10 diciembre 2012

caso clínico: la vida en la oficina

con los tiempos que corren, no están las cosas como para despotricar demasiado sobre el trabajo. imagino que bastante es tener uno y poder agradecer a los cielos o a quién sea, el seguir recibiendo una paguita cada treinta días. sin embargo, vamos a dejarnos de historias. aún sabiéndonos afortunados, todos en algún momento u otro hemos despotricado con los madrugones, la depresión de un domingo por la noche, las horas extras no remuneradas, el compañero experto en excusas y escaqueos y toda una retahíla de incordios más que vienen incluidos en el pack laboral. 
en fin, que sí, que voy a renegar un poco y que ya que todo está tan mal, pues no vendrá de otro tema más, digo yo. así que sin más dilación, maldita sea: 

la voz del jefe. sólo dos personas en toda la galaxia tienen la capacidad de llamarme y aparecer yo al instante con la cabeza gacha, las manos sudadas, la voz temblorosa y una actitud dócil y mansa, una mezcla de “mierda, ya se ha enterado” y “por dios que sea breve”: mi madre y mi jefe. de mi madre, o de las madres en general, hablaremos en otro momento porque ellas bien valen un caso clínico. pero volviendo a la oficina, esta es la sensación correcta cuando nuestro jefe vocifera nuestro nombre, con su voz rotunda, amenazante, grave y con aplomo. con un vozarrón que debe extenderse por los pasillos, retumbar en las paredes del despacho, colarse por entre las rendijas y explosionar en nuestros oídos. y tres horas después, cuando todo el asunto parece haberse apaciguado, debe seguir tronando en nuestra pobre cabecita de servil asalariado. así debe ser la voz de un jefe. y quien dice voz, dice actitud. porque no nos engañemos, un jefe-colega, que se ríe de nuestras bromas, nos pide opinión sobre temas decisivos y se preocupa por si llegamos a fin de mes no sólo no existe, sino que si existiera acabaría siendo engullido por otro menos amable. lo que se conoce como ley evolutiva del más fuerte, el rey de la jungla, el ciclo de la naturaleza, aquí mando yo y punto que, como no, tanto puede aplicarse a la selva como a la oficina, aunque en muchos casos apenas existan diferencias entre lo uno y lo otro. 

las reuniones. las reuniones laborales están muy bien porque en ellas se llegan a grandes acuerdos y conclusiones que cambiarán el rumbo de la empresa, y del mundo si me apuran, y porque uno puede pensar en qué cenar cuando llegue a casa o organizar planes para el fin de semana sin que los demás se percaten de su total y absoluta falta de interés. para que una reunión resulte efectiva es importante convocar a mucha gente, que todos lleven traje, intercambiar muchas tarjetas y amigables golpecitos en la espalda, proyectar centenares de powerpoint con letras grandes y gráficos y estadísticas basadas en suposiciones, conectar (a la primera) con algún cliente internacional via skype y sobre todo, no desconectar los móviles para poder salir al pasillo de vez en cuando a pretender ser una persona ocupada y muy muy muy imprescindible. también es importante que al final de dichas reuniones, los altos cargos, los que han batallado hasta el final mientras usted intentaba recordar el nombre de esa vecina del pueblo de la que se enamoró perdidamente hace veinte años, se vayan a comer y continúen hablando de lo bien que se les da arreglar el mundo. a su regreso, es posible que sus caros trajes apesten a puro, alcohol y a chalet en los suburbios con servicios las 24 horas. si es así, las negociaciones han sido un éxito, el trato está cerrado y su jefe permanecerá feliz durante un par de horas. y si el jefe está feliz, todos estamos felices y la tierra es un lugar maravilloso.

