01 noviembre 2012

de camino a casa

a media mañana entro en el servicio. me aseguro de que no hay nadie dentro y al cerrar la puerta, me desabrocho rápido el pantalón y me bajo los calzoncillos hasta las rodillas. cualquiera que me viera creería que soy un cerdo o que estoy enfermo. me da igual. pienso en bárbara. no creo que sea el único que lo haga. me concentro en la falda que lleva hoy, en el nuevo perfume que se ha puesto y en el rastro dulzón que deja por el pasillo cuando pasa. me recreo en cómo se le marcan los pezones a través de la tela ligera y en la coleta alta que deja al descubierto su nuca delgada y fina. tardo apenas unos segundos en correrme y salpico la taza del váter con mi semen pegajoso y blanquecino. no me siento mejor cuando salgo. tal vez un poco más aliviado, pero sé que es algo temporal y que cuando vuelva a verla, en media hora o esta tarde tarde, después de la reunión de ventas, paseando su culo redondo y firme, deteniéndose en mi mesa para que le explique algún detalle sin importancia del último informe, y se apoye ligeramente en la mesa y adivine su pecho abundante a escasos centímetros de mi boca, tendré que volver al baño a cascármela como un adolescente en celo. 

entró hace un par de meses. hacía menos de media hora que había puesto los pies en el edificio y todos sabíamos ya su nombre y sus medidas. era alta, de curvas perfectas, pelo ondulado, largo, de color ceniza y unas piernas interminables y bronceadas que lucía enfilada encima de unos tacones altos. aunque lo que atrajo mi atención nada más verla fueron sus labios rojizos y carnosos que ella mordisqueaba sin darse cuenta mientras robles-sanz le contaba las excelencias de la compañía y le enseñaba las instalaciones. ella asentía a todo e intentaba memorizar los nombres de sus compañeros. cuando se acercaron a mí mesa tenía las manos sudadas y me aclaré la voz antes de darle una bienvenida que sonó repetitiva y poco original. ella me miró unos segundos y contestó “gracias” educadamente antes de continuar con la tanda de presentaciones. les seguí con la mirada, recreándome en el balanceo de sus nalgas a cada paso que daba, hasta que gonzalo me dio un codazo en el estómago. 
-tío, deja algo para después, ¿no? 

no tardaron en llegar los rumores de que aitor, de comercio exterior, y con demás affaires laborales a sus espaldas, había conseguido acostarse con ella una semana después de su inicio y de que tenían un lío. él, conocedor del creciente rumor que se propagaba por los despachos, se aseguró de mantener su admirada reputación a base de comentarios bien explícitos sobre lo bien que se movía bárbara entre sus sábanas. una vez que coincidí con él en la sala del café escuché cómo le comentaba a un par de compañeros de departamento la predilección de la chica a la hora de practicar sexo en lugares públicos, a la vista de otros, sin pudor alguno, recreándose incluso. mientras esperaba que el vaso se llenara de un sucedáneo marrón y amargo, noté cómo comenzaban a apretarme los pantalones, imaginándomela sentada encima de mi mesa, con las piernas ligeramente separadas, sin bragas, apretando sus labios, apartando mis informes amontonados y suplicándome que me la follara. ella, muchos más discreta que el imbécil de aitor, quizá también debido a su breve antigüedad en la empresa, sonreía complacida cada vez que se cruzaba con él por los pasillos y se aseguraba de llevar la falda cada día más corta y más ajustada a su magnífico cuerpo. 
nosotros dos comenzamos a hablar de forma habitual bastante después de oir accidentalmente esa estúpida confidencia. fue una tarde en la que había bajado a la calle a fumar y a tranquilizarme después de una reunión inacabable con unos clientes puntillosos que al final prefirieron trabajar con la competencia. ella bajó al poco rato y nos saludamos como en anteriores ocasiones con un “hola” inaudible. intenté ignorarla. a pesar de mis pajas antes de irme a dormir, no quería parecer el típico cretino que babea y cae rendido a sus pies por su espectacular belleza. además, teniendo a aitor era imposible que se fijara en mí y mi enclenque cuerpo sin gracia ni musculación ni firmeza. fue ella sin embargo quien se acercó y me pidió fuego. estoy seguro de que llevaba su propio mechero en el bolsillo, pero interpreté su gesto como un acercamiento y claro, me animé. 
-¿qué tal te va? – dije después de que ella hiciera la primera calada. 
sonrió y me miró con sus hermosos ojos almendrados. 
-todo bien. 
-¿sí? vaya, me alegro. no es fácil trabajar con el broncas. 
-¿con quién? 
-con robles-sanz. así es como le llamamos. siempre gritando y echando broncas a todo lo que se cruce con él. cree que si no brama, no respondemos. es muy energúmeno, el pobre. 
se rió. 
-sí, es un poco exigente, pero hasta ahora me he librado de su furia. 
hizo otra calada. sonreí y repasé sus pechos moviéndose pausadamente al ritmo de su respiración. ella me pilló y rápidamente bajé la vista al suelo y apagué la colilla con la punta del zapato. 
-bueno… voy entrando. 
-espera, - contestó apurando una última calada – subo contigo. 
en el ascensor intenté buscar un tema de conversación, pero no hubo forma. me impacienté. olía su perfume demasiado cerca y notaba casi el calorcillo agradable de su cuerpo rotundo. a ella no pareció importarle ese silencio tenso. jugueteaba con un collar plateado y se miraba en el espejo, complacida. imaginé que tal vez, unos días antes, o quizá a última hora de esa misma tarde, ella y aitor aprovecharían ese minúsculo cubículo en el que estábamos encerrados ahora para nuevas embestidas. 
-hasta luego. – dijo al bajar, una planta más abajo que la mía y dejando tras de sí el olor dulzón de su fragancia. 
cuando llegué a la quinta me apresuré al baño e imaginé que era yo quien la embestía con violencia y quien la hacía gemir hasta llegar al orgasmo. 

