fotos de aëla labbé
17 febrero 2012
13 febrero 2012
había sido una mala idea. lo supo desde el primer momento. desde que, una semana antes, había bajado al bar y cuándo él fue al baño y su amiga le preguntó qué le había parecido.
-¿qué te parece? – preguntó la amiga.
-bien - respondió.
era un “bien” que no significaba nada, un “bien” diplomático de esos que se usan sin pensar, para contentar al interlocutor, pero su amiga no se percató de ese matiz neutral, y exclamó satisfecha:
-lo sabía, sabía que te gustaría. no sé por qué he tardado tanto en presentaros. oh, y déjame que te diga que no te quita el ojo de encima. ¿no te has dado cuenta?
sí, se había dado cuenta, era difícil no advertir que alberto, aparte de ser simpático también era poco disimulado y había quedado encandilado con ella. cuando él volvió del baño las dos amigas disimularon su confidencia y continuaron con una charla distendida a la que alberto se unió, más cómodo ya pro tener la vejiga vacía.
cuando los tres se despidieron a la puerta del bar, flora se apresuró por llegar a su casa. tenía una traducción a medio terminar de un texto científico terriblemente confuso y aburrido, por el que la pagarían un cantidad ridícula pero necesaria para su supervivencia. quince minutos después de sentarse en su escritorio, sonó su móvil.
-¿sabes lo que ha ocurrido cuando te has ido?
-no tengo ni idea.
-hemos estado hablando de ti.
-¿quién? -quién va a ser! alberto y yo!
-ah, claro, claro. estaba metida en una traducción que me lleva por el camino de la amargura.
-déjate de traducciones. me ha dicho que eras muy guapa.
-aha.
-y muy interesante.
-¡pero si ni tan siquiera me conoce!
-bueno, pero habéis hablado un rato, ¿no?
-¡tres minutos!
-suficiente para él. total, le he dado tu teléfono.
-¿qué?
-tú teléfono. se lo he dado. flora, por favor, no me hagas repetírtelo todo dos veces. sólo te llamo para avistarte. te gustará ya lo verás, yo nunca me equivoco en estos temas.
no se molestó porque su amiga le pasara su número a un total desconocido; había muchos otros que, sin ser desconocidos, hubiera preferido que no lo tuvieran y aunque ni recordaba la cara de alberto, sintió que la traducción se le hacía menos pesada sabiendo que alguien la consideraba guapa e interesante. estaba bien que de vez en cuando, se regalaran halagos sin querer nada a cambio. ¿nada a cambio? le hizo gracia su propia candidez y decidió seguir con su trabajo y esperar, si es que había algo que esperar.
alberto tardó cuatro horas en ponerse en contacto con ella. tuvo el detalle de hacerlo a través de un mensaje, lo cual daba más tiempo de margen para leer, pensar en algo gracioso y contestar amablemente. luego alberto tardó diez segundos en responder, flora catorce, alberto cuatro, flora siete. era un intercambio de información poco trascendental: él le decía lo encantado que estaba de haberla conocido y ella también, aunque más prudentemente. algunos mensajes más tarde se despidieron y ambos se fueron a dormir con un agradable sabor de boca que presagiaba algo más. al día siguiente él le envió una foto con su sobrino, jugando en el parque, y por la noche, al comprobar que a ella le había gustado la foto, se lanzó definitivamente y propuso de ir a cenar. quedaron para el viernes. faltaban cuatro días y ella imaginó que, conseguido el logro y con la cita en firme, no volverían a hablar hasta el mismo día de la cena. también le vendría bien para centrarse y adelantar su trabajo. se equivocó. alberto le envió un mensaje al mediodía, para preguntar cómo estaba, qué estaba haciendo y cómo iban las cosas. ella empezó a sospechar que había accedido demasiado rápido a una cena. no había nada de malo en preocuparse en cómo se encontraba, de hecho, muchas lo hubieran considerado un detalle precioso, pero para flora existía una fina y, reconocía, muy subjetiva, línea entre interesarse y ser cargante. él estaba acercándose peligrosamente a la segunda opción sin darse cuenta.
el viernes ella se levantó de mal humor y conocía bien el motivo: la cena por la noche. al revisar su móvil, comprobó que le había enviado un mensaje deseándole los buenos días, algo que había estado haciendo cada día, y recordándole la hora y el lugar en el que habían quedado. lo puso en silencio para evitar escuchar el sonido de otro mensaje suyo a lo largo del día. durante un par de horas sospesó la idea de inventarse una excusa creíble para cancelar su cita: una gripe, una visita inesperada, un proyecto de trabajo de última hora, pero al mismo tiempo reconocía que estaba juzgando al chico tan solo porque ser excesivamente atento y aunque hizo un esfuerzo por dejar de ser negativa y pensar lo desastrosa que podría salir la cita, siguió de mal humor y no terminó las traducciones amontonadas en su mesa de trabajo. él escogió un restaurante en el que los vaqueros y la camiseta de ella desentonaban y aun así, alberto, vestido de negro y con un brillo en los ojos que delataba su felicidad, aseguró que estaba realmente elegante. en ese mismo instante flora corroboró sus temores: la cena sería un desastre y que cualquier excusa hubiera sido mejor que una velada en la que él dispararía halagos a diestro y siniestro y ella sonreiría sin suficiente credibilidad.