los emails internos. el día a día en una oficina puede ser muy duro y solitario. horas delante de una pantalla, mirando cifras, emails, gráficos, diseños, porno… en fin, un interminable, espinoso y árido desierto sin oasis. ante este desolador panorama, nada como un poco de distracción con el siempre bienvenido intercambio de emails personales, intransferibles y subidos de tono con el muchacho de la segunda planta o la rubia de exportación para rebajar la presión del ambiente y evadirse un poco de la realidad. es de vital importancia cerciorarse de que no haya cruces de informaciones y de que antes de darle a enviar aparezca el nombre correcto. no queremos que x se entere de que también flirteamos un poco con y, ¿eh? así que para que no haya disgustos ni lamentaciones, mi consejo es que lo dejen todo de lado. sí, todo. los informes, los gráficos, las estadísticas basadas en suposiciones, las videoconferencias a hong kong, los pedidos pendientes, los gritos del jefe y se centren en lo esencial: ¿el muchacho o la rubia? 
si desafortunadamente usted no tiene la suerte de tener a alguien en el edificio que le despierte algún especial interés, no se preocupe. hay formas igual de válidas a la hora de reducir tensiones. ¿para qué creen pues que se inventó internet? con sus redes sociales, su prensa digital, sus vuelos baratos a lugares tropicales a media mañana, sus páginas porno de por la tarde y el estado de las carreteras antes de abandonar la oficina. recuerde de estudiar bien la posición de su mesa y de su ordenador respecto al resto de compañeros y/o clientes y acuérdese de reprimir carcajadas, mejillas sonrojadas y/o erecciones que no vengan a cuento con el entorno no virtual si no quiere levantar sospechas ni broncas innecesarias. 

la climatización. ¿qué sería de una oficina con un sistema de climatización operando correctamente? ¿para qué ser moderado y coherente con las temperaturas exteriores pudiendo estar a cuarenta grados en invierno, evitando a toda costa una deshidratación mortal y a menos diez en verano, pendientes de la congelación y posterior amputación de las extremidades? ¿para qué, si podemos pasarnos el día poniéndonos y quitándonos capas de ropa y mostrar así a los demás nuestro bonito fondo de armario? sería del todo absurdo, evidentemente, y por este motivo el tema de la temperatura permanecerá como uno de los grandes misterios de la humanidad sin resolver. no se molesten en esperar que algún día alguien descubra un remedio, un alivio, una solución. no. moriremos con el desasosiego de saber que el ser humano consiguió volar, llegar a la luna, encontrar una cura contra el cáncer, hacer música y literatura, inventar el pijama, la depilación láser y el vodka con limón, pero que sin embargo, jamás logró ajustar la temperatura en la oficina. 

el comedor. toda empresa que se precie y ame a sus trabajadores dispone de una estancia de reducidas dimensiones, luz artificial, sin calefacción, ni aire acondicionado y con un microondas por cada cien empleados, para que éstos puedan comer allí si no les queda más remedio, también conocido como comedor. el comedor no deja de ser un micro mundo dentro de la empresa, regido por normas no escritas, pero reconocidas por todos los que suelen hacer uso de sus precarias instalaciones: las sillas y las mesas están asignadas según la antigüedad de sus usuarios, de manera que sentarse en un sitio que no corresponde puede crear el caos y la confusión más absoluta. algo a evitar, claro. es importante, de hecho es casi lo más importante de saber el primer día, qué lugar está ya ocupado y cuál queda libre si uno quiere empezar con buen pie con los demás compañeros. si las altas esferas son generosas, es probable que la sala tenga un televisor, lo cual es una ventaja a la hora de esquivar conversaciones tediosas y repetitivas. al fin y al cabo si ya con nuestra media naranja, escogida libre y felizmente, nos cuesta mantener una conversación interesante después de seis meses, imagínense ustedes con un compañero de trabajo con el que no tienen nada en común y conoce desde hace más de diez años. si por el contario no hubiera tele y se niegan a reunir un fondo común para dicho aparato, lo más recomendable es no levantar la vista del plato, evitar el cruce de miradas, terminar pronto y subir cuanto antes al despacho para comprobar si nos ha contestado ya el muchacho de la segunda o la rubia de exportación. 