al volver a mi mesa de trabajo el teléfono estaba sonando. he descolgado y justo al contestar han colgado. he pensado que tal vez era ella. a veces me llama para preguntar si bajo a fumar o cuándo le enviaré las estadísticas de producción que le paso a finales de mes. tiene una voz suave y agradable, alargando las eses de forma inconsciente y algunas veces, cuando me llama por mi nombre, siento una punzada débil en el pecho. no suele hacerlo a menudo. he revisado los emails y el resto de la tarde la he pasado en internet, buscando vuelos baratos a algún lugar exótico para el próximo puente, aunque de sobras sé que al final terminaré quedándome en casa. a última hora, cuando ya había apagado el ordenador, me ha llamado el broncas a su despacho. es algo muy típico de él, querer resolver todos los problemas a última hora y esperar que sus empleados estemos dispuestos y encantados para lo que él ordene. al final he salido una hora más tarde, hambriento, con dos nuevos proyectos para desarrollar y de mala leche. al llegar al parking he visto bárbara a unos metros de distancia. intentaba poner su coche en marcha sin éxito alguno. 
-¿no te arranca? – he preguntado. 
se ha sobresaltado. 
-perdona - me he disculpado. 
-no sé qué pasa – ha dicho, haciendo girar de nuevo la llave -esta mañana no he tenido ningún problema. 
-puede que sea la batería. 
-ni idea, no entiendo de coches. maldita sea, precisamente hoy. 
tenía las mejillas enrojecidas y parecía nerviosa. 
-¿tienes prisa? si quieres puedo llevarte. 
ha alzado la cabeza y me ha mirado agradecida y sonriente. 
-me harías un inmenso favor. 
se ha levantado del asiento y su falda de tubo ha subido unos centímetros, que no se ha molestado en devolver a su posición inicial. ha cerrado la puerta con un golpe seco y me ha seguido despotricando de su vehículo y de lo cómodo que sería tener un chófer privado. al subir al coche el aire se ha impregnado rápidamente de su olor. ella parecía más calmada y he puesto música. 
-me encanta este grupo. 
ha reposado su coleta brillante, recién cepillada, en el asiento y ha comenzado a tararear la melodía. 
-¿dónde vamos? – he preguntado al salir del garaje. 
-calle verdi, pero si tienes que desviarte mucho, puedes dejarme donde te vaya mejor. 
-no, no es problema. – he contestado disimulando mi decepción. 
va a ver a aitor, claro. por qué si no tendría tanta prisa. 
hace un par de años aitor nos invitó a la inauguración de su nuevo piso. era un ático con vistas al río, a pocos minutos del centro de la ciudad, tres habitaciones, dos baños y un salón amplio y luminoso con una chimenea y un pantalla de televisión de tamaño desproporcionado para ver el fútbol. estaba en la calle verdi, una zona que desde hacía poco se había convertido en un lugar de moda donde iban a parar los jóvenes modernos que se ganaban bien la vida. 
he conducido hasta la primera rotonda intentando apaciguar mis nervios mientras recordaba con exactitud la cama grande de su habitación, en el centro, flanqueada por dos focos de luz tenue, con las sábanas oscuras y arrugadas y los barrotes metálicos del cabecero. luego he observado a bárbara por el rabillo del ojo. tenía un botón de la camisa desabrochado de más y he visto el delicado bordado de color negro de su sujetador. en vez de seguir por gran vía y torcer a la derecha, me he desviado hasta coger la salida norte. ella ha parado de canturrear. 
-¿por dónde vamos? 
no he contestado y he pisado el acelerador hasta sobrepasar el límite de velocidad que indicaba una estúpida señal de tráfico abollada. 
-¿vamos por un atajo? – ha insistido ella y con la expresión seria. 
-sí – la he tranquilizado yo.
pero no ha tarareado más y ha enderezado su espalda con los ojos atentos a la carretera. sólo cuando llevábamos diez kilómetros alejándonos de la ciudad y he tomado un camino de carros sin asfaltar, ha vociferado: 
-¿dónde coño vamos? 
-cálmate, ¿quieres? ¿no te fías de mí o qué? 
ella se ha quitado el cinturón con cierta dificultad. 
-para. para el coche inmediatamente. 
he mirado los alrededores. había campos de trigo a punto de ser segados y bosques de pinos altos. la única casa que se veía a lo lejos parecía abandonada y he pensado que era un buen lugar. he pisado el freno de golpe y los neumáticos han derrapado levantando una nubecilla de polvo y gravilla tras de sí. 
-¿se puede saber qué cojones haces? – ha gritado, con la mirada asustada, justo antes de que me abalanzara sobre su cuerpo voluptuoso y le subiera la falda buscando, impaciente y frenético, su sexo. 
ella ha comenzado a chillar como una histérica. he tenido que abofetear su preciosa cara y tapar su boca con mi mano izquierda mientras que con la derecha desabrochaba mis pantalones y me desprendía de sus bragas negras y minúsculas, a conjunto con su sujetador. hasta el último segundo no ha parado de moverse, golpearme y arañarme con sus pequeñas manos, pero cuando la he penetrado brusca y violentamente, ha permanecido quieta, con la mirada fija en el parabrisas y los brazos pegados a su cuerpo. me ha molestado su pasividad y le he arrancado la blusa, buscando una reacción, un gesto, una resistencia. los botones perlados han resbalado silenciosamente y han desaparecido por los rincones y las ranuras del coche. la visión de sus pechos rotundos, suaves y blanquecinos, ocultos bajo la fina tela del sujetador, agitados por la respiración entrecortada, han hecho acrecentar la rabia de mis sacudidas. he apartado la tira del sujetador de sus hombros y, una vez desnudos, he pegado mi cabeza entre ellos. los he olido, manoseado, lamido y he mordisqueado sus pezones oscuros mientras me movía encima de ella cada vez más rápido, con el sonido hueco de sus ingles empapadas en sudor chocando contra mis huevos hinchados, refregándome contra su bajo vientre, notando sus latidos, sus fluidos, sus paredes viscosas abriéndose a mi paso, sintiéndome sin aliento, sin pulso y a punto de correrme. tres minutos después he eyaculado. he soltado un agudo gemido de alivio y descanso y con la vista nublada he levantado mi cabeza a la altura de sus ojos oscuros. ella ha apartado su cara, contraída y crispada, y al separarme de su sexo húmedo, rosado y dolorido, he observado que tenía el bello rasurado. para aitor. 

