03 febrero 2013

 
abrí los ojos a las siete y seis de la mañana. lo sé porque lo primero que vi, o más bien lo primero que tuve que apartar de encima de mí, fue el fornido brazo de un negro que llevaba un reloj dorado en la muñeca. sin apenas fuerza, dejé caer su brazo, que golpeó la moqueta de la sala. él no se inmutó. giró su cabeza rapada hacia el otro lado y continuó durmiendo. me concentré en respirar pausadamente mientras las primeras imágenes de la noche anterior comenzaban a desfilar en mi cabeza. en algún lugar no muy lejano, escuché unas voces que susurraban y reían y sin estar segura todavía de si mi cuerpo estaría dispuesto a intentar moverse, levanté un poco la cabeza. me sorprendió que no me doliera tanto como esperaba. la noche anterior había comenzado a beber demasiado temprano y para cuando había llegado el resto de gente yo ya había corrido al baño donde llegué justo a tiempo para vomitar una pasta rosada y acuosa. abrazada a la taza del wáter, mareada y muerta de frío, alguien golpeó la puerta y bramó un par de insultos por mi tardanza en salir. cuando por fin abrí la puerta, el tipo había decidido dejar de esperar y se estaba preparando las rayas en el rellano, indiferente a los que transitaban por la zona, tan o más puestos que él. mientras bajaba las escaleras, menos mareada pero todavía helada, una chiquilla rubia y esquelética de apenas quince años me detuvo y me apartó el pelo mojado de la cara. pronunció algunas palabras que no comprendí y me limité a sonreír. ella continuó hablando precipitadamente durante dos o tres minutos, hasta que de repente se calló y del bolsillo de su chaqueta de cuero sacó un par de pastillas romboidales. la miré desconcertada. ella mantuvo la palma de su mano abierta, exponiéndola a mi vista y luego la acercó a mi cara. las cogí con cuidado y cerré el puño para no perderlas. la chica desapareció escaleras arriba y yo llegué al salón después de seguir a una fila de desconocidos que se dirigían al mismo lugar. me fui fácil divisar a anja. llevaba un llamativo vestido de color rojo que había comprado ese mismo día para la ocasión.
-¿dónde has estado? – me preguntó al verme. – llevo buscándote más de media hora. 
tenía los ojos centelleantes y un vaso en cada mano, llenos los dos hasta arriba. 
-he ido a refrescarme. 
-¿te encuentras bien? ¿has tomado algo? tienes mala cara… 
-sí, estoy bien. sólo un poco de frío – mentí - ¿qué tal lo estás pasando?
-genial, aunque creo que voy un poco borracha. 
-tómatelo con calma, ¿quieres? es temprano todavía. 
ella asintió. 
-¿ves a ese de allí? – dijo señalando a un chico alto y desgarbado con una gorra oscura que le tapaba media cara. 
-sí- afirmé. 
tomó un trago largo y arrugó la nariz. 
-pues nos vemos luego. 

en la cocina busqué un vaso limpio, pero fue imposible encontrar ninguno y terminé por vaciar en la pila el que menos restos de colillas tenía. lo lavé con agua tan fría que mis dedos enrojecieron rápidamente. bebí y me acordé de las pastillas que tenía en el bolsillo. con la yema de los dedos acaricié la superficie lisa de una de ellas. aún me sentía mareada y el estruendo de la música y el griterío de la gente eran cada vez más atronadores. el regusto amargo que me dejó en la boca la píldora hizo que buscara en los armarios algo dulce para paliar el sabor, pero al abrir un par y comprobar que estaban prácticamente vacíos, desistí y me limité a tomar un trago largo de agua. con la segunda apenas noté el sabor. dejé el vaso en la encimera y volví a la sala principal a paso lento y tambaleante. había mucha más gente, la mayoría habían ocupado el espacio central y bailaban al ritmo de una música frenética que en algunos momentos se hacía repetitiva e insulsa. no me apetecía bailar, así que me dejé caer en uno de los sillones roídos, al lado de una pareja que con los ojos en blanco, seguían el sonido de la música con movimientos de cabeza. pasaron veinte minutos hasta que comencé a notar la pesadez en los párpados y las piernas. cerré los ojos y respiré profundamente. la música sonaba cada vez más lejana. 
-¿quieres? 
la voz de un chico sentado a mi lado me obligó a levantar la vista con cierta dificultad. 
-¿quieres? – repitió al ver que no reaccionaba mientras me ofrecía su botellín de agua. 
lenta y pesadamente alargué el brazo y sorbí el líquido. al instante noté la garganta abrasándome y el intenso sabor del vodka en el paladar. tosí violentamente y escupí la bebida por la boca y la nariz. el chico se apartó de un salto. 
-eh, eh… poco a poco, que no es agua. – me advirtió – toma un poco más. 
le di las gracias y le devolví la botella. 
-¿estás bien? – preguntó. 
-sí. 
-¿qué te has tomado? 
le miré con detenimiento. sonreí. nos abrazamos. fue entonces cuando creí ver a anja, subiendo a las habitaciones con su vestido rojo. los dedos del chico comenzaron a dibujar formas serpenteantes en mi espalda y noté un cosquilleo cálido y agradable. cerré los ojos y descansé mi pesada cabeza en su hombro huesudo. 