los becarios. no me digan que no les dan penica los becarios. ahí, con su cara sonriente por las mañanas, su ilusión y sus ganas de aprender a hacer funcionar la fotocopiadora y a preparar los mejores cafés de la oficina, su afán para impresionar a todos con sus conocimientos y por aportar nuevas ideas a la empresa, con su frescura y su inocencia. ay. yo, es ver un becario y querer abrazarle suavecito y desearle lo mejor en la vida porque tanta candidez es lo mínimo que se merece. la vida del becario sí que es dura y desagradecida. y ya no hablo sólo del sueldo mísero que reciben, que sí, que también, sino por las tareas anodinas que deben realizar a pesar de sus tres masters y cinco idiomas nivel avanzado, la invisibilidad de su pobre ser y la temporalidad frugal de su vida laboral en la empresa. así que por favor, cuando se topen con un becario en los pasillos de su empresa, salúdenle, apréndanse su nombre, halaguen ese brillante plan que ideó para reducir los gastos en rollo de papel higiénico y que fue totalmente ignorado e invítenle a un café algún día que no noten ese brillo especial en sus ojos, conocedor, tal vez, finalmente, de que la vida no era tal y como la habían imaginado, que las oportunidades son todas unas putas y que los reyes magos son… bueno… ya nos entendemos. 

evolución anímica. de hecho la evolución anímica de una empresa no difiere mucho de la evolución anímica de una clase de primero de eso, siendo lunes el equivalente a “morir aplastado por una apisonadora no podría ser peor que ésto” y viernes a “jiji, jaja, juju, por fin viernes”, pasando entre medio por toda una serie de estados tales como la-vida-es-una-mierda, el-día-menos-pensado-me-monto-un-chiringuito-en-la-playa-y-a-tomar-por-culo-todo, faltan-tres-meses-para-el-próximo-puente, voy-a-por-lotería-que-tengo-una-corazonada, ojalá-una-epidemia-mortal-que-nos-aniquile-a-todos, y así hasta que pasa otra semana y vuelta a empezar. mi recomendación aquí es olvidarse del día y agradecer estar vivos, tener trabajo y un sueldo a final de mes. así como agradecer también la mierda de vida, la mierda de trabajo y la mierda de sueldo a final de mes. 

y ya. a trabajar (los que puedan) y feliz semana (a todos).
 

01 diciembre 2012

todo va bien

las dos mujeres esperan en silencio a que el camarero les traiga el segundo plato. nina ha pedido lasaña vegetal y emma un bistec poco hecho. nina mira el reloj que le regaló su madre con impaciencia. 
-si no se dan un poco de prisa voy a tener que marcharme. 
-están tardando bastante, sí. no lo entiendo, si está casi vacío. ¿qué hora es?
-faltan veinte minutos para las tres. 
-bueno, todavía hay tiempo. 
emma sonríe tímidamente a su hija. más que para tranquilizarla, para agradecerle el detalle que tiene cada semana de invitarla a comer. sabe que últimamente no tiene tiempo para nada y aun así cada martes por la noche le recuerda que la esperará a la salida del trabajo y escogen un restaurante que quede cerca de la oficina. es el único momento de la semana en el que se ven y nina le cuenta los detalles de una vida que, en general, prefiere mantener a resguardo de los comentarios y observaciones de su madre. emma es aún peor que su hija, así que la mayoría de veces sus conversaciones giran alrededor de temas triviales y vagos que a la dos les importan más bien poco. mientras su madre curiosea los comensales de las otras mesas, nina se fija en sus nuevas arrugas y su piel flácida. hoy se ha asegurado de aplicarse más maquillaje en los párpados y la hinchazón queda disimulado debajo los tonos grises y azulados. emma le contó que se había dado un golpe abriendo uno de los armarios de la cocina. nina contestó que debía ir con más cuidado por la casa, que ya no era una niña para ir dándose ese tipo de golpes y emma la serenó asegurando que había sido un golpecillo sin importancia y que no entendía el porqué de semejante moratón. en cualquier caso, dijo, a modo de justificación definitiva, ese día adam estaba en casa, así que no había nada que temer. fue entonces cuando nina aprovechó para preguntar por adam. 