-¿dónde vamos? – he preguntado al salir del parking. 
-calle verdi, pero si tienes que desviarte mucho, puedes dejarme donde te vaya mejor. 
-no, no es problema – he contestado disimulando mi decepción. 
-gracias, eres un sol. 
he sonreído y la he observado por el rabillo del ojo. por descuido tenía un botón de su camisa desabrochado de más y he visto el delicado bordado de color negro de su sujetador. he conducido hacia gran vía sin acordarme de que a esa hora el tráfico suele ser pésimo. durante cinco minutos hemos estado parados entre el 45 y una furgoneta de mudanzas. ella ha comenzado a mover el pie y a chasquear la lengua, inquieta. 
-¿tenías que estar a alguna hora en concreto? – he preguntado. 
ella ha dejado de moverse. 
-perdona, te estoy poniendo nervioso a ti también – ha dicho y ha cruzado las piernas. 
de nuevo su falda ha subido unos milímetros. hemos estado unos minutos en silencio, escuchando las notas de una melodía empalagosa, con letra comercial y voz estridente. después hemos avanzado unos metros y de nuevo nos hemos quedado parados diez minutos. para complicarlo todavía más ha comenzado a lloviznar y los conductores han hecho sonar sus bocinas como si eso ayudara a avanzar algunos metros. bárbara ha apoyado su cabeza en el respaldo, ha cerrado los ojos y con sus dedos finos ha masajeado sus hombros huesudos y tensados. he reparado en su cuello largo y estirado, en sus pestañas largas, en su nariz pequeña y picuda, sus labios rojizos, su tez pálida y un minúsculo lunar en la barbilla. estoy convencido de que aitor jamás se ha percatado de él. 
-¿qué estas mirando? – ha preguntado de repente, divertida y halagada. 
-¿eh? oh, nada… nada – he conseguido tartamudear, haciendo más reiterada mi completa imbecilidad. 
-ya – se ha limitado a contestar. 
hemos llegado a la calle verdi veinte minutos después. en silencio, con el único ruido de fondo de las bocinas estridentes, las gotas martilleando el techo metálico del coche y los anuncios de la radio. ella con su mano encima de su muslo. yo imitando su gesto para ocultar mi erección. 
-muchas gracias – ha dicho cuando nos hemos detenido en la acera – eres un sol. 
-eso ya lo habías dicho antes – he bromeado, pero ella ya estaba fuera del vehículo y no ha escuchado mi patético comentario. 
ha cerrado la puerta con cuidado, acompañándola con deferencia y me ha saludado con la mano. después ha corrido hacia el portal para no mojarse con la lluvia que seguía cayendo, o porque no deseaba dilatar más el momento de encontrarse con aitor. yo he arrancado y he conducido hasta mi casa, en la otra punta de la ciudad. al cerrar la puerta he respirado sosegadamente un par de veces, me he quitado la chaqueta, he aflojado mi corbata, he ido hasta mi cama, me he tumbado en la penumbra y me he desabotonado los pantalones, otra vez. 

