veces, claro. de hecho, había entrado en un par de ocasiones, mientras estaba esperando a algún amigo y fuera llovía o hacía mucho frío, y creo que en alguna otra también entré para usar los servicios en la planta baja.
recorrí unas seis o siete salas y observé con detenimiento los que, tal vez, serían mis nuevos compañeros de trabajo. la mayoría eran hombres mayores, que sentados en sillas tapizadas de plástico granate que parecían bastante incómodas, cabeceaban o bien cuchicheaban con otros vigilantes o con los turistas que como yo, paseaban por las salas. cuando me cansé de caminar, me senté en uno de los bancos, justo el que estaba colocado delante de “la venus del espejo” de velázquez. siempre me había gustado mucho ese cuadro. tal vez porque me recordaba mis años de universidad, cuando en clase de pintura barroca española, impartida por maría dolores de biesca, una eminencia en andarse por las ramas y en ponernos más tareas que el resto de profesores, nos mandaron hacer el estudio de una obra y yo escogí esa. al poco rato de estar sentada se acercó el guarda de seguridad. primero pasó por delante, un par de veces, como queriendo asegurarse de que todo estaba en orden en su sala, pero después se detuvo a mi lado y me miró.
-bonito cuadro, ¿eh?
enseguida reconocí el acento familiar.
-¿eres español? - pregunté.
-anda, ¿tú también?
-de madrid.
-vaya, yo de salamanca.
hablando con alberto, que así se llamaba el chico, me enteré de que llevaba siete años trabajando en el museo y de que a pesar de ser un trabajo aburrido y tedioso, estaba bien pagado y no requería grandes esfuerzos. también me dijo que la mayoría de los que trabajaban allí más de diez años terminaban un poco locos y hablando solos, así que a él le quedaba poco para buscarse otra cosa antes de convertirse en uno de ellos.
-ese de ahí, por ejemplo – dijo señalando a un señor calvo y regordete con la corbata manchada – lleva más de treinta años vigilando salas. te puedes imaginar. cada día, ocho horas en completo silencio, andando por entre estas cuatro paredes, dándole a la cabeza, sin poder hablar, ni leer, ni escribir, ni nada de nada. sólo vigilando y pensando. imagínate, cómo para no volverse loco.
-ya, claro, pues tal vez no sea tan buena idea el que haya hecho la entrevista.
-no mujer – me animó – ¡también hay gente normal! ¡yo soy normal! y además, pagan bien.
intercambiamos los teléfonos y me deseó suerte con la selección. cuando me marché vi cómo se acercaba a otra visitante y le hacía la misma pregunta que me había hecho a mí, aunque ella no le entendió y se apartó un poco, molesta por haber sido abordada de esa forma.
en el bar las cosas iban a peor. jane había ideado una especie de competición entre los trabajadores para motivarnos y vender más y más rápido. quien consiguiera más ventas, obtenía un bonus al final de la semana, así que el poco compañerismo que había entre nosotros quedó anulado en cuestión de horas. ahora todo el mundo quería servir más mesas, cobrar cuanto antes y ofrecer a los clientes el tamaño extra de mocca y convencerles de que debían probar la tarta del día. al ver que yo no mostraba ningún interés por conseguir el ansiado bonus, jane tuvo una charla conmigo en la despensa sobre lo fácil que podría ser encontrar a una sustituta para mi puesto. estuve a punto de decirle que en breve se vería obligada a hacerlo, pero preferí callarme y contestarle que intentaría esforzarme más, cosa que tampoco hice.
finalmente me llamó la señorita bossom, de recursos humanos, para anunciarme con su vocecilla alegre y estridente que había conseguido el trabajo y que podía empezar cuando quisiera. esa misma tarde telefoneé a jane para comunicarle que no volvía al bar y que podía meterse su bonus por el culo. bueno, no, en realidad sólo le dije que mi abuelo había enfermado gravemente y que volvía a madrid un tiempo para despedirme de él y estar con mi familia durante ese doloroso momento. ella pareció conmovida y contestó que esperaba que fuera todo bien, que prepararía mis papeles y me los enviaría. también dijo que si volvía, tenía las puertas abiertas. le agradecí su oferta y colgamos las dos sintiéndonos dos perfectas hipócritas.