-así que ¿eres traductora? – preguntó él cuando esperaban la carta.
-sí.
-qué interesante, jaja.
-¿de verdad te lo parece?
-claro, tendrás la oportunidad de leer sobre temas muy diferentes.
-sí, bueno, y también muy aburridos.
-jaja, !qué graciosa eres! !y guapa! jaja.
se reía con facilidad, en cualquier momento, aunque el tema no fuera gracioso. supuso que se debía a cierto nerviosismo típico de dos desconocidos que no saben muy bien cómo iniciar una conversación y se ven obligados no sólo a pasar unas horas juntos, sino además, a divertirse. lo desconcertante era que su risa terminaba de golpe, como si él mismo se diera cuenta de que no tocaba reírse en ese momento y cesara la acción hasta que, por descuido, después de alguna otra frase, estallara una nueva carcajada sin sentido.
el camarero no tardó en traerles el vino que él, entendido en esos temas, escogió y cató de forma solemne. a ella le pareció demasiado dulce, pero se lo bebió de un trago y esperó a que él le rellenara la copa de nuevo y se sorprendiera de la sed que tenía, cosa que también le hizo desternillarse. al terminar el primer plato, verduras para ella y arroz caldoso para él, alberto le había contado a qué se dedicaba la empresa que había fundado hacía un par de años, los beneficios anuales que obtenía, el piso de cien metros cuadrados que había comprado recientemente, los hobbies que tenía, lo bien que cocinaba su madre, lo pérfida que era su prima aurelia por parte de padre y lo divertido e inteligente que era su sobrino, el de las fotos. él adoraba a los niños, dijo, mirándola a los ojos con una expresión que a ella le horrorizó, y también no perder el tiempo con relaciones que no iban a ninguna parte. hablaba francés, chapurreaba un poco de alemán y tenía una moto con dos cascos por si le apetecía ir a dar una vuelta algún día. flora tomó otro trago y pidió otra botella.
durante el segundo plato, filete con salsa de setas para él y lenguado a la plancha para ella, le explicó con detalle la operación a la que había sido sometido su gato y, muy teatralmente, permaneció un par de segundos callado cuando informó de que había muerto el mes pasado.
-vaya, lo siento – dijo, aunque no fuera verdad.
-lo pasé muy mal, pero ya estoy mejor. te parecerá una tontería pero algunos animales de compañía te tratan mejor que ciertas personas. ese gato me había hecho tan feliz. habíamos crecido juntos. era cariñoso y dormíamos juntos, bien acurrucados bajo la manta. inmediatamente después, alargó el brazo a través de la mesa, esperando que ella hiciera lo mismo y sus manos se tocaran por primera vez. flora, no sólo apartó su silla hacía atrás sino que se disculpó un momento, corrió al baño y una vez allí, soltó un par de insultos dedicados a sí misma. cuando regresó a la mesa, el camarero había retirado los platos y les preguntó si deseaban tomar postres.
-nuestra especialidad es la tarta de arándanos – dijo, orgulloso.
-no tomaremos nada, gracias - se apresuró a contestar flora.
alberto se sorprendió.
-no te apetece algo dulce, ¿guapa? jaja.
ella dedicó un par de segundos a pensar si esa frase conllevaba un doble sentido. optó por creer que no y terminar la velada de una forma correcta y civilizada.
-estoy llena y es un poco tarde… mañana tengo que entregar una traducción y…
-oh, pero yo podría ayudarte! te he dicho que también hablo inglés, ¿no? ¿dónde vives? seguro que llegaríamos en un momento y nos lo quitamos de encima.
-um, no de verdad, da igual. es mejor que lo termine yo. sola.
-pero si no es molestia, jaja. qué graciosa, de verdad, me parto contigo.
cada vez se hacía más difícil mantener la sonrisa, interesarse por sus gustos, asombrarse de sus logros y agradecerle sus piropos y cuánto más agotada se sentía ella, más fortalecido parecía él con nuevos comentarios y nuevas propuestas para alargar una cita que no debería haber empezado. cuando el camarero les trajo por fin la cuenta y él se precipitó en sacar su tarjeta y agitarla al aire para que les cobraran sin perder tiempo. de repente parecía que alberto tenía más prisa que ella en terminar con esa pantomima. flora sospechó que sus motivos se debían a una deseada y totalmente impensable invitación a su casa.
al salir a la calle llovía y venteaba. era una noche perfecta para estar en la cama, pensaron los dos, aunque con compañías diferentes. él, previsor, desplegó un paraguas y lo compartió con ella. como era de esperar, se ofreció a llevarla y ella tuvo que rechazar la sugerencia tres veces, hasta que, cansada de repetirse, alzó su voz más de lo normal para que comprendiera que lo único que quería era perderle de vista.