25 octubre 2012

A veces parece
que estamos en el centro de la fiesta.
Sin embargo
en el centro de la fiesta no hay nadie.
En el centro de la fiesta está el vacío
Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

Poesía Vertical, R. Juarroz 

15 octubre 2012

mi hermano (parte II)

nuestra relación ni mejoró ni empeoró. no volvimos a sacar el tema de la conversación en el jardín y cuando a los pocos meses nació su hijo me llamó todavía más contento que cuando me comunicó sus intenciones de boda. en un sobre arrugado recibí centenares de fotos del recién nacido, que sin duda alguna se parecía a la madre y apenas tenía rasgos de él. 
aproveché un fin de semana de poco trabajo para hacerles una visita rápida, después de que mi madre, de nuevo, me lo pidiera. él mismo vino a buscarme al aeropuerto en una furgoneta de su trabajo. durante el camino me contó mil anécdotas del niño, aunque en realidad, a esa temprana edad, el crío se limitara a dormir, comer y gastar pañales. cuando le pregunté por el trabajo comentó que las cosas no iban muy bien, pero que ahora mismo no estaba preocupado por ese tema y que quería disfrutar de su hijo a tiempo completo. al llegar a su casa me sorprendió lo minúscula que era. tenía una sola habitación donde dormían los tres y un comedor desordenado y sucio con la ropa del bebé desperdigada por la moqueta roída. los muebles eran viejos, había poca luz, la bombilla de la cocina estaba fundida y la persiana del salón se había roto y descansaba, torcida, encima del marco de la ventana. ella había adelgazado mucho, tenía ojeras, menos pelo y no pareció alegrarse demasiado al verme. entre sus brazos sujetaba a un niño de mofletes rojizos, regordete y llorón, que me entregó tan pronto dejé la chaqueta, y cuando se vio liberada del peso, se fue a la habitación de la que no salió hasta que me marché. mi hermano la excusó: "esto de tener hijos es agotador. apenas dormimos y ella está exhausta, como yo, claro. ya lo sabrás cuando te toque a ti". yo asentí, comprensivo, y le di la razón, asegurándome de que esta vez no iba a meter la pata. jugué con el niño, le di los regalos que había comprado en londres y dos horas más tarde, decidí que era el momento de marcharme. mi hermano sin embargo insistió en que me quedara a comer y aunque me negué con el pretexto de que no quería molestarles más, terminó llamando para que nos trajeran un par de pizzas y algunas cervezas que comimos en silencio, delante del televisor, mientras su hijo, babeando en el sillón, nos miraba con curiosidad. 