el camarero llega a su mesa dos minutos después. 
-disculpen la tardanza – les dice – hemos tenido un incidente en la cocina que nos ha retrasado todas las ordenes. 
las dos mujeres le sonríen. probablemente si fuera menos guapo y más mayor hubieran aprovechado para quejarse, pero viendo la gracia con la que dispone los platos en la mesa, asienten condescendientes y le dejan ir. las dos miran la comida humeante. 
-tiene un pinta deliciosa – dictamina emma mientras pincha la carne con el tenedor y un jugo rojizo se escurre por entre el tenedor. 
comen en silencio. nina mastica deprisa y la madre hace un ruidito que exaspera a su hija. 
-¿está bueno? – pregunta nina. 
-sí, mucho. ¿quieres probar? 
-no gracias. la mujer se lleva un trozo de carne a la boca e inmediatamente mueve las manos teatralmente intentando, en vano, enfriarlo. 
-caray, cómo quema. ya podía haber avisado – le reprocha al camarero cuando se ha tragado la porción. 
-pues deja que enfríe. 
-no nos va a dar tiempo a tomar los postres. faltan diez minutos… - dice la madre, todavía acalorada y arremangándose un poco las mangas de su camisa blanca. 
es entonces cuando nina ve la marca rojiza en una de sus muñecas. 
-¿qué es eso? 
emma, concentrada de nuevo en su filete crudo, tarda unos segundos en darse cuenta de que su hija mira su brazo y un poco aturdida vuelve a ponerse la manga bien. 
-oh, nada. una torpeza mía. 
-¿una torpeza? déjame ver. 
-no, nina. come rápido. es tarde. 
-¿qué pasó? ¿te quemaste? 
-sí, eso es. estaba friendo y… ya sabes cómo es tu madre, una despistada. sonó el teléfono y salí corriendo y luego... 
-¿fuiste al médico? 
-¡pero qué dices! ¿por una quemadura sin importancia? lo que pasa es que está costando de cicatrizar, como el dichoso párpado. 
-pues tal vez por eso deberías ir a un médico. 
-no empieces, anda, y come que son casi las tres. 
lo mismo hizo cuando le preguntó por adam. “está bien, ya sabes. como siempre. viene, nos vemos un rato, unos días si no está muy atareado y luego se va”. después sonrió, o fue más bien una de esas muecas torcidas y huecas, sin sentido ni significado. la misma que hacía cada vez que aseguraba que las cosas iban bien. nina no quiso indagar mucho más. desde la muerte de su padre, hacía ya quince años, emma había tenido algunas parejas. de hecho fue nina quien, después de respetar un tiempo prudencial de duelo, la instó a salir de casa y la animó para que se apuntara a cursos y conociera a gente nueva. tal vez su hija no quiso concretar si por gente se refería a mujeres solamente o si incluía a algún hombre también. de hecho, tampoco imaginaba que su madre fuera capaz de estar con otro que no fuera su padre y tal vez por ese motivo se extrañó tanto cuando unos meses después, durante una de sus almuerzos semanales, emma le comunicó, un tanto tímida y sonrojada, que había conocido a alguien. no hizo falta preguntar mucho más. con rapidez, nina asoció la turbación de su madre a algo más que una simple amistad y, tal y como marcaban los comportamientos de corrección entre las dos mujeres, disimuló su rechazo inicial y aceptó conocerlo tan pronto como encontraran una fecha acorde para los tres. cuando unos días después vio a su madre aparecer por la puerta del restaurante, bien arreglada, peinada y maquillada como hacía tiempo que no la veía, cogida de la mano de su acompañante, un hombre bajito, regordete, calvo y sin ningún atractivo, notó una punzada débil en el corazón. le vino en mente su padre: un hombre espigado y atractivo, que hacía girar cabezas cuando paseaba por la calle con su hija. “me miran con envidia porque se creen que soy tu novio”, bromeaba él, agarrándola más fuerte del brazo, “si fuera solo, nadie se fijaría en este pobre viejo”. pero nina bien sabía que no era verdad. 
con el tiempo terminó acostumbrándose. tanto a los gestos cariñosos de su madre con sus acompañantes, como a las diferentes parejas que iban pasando por su vida sin pena ni gloria. después del tipo regordete, que ya ni recordaba cómo se llamaba, hubo un matt que alardeaba constantemente de su boyante cuenta corriente y al que emma dejó porque tenía que costearle todos los gastos. un simon que se citaba con ella sólo los domingos por la tarde y del que más tarde se descubrió que nunca se había divorciado de su mujer y que seguía viviendo con ella y un raymond que desapareció de la noche a la mañana sin dejar rastro alguno. después vino adam. 

