me llamo
alan, alan h. avner, y es probable que me recuerden de “ahora sí soy yo”, ese
programa que emitió el canal 15, los viernes a las diez y en el que
cumplíamos con el sueño de miles de infelices. yo era su presentador. sí, ese
joven de sonrisa brillante y hoyuelo en la barbilla, impecablemente bien
vestido, que siempre tenía pañuelos a mano.
debo confesar que durante el par de años que duró el programa me harté de que la gente me parase por la calle, me pidiera autógrafos y me felicitase por el gran trabajo que realizábamos. al principio me halagaba, pero llegó un punto en el que uno ya casi no podía hacer nada sin que una multitud le persiguiera por todas partes. alguien llegó a decir que yo era un dios, aunque al fin y al cabo, mi trabajo sólo consistía en conducir la emisión. por no hablar de los que venían al programa en busca de ayuda. esos eran siempre los más agradecidos y nos habían llegado a regalar los objetos más insólitos que uno podría imaginar. llegaban con sus mejores galas, inquietos e inseguros ante los focos y el público. debajo de sus trajes pasados de moda y sin estilo, se escondía lo que nosotros debíamos transformar: cuerpos deformes, pliegues de grasa, pechos caídos, pechos pequeños, pechos grandes, acné, caries, verrugas, marcas de nacimiento, canas, narices torcidas, narices grandes, arrugas, cicatrices, labios finos, patas de gallo, michelines, orejas de soplillo, bolsas debajo de los ojos, tripas cerveceras, manchas de envejecimiento, dientes rotos, dientes salidos, dientes amarillentos, lunares peludos, estrías, y un sinfín de defectos más. aunque las historias eran siempre las mismas: una ama de casa abandonada por su marido, una joven sobrealimentada o un chaval poco popular en el instituto.
nada más abrir la boca sabía lo que iban a contar, pero era importante que lo explicaran ellos con detalle y con lágrimas. muchas lágrimas. las lágrimas, junto a los kilos, hacían subir la audiencia y nosotros éramos expertos en conseguirlas. después de eso, venían cinco minutos de publicidad. en realidad eran más de cinco, pero los espectadores nunca se habían molestado en sincronizarnos. lo importante era que volviésemos y que les diéramos más lágrimas y más kilos. a la vuelta, el participante, al que nunca debíamos llamar concursante por que no sonaba políticamente correcto, se había serenado un poco y nos contaba lo maravillosa que podría ser su vida si conseguíamos llevar a cabo la transformación. yo le prometía que haríamos lo que estuviera en nuestras manos porque creíamos que todo el mundo merecía una segunda oportunidad. más lágrimas. luego aparecía por detrás del escenario, a modo de sorpresa, su marido o padre o amigo cercano y se fundían en un abrazo que provocaba nuevas lágrimas y acalorados aplausos. el público lloraba, yo lloraba, el mundo lloraba ante tanta fraternidad. algunas veces, llegados a este punto, había tenido que pedir un segundo paquete de pañuelos, lo cual significaba una prima para mí y otra para el director del programa.
para no cansar a la audiencia, programábamos actuaciones musicales de bandas locales. chicos jóvenes con cortes de pelo modernos que les tapaban el acné y que por cuatro duros se mataban cantando cosas como “oh, my baby, you are my everything, baby, baby, oh oh oh yeah, baby, oh”, en un escenario de cartón. lo mejor eran las azafatas ligeritas de ropa que pululaban por el plató con los micros para que el público asistente pudiera opinar e incluso animar a los participantes para que tuvieran fe y no desistieran en su sueño. y sí, eran frecuentes las menciones al señor todopoderoso. finalmente, y después de cincuenta minutos de programa y veinticinco de publicidad, despedíamos al participante que balanceándose como una barca, desaparecía bajo una cortina de humo, con sus lágrimas, sus mocos y todas sus taras.
debo confesar que durante el par de años que duró el programa me harté de que la gente me parase por la calle, me pidiera autógrafos y me felicitase por el gran trabajo que realizábamos. al principio me halagaba, pero llegó un punto en el que uno ya casi no podía hacer nada sin que una multitud le persiguiera por todas partes. alguien llegó a decir que yo era un dios, aunque al fin y al cabo, mi trabajo sólo consistía en conducir la emisión. por no hablar de los que venían al programa en busca de ayuda. esos eran siempre los más agradecidos y nos habían llegado a regalar los objetos más insólitos que uno podría imaginar. llegaban con sus mejores galas, inquietos e inseguros ante los focos y el público. debajo de sus trajes pasados de moda y sin estilo, se escondía lo que nosotros debíamos transformar: cuerpos deformes, pliegues de grasa, pechos caídos, pechos pequeños, pechos grandes, acné, caries, verrugas, marcas de nacimiento, canas, narices torcidas, narices grandes, arrugas, cicatrices, labios finos, patas de gallo, michelines, orejas de soplillo, bolsas debajo de los ojos, tripas cerveceras, manchas de envejecimiento, dientes rotos, dientes salidos, dientes amarillentos, lunares peludos, estrías, y un sinfín de defectos más. aunque las historias eran siempre las mismas: una ama de casa abandonada por su marido, una joven sobrealimentada o un chaval poco popular en el instituto.
