19 agosto 2012

¿vemos una peli?

ayer fui al cine a ver una película romanticona. no soy muy de películas romanticonas, así en general, porque me crean falsas expectativas y luego, de camino a casa, sola y decaída, espero que un caballero alto, rubio, inteligente, cariñoso, fiel, trabajador, atento, divertido pero serio, seductor pero no pendón, culto sin pasarse de pedante, me rescate de mi terrible desamparo, me monte en su caballo (va hombre, tómense esto en serio, que siempre están ustedes igual) y me susurre al oído con voz aterciopelada y segura, que a partir de ahora, cogida de su mano, todo irá bien.
en mi siempre bienintencionado afán de ayudar a las almas más cándidas (si es que todavía queda alguna), hoy me dispongo a diseccionar y re interpretar los tópicos de estas películas que engrandecen y edulcoran el ya-de-por-sí fascinante mundo de las relaciones entre hombre-mujer / hombre-hombre / mujer-mujer. de zoofilia no sé mucho. nada, no sé nada, lo juro. 

- la tía es tonta/el tío es malote: y no hay mucho más que decir. ella parece que no haya salido de su habitación en los últimos veinte años de vida y él en cambio nació aprendido. de todo, nena, de to-do. 

- la tía es tonta/el tío es corto: ella sigue encerrada en su habitación, y él salió un par de veces a la calle, para que no se diga que no conoce mundo. luego volvió al hogar familiar y se alistó al ejército para salvar a su patria de los enemigos de algún país subdesarrollado sin ninguna estructura militar. 

- el encuentro: los encuentros entre los protagonistas son siempre casuales. de esta forma, el espectador puede llegar a pensar que algo similar le podría ocurrir a él/ella en el momento más inesperado. todas hemos conocido a nuestro príncipe azul en la lavandería pública del barrio, un domingo por la tarde de finales de verano, recitando a baudelaire, ¿no? ¿y a quién no le han pedido el teléfono en la sección de congelados del supermercado de la esquina? si nunca les ha ocurrido, quizá es que deberían pasar más horas en el supermercado. es sólo una sugerencia.
los escenarios que más se repiten para un encuentro exitoso suelen ser: una fiesta trendsetter en el ático de un amigo en común, un pasillo de instituto entre clase y partido de rugby o una calle concurrida donde a alguno de los dos se le cae la cartera y ambos se agachan al mismo tiempo para recogerla. jamás, repito, jamás, una relación puede funcionar si se conocen en un after y van puestos de m hasta las cejas o bien a través de internet y ella se hace llamar paco y la tiene muy grande y él, giselle y es una niña mala. muy mala. 

- el fontanero (y quien dice fontanero, dice sexo): las escenas de sexo en este tipo de películas son escasas y poco explícitas, porque de lo contario, ya existe el porno y aquí hemos venido a hablar de amor. romance y amor. así que cuando aparece en escena un fontanero, no se me hagan ilusiones. los fontaneros en este género se ciñen bien a su papel y no esperen ni que esté tremendo ni que se quite el mono de trabajo. por ese motivo no abundan los papeles de fontaneros en estas cintas y si alguien tiene que arreglar una tubería suele hacerlo el protagonista principal, que aparte de ser rubio y listo, es manitas. pero volvamos al sexo. 
una vez los caracteres principales se han conocido y llevan ya unas semanas tonteando (impensable liarse en una primera cita, que quede claro) acaban haciendo el amor (que no follando). suelen hacerlo después de una cena romántica en casa de él para que así quede patente que además de rubio, listo y manitas sabe cocinar y por lo tanto es un hombre moderno acostumbrado a las tareas domésticas. la escena se inicia con un beso de él a ella (porque la iniciativa suele llevarla él, no vaya a ser que tanta transgresión dé ideas equivocadas de lo que ella no es) y al que la chica responde pasionalmente, quitándole la camisa, blanca, siempre blanca y muy bien planchada. y eso, queridos, es lo máximo que llegaremos a ver en lo que se refiere a carne humana. como mucho, si es una película arriesgada, puede que aparezca la chica con el sujetador en la cama, porque no hay nada más cómodo ni más normal que dormir con el sujetador puesto.
aunque no lo veamos, el sexo es siempre cojonudo y se corren al mismo tiempo, lo cual fortalece la idea de que sí, efectivamnte, están hechos el uno para el otro. intuimos que todo ha ido bien por la cara de los dos (la típica cara que se nos queda a todos, justo antes del cigarrito, ya saben) y los arrumacos que se propinan entre las sábanas que sólo dejan al descubierto los pies entrelazados de ambos, el torso del él (por supuesto, depilado) y el hombro de ella (con o sin tira de sujetador). es importante que haya muchas carantoñas y muchos mimos y muchos abrazos porque ha de quedar claro que esta relación no se basa en el sexo, sino que hay algo más. algo menos terrenal. algo especial. algo que un simple fontanero, por muy profesional que fuera, no podría arreglar nunca. 