los rumores de despido en mi empresa se convirtieron en hechos. yo me salvé por los pelos, pero me trasladaron a la sucursal de munich como último intento para salvarme el culo e intentar mantener la compañía a flote. trabajaba veinte horas al día, los siete días de la semana. iba del trabajo a casa y de casa al trabajo. apenas tenía tiempo de pensar en mí y ni mucho menos en mi familia. me olvidé de ellos unos días, quizá unos meses, hasta que de nuevo mi madre se encargó de ponerme al día con una de sus llamadas nocturnas: iba a ser tío por segunda vez. habían pasado sólo quince meses desde el nacimiento del primero. también me contó que habían despedido a mi hermano y que su mujer se pasaba el día fuera de casa, despotricando de él y de su inutilidad. me rogó que le llamara, que le haría bien hablar conmigo, desahogarse, hablar de hombre a hombre y le prometí que lo haría al día siguiente aunque al final dejé pasar veinte días. no entendía qué podía hacer yo. los dos éramos ya mayorcitos para solucionar nuestros propios problemas y no me parecía justo estar siempre pendiente de su vida cuando él apenas se había interesado por la mía. me pudo la culpa. al fin y al cabo era mi hermano y me gustase o no teníamos un vínculo, endeble y quebradizo, pero un vínculo. 

el teléfono sonó un buen rato y cuando estaba a punto de colgar, pensando que tal vez no era una buena hora, lo cogió ella. 
-¿sí? 
-¿ana? hola, soy yo, fer. ¿qué tal estáis? 
-ah, fer - dijo desganada - bueno, tirando. ahora te paso a tu hermano. imagino que querrás hablar con él. 
escuché sus pasos alejándose del aparato y los lloros de fondo, pero no supe distinguir si eran de uno o de los dos niños. mi hermano tardó otro rato más en ponerse y cuando lo hizo me costó reconocer su voz. 
-¿hola? 
-¿estoy hablando con el mejor padre del mundo? 
hubo un momento de silencio. 
-¿quién es? 
-¡tu hermano, joder, tu hermano!
-¿fer? no te había conocido. 
-lógico, no me llamas nunca. ¿cómo te va, capullo? 
-no muy bien. 
-algo me contó mamá. ¿qué ha pasado? 
-nada va bien, nada - hubo un par de segundos de silencio - me despidieron del trabajo, la cosas no iban bien y..., tengo dos hijos, hace cinco meses que no puedo pagar el alquiler y creo que mi mujer está con otro. 
no supe qué decir. hay veces en que las palabras consuelan tan poco que se transforman en sonidos huecos y sin significado.
-no sé qué decir. 
escuché sus sollozos callado, compungido y con un nudo en la garganta. 