nada más abrir la boca sabía lo que iban a contar, pero era importante que lo explicaran ellos con detalle y con lágrimas. muchas lágrimas. las lágrimas, junto a los kilos, hacían subir la audiencia y nosotros éramos expertos en conseguirlas. después de eso, venían cinco minutos de publicidad. en realidad eran más de cinco, pero los espectadores nunca se habían molestado en sincronizarnos. lo importante era que volviésemos y que les diéramos más lágrimas y más kilos. a la vuelta, el participante, al que nunca debíamos llamar concursante por que no sonaba políticamente correcto, se había serenado un poco y nos contaba lo maravillosa que podría ser su vida si conseguíamos llevar a cabo la transformación. yo le prometía que haríamos lo que estuviera en nuestras manos porque creíamos que todo el mundo merecía una segunda oportunidad. más lágrimas. luego aparecía por detrás del escenario, a modo de sorpresa, su marido o padre o amigo cercano y se fundían en un abrazo que provocaba nuevas lágrimas y acalorados aplausos. el público lloraba, yo lloraba, el mundo lloraba ante tanta fraternidad. algunas veces, llegados a este punto, había tenido que pedir un segundo paquete de pañuelos, lo cual significaba una prima para mí y otra para el director del programa.
para no cansar a la audiencia, programábamos actuaciones musicales de bandas locales. chicos jóvenes con cortes de pelo modernos que les tapaban el acné y que por cuatro duros se mataban cantando cosas como “oh, my baby, you are my everything, baby, baby, oh oh oh yeah, baby, oh”, en un escenario de cartón. lo mejor eran las azafatas ligeritas de ropa que pululaban por el plató con los micros para que el público asistente pudiera opinar e incluso animar a los participantes para que tuvieran fe y no desistieran en su sueño. y sí, eran frecuentes las menciones al señor todopoderoso. finalmente, y después de cincuenta minutos de programa y veinticinco de publicidad, despedíamos al participante que balanceándose como una barca, desaparecía bajo una cortina de humo, con sus lágrimas, sus mocos y todas sus taras.
algunas
veces, pasadas las tres semanas, no los reconocía ni yo mismo. más que sus
narices pequeñas y rectas o sus dientes alineados o sus kilos succionados por poderosas mangueras, era su contagiosa
actitud positiva. todos estaban pletóricos con su nueva imagen y todos
prometían continuar con la dieta, los hábitos saludables y los tintes bien
aplicados. repetíamos lo de las lágrimas, los abrazos, los estribillos
pegadizos “oh my baby oh i’m gonna hold
you all night long and i’ll love you forever and ever, yeah” y finalmente
terminábamos señalando directo a cámara con un grito al unísono: “ahora sí
soy yo” y del techo se desprendían millones de bolsas de confeti y purpurina que tardaba una
semana en quitarme del pelo.
líderes de
audiencia durante dos años. dos años. nada mal para un proyecto en el que pocos
productores creyeron al comienzo. hasta que lizzy se presentó a las pruebas de
casting. lizzy raven de kearney, nebraska. la maldita lizzy. seguro que se
acuerdan de ella. su caso salió en todos los periódicos y todas las cadenas de televisión.
estuvimos días dudando de si valía la pena admitirla o no porque lo único que quería eran unas tetas y mi equipo y yo coincidimos en que no era suficiente. ahí atendíamos a los que requerían como mínimo tres arreglos, pero luego nos contó su historia y a todos nos enamoraron sus traumas y rectificamos: se había escapado de casa a los quince años, había vivido en la calle durante dos, se había quedado embarazada tres veces antes de cumplir los veinte y como no, había estado enganchada a las anfetaminas. y sólo pedía unas tetas. coincidimos en que la historia bien se merecía un par de prótesis y que podíamos sustituir al nutricionista por más sesiones en el psicólogo e imágenes de las casas okupas donde lizzy conseguía las drogas o entrevistas a sus antiguos compañeros yonkis, todo con música muy dramática de fondo, rollo requiem for a dream, pero versión nebraska. allí había material muy aprovechable y no tardamos en empezar el rodaje.