- la cagada que lo complica todo, también llamado nudo: las cosas se tuercen justo después de que hayan follado. perdón, hayan hecho el amor. o la mejor amiga se aprovecha de él un día que fue forzado a emborracharse y perdió el criterio (y por lo tanto casi no cuenta como craso error). o a ella la envían a trabajar al culo del mundo y teme que lo que acaba de empezar y tiene tantas posibilidades, no llegue ni a un segundo polvo. o se queda embarazada y no se atreve a decírselo y él lo descubre por un tercero y maldice el día que la invitó a cenar porque él la quiere, de eso que no nos quepa ninguna duda, pero tampoco hacía falta ir tan rápido (aunque, eh, os habéis dado cuenta de la calidad de mis espermatozoides, ¿eh?, ¿eh?, ¿eh?).
la cuestión es que durante unos minutos eternos nos parece que eso no terminará bien y que ella dirá que sí al puesto de trabajo de mongolia y que él se quedará sin hijo con el que jugar mientras en el horno se dora un asado para toda la familia. es el momento de ir a buscar el helado de chocolate y recordar que eso es una película romántica y que el director no sería tan cabrón como para desvirtuar esta categoría con un final que no fuera feliz. 

- los amigos que no ayudan: ante la crisis por la que está pasando la pareja, y la cantidad de helado engullido, siempre hay un par de amigos (de color/orientales/hispanos/graciosos/obesos o todo a la vez) que complican todavía más la situación. ellos ya veían que él era un egoísta o ella un poco puta, pero no querían decir nada porque estaban tan ilusionado que cualquiera se metía en medio. aprovechando sin embargo la trastada que uno de los dos ha cometido, se hartan de ponerle a parir y una vez ya desquitados aconsejan a la parte afectada salir y conocer a otra gente. vamos, que sea igual de puta y egoísta. el espectador, pero, que conoce las dos versiones de la historia, y a estas alturas debería dejar de comer helado, sabe que no hay que pasar página. hay tener fe, llorar, sufrir un poco más, porque las cosas buenas de la vida cuestan esfuerzo y sólo quien sabe esperar será bienvenido a la casa del señor. y eso no lo digo yo, lo dice la biblia. 

- los amigos que luego sí ayudan: en un previsible e inesperado giro de los acontecimientos, pasados unos días, unos meses, unos años (en función de la duración de la película) la parte “agresora” se da cuenta de su metedura de pata y reacciona. es un momento realmente emotivo porque de nuevo pensamos en nosotros, en nuestra experiencia pasada, en ese ex que nos dejó tirados y que ahora mismo imaginamos que está a punto de llamarnos y decir: “eh, ¿cómo te va la vida? ¿follamos?” y creeremos que es amor y se nos caerán las bragas al suelo antes de que cuelgue. en la ficción sin embargo, la parte “agresora” actúa con algo más de tacto, aunque se muera de ganas de formular la misma pregunta. y aquí los amigos son esenciales porque son los únicos que pueden hacer que las reticencias iniciales de la “víctima” desaparezcan y olvide todo el malentendido. así que ahora, mientras la “víctima” se debate entre volver y sufrir o dejarlo y sufrir, los amigos ya se han dado cuenta del lado bueno del egoísta y la puta y ya han empezado con los preparativos para la despedida de soltero/a donde esperan, como mínimo, liarse con alguna dama de honor. o todas a la vez. 

