cuando entró por primera vez en la casa le pareció un lugar triste y lúgubre. era uno de esos pisos antiguos, con los techos altos y las ventanas con grandes pórticos de madera oscura y roída. la decoración de las habitaciones evidenciaba que nadie se había molestado en cambiar los muebles desde hacía muchos años y las fotografías de la señora julia, joven y rodeada de una familia numerosa, colgaban torcidas de las paredes empapeladas con estampados barrocos. isidra tuvo ganas de echar a correr hacia la salida de esa casa, pero recordó que necesitaba el dinero y que ya le habían dicho no en dos ocasiones esa misma semana.
los hijos de la señora julia la recibieron con la misma frialdad que sintió ella al entrar al comedor, una habitación grande con un enorme reloj de pared cuyas ajugas se habían detenido a las siete menos veinte, aunque no se sabía de qué año. fue una entrevista breve en la que el hijo mayor, un hombre de unos cincuenta años, bien vestido y con ganas de terminar el encuentro, le detalló sus futuras tareas y los cuidados que su madre requería.
-la señora julia – explicó muy serio - es ya muy mayor y necesita vigilancia las veinticuatro horas del día. buscamos a alguien altamente responsable que la cuide como si atendiera a su propia madre. repito, su propia madre y es importante que entienda este punto. si usted piensa en este trabajo como algo temporal hasta que encuentre algo mejor, olvídese. su habitación, ya ha visto, está provista de todo lo que necesita y el sueldo incluye todas las dietas y media tarde libre cada quince días. de las facturas de la casa y otros temas que puedan surgir me encargo yo personalmente, así que usted sólo debería preocuparse de la señora julia, de sus dietas, de la medicación y de las visitas al médico, que últimamente no son muchas, a pesar de su edad.
a isidra le chocó que no utilizara la palabra madre cuando se refería a la señora julia, como si se tratara de una tía lejana que no había visto en los últimos veinte años. pensó que, de conseguir el trabajo, también debería referirse a la anciana de esa forma, aunque para ella sí que se trataba de alguien desconocido y lejano. no se atrevió a preguntar la edad de la señora julia por temor a parecer entrometida y negó con la cabeza cuando él preguntó, apremiante, si tenía alguna duda.
fue la hija menor, una mujer extremadamente delgada y de semblante severo, que se había mantenido callada durante toda la entrevista y no había apartado la mirada del bajo de la falda descosida de isidra, quien la acompañó a la puerta. sólo cuando estaban a punto de despedirse, le advirtió:
-en el caso de que consiga el trabajo, debe saber que en esta casa no se permiten visitas, de ningún tipo. mi hermano no lo ha mencionado porque da por supuesto que este tipo de comportamiento queda descartado por sentido común, pero yo confío poco en el sentido común de los demás. por eso prefiero decírselo y así evitamos malos entendidos desde el principio. nada de visitas. ni familia, ni amigos, ni parejas. cualquier incumplimiento de esta o las demás normas que ya le hemos expuesto supondrían un despido inmediato. inmediato. ¿queda claro?
isidra asintió y deseó que el ascensor estuviera en la misma planta para no tener que esperar ni un minuto más, salir a la calle y comprobar que el sol seguía brillando.
recibió la llamada dos días después. la voz del él por teléfono era todavía más grave y solemne, aunque esta vez hablaba despacio, como si temiera que a través del aparato sus palabras no fueran comprendidas correctamente. con extrema formalidad le comunicó que el trabajo era suyo y que la esperaban el próximo lunes, ilusionada y con ganas, con ese tono particular que instaba a todo lo contrario. al colgar el teléfono sintió cierta incertidumbre. miró su pequeña habitación de alquiler y la ventana que daba a un muro blanco mal pintado del patio interior. inmediatamente recordó que durante su entrevista no había conocido a la señora julia y tuvo deseos de llamar al hijo de ésta y declinar la oferta.
resultó ser como un mueble más de la casa. diminuta, esquelética y sin apenas energía para pestañear, la señora julia no hablaba y isidra tenía la certeza de que además era sorda. caminaba encorvada, muy lentamente y se ayudaba de un bastón de madera oscura, viejo y gastado. también le costaba masticar y por las mañanas, cuando entraba a su habitación, para vestirla y darle el desayuno, se la encontraba despierta, con los ojos abiertos clavados en el techo y dificultades para respirar. durante las primeras semanas hablaba mucho con ella.