rodeada de vasos de plástico vacíos, bebidas derramadas y una decena de cuerpos esparcidos a lo largo de la sala, apoyé las manos en el suelo pegajoso y cogí impulso para incorporarme. noté un dolor agudo en todo el cuerpo por haberme quedado dormida en el suelo. tenía la boca seca y pastosa y temblaba de frío. sentada en medio de todo aquel desorden busqué con la mirada a anja. me acordé de su vestido rojo y me concentré en buscar cualquier cosa de ese color que me ayudara a identificarla. el negro que estaba a mi lado se movió y abrió un ojo. nos miramos durante unos segundos. 
-¿tienes algo de beber? – gimoteó. 
negué con la cabeza y volví a levantar la vista. ni rastro de anja. me levanté y comencé a deambular por la sala intentando no pensar en el dolor que sentía en todo el cuerpo. pisé alguna mano sin querer y cogí un abrigo grande que no era el mío y que encontré encima de una silla rota. los temblores remitieron poco a poco, pero a cada paso que daba el dolor aumentaba. quería marcharme de allí a toda costa. quería volver a casa, meterme en la ducha, bajo el agua hirviendo, y luego en mi cama hasta volver a sentirme bien. sólo necesitaba encontrar a anja. cuando había revisado todos los rincones de la primera planta me vino a la cabeza la última imagen de ella y fui hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones. subí poco a poco, apoyándome en la barandilla y sorteando más vasos, más colillas, más charcos. abrí la puerta del baño. en la bañera, dos chicos jóvenes y semidesnudos dormían abrazados. alguien había dejado una nota manuscrita encima de uno de ellos: “no vuelvas a llamarme jamás. paul”. antes de salir vi mi propia imagen en el espejo. la luz fría del fluorescente me hacía todavía más pálida y ojerosa. tenía demás los labios agrietados, los ojos enrojecidos y el pelo sucio y enmarañado. esquivé la vista del reflejo y salí asqueada. entré en la habitación de enfrente y durante unos segundos me quedé quieta cerca de la puerta hasta acostumbrarme a la penumbra del lugar. había más bultos, tres o cuatro cuerpos, algunos en la cama, otros en un sofá pequeño situado justo al lado. me acerqué a la cama sin hacer ruido y aparté un poco la manta. enseguida identifiqué a anja en uno de los extremos. 
-anja – susurré – soy yo. tenemos que irnos. 
pero ella permaneció inmóvil con la boca entreabierta y los brazos en cruz. insití de nuevo y la zarandeé un poco. 
-anja, despierta. 
abrió los ojos confundida y asustada. 
-tenemos que marcharnos. levántate. 
-¿dónde estoy? – contestó tapándose la cara con ambas manos una vez me hubo reconocido. 
-estamos en… fuimos a… luego te lo explico. vámonos. 
ella obedeció y lentamente se sentó en el borde de la cama. mecánicamente se subió las bragas que tenía bajadas hasta los tobillos. 
-no sé dónde puse mis zapatos. 

una ráfaga de viento gélido nos abofeteó al salir a la calle. no había nadie a esas horas y nuestros pasos cortos y apresurados eran el único sonido que se escuchaba. anja tiritaba de frío. habíamos encontrado sus zapatos, pero no su abrigo y había salido de la casa sólo con su fino vestido rojo, ahora arrugado y maltrecho. no apartaba la vista del suelo y con las manos se frotaba los brazos con asiduidad para entrar en calor. 
-¿te dejo el abrigo? – pregunté. 
negó con la cabeza. su mirada seguía clavada en el pavimento. 