en mi primer día de mi nuevo trabajo en el museo llegué puntual, ilusionada y nerviosa. la señora reid me esperaba en la recepción. me saludó muy efusivamente y me hizo una visita rápida a las instalaciones. me enseñó los vestuarios, el comedor, el despacho del señor patel y la sala de descanso, donde un grupo de señores sentados en los sofás, se tomaban su dosis de café en absoluto silencio. también me entregó mi nuevo uniforme que consisitía en una falda larga sin ningún tipo de gracia, una chaqueta azul marino de tela gruesa y un par de camisas azul celeste. me sobraba ropa por todos lados. al verme hizo una mueca de desapruebo, pero no había tallas menores, así que tuve que arremangarme las mangas y subirme un poco la falda que casi me llegaba a los tobillos. al señor patel tampoco pareció gustarle demasiado mi atuendo cuando unos minutos después fui de nuevo presentada en su despacho. él mismo me entregó el horario de la semana y me dio la bienvenida con un saludo frío y protocolario. a continuación la señora reid, que había esperado fuera, me acompañó a lo que sería mi primera sala para vigilar el resto del día y de la semana. estaba realmente animada y no podía esperar. tal vez estaría rodeada de velázquez. tal vez podría pasar el día maravillada ante mi adorada "venus del espejo". o quizá me tocaría cuidar de los van gogh, o de los caravaggio, o de los turner, o los vermeer. pasábamos las salas, una tras otra, tranquilas y vacías, ya que el museo hacía pocos minutos que había abierto, repletas de obras de arte, de siglos de historia, de retratos de personajes que cambiaron el rumbo de las civilizaciones, de héroes, de luchadores, de reyes y príncipes, de grandes filósofos y pensadores, de artistas que se convirtieron en genios inmortales y cuyas obras pasaron a ser consideradas excepcionales, cuando por fin la señora reid se paró y anunció:
-tu puesto para esta semana es este.
habíamos llegado a la planta baja. vi mi silla tapizada de plástico granate y toda mi ilusión y ganas se desvanecieron de inmediato.
-¿aquí? – dije sin poder disimular mi decepción.
-sí, para empezar es un buen puesto. si tienes cualquier duda, al final del pasillo hay un telefonillo para llamar a la oficina. de todas formas, este puesto suele ser tranquilo y no creo que haya demasiados problemas y además, hay cámaras. – contestó señalando con el dedo un par de cámaras que nos apuntaban directamente – en fin, que vaya muy bien el día y bienvenida al equipo, almudeno.
no me atreví a corregirla para con mi nombre y la vi alejarse con rapidez mientras yo me sentaba en mi silla dura e incómoda, delante de una pared blanca que daba a los servicios bajo la atenta mirada de dos cámaras de seguridad.
probablemente fue el día más largo de toda mi vida. me entretuve contando los turistas que entraban en el baño. luego conté el número de mujeres rubias que entraban en el baño. a continuación el número de veces que me preguntaban dónde estaba la cafetería. después el número de hombres que salía con los pantalones salpicados de orina. más tarde el número de veces que las cámaras ladeaban sus posiciones por minuto y al final me harté de contar e intenté no pensar en nada, dejar la mente en blanco y esperar que de esta manera pasara el tiempo más rápido. no funcionó, pero de una forma u otra llegaron las seis de la tarde y por fin pude salir y escuchar ruido, tráfico, voces y hablar con personas. me sentía una persona de nuevo.
-¡eh, almudena, eh!
me giré. alberto, el chico que había conocido el día de la entrevista, corrió hasta alcanzarme.
-¡hola! – saludé – nos volvemos a encontrar.
-hoy me han dicho – dijo resoplando debido a la carrera - que había empezado una chica española y enseguida pensé en ti. al final lo conseguiste, bien hecho. ¿cómo ha ido tu primer día?
-bueno…
-¿en qué sala te han puesto?
-estoy vigilando los baños de abajo - contesté un poco abochornada.
-ah, pues perfecto. estarás super tranquila. ya verás cuando te toque en la sala de da vinci o gauguin o alguno de estos. es para volverse loco de gente y de follón. todo el rato avisando de que no toquen, que no se acerquen y que no hagan fotos. es agotador. los servicios en cambio, están muy bien.