-mire señora julia, - comentaba - qué día tan bonito hace hoy. le pondré la silla aquí al lado de la ventana y así puede ver la calle y le toca un poco el sol. yo mientras le preparo un puré de esos que tanto le gustan y ya por la tarde, bajamos un rato al parque y vemos jugar a los niños.
o bien: “está usted muy guapa hoy con esa blusa y ese collar de perlas, señora julia, a ver si algún día me cuenta quién se lo regaló. seguro que algún pretendiente de esos que tuvo antes de conocer a su esposo”. pero al comprobar que la mujer seguía con la mente ausente y jamás contestaba, ni con una mueca siquiera, se cansó y terminó por sucumbir al silencio de la casa. ahora pasaban los días con el único sonido de gritos y las risas de los niños del parque, una esperando la muerte y la otra el despido.
sucedió de noche, tal y como isidra había presentido alguna vez. la había acostado en la cama a las nueve, como cada noche, y a las doce entró para comprobar que seguía durmiendo y que los pañales seguían secos. la oscuridad de la habitación hizo que dudara unos segundos. se acercó un poco más a la cama y con el pulso acelerado se concentró en escuchar una respiración que ya no existía. encendió la luz de la mesita de noche y sin querer, tiró el vaso de agua que cayó ruidosamente y se hizo añicos. la piel de la señora julia tenía un color amarillento, pero su rostro parecía tranquilo, como si hubiera estado tan a gusto durmiendo que su corazón hubiera olvidado momentáneamente su función principal. isidra se tapó la cara con las manos temblorosas y estuvo un tiempo indefinido contemplando a esa anciana que había cuidado los últimos siete meses y que apenas conocía. con cierto temor alargó la mano, estiró la sábanas y cubrió con ella la cara de la difunta.
los hijos no tardaron en llegar. primero fue la mujer, que prefirió sentarse en el sillón del comedor y esperar allí a su hermano antes de entrar a ver a su madre.
-y tú – preguntó a isidra que estaba de pie a su lado – ¿no notaste nada raro?
-¿raro?
-bueno, ya sabes… ¿comió bien? ¿se encontraba mal? ¿le dolía algo?
-comió bien, como cada día.
-ya. lo digo porque la última vez que la vi estaba perfectamente y no lo entiendo. no lo entiendo, la verdad.
isidra recordó que habían pasado casi dos meses desde la última vez que habían recibido la visita de la hija. una tarde en la que llegó atareada, recogió las facturas, repasó la limpieza de la casa, se tomó un café sin apenas mediar palabra y salió con la misma prisa con la que había entrado quince minutos después. se abstuvo sin embargo de hacer ningún comentario. no era el momento y probablemente sus preguntas impertinentes se debieran solamente a los efectos inmediatos de una muerte tan cercana.
-¿y mi hermano? éste se debe creer que tengo todo el tiempo del mundo.
-cuando he hablado con él ha dicho que venía enseguida. – aclaró isidra para apaciguar su nerviosismo.
-si bueno… también dijo que serías una buena cuidadora.
de nuevo calló, aunque esta vez salió del comedor y fue a su habitación. se sentó en la cama y jugueteó con un mechón de pelo que se había soltado de la coleta.
sonó el timbre de la puerta y se apresuró en ir a abrir. la hija de la señora julia se había adelantado y ya estaba recibiendo a su hermano. desde cierta distancia les contempló saludarse, sin apenas mirarse y ni mucho menos abrazarse.
-isidra – dijo la hija cuando se dio cuenta de su presencia – ¿puedes preparar un poco de café?
-por supuesto, señora.
los hermanos cuchichearon algo antes de meterse en la habitación donde yacía su madre.
-oh, - dijo él antes de cerrar la puerta – y también tendremos que hablar de cuánto tiempo te puedes quedar en esta casa.
-claro, señor.
isidra se dirigió a la cocina y calentó agua para el café. inmediatamente la casa se impregnó de olor a desayuno, aunque eran las tres de la mañana. cuando lo tuvo preparado lo llevó a la mesa del comedor y llamó tímidamente a la puerta de la habitación de la señora julia.
-¿les sirvo el café?
-ahora salimos. puedes irte a dormir, isidra.
volvió a su habitación y comenzó a descolgar las pocas fotos de su familia que había colgado desde que se había mudado. se preguntó si habrían recibido ya el último envío de dinero y si con esa cantidad podrían pasar el resto del mes. necesitaría encontrar otro empleo con urgencia y también tendría que llamar a su prima, la única que podía hospedarla unos días hasta que encontrara una habitación u otro trabajo. de nuevo estaba sin nada, pero no era una situación nueva y eso evitó que se angustiara.
sacó la maleta con la que había llegado y la tendió encima de la cama. abrió el cajón del armario, donde guardaba los jerséis más gruesos y los trasladó a la maleta. algo cayó al suelo. a sus pies vio una bolsita de tela blanca que no reconoció como suya. se agachó y la abrió con curiosidad. cogió el collar de perlas por un extremo y dejó que oscilara en el aire. contempló el brillo de las perlas unos segundos, aturdida y agradecida, y lo escondió en la palma de su mano. tenían un tacto suaves y estaban frías. se imaginó a la señora julia arrastrando los pies hacia su habitación, asistida de su bastón, empujando el pesado cajón del armario y escondiendo el collar entre su ropa vieja. se preguntó cómo había conseguido semejante hazaña ella sola, sin la constante ayuda ni atención de su cuidadora. sonrío y puso el resto de ropa en la maleta con determinación. algunos detalles, pensó, ya no tenían ningún tipo de importancia.