-bueno, mujer, tampoco hay que ponerse así – contestó serio por primera vez en toda la noche.
-¡es que ya te lo he dicho tres veces!
-mira, - prosiguió – ahora que hemos terminado, te diré una cosa: ¡eres un aburrimiento de mujer!
apartó el paraguas y la cara de ella cara comenzó a mojarse con minúsculas gotas de agua fría.
-apenas te ríes, no eres graciosa, no te ha interesado por nada de lo que te he contado, te ha dado exactamente igual lo de mi gato y puede que ahora creas que quiero llevarte a casa porque deseo acostarme contigo. pues no, chica, no. sólo quiero llevarte a casa porque llueve y porque es tarde y porque me viene de camino. nada más. sí, de acuerdo, eres mona, pero me repatean estas mujeres que sólo porque tienen un buen culo se creen con el derecho de tratarte como si te perdonaran la vida y aunque creas que no me he dado cuenta, sí, me he dado cuenta. no soy tan tonto, ni tan pedante, ni tan aburrido y si te he contado toda mi vida ha sido porque alguien tenía que hablar durante la jodida cena porque para comer con una muda al lado, pues ya como solo y sin problemas.
-vaya – susurró ella, digiriendo las palabras de alberto – creo que esto ha sido lo mejor de la noche.
-¿en serio?
-sí. -pues ya lo sabes.
-bien.
-bien.
-¿quieres venir a tomar un café a mi casa?
-¿en serio?
él la resguardó de la lluvia de nuevo con su paraguas y a paso rápido se dirigieron hacia el coche, aparcado unos metros más allá.
-¿qué te parece? – preguntó la amiga.
-bien - respondió.
era un “bien” que no significaba nada, un “bien” diplomático de esos que se usan sin pensar, para contentar al interlocutor, pero su amiga no se percató de ese matiz neutral, y exclamó satisfecha:
-lo sabía, sabía que te gustaría. no sé por qué he tardado tanto en presentaros. oh, y déjame que te diga que no te quita el ojo de encima. ¿no te has dado cuenta?
sí, se había dado cuenta, era difícil no advertir que alberto, aparte de ser simpático también era poco disimulado y había quedado encandilado con ella. cuando él volvió del baño las dos amigas disimularon su confidencia y continuaron con una charla distendida a la que alberto se unió, más cómodo ya pro tener la vejiga vacía.
cuando los tres se despidieron a la puerta del bar, flora se apresuró por llegar a su casa. tenía una traducción a medio terminar de un texto científico terriblemente confuso y aburrido, por el que la pagarían un cantidad ridícula pero necesaria para su supervivencia. quince minutos después de sentarse en su escritorio, sonó su móvil.
-¿sabes lo que ha ocurrido cuando te has ido?
-no tengo ni idea.
-hemos estado hablando de ti.
-¿quién? -quién va a ser! alberto y yo!
-ah, claro, claro. estaba metida en una traducción que me lleva por el camino de la amargura.
-déjate de traducciones. me ha dicho que eras muy guapa.
-aha.
-y muy interesante.
-¡pero si ni tan siquiera me conoce!
-bueno, pero habéis hablado un rato, ¿no?
-¡tres minutos!
-suficiente para él. total, le he dado tu teléfono.
-¿qué?
-tú teléfono. se lo he dado. flora, por favor, no me hagas repetírtelo todo dos veces. sólo te llamo para avistarte. te gustará ya lo verás, yo nunca me equivoco en estos temas.
no se molestó porque su amiga le pasara su número a un total desconocido; había muchos otros que, sin ser desconocidos, hubiera preferido que no lo tuvieran y aunque ni recordaba la cara de alberto, sintió que la traducción se le hacía menos pesada sabiendo que alguien la consideraba guapa e interesante. estaba bien que de vez en cuando, se regalaran halagos sin querer nada a cambio. ¿nada a cambio? le hizo gracia su propia candidez y decidió seguir con su trabajo y esperar, si es que había algo que esperar.
alberto tardó cuatro horas en ponerse en contacto con ella. tuvo el detalle de hacerlo a través de un mensaje, lo cual daba más tiempo de margen para leer, pensar en algo gracioso y contestar amablemente. luego alberto tardó diez segundos en responder, flora catorce, alberto cuatro, flora siete. era un