llegamos a la estación de metro quince minutos después. nos cruzamos con los primeros madrugadores de ese domingo gélido que con curiosidad y reticencia miraban de reojo nuestros rostros demacrados. ajenos a ellos, nos sentamos en uno de los bancos, a la intemperie, con el viento aun soplando con fuerza y el frío colándose por debajo del vestido de anja y mi abrigo robado. el cartel luminoso de la estación anunciaba trece minutos para el próximo tren. anja comenzó a castañear. 
-toma el abrigo – insistí. 
ella me miró por primera vez desde que la había encontrado esa mañana. todavía tenía restos de maquillaje en la cara y una marca de la sábana cruzando en diagonal su mejilla derecha. empezó a mover la boca, susurrando algo que no atiné a comprender al principio. me dolía la cabeza, la garganta y la espalda. tenía frío. me asusté. mientras balanceaba su pequeño cuerpo hacia delante y hacía atrás y se alisaba el vestido, sus susurros se convirtieron en sollozos. luego en gritos ahogados. 
-jodidos cabrones – repetía una y otra vez, con la cara agachada, oculta entre sus mechones de pelo desordenado – jodidos hijos de la gran puta. 

27 enero 2013

Un poeta muerto ya no puede escribir. De ahí la importancia de seguir vivo.

Este razonamiento tan simple, os resultará a veces difícil de mantener. En particular durante los periodos de prolongada esterelidad creativa. Ese manteneros con vida os parecerá, en tal caso, dolorosamente inútil: de todas formas, ya no podréis escribir...

A eso, una única respuesta: en el fondo, no lo podéis saber. Y si os hacéis un examen honesto, tendréis que darme la razón. Casos más extraños se han visto.
Si ya no podéis escribir, puede que sea el preludio de un cambio de forma. O de un cambio de tema. O de las dos cosas. O puede que sea, efectivamente, el preludio de la muerte de vuestra creatividad. Pero no podéis saberlo. No conoceréis nunca con exactitud esa parte de vosotros mismos que os empuja a escribir. Sólo podréis conocerla bajo formas aproximativas y contradictorias. ¿Egoísmo o devoción? ¿Crueldad o compasión? Todo podría sostenerse. Prueba de que, finalmente, no sabéis nada; así que no os comportéis como si lo supieseis. Ante vuestra ignorancia, ante esa parte misteriosa de vosotros mismos, permaneced honestos y humildes.

No es sólo que los poetas que llegan a viejos produzcan, en conjunto, más, es que la vejez es sede de particulares procesos físicos y mentales que serían una lástima perderse. 
Por lo demás, sobrevivir es difícil en extremo. Se podría pensar en adoptar una estrategia a lo Pessoa: encontrar un trabajito, no publicar nada, esperar apaciblemente la propia muerte.
En la práctica, nos encontraremos con dificultades importantes: sensación de perder el tiempo, de estar fuera de lugar, de no ser estimados en lo que valemos... pronto, todo eso se volverá insostenible. Será difícil evitar el alcohol. En resumidas cuentas, al final de ese camino se encuentran la amargura y al acritud, seguidas rápidamente por la apatía y la completa esterilidad creativa.
Por lo tanto esta solución tiene sus inconvenientes, pero, por lo general, es la única. No hay que olvidar a los psiquiatras, que disponen de la facultad de firmar bajas laborales. Por el contrario, habrá que descartar la estancia prolongada en un hospital psiquiátrico: demasiado destructiva. No se utilizará más que como último recurso, como alternativa a la mendicidad.

Los mecanismos de la solidaridad social (subsidio de desempleo, etc.) deben utilizarse en su totalidad, así como el apoyo económico por parte de amigos más acomodados. No desarrolléis demasiada culpabilidad a ese respecto. El poeta es un parásito sagrado.

El poeta es un parásito sagrado. A semejanza de los escarabajos del antiguo Egipto, puede prosperar sobre el cuerpo de las sociedades ricas y en descomposición. Pero también hay lugar para él en el seno de las sociedades fuertes y frugales.