- la sutil diferencia entre boda y beso: la escena final tiene dos variantes según el presupuesto con el que se cuente para financiar el guión. o bien un beso o bien boda. hay una enorme diferencia entre una cosa y la otra, aunque algunas mentes simples lo asocien a un mismo resultado. y no es así, lo siento. un beso a secas da para sospechar que esos dos sólo querían folleteo y que ninguno está realmente preparado para el compromiso serio. a mí, un final de este tipo me decepciona y me enfada porque no me gusta llorar, ni sufrir, ni perder el tiempo con rolletes insustanciales. una boda, por el contrario indica que los dos protagonistas son lo suficientemente maduros y estables como para cagarla de forma consciente y vivir atados y amargados el resto de sus vidas. y por este motivo sí vale la pena llorar.

las películas románticas suelen y deben terminar con este conmovedor plano de la pareja recién casada, tirando el ramo a la prima feúcha y tontorrona que al final también consigue pareja (feúcho y tontorrón como ella) y subiendo a un coche del que cuelga un just married, que en inglés significa “venga ya, ¿en serio?”. no es necesario dar más pistas al espectador para que reflexione sobre qué sucede después, cuando hayan vuelto de la luna de miel y ella se pregunte qué hubiera pasado si se hubiera largado a mongolia a trabajar y él note que está echando tripa y que su esposa no es tan putilla como antes. para todas esas dudas posteriores, apreciados lectores, tenemos el género dramático o el de terror del que me encantará hablarles algún otro día, con más calma. 

10 agosto 2012

poco

poco se habla
de esa brisilla fresca y repentina
que te despeina y te levanta la falda
cuando dejas pasar
otro tren.

poco se dice
de la suerte de ondear un pañuelo blanco
a tiempo
sin culpa, ni pena, ni memoria
al ritmo de un corazón que traquetea sereno
de una mirada límpida que no se nubla
de un rostro que no consiente muecas tristes.
de encaminar los pasos hacia una casa
aireada y de muros mudos
por caminos serpenteantes
que ya no atemorizan
a nadie.

poco se cuenta
de esos días de sosegada calma,
de horas pausadas,
y agradecidos silencios
de compañías inesperadas y breves
que regalan carícias anónimas
de lecturas que esfuman recuerdos fugaces
de melodías que retan a improvisados bailes
de noches que arrinconan nombres remotos,
olvidados,
pretéritos.

y así,
sin hablar, ni decir, ni contar
ni pretender
se adivinan en otros ojos desconocidos
los tanteos cándidos
el jugueteo tímido
la cautela y las dudas de los principios
y la sabia imprudencia
de otro brote que reverdece
algún tiempo después.