-no sé qué decirte. preferiría un poco más de acción.
-bueno, no te preocupes, ya tendrás tiempo para esto.
-sí... supongo... espero.
-¿vas a buscar el metro? te acompaño.
el resto de semana estuve contando cosas que ignoraba que se pudieran contar. también me llevé conmigo un folleto del museo para leer algo, pero después de haberlo leído veinte veces me lo sabía de memoria y me dediqué a hacer barquitos de papel con él. afortunadamente, cuando el viernes por la tarde la señora reid me dio mi nuevo horario para la siguiente semana y vi que me trasladaban arriba, en salas, me animé y deseé que llegara el lunes. pero mi entusiasmo también fue temporal. al cabo de unas horas de ese lunes, ya había contemplado todas las pinturas, me conocía al dedillo los rostros, las expresiones, el color del pelo, los paisajes, los vestidos, los bodegones, los títulos de las obras, los autores, la fecha en la que habían sido pintadas y el color y material de los marcos. rápidamente me di cuenta de que alberto tenía razón cuando me avisó de que uno podía volverse loco si trabajaba allí durante muchos años, aunque yo empecé a sospechar que no hacía falta llegar a los años, bastaba con un par de semanas. no había nada que hacer y este era el verdadero problema: que esto era precisamente lo que se esperaba de nosotros, que no hiciéramos nada. estuve tentada de hablar con alberto para que me aconsejara cómo pasar los días sin volverme loca. también reflexioné que quizá, con el tiempo, terminaría acostumbrándome, pero luego pensé que no estaba muy segura de si quería o no aclimatarme a ese tedio diario, a esas jornadas lánguidas y anodinas, a ese silencio mortal, a ese tapizado arcaico y casposo de las sillas, a esos ronquidos de fondo que de vez en cuando se escuchaban en la sala contigua. y así pasé un par o tres de semanas, que se convirtieron en un par o tres de meses. no me había habituado, ni mucho menos, pero necesitaba tiempo para meditar sobre qué hacer: volver a un bar con sus clientes arrogantes o quedarme en ese cementerio viviente.
y luego pasó ese incidente lamentable y bochornoso.
abrí los ojos a las siete y seis de la mañana. lo sé porque lo primero que vi, o más bien lo primero que tuve que apartar de encima de mí, fue el fornido brazo de un negro que llevaba un reloj dorado en la muñeca. sin apenas fuerza, dejé caer su brazo, que golpeó la moqueta de la sala. él no se inmutó. giró su cabeza rapada hacia el otro lado y continuó durmiendo. me concentré en respirar pausadamente mientras las primeras imágenes de la noche anterior comenzaban a desfilar en mi cabeza. en algún lugar no muy lejano, escuché unas voces que susurraban y reían y sin estar segura todavía de si mi cuerpo estaría dispuesto a intentar moverse, levanté un poco la cabeza. me sorprendió que no me doliera tanto como esperaba. la noche anterior había comenzado a beber demasiado temprano y para cuando había llegado el resto de gente yo ya había corrido al baño donde llegué justo a tiempo para vomitar una pasta rosada y acuosa. abrazada a la taza del wáter, mareada y muerta de frío, alguien golpeó la puerta y bramó un par de insultos por mi tardanza en salir. cuando por fin abrí la puerta, el tipo había decidido dejar de esperar y se estaba preparando las rayas en el rellano, indiferente a los que transitaban por la zona, tan o más puestos que él. mientras bajaba las escaleras, menos mareada pero todavía helada, una chiquilla rubia y esquelética de apenas quince años me detuvo y me apartó el pelo mojado de la cara. pronunció algunas palabras que no comprendí y me limité a sonreír. ella continuó hablando precipitadamente durante dos o tres minutos, hasta que de repente se calló y del bolsillo de su chaqueta de cuero sacó un par de pastillas romboidales. la miré desconcertada. ella mantuvo la palma de su mano abierta, exponiéndola a mi vista y luego la acercó a mi cara. las cogí con cuidado y cerré el puño para no perderlas. la chica desapareció escaleras arriba y yo llegué al salón después de seguir a una fila de desconocidos que se dirigían al mismo lugar.
me fui fácil divisar a anja. llevaba un llamativo vestido de color rojo que había comprado ese mismo día para la ocasión.