27 marzo 2012
21 marzo 2012
no, no te voy a llamar. ya estoy harta. ya es suficiente. siempre detrás tuyo, pensando en qué hice mal, dónde la cagué y poniéndome en tu lugar y ya es suficiente. ya no te llamo más. si quieres algo, vienes tú. porque una cosa es que yo te quiera, que te quiero, eso que quede bien clarito, pero otra muy distinta que me tomes el pelo como si fuera una tonta. y perdona que te diga pero yo de tonta no tengo nada. nada. así que no. no te llamo más y punto. ya vendrás tú. lo sé. vamos, estoy segura. pondría la mano en el fuego. de hecho te doy una hora. en una hora seguro que me has llamado ya. ah, y cuando llames espero que como mínimo te disculpes por tu comportamiento de niño estúpido. que a veces es lo que eres, un niño estúpido y malcriado. porque ese numerito que me has montado esta tarde cuando yo te he dado un beso, no ha sido normal. que no te agobiara, que siempre estaba encima, que te dejara respirar. oye, oye, oye, cómo si yo no te dejara respirar. por un puto beso cómo te has puesto. qué barbaridad. y luego claro, yo me aparto un poco para no agobiarte y ya sé que lo que queda de tarde la vamos a dedicar a discutir. y qué quieres que te diga, que siempre estamos igual. tú pidiendo y yo cediendo. siempre pendiente, siempre detrás. como la semana pasada, cuando te invité al cine y no te gustó la película y no paraste de refunfuñar y saliste de mal humor y de camino a casa me dijiste que preferías dormir sólo porque en realidad se duerme mucho mejor sólo y que esa noche no te apetecía estar conmigo. menuda chorrada. pero si siempre hemos dormido juntos y nunca te había molestado. y vale, de acuerdo, quizá me pasé un poco con la llorera de después, pero es que no lo puedo evitar. me gusta estar contigo y dormir contigo e ir al cine contigo, aunque sea una birria de película y darte besos y cogerte de la mano aunque la tengas sudada. y claro que entiendo que tú necesitas tu espacio. pues qué te crees, ¿que yo no necesito el mío? pues sí, sí señor. yo también lo necesito. y de hecho, ahora mismo lo vas a comprobar porque yo no te llamo más. bueno, y porque ya va siendo hora de que sepas que conmigo, así, no. a ver si aprendemos, hombre. y no te llamo, joder. no te llamo. ni que pasen dos horas, ni dos días, ni dos años. y si ahora voy a coger el teléfono, puedes estar tranquilo que es sólo para comprobar que no ha sonado mientras estaba en el baño. y para revisar los mensajes. que tú eres más de mensajes que de llamadas, ya lo sé. bueno, pues nada. ni llamada ni mensaje. pero a mí me da igual. que lo sepas. ¿estás en línea?. pues conmigo no estás hablando. qué cojones, de verdad. sabiendo que estamos enfadados, te pones a hablar con tus amigos ¿y yo qué? para ellos sí que tienes tiempo, ¿eh? con ellos no te agobias, ¿no?. espero al menos que no sea el pedro, ese. no soporto a ese tío. con esa sonrisa y esos andares y esa actitud de chulazo perdona vidas de mierda. y además es una mala influencia para ti. porque es un amigo, ¿no? ¿es un amigo? me cago en todo, es como estés hablando con una amiga, vengo a tu casa y te quemo el teléfono. así, sin más. no será la puta de marga, ¿no? mira, con cualquiera menos con marga. no me jodas. seguro que estás charlando con ella. como si nada. es que ya lo estoy viendo. la gorda esa, rubia teñida, que no sabe ni hablar y se cree una diosa. pues le falta mucho para ser una diosa, la verdad. es que no sé ni porque estás hablando con esa zorra. joder. joder. joder. qué harta me tienes. siempre igual. seis. aunque bueno, si has decidido que sea ella quien alivie tus penas, allá tú. no sabes lo que te pierdes. yo ya paso. cero. espero que al menos le estés hablando de mí. que estés un poco afectado, ¿no? ¿no merezco que estés un poco triste?. uno. ¿o ni eso? con todo lo que hemos pasado tú y yo. menudo imbécil estás hecho. joder, siempre me enamoro de los más capullos. veintidós. es que no sé qué vi en ti. ya me lo dijo mi amiga, no te fíes de ese y yo, derechita. y mira que había para elegir, pues nada. debo tener un imán para los más gilipollas, la verdad. treinta y nueve. pues no te voy a llamar. esta vez paso de ti. paso. a tomar por culo. setenta.
- hola, soy yo.
(número de teléfono ficticio)
16 marzo 2012
No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, sólo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aun así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes, o nos recogió de los desperdicios; inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano...
Los enamoramientos, J. Marías
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