las dos mujeres se despiden a las tres y cinco en la puerta del restaurante. emma se queda unos segundos viendo cómo su hija apresura el paso hasta que tuerce por una boca calle y la pierde de vista. diría que ha adelgazado un poco, pero estaba guapa y hacía buena cara, así que quizá sea sólo una impresión suya. decide que es temprano todavía y que irá a dar una vuelta antes de irse a casa. pasea sin rumbo durante unos minutos. le gusta observar a la gente que, como ella, caminan a su lado, la mayoría con más prisa y determinación, e imaginarse sus vidas. es un pasatiempo que hace a menudo y que la evade de los pensamientos tristes que últimamente la asaltan. aunque hoy está bien. se siente a gusto y contenta y quizá por eso entra a unos grandes almacenes y durante una hora rebusca por los pasillos alguna prenda para regalarse, por capricho, sin motivo, ni fecha que celebrar. al salir del probador, la dependienta que la ha atendido, una joven esquelética y ojerosa, la observa de una forma extraña. nina enseguida baja la mirada y se tapa el párpado con un mechón de pelo. también revisa su muñeca, pero esta vez está bien cubierta por la manga de su camisa y aunque respira aliviada, sigue intranquila con esos dos ojos clavados en ella. al final, poco convencida pero con ganas de perder de vista a la muchacha, paga y se escabulle rápido, con la cabeza gacha, sin recoger el ticket de pago. 

nina llega a la oficina acalorada y molesta. no soporta las prisas, ni llegar tarde, aunque sospecha que no es eso lo que la ha puesto de mal humor. hay algo más; su madre, claro. no aguanta ese hermetismo suyo, ni esa incapacidad para confiarle sus problemas, preocupaciones o miedos. pero siempre ha sido así, recuerda. incluso cuando vivía su padre, aunque en esa época también recuerda que emma se reía mucho más y que sus carcajadas sonaban auténticas, generosas y despreocupadas. ahora, se dice, sólo se molesta en dibujar ese absurdo guiño, ambiguo y vano, imposible de adivinar si es de pena, de alegría o de resignación. eso es lo que realmente le molesta de su madre. el resto de la tarde, mientras hace fotocopias y contesta el teléfono de manera mecánica y aletargada, marca el número de la madre un par de veces, pero justo antes de que suene cuelga y vuelve a guardar su móvil en el bolso. qué decirle. acaban de pasar una hora juntas y apenas han hablado. seguramente emma acabaría sospechando que le ocurre algo a su hija, una enfermedad, un despido, una decepción o cualquier otro problema imaginario que, como buena madre, le entretiene en horas muertas. no, no tiene ningún sentido llamarla para preguntar, otra vez, cómo se encuentra y si todo está correcto. y sin embargo, cuando sale de trabajar a las seis en punto, en vez de coger el 27 en dirección a su casa, coge el 50 en dirección a la de sus padres, porque aunque su padre murió hace tiempo, para nina sigue siendo la casa de sus padres. durante el viaje siente cierto nerviosismo. no está acostumbrada a hacer este tipo de cosas y mucho menos por su madre. con su padre habría sido diferente. desde siempre había existido entre ellos dos más afinidad y más confianza a la hora de intercambiar opiniones. su madre siempre protestaba cuando los veía salir al jardín y cuchichear durante horas. aunque era más una protesta fingida, superficial, porque hacía frío y alguno de los dos acabaría con una gripe o porque hacía calor y les daría una insolación. ellos se burlaban de los constantes temores de la mujer y continuaban con sus confidencias mientras emma se sentaba en el sofá y cabeceaba, con las manos cruzadas en el regazo y la respiración tranquila. 