-¿dónde has estado? – me preguntó al verme. – llevo buscándote más de media hora.
tenía los ojos centelleantes y un vaso en cada mano, llenos los dos hasta arriba.
-he ido a refrescarme.
-¿te encuentras bien? ¿has tomado algo? tienes mala cara…
-sí, estoy bien. sólo un poco de frío – mentí - ¿qué tal lo estás pasando?
-genial, aunque creo que voy un poco borracha.
-tómatelo con calma, ¿quieres? es temprano todavía.
ella asintió.
-¿ves a ese de allí? – dijo señalando a un chico alto y desgarbado con una gorra oscura que le tapaba media cara.
-sí- afirmé.
tomó un trago largo y arrugó la nariz.
-pues nos vemos luego.
en la cocina busqué un vaso limpio, pero fue imposible encontrar ninguno y terminé por vaciar en la pila el que menos restos de colillas tenía. lo lavé con agua tan fría que mis dedos enrojecieron rápidamente. bebí y me acordé de las pastillas que tenía en el bolsillo. con la yema de los dedos acaricié la superficie lisa de una de ellas. aún me sentía mareada y el estruendo de la música y el griterío de la gente eran cada vez más atronadores. el regusto amargo que me dejó en la boca la píldora hizo que buscara en los armarios algo dulce para paliar el sabor, pero al abrir un par y comprobar que estaban prácticamente vacíos, desistí y me limité a tomar un trago largo de agua. con la segunda apenas noté el sabor. dejé el vaso en la encimera y volví a la sala principal a paso lento y tambaleante. había mucha más gente, la mayoría habían ocupado el espacio central y bailaban al ritmo de una música frenética que en algunos momentos se hacía repetitiva e insulsa. no me apetecía bailar, así que me dejé caer en uno de los sillones roídos, al lado de una pareja que con los ojos en blanco, seguían el sonido de la música con movimientos de cabeza. pasaron veinte minutos hasta que comencé a notar la pesadez en los párpados y las piernas. cerré los ojos y respiré profundamente. la música sonaba cada vez más lejana.
-¿quieres?
la voz de un chico sentado a mi lado me obligó a levantar la vista con cierta dificultad.
-¿quieres? – repitió al ver que no reaccionaba mientras me ofrecía su botellín de agua.
lenta y pesadamente alargué el brazo y sorbí el líquido. al instante noté la garganta abrasándome y el intenso sabor del vodka en el paladar. tosí violentamente y escupí la bebida por la boca y la nariz. el chico se apartó de un salto.
-eh, eh… poco a poco, que no es agua. – me advirtió – toma un poco más.
le di las gracias y le devolví la botella.
-¿estás bien? – preguntó.
-sí.
-¿qué te has tomado?
le miré con detenimiento. sonreí. nos abrazamos. fue entonces cuando creí ver a anja, subiendo a las habitaciones con su vestido rojo. los dedos del chico comenzaron a dibujar formas serpenteantes en mi espalda y noté un cosquilleo cálido y agradable. cerré los ojos y descansé mi pesada cabeza en su hombro huesudo.
rodeada de vasos de plástico vacíos, bebidas derramadas y una decena de cuerpos esparcidos a lo largo de la sala, apoyé las manos en el suelo pegajoso y cogí impulso para incorporarme. noté un dolor agudo en todo el cuerpo por haberme quedado dormida en el suelo. tenía la boca seca y pastosa y temblaba de frío. sentada en medio de todo aquel desorden busqué con la mirada a anja. me acordé de su vestido rojo y me concentré en buscar cualquier cosa de ese color que me ayudara a identificarla. el negro que estaba a mi lado se movió y abrió un ojo. nos miramos durante unos segundos.