estuvimos días dudando de si valía la pena admitirla o no porque lo único que quería eran unas tetas y mi equipo y yo coincidimos en que no era suficiente. ahí atendíamos a los que requerían como mínimo tres arreglos, pero luego nos contó su historia y a todos nos enamoraron sus traumas y rectificamos: se había escapado de casa a los quince años, había vivido en la calle durante dos, se había quedado embarazada tres veces antes de cumplir los veinte y como no, había estado enganchada a las anfetaminas. y sólo pedía unas tetas. coincidimos en que la historia bien se merecía un par de prótesis y que podíamos sustituir al nutricionista por más sesiones en el psicólogo e imágenes de las casas okupas donde lizzy conseguía las drogas o entrevistas a sus antiguos compañeros yonkis, todo con música muy dramática de fondo, rollo requiem for a dream, pero versión nebraska. allí había material muy aprovechable y no tardamos en empezar el rodaje.
el día de
presentación lizzy estaba pálida y nerviosa. nos pareció que estaba incluso más
delgada que en el casting y nos asustó que quizá se hubiera reenganchado a las pastillas, sin
embargo, la entrevista fue un éxito y su historia conmocionó a los
espectadores. sin duda alguna había sido una buena elección y teníamos la
certeza de que su transformación podría darnos un récord en cuotas de audiencia.
al terminar el programa, y siguiendo el protocolo del programa, lizzy fue
llevada al hotel donde descansaría hasta la mañana siguiente cuando sería
traslada a la clínica. creo que fue la noche más feliz de su vida. nunca antes
había estado alojada en un hotel y se sorprendió al comprobar que las sábanas olían a suavizante y que existía un servicio de habitaciones donde se podía pedir comida a cualquier hora.
a la mañana siguiente recibimos dos noticias: los análisis salieron negativos y todos respiramos más tranquilos, pero el médico desaconsejaba la operación ya que el cuerpo de lizzy era un amasijo de huesos de apenas cuarenta kilos. esto retrasó un día el rodaje, lo cual se traducía a pérdidas importantes. andábamos todos un poco estresados y cuando reunimos a lizzy por la tarde para contarle la situación, ligeramente retocada, ella se echó para atrás y pidió volver al hotel. estuvo encerrada dos días en los que nos aseguramos de que recibía todas las atenciones que deseaba. la noche del segundo día, con tres días de retraso y de pérdidas, llamé a su puerta y estuvimos hablando largo rato. cuando salí, ella había firmado el contrato y el productor me hizo llegar un sobre a casa con billetes de los grandes con los que aproveché para largarme unos días de vacaciones con una de las azafatas, monique. lo pasamos bien.
a la mañana siguiente recibimos dos noticias: los análisis salieron negativos y todos respiramos más tranquilos, pero el médico desaconsejaba la operación ya que el cuerpo de lizzy era un amasijo de huesos de apenas cuarenta kilos. esto retrasó un día el rodaje, lo cual se traducía a pérdidas importantes. andábamos todos un poco estresados y cuando reunimos a lizzy por la tarde para contarle la situación, ligeramente retocada, ella se echó para atrás y pidió volver al hotel. estuvo encerrada dos días en los que nos aseguramos de que recibía todas las atenciones que deseaba. la noche del segundo día, con tres días de retraso y de pérdidas, llamé a su puerta y estuvimos hablando largo rato. cuando salí, ella había firmado el contrato y el productor me hizo llegar un sobre a casa con billetes de los grandes con los que aproveché para largarme unos días de vacaciones con una de las azafatas, monique. lo pasamos bien.
me olvidé
de lizzy por completo hasta que volví al trabajo, poco antes de la emisión del programa. durante
ese tiempo habían lanzado una campaña publicitaria espectacular y tanto mi
cara como la de lizzy aparecían en portadas de revistas, carteles en el metro y
pantallas digitales. me fastidió un poco que hubieran elegido una foto mía en
la que salía poco favorecido, a mi gusto, pero al lado de lizzy tampoco estaba
tan mal.
la noche de
la emisión lizzy no se encontraba bien. no había tenido una buena recuperación
y sufría de fiebres altas y dolores de cabeza frecuentes, pero las
maquilladoras hicieron un buen trabajo con el colorete y un moño exagerado que desviaba
la atención de su cara de muerta. se negó a ponerse el vestido que habíamos
elegido para ella de forma que su escote quedaba oculto bajo un cuello alto y salió
al plató tiritando de frío. la entrevista empezó después de una sonada ovación
al ver el cambio de la chica, el vídeo de la operación y las sesiones del psicólogo.