24 julio 2012

garabatos

es normal que no te caiga bien todo el mundo. quiero decir, que no puedes pretender llevarte bien con todos. con algunas personas sientes que tienes más afinidad que con otras. es algo habitual. no es nada raro, ni tampoco quiere decir que seas poco social o un individualista. creo que esto es lo que me pasa con ella. aunque no, tampoco es exactamente esto. con ella la cosa es más grave, porque no es que no tengamos ningún interés en común, ni que no coincidamos con los gustos. es que no la soporto. no puedo. es ilógico e irracional, pero así es. lo peor de todo es que no tengo motivos concretos para detestarla de este modo. nunca me ha hecho nada, más bien ha sido todo lo contrario, pero tendríais que verla, caminando por la calle, sujetando el cigarrillo con la mano derecha y jugueteando con sus rizos castaños con la izquierda. con esa actitud de superioridad, de mujer que se sabe guapa y por lo tanto está por encima del resto de humanos. con ese vestido floreado, demasiado corto y demasiado ajustado. sabiendo de sobras que no pasa desapercibida. que los hombres la miran de reojo y las mujeres con desapruebo. aunque, claro, a ella le da igual. lo importante es llamar la atención, que todo el mundo sepa que existe. contoneando sus caderas anchas y asegurándose de que sus tacones anuncian su llegada donde quiera que vaya. aunque soy yo quien hace que la observen de esta forma. yo quien hace que vista así, yo quien le calza esos tacones de vértigo, y yo también quien la observa con atención mientras busca dentro del bolso cuando suena su móvil.
es un hombre. tiene que ser un hombre porque ella sonríe al reconocer el número parpadeante en la pantalla. tarda en contestar y cuando lo hace contemplo sus labios moviéndose rápidamente. escucho su voz por primera vez. sí, hasta ahora no la había escuchado. tampoco hace tanto tiempo que nos conocemos. sería absurdo que me gustara su voz. a estas alturas, sabiendo que nada de ella me agrada, le corresponde una voz chillona y estridente, de esas que resuenan en el interior de la cabeza aunque se haya callado hace rato. habla deprisa, atropellando las palabras unas con otras, sin apenas respirar y me pregunto cómo puede su interlocutor comprender algo de lo que dice. su voz estorba, va en aumento, gesticula y mueve las manos como si el otro pudiera verla. y ahora también se ríe con una risa falsa, forzada, que denota un nerviosismo mal disimulado. y al hacerlo echa su cabeza hacia atrás, exhibiendo un cuello largo, estirado y maquillado en exceso. después de unos minutos de conversación vanal, le pregunta cuándo se verán. espera unos instantes a que él, secamente, responda “pronto”. él es un tipo arrogante y chulo, pero ella todavía no ha querido darse cuenta e insiste. le gustan sus atenciones exageradas y sus encuentros en el apartamento de él, un ático en la parte alta, con cinco habitaciones, dos baños, una ecuatoriana que se encarga de la casa y le llama “señor” y unas vistas impresionantes de la ciudad. ella suelta otra carcajada, exaltada, y pregunta de nuevo: “¿cuándo es pronto?”, esta vez, menos amable y más inquieta.
también es culpa mía que se conocieran en ese bar. fui yo quien les presenté. quien hice que él la viera sentada en la barra, sola, con otro vestido igual de corto, y preguntara si podía invitarla a una copa. ella se resistió poco. no tienes ninguna personalidad, muchacha. cualquier persona inteligente se hubiera dado cuenta de que ese hombre sólo podría traerte problemas, pero ella se dejó impresionar; su traje, sus modales, sus manos, sus halagos. mira cómo tienes que verte ahora: pendiente del móvil, de sus llamadas intermitentes y de sus contestaciones ambiguas que ya no te hacen gracia. de esos celos malsanos que hacen que sospeches de todas y te despiertes a media noche y le llames y salte el contestador. de esas broncas que él nunca ha soportado y de esos jarrones rotos que la señora ecuatoriana reemplaza al día siguiente. supongo que podría hacerle cambiar. sí, yo podría hacerle cambiar. podría sentarle en otro bar, cualquiera otra noche de estas. él se pediría un whisky con hielo y me escucharía sin rechistar, obediente a mis consejos. podría decirle que la muchacha vale la pena, que a veces es un poco impulsiva y que aunque a mí no me guste, quizá podrían funcionar. o bien que la deje en paz, que no la atormente más si es que no está convencido. no sé... tal vez sí debería hablar con él, pero ella nunca me gustó. no veo por qué debería intervenir. él contesta que pronto es pronto, que no le atosigue y que la llamará. ella quiere decir algo, pero él cuelga antes y furiosa, lanza su móvil contra el suelo, maldiciendo su nombre, su familia y el día en el que nació al borde del llanto histérico. siempre es él quien decide, quien determina, quien controla. se veía tanto a venir. cómo se puede ser tan crédula. enciende otro cigarrilo y se agacha a coger las piezas que han saltado y permanecen esparcidas por la acera. un señor mayor se acerca a ayudarla, pero ella está demasiado ofuscada como para darse cuenta y agradecerle el gesto. él se aleja y ella se cerciora de que el móvil sigue funcionando y que podrá volver a llamarle en media hora. necesita una copa, a pesar de ser temprano todavía. a las cinco de la tarde los bares están vacíos y cuando el camarero la ve entrar, con su vestido corto, sus mejillas encendidas y su rímel corrido no puede evitar detener la vista en sus piernas bien torneadas y su escote generoso. él saluda y ella pide un vodka. “no se puede fumar aquí dentro”, dice él. ella escupe el cigarrillo, lo aplasta con la punta de su zapato rojo y busca una mesa apartada. se sienta delante de mí y me mira, esperando una respuesta.
¿qué hacemos ahora? las dos sabemos que este vaso no solucionará nada. quizá sea un buen remedio temporal, un antídoto pasajero, pero en un par de horas, mañana tal vez, sentirá la misma necesidad de verle y terminará por llamar de madrugada y preguntar cuándo. tiene los ojos acuosos y la mirada ausente. toma el primer sorbo y espera. tomo otro sorbo de un café que se ha enfriado y espero. esperamos las dos. el camarero, al fondo, se entretiene sacando brillo a las copas y silbando una melodía inventada. podría hacer que él llamase. podría hacer que esta noche, o en un par de días a mucho tardar, se reconciliaran y ella se comprara vestidos más cortos y tacones más altos para complacerle.
o también podría pagar mi café, arrugar el folio, tirarlo a la basura, salir a la calle y hacer que ella desaparezca junto a otras tantas que existieron sólo como meros garabatos.