-¿tienes algo de beber? – gimoteó.
negué con la cabeza y volví a levantar la vista. ni rastro de anja.
me levanté y comencé a deambular por la sala intentando no pensar en el dolor que sentía en todo el cuerpo. pisé alguna mano sin querer y cogí un abrigo grande que no era el mío y que encontré encima de una silla rota. los temblores remitieron poco a poco, pero a cada paso que daba el dolor aumentaba. quería marcharme de allí a toda costa. quería volver a casa, meterme en la ducha, bajo el agua hirviendo, y luego en mi cama hasta volver a sentirme bien. sólo necesitaba encontrar a anja. cuando había revisado todos los rincones de la primera planta me vino a la cabeza la última imagen de ella y fui hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones. subí poco a poco, apoyándome en la barandilla y sorteando más vasos, más colillas, más charcos. abrí la puerta del baño. en la bañera, dos chicos jóvenes y semidesnudos dormían abrazados. alguien había dejado una nota manuscrita encima de uno de ellos: “no vuelvas a llamarme jamás. paul”. antes de salir vi mi propia imagen en el espejo. la luz fría del fluorescente me hacía todavía más pálida y ojerosa. tenía demás los labios agrietados, los ojos enrojecidos y el pelo sucio y enmarañado. esquivé la vista del reflejo y salí asqueada. entré en la habitación de enfrente y durante unos segundos me quedé quieta cerca de la puerta hasta acostumbrarme a la penumbra del lugar. había más bultos, tres o cuatro cuerpos, algunos en la cama, otros en un sofá pequeño situado justo al lado. me acerqué a la cama sin hacer ruido y aparté un poco la manta. enseguida identifiqué a anja en uno de los extremos.
-anja – susurré – soy yo. tenemos que irnos.
pero ella permaneció inmóvil con la boca entreabierta y los brazos en cruz. insití de nuevo y la zarandeé un poco.
-anja, despierta.
abrió los ojos confundida y asustada.
-tenemos que marcharnos. levántate.
-¿dónde estoy? – contestó tapándose la cara con ambas manos una vez me hubo reconocido.
-estamos en… fuimos a… luego te lo explico. vámonos.
ella obedeció y lentamente se sentó en el borde de la cama. mecánicamente se subió las bragas que tenía bajadas hasta los tobillos.
-no sé dónde puse mis zapatos.
una ráfaga de viento gélido nos abofeteó al salir a la calle. no había nadie a esas horas y nuestros pasos cortos y apresurados eran el único sonido que se escuchaba. anja tiritaba de frío. habíamos encontrado sus zapatos, pero no su abrigo y había salido de la casa sólo con su fino vestido rojo, ahora arrugado y maltrecho. no apartaba la vista del suelo y con las manos se frotaba los brazos con asiduidad para entrar en calor.
-¿te dejo el abrigo? – pregunté.
negó con la cabeza. su mirada seguía clavada en el pavimento.
llegamos a la estación de metro quince minutos después. nos cruzamos con los primeros madrugadores de ese domingo gélido que con curiosidad y reticencia miraban de reojo nuestros rostros demacrados. ajenos a ellos, nos sentamos en uno de los bancos, a la intemperie, con el viento aun soplando con fuerza y el frío colándose por debajo del vestido de anja y mi abrigo robado. el cartel luminoso de la estación anunciaba trece minutos para el próximo tren. anja comenzó a castañear.
-toma el abrigo – insistí.
ella me miró por primera vez desde que la había encontrado esa mañana. todavía tenía restos de maquillaje en la cara y una marca de la sábana cruzando en diagonal su mejilla derecha. empezó a mover la boca, susurrando algo que no atiné a comprender al principio. me dolía la cabeza, la garganta y la espalda. tenía frío. me asusté. mientras balanceaba su pequeño cuerpo hacia delante y hacía atrás y se alisaba el vestido, sus susurros se convirtieron en sollozos. luego en gritos ahogados.
-jodidos cabrones – repetía una y otra vez, con la cara agachada, oculta entre sus mechones de pelo desordenado – jodidos hijos de la gran puta.
Un poeta muerto ya no puede escribir. De ahí la importancia de seguir vivo.
Este razonamiento tan simple, os resultará a veces difícil de mantener. En particular durante los periodos de prolongada esterelidad creativa. Ese manteneros con vida os parecerá, en tal caso, dolorosamente inútil: de todas formas, ya no podréis escribir...
A eso, una única respuesta: en el fondo, no lo podéis saber. Y si os hacéis un examen honesto, tendréis que darme la razón. Casos más extraños se han visto.