le llamé un par de veces más a lo largo del siguiente mes. su desesperación se había convertido en rabia y cada vez se hacía más difícil hablar con él sin recibir reproches, acusaciones y recriminaciones de temas que no venían al caso o que habían pasado hacía años y que sólo él recordaba. a pesar de la insistencia de mi madre, que seguía mediando entre los dos, dejé de llamarle.
poco después me despidieron a mí. los números no salían, no había ventas suficientes y consideraron que la sucursal de munich ya no era importante. decidí que, sin trabajo, ni ganas de volver a londres, ni quedarme en esa ciudad gris y triste como era munich, había llegado el momento de volver a casa y empezar de cero allí. mi madre se alegró y lloró de alegría cuando se lo anuncié por teléfono. creyó que con mi vuelta volveríamos a ser una familia alegre y bien avenida, dispuesta a celebrar las navidades y los cumpleaños alrededor de una mesa generosa en comida y en jolgorio. no quise confesarle que mi intención era estar en su casa el tiempo justo hasta encontrar un trabajo que me permitiera alquilar algo para mí y largarme cuánto antes. 
vino a recogerme a la estación de trenes, en su coche viejo y destartalado y se quejó de mi delgadez y de mis canas nada más verme. me abrazó con fuerza y lloró de nuevo. mi padre, sin embargo, no pareció tan contento y me recordó nada más pisar su suelo que si pensaba quedarme allí mucho tiempo tendría que colaborar con los gastos. “esto no es una pensión, ¿sabes? y tú ya estás grandecito para vivir aquí de prestado. tú y tu hermano, vaya par. no sé qué hicimos mal, la verdad.”, vociferó.

los días pasaban lentos y a pesar de mi entusiasmo inicial, comencé a desesperarme cuando ninguno de los currículum enviados recibía respuesta alguna. vagaba por la casa evitando a mi padre y ayudando a mi madre con la compra semanal y las tareas domésticas. salía por las tardes a dar una vuelta y volvía a casa a los pocos minutos porque tampoco había muchos sitios a dónde ir. echaba de menos londres y munich, mis amigos, mi trabajo, un apartamento para mí solo y mi vida de antes. 
la vi en una de esas tardes de hastío en las que había ido al cine a ver una película comercial y mal doblada que se me hizo eterna. la reconocí enseguida, aunque se había cortado el pelo y había engordado un poco desde la última vez. estaba sentada en un banco de la plaza, junto a un hombre que le acariciaba la rodilla y se reía con ella. me acerqué entusiasmado, pensando que quizá el hombre sería mi hermano y que a pesar de sus problemas, habían podido reconducir su situación, pero a los pocos metros me di cuenta de que no se trataba de él. al verme empalideció y dejó de reírse de repente. nos miramos unos segundos, esperando que alguno de los dos saludara. el hombre que la acompañaba se extrañó y nos observaba con esa expresión confusa de quien no entiende nada. finalmente le preguntó si me conocía y ella contestó que no. luego me preguntó si tenía algún problema y no fui capaz de responder. estaba furioso con ella y conmigo. había sido un idiota y un miedoso. no sólo allí, en el parque, delante de la mujer de mi hermano con su amigo o amante o lo que fuera, sino toda mi puñetera vida. sólo me había atrevido a hablar con él borracho y en el día de su boda, tal vez el menos apropiado. y ese era yo, su querido hermano.
me metí en el primer bar que encontré abierto y pedí una cerveza. después otra y después un whisky que me abrasó la garganta, el estómago y, por fin, la cobardía. al salir le llame y fui, por primera vez desde que había llegado de munich, a su casa. 
abrió la puerta un hombre envejecido, hinchado, con la mirada perdida, sin apenas pelo, en albornoz y con una lata en la mano. sentí mucha pena y quise abrazarlo, pero no lo hice. tampoco comenté nada de su aspecto dejado y desaliñado. con desgana me invitó a pasar y me ofreció una cerveza que sacó de una nevera casi vacía. arrastraba los pies y al llegar al sofá, el mismo de cuando les había visitado al nacer su primer hijo, se sentó con dificultad. se excusó por el desorden de la casa diciendo que últimamente había estado enfermo pero cuando le pregunté qué le había pasado, no contestó. encima de la mesita del salón había tres o cuatro frascos con pastillas de diferentes colores y tamaños. cogí uno para leer la etiqueta, pero no había suficiente luz en el comedor como para identificar las dolencias que curaban las píldoras. 
-estas son para la espalda – dijo él. 
-¿para la espalda? 
-sí, me duele mucho, pero esto es lo de menos.

habló poco durante el rato que estuve allí y cada vez que le preguntaba algo, parecía que le costaba pensar y todavía más explicarse con claridad. cuando me interesé los niños y su mujer, prefirió cambiar de tema y cuando consideró que mi visita se estaba alargando demasiado, anunció que estaba agotado y que necesitaba dormir. eran las seis de la tarde. me marché con la misma rabia y frustración que había sentido horas antes en el parque y en el bar.