No tenéis que pelear. Pelean los boxeadores, no los poetas. Pero, en cualquier caso, sí que hay que publicar un poco; es la condición necesaria para que pueda tener lugar el reconocimiento póstumo. Si no publicáis un mínimo (siquiera algunos textos en una revista de segunda categoría), pasaréis desapercibidos en la posteridad; tan desapercibidos como en vida. Aunque seáis el más perfecto de los genios, tendréis que dejar algún rastro, y confiar en que los arqueólogos literarios exhumen el resto.
Puede salir mal; sale mal a menudo. Deberéis repetiros al menos una vez al día que lo importante es hacer lo que se pueda. Estudiar la biografía de vuestros poetas favoritos os podría ser útil, debería permitiros evitar determinados errores.
Meteos en la cabeza que, por lo general, no hay ninguna buena solución para el problema de la superviviencia material, pero las hay muy malas.
La cuestión del sitio donde vivir, en general no se os planteará: id a donde podáis. Tratad simplemente de evitar tener vecinos demasiado ruidosos, capaces ellos solos de provocar una muerte intelectual definitiva.

Una pequeña injerencia en el mundo profesional puede aportar ciertos conocimientos acerca del funcionamiento de la sociedad, eventualmente utilizables en una obra posterior. Pero un periodo de vagabundaje, en el que uno se sumerja en la marginalidad, aportará otros saberes. Lo ideal es alternar.
Otras realidades de la vida, como una vida sexual armoniosa, el matrimonio, o el hecho de tener hijos, son a la vez beneficiosas y fecundas. Pero casi imposibles de lograr. En el plano artístico, son terrenos prácticamente desconocidos.

Por lo general, iréis dando bandazos entre la amargura y la angustia. En ambos casos, el alcohol os ayudará. Lo esencial es obtener aquellos momentos de remisión que os permitan realizar vuestra obra. Serán breves; esforzaos para asiros a ellos.

No temáis a la felicidad: no existe.

Poesía, M. (ilustrísisimo) Houellebecq
 

18 enero 2013

deshechos

durante mucho tiempo fuimos deshechos. 
nos alimentábamos de crítica y pena 
bebíamos demasiado 
fumábamos hierbas podridas 
dormíamos en colchones manchados de tragedias pasadas 
que intentábamos dejar atrás. 
buscábamos en la basura y sólo encontrábamos 
basura 
disfrazada de mentiras, miserias,
hedor y óxido. 
de laberintos minados, 
de mujeres de risa fácil 
que abracé tibiamente 
después de noches obscenas, 
o de hombres suplicantes 
que rogaban con la mirada 
desvestirla con premura 
y que ella había aprendido a rehuir. 
vagabundeábamos por el mundo 
con el feliz convencimiento 
de no creer en nada 
de no esperar a nadie 
de no. 

yo había olvidado escribir 
ella había olvidado sentir. 
nos encontramos. 

durante unos días, unos meses, 
un tiempo impreciso 
hubo mañanas soleadas, sábanas arrugadas y húmedas 
hubo yemas, dedos, manos, temblores 
hubo palabras 
hubo música 
hubo silencios tácitos 
hubo 
hambre. 
volvimos a creer, a esperar 
a descubrir. a descubrirnos 
temerosos primero, ávidos después. 
y aceptamos atrevidos y exultantes 
las confusas reglas de una partida 
de la que sólo habíamos oído hablar. 

fuimos valientes. 
a nosotros no iban a derrotarnos. 
fuimos insensatos. 
fuimos. 

desde hace unos días he vuelto a escribir. 
relleno las horas de trazos ilegibles, 
ideas vacuas y tramas delirantes 
que releo por la mañana 
rectifico por la tarde 
y termino borrando 
siempre. 
salpico las hojas en blanco 
de furia, rabia y fracaso. 
todo es cuestión de tiempo. 
la cura. 
las letras. 
la muerte. 
todo. 
tarde o temprano saldrá, me digo. 
dejaré de romper y negar. lo sé. 

de ella… 
de ella, nada. 
ella ocurrió y terminó. 
algunos aseguran que en ese tiempo impreciso 
ella también sintió. 
sí, aseguran, repiten, 
e intentan convencerme, 
como a un niño crédulo y dócil, 
sin saber que su consuelo 
aviva más aún mi demencia. 
ella sintió, reiteran. 
yo escribo.