-lizzy, -
dije con la mejor de mis sonrisas - buenas noches. ¿cómo te encuentras?
-muy bien. un
poco nerviosa, pero muy bien. - respondió con la frente sudada y la mirada perdida.
-déjame que
te diga que estás espectacular.
-gracias,
alan. no sé qué decir. estoy encantada.
la cámara
hizo un bonito plano de sus tetas escondidas y luego volvió a su cara de
muerta.
-¿crees que ésta ha sido la mejor decisión de tu vida, lizzy?
-sin duda
alguna. sí, sin duda.
-¿y crees
que a partir de ahora tu vida va a cambiar?
-estoy
convencida.
-¿qué vas a
hacer cuando salgas de aquí, esta noche?
lizzy abrió
la boca para contar al mundo sus nuevos planes, pero antes de poder emitir algún
sonido, puso los ojos en blanco y se desplomó en el suelo. el ruido seco de la cabeza al chocar con el parqué estremeció al público que inmediatemante se
levantó de sus asientos para poder observar mejor. uno de los cámaras hizo un
último plano de la chica con la boca entreabierta y el moño completamente
arruinado.
-¿pero es
que nunca puede salir nada bien con esta tía? – grité antes de que cortaran la
emisión.
la culpa
fue de la ambulancia que tardó más de diez minutos en llegar. por si esto no
fuera poco tuvimos que asistir al funeral e indemnizar a la familia que, aunque
se había desentendido de la chica hacía años, ahora parecía ser la más afectada.
pero lo peor fue que dejaron de televisar el programa y que mi último comentario
me acompañó durante mucho tiempo en las entrevistas de trabajo a las que me presenté posteriormente. luego, con los años, no fue sólo el comentario, sino las entradas, las
patas de gallo y la papada. los años pasan para todos, amigos. fue mi manager quien sugirió la idea y enseguida me
pareció ideal. no sé por qué no se me había ocurrido a mí, teniendo en cuenta mi carrera profesional. el día que entré en el quirófano me acordé de lizzy. me vino a la mente como una aparición, pero fueron
sólo unos instantes, justo antes de que la anestesia empezara a hacer su
efecto y entrara en un profundo y relajante sueño.
me quité diez años de encima y no sólo esto, también he vuelto a los platós. ahora conduzco un magazine los fines de semana. hablamos de cocina, de trucos caseros
para quitar manchas de vino tinto en la ropa, de actualidad, de cotilleos. un poco de todo. es
entretenido, la verdad, aunque reconozco que no es muy original y que hay
millones como el mío. la co-presentadora con la que trabajo, marianne, es un amor. y sólo dos operaciones. tonteamos desde hace un tiempo y me da la sensación
que si seguimos así, puede surgir una bonita historia entre nosotros. no descarto formar
una familia con ella porque ya va siendo hora de que siente la cabeza. una casa, un coche, dos retoños jugueteando por el jardín, un perro llamado max...
lo único que me molesta es no haber logrado la audiencia de “ahora sí soy yo”. he estado dándole vueltas al asunto y he pensado que quizá una buena forma de conseguirla serían más actuaciones musicales; hay muchos jovenes con talento ahí afuera, de verdad. o bien más chicas en bikini, aunque sé de sobras que no es una idea muy original. así que se me ha ocurrido otra cosa, algo que estoy seguro que daría en el clavo: resucitar a lizzy. bueno, esto es imposible, de momento, así que me conformaría con una entrevista con la familia: el reencuentro. ellos y yo. ya lo estoy viendo: un plató con poca luz, un pianista en el rincón tocando notas funebres y rostros afligidos. sería arriesgado, lo sé, pero creo que si les hacemos una buena oferta, vendrían encantados.
lo único que me molesta es no haber logrado la audiencia de “ahora sí soy yo”. he estado dándole vueltas al asunto y he pensado que quizá una buena forma de conseguirla serían más actuaciones musicales; hay muchos jovenes con talento ahí afuera, de verdad. o bien más chicas en bikini, aunque sé de sobras que no es una idea muy original. así que se me ha ocurrido otra cosa, algo que estoy seguro que daría en el clavo: resucitar a lizzy. bueno, esto es imposible, de momento, así que me conformaría con una entrevista con la familia: el reencuentro. ellos y yo. ya lo estoy viendo: un plató con poca luz, un pianista en el rincón tocando notas funebres y rostros afligidos. sería arriesgado, lo sé, pero creo que si les hacemos una buena oferta, vendrían encantados.