al bajar del autobús observa que el coche de adam está aparcado justo delante de la casa. lo recuerda porque la última vez que cenaron los tres, hace ya meses, él se ofreció a llevarla a casa y nina reparó en el color chillón del vehículo y el polvo acumulado en la carrocería. con la fría luz de las farolas, ahora es menos llamativo aunque sigue igual de sucio. se detiende al lado del coche, confundida y recelosa. no esperaba que estuviera con adam, aunque tampoco sabe porque se extraña. su madre no tiene por qué contarle cuándo, ni con quién se ve. tiene su vida y quizá al fin y al cabo todo haya sido un mal entendido por su parte y lo que ella ha interpretado como una expresión entristecida y abúlica son sólo imaginaciones suyas. quizá estén haciendo algo importante, o se estén preparando para salir a cenar, o esperen alguna visita. no, no ha sido una buena idea, pero sin embargo sigue andando hasta llegar a la puerta y con las manos sudadas y frías aprieta el timbre que suena estridente e interrumpe la calma del atardecer en el vecindario. su madre abre la puerta segundos después. se ha cambiado de ropa, aunque sigue llevando el maquillaje. 
-nina, ¿ha pasado algo? ¿estás bien? – pregunta sorprendida al verla. 
-sí, sí. no te preocupes. 
-pasa, hija, no te quedes en la puerta. adam también está en casa, le encantará verte. 
las dos avanzan por el pasadizo hasta llegar al salón. adam está en el sillón del lado de la ventana, donde solía sentarse su padre, con una copa en la mano y las mejillas enrojecidas. 
-vaya, vaya. qué sorpresa – vocifera al ver a nina. 
-hola adam, ¿cómo estás? 
-vamos tirando, vamos tirando – repite mientras se levanta con cierta dificultad y derrama unas gotas de whisky encima de la alfombra. 
los dos se dan dos besos al aire.
-¿te apetece tomar algo? – pregunta emma, ignorando esas gotas que en otros tiempos hubieran sido motivo de reproche a su difunto padre. 
-no, gracias, estoy bien. 
los tres se sientan y sonríen sin convicción. 
-bueno, cuéntanos – dice adam dando otro trago largo - ¿qué tal te va todo? ¿sigues soltera? 
-¡adam! - le reprende emma.
-¿qué pasa? ya tiene edad, ¿no?
nina, cohibida, mira a su madre y después a él. 
-¿de verdad no quieres tomar nada? – inquiere de nuevo su emma – te traeré un poco de zumo o un café, ¿mejor un café? sí, un café será lo mejor – titubea. 
emma se levanta rápido sin que nina pueda contestar que no es necesario, que en realidad ella ya se iba y que no quería interrumpir. adam la mira, sonríe dejando ver sus dientes amarillentos y se sirve un poco más de whisky. 
-¿un café? bah, tómate un whisky conmigo, ¿quieres? 
nina observa su pulso tembloroso, sus ojillos pequeños y chispeantes y sus mofletes rojizos. también puede oler su aliento a pesar de la distancia entre ellos.
-no, adam, de verdad. ahora no, pero gracias. 
-ah, estas mujeres de hoy en día. ni coméis, ni bebéis, ni novios, ni nada de nada – afirma, apurando la copa. 
-será mejor que vaya a ayudar a mamá. 
-claro, claro, siempre con mamá – se burla él, imitando la voz de un crío pequeño e indefenso. 