Si ya no podéis escribir, puede que sea el preludio de un cambio de forma. O de un cambio de tema. O de las dos cosas. O puede que sea, efectivamente, el preludio de la muerte de vuestra creatividad. Pero no podéis saberlo. No conoceréis nunca con exactitud esa parte de vosotros mismos que os empuja a escribir. Sólo podréis conocerla bajo formas aproximativas y contradictorias. ¿Egoísmo o devoción? ¿Crueldad o compasión? Todo podría sostenerse. Prueba de que, finalmente, no sabéis nada; así que no os comportéis como si lo supieseis. Ante vuestra ignorancia, ante esa parte misteriosa de vosotros mismos, permaneced honestos y humildes.
No es sólo que los poetas que llegan a viejos produzcan, en conjunto, más, es que la vejez es sede de particulares procesos físicos y mentales que serían una lástima perderse.
Por lo demás, sobrevivir es difícil en extremo. Se podría pensar en adoptar una estrategia a lo Pessoa: encontrar un trabajito, no publicar nada, esperar apaciblemente la propia muerte.
En la práctica, nos encontraremos con dificultades importantes: sensación de perder el tiempo, de estar fuera de lugar, de no ser estimados en lo que valemos... pronto, todo eso se volverá insostenible. Será difícil evitar el alcohol. En resumidas cuentas, al final de ese camino se encuentran la amargura y al acritud, seguidas rápidamente por la apatía y la completa esterilidad creativa.
Por lo tanto esta solución tiene sus inconvenientes, pero, por lo general, es la única. No hay que olvidar a los psiquiatras, que disponen de la facultad de firmar bajas laborales. Por el contrario, habrá que descartar la estancia prolongada en un hospital psiquiátrico: demasiado destructiva. No se utilizará más que como último recurso, como alternativa a la mendicidad.
Los mecanismos de la solidaridad social (subsidio de desempleo, etc.) deben utilizarse en su totalidad, así como el apoyo económico por parte de amigos más acomodados. No desarrolléis demasiada culpabilidad a ese respecto. El poeta es un parásito sagrado.
El poeta es un parásito sagrado. A semejanza de los escarabajos del antiguo Egipto, puede prosperar sobre el cuerpo de las sociedades ricas y en descomposición. Pero también hay lugar para él en el seno de las sociedades fuertes y frugales.
No tenéis que pelear. Pelean los boxeadores, no los poetas. Pero, en cualquier caso, sí que hay que publicar un poco; es la condición necesaria para que pueda tener lugar el reconocimiento póstumo. Si no publicáis un mínimo (siquiera algunos textos en una revista de segunda categoría), pasaréis desapercibidos en la posteridad; tan desapercibidos como en vida. Aunque seáis el más perfecto de los genios, tendréis que dejar algún rastro, y confiar en que los arqueólogos literarios exhumen el resto.
Puede salir mal; sale mal a menudo. Deberéis repetiros al menos una vez al día que lo importante es hacer lo que se pueda. Estudiar la biografía de vuestros poetas favoritos os podría ser útil, debería permitiros evitar determinados errores.
Meteos en la cabeza que, por lo general, no hay ninguna buena solución para el problema de la superviviencia material, pero las hay muy malas.
La cuestión del sitio donde vivir, en general no se os planteará: id a donde podáis. Tratad simplemente de evitar tener vecinos demasiado ruidosos, capaces ellos solos de provocar una muerte intelectual definitiva.
Una pequeña injerencia en el mundo profesional puede aportar ciertos conocimientos acerca del funcionamiento de la sociedad, eventualmente utilizables en una obra posterior. Pero un periodo de vagabundaje, en el que uno se sumerja en la marginalidad, aportará otros saberes. Lo ideal es alternar.
Otras realidades de la vida, como una vida sexual armoniosa, el matrimonio, o el hecho de tener hijos, son a la vez beneficiosas y fecundas. Pero casi imposibles de lograr. En el plano artístico, son terrenos prácticamente desconocidos.
Por lo general, iréis dando bandazos entre la amargura y la angustia. En ambos casos, el alcohol os ayudará. Lo esencial es obtener aquellos momentos de remisión que os permitan realizar vuestra obra. Serán breves; esforzaos para asiros a ellos.
No temáis a la felicidad: no existe.
Poesía, M. (ilustrísisimo) Houellebecq