poco después me llamaron para una entrevista de trabajo. salí satisfecho y con la sensación de que les había causado una buena impresión. el sueldo no era gran cosa, pero el trabajo parecía interesante y me permitiría viajar de vez en cuando y olvidarme del panorama familiar. al llegar a casa mi madre estaba preparando la cena y mi padre, sentado en la mesa, refunfuñaba con las noticias del telediario. me saludaron sin demasiado entusiasmo y ninguno de los dos me preguntó sobre cómo había ido la entrevista, a pesar de habérselo dicho antes de salir de casa. comimos en silencio, como siempre, escuchando tragedias mundiales a las que estábamos totalmente insensibilizados y al terminar ayudé a mi madre a recoger y a lavar los platos. a las diez y media les deseé buenas noches a los dos y me metí en mi habitación para leer un rato. 
el teléfono de casa sonó unos minutos más tarde. en un arranque de optimismo pensé que podría ser la respuesta afirmativa de la entrevista que acababa de hacer, sin darme cuenta de que era demasiado tarde como para que nadie se molestara en darme buenas noticias ese día. después pensé que mis padres raramente recibían llamadas y mucho menos a esas horas. me quedé parado en medio de la habitación sin saber muy bien si debía salir o quedarme. me arrimé a la puerta y dejé pasar unos segundos que me parecieron horas. luego escuché un grito aterrador de mi madre que retumbó por toda la casa y me heló la sangre. salí corriendo, asustado, temiendo cualquier cosa, un corte, una caída, un incendio, un ataque al corazón, pero no era nada de esto. mi madre, todavía con el teléfono en la mano, temblando, sollozando y sin poder controlarse, se golpeaba la cabeza y el pecho con sus propios puños ancianos. sólo cuando conseguimos que se sentara y se tomara un trago de vino que corrí a buscar a la cocina, empezó a balbucear las primeras sílabas, sin dejar de temblar ni lamentarse. 

el periódico local y la televisión nacional se hicieron eco de la noticia al día siguiente. “el presunto asesino, un hombre de treinta y un años -decía la presentadora, una chica joven y guapa, con semblante serio, que a continuación pasaría a informar sobre la ola de calor que asestaba el país- acuchilló a su mujer y a sus dos hijos de uno y tres años y después se tiró al vacío desde un quinto piso, provocándose lesiones de extrema gravedad. el hombre, que según los vecinos, era una persona agradable y amable, se había quedado en el paro hacía un año y acababa de recibir una orden de desahucio.” 

mi padre se niega a visitarle en el hospital, apenas habla y jamás nos pregunta por su estado de salud. también ha quitado la foto de nosotros dos que tenía colgada en el pasillo de la entrada y ahora hay sólo un hueco en forma rectangular delimitado por motas de polvo que se acumularon a lo largo de los años. ha envejecido de golpe, no mira la televisión, ni refunfuña, ni se queja por todo lo que le molestaba antes. ha dejado de jugar al dominó con sus amigos y camina encorvado como si soportara una pesada carga encima de sus hombros. mi madre, como yo, le visita a diario. ella va por las mañanas, le cuenta lo que le ha sucedido a lo largo del día, airea la habitación y le humedece el rostro con una toalla cuando hace mucho calor, aunque los médicos dicen que no sirve para nada. también visita las tumbas de sus nietos y les pones flores frescas una vez a la semana. nunca hablamos de lo ocurrido y si no fuera por los otros, fuera de la habitación, uniformados, vigilando, podríamos decir que fue sólo un accidente y que contamos las horas para que vuelva a recuperarse. algunas otras veces miro a mi madre y la veo asustada, desorientada y frágil. la imagino cogiendo el autobús, recorriendo centenares de kilómetros y visitándole una vez al mes a un lugar mucho más hostil y desconocido que este hospital, donde revisarán su bolso y cronometrarán el tiempo que pasa con su hijo, detrás de unas rejas o un cristal doble, sucio y empañado. y es ahí cuando creo que tal vez lo mejor sería que mi hermano no saliera de ésta y nos dejara ir.