al entrar en la cocina y antes de que pueda decirle nada a su madre, ésta le pone la mano encima de sus labios. 
-espera, no digas nada. es que tú no lo entiendes, hija. no lo entiendes - se apresura a decir.
nina, aparta la mano helada de su madre y la sujeta entre las suyas. 
-¿qué es lo que no entiendo? ¿qué está pasando aquí? 
-baja la voz, por favor – suplica emma. 
-mamá, ¿qué está pasando aquí? 
-nada. a adam le gusta bromear, ya sabes, pero él es un buen hombre – afirma de nuevo con esa mueca inexpresiva en el rostro y a punto de romper a llorar. 
esta vez nina ya no duda. 
-¿cuánto tiempo hace que bebe? nunca me habías dicho nada.
-bueno, no tiene importancia, ¿no? todo el mundo bebe de vez en cuando.
-mamá... ¿qué te pasó en la muñeca? 
-hija, por favor, vamos a dejarlo. 
-¿y en el párpado hace unas semanas? 
-nina, por favor… 
-¿fue él? 
-no, claro que no. fue culpa mía. él no hizo nada. jamás me pondría la mano encima. es un buen hombre, ya te lo he dicho. 
luego emma comienza a sollozar como una niña. nina la abraza y mientras la calma, insiste otra vez. 
-¿cómo ocurrió, mamá? necesito saberlo. si es un buen hombre, como dices, necesito saberlo. 
-lo es, de verdad que lo es. 
-¿qué pasó?
-nada… yo… yo… no quería que se marchara. – confiesa emma finalmente, todavía entre los brazos de su hija – fue culpa mía. le dije que no se marchara, que se quedara un rato más. unas horas, unos días. que le echaba de menos y que no podía estar sin él. él dijo que era tarde y que tenía que irse, pero yo no quería estar sola. no quería estar más tiempo sola, ¿lo entiendes? no quiero estar sola. no quiero. 
-mamá… 
-intenté retenerlo en el pasillo y luego en la puerta. fue culpa mía. él es un buen hombre. 
nina acaricia el pelo de su madre con suavidad. 
-¿y qué pasó después? – susurra. 
-le agarré por la espalda para detenerlo, él intentó deshacerse de mí. me cogió por la muñeca con fuerza y me empujó. choqué con el mueble y me caí al suelo. 
-¿y después? 
-después nada. me ayudó a levantarme y me llevó hasta la cocina. me sirvió un poco de whisky y lo bebimos en silencio. esa noche se quedó. 
durante unos segundos las dos mujeres también se quedan en silencio. emma mira al suelo y nina la sombra de ojos, casi diluida por las lágrimas, que esconden los restos del moratón de su madre. 
-eh, vosotras dos, ¿habéis trasladado la fiesta a la cocina? – pregunta adam desde el salón. 
-¡no, claro que no! ¿cómo íbamos a hacerte eso? – contesta rápidamente emma.
-¿pues qué hacéis que tardáis tanto? 
-fue culpa mía, ¿lo entiendes? – dice la madre, retocándose el pelo y recuperando ese deformado guiño – lo hice yo. fui yo. pero no te preocupes, hija, ahora todo va bien. ¿lo ves? todo va bien. 

28 noviembre 2012

esa capa de blanco y tedio, de niebla y dudas, de hielo y pena que nos abraza por las mañanas. a esa capa, algunos valientes, también la llaman vida. 

(fotos de m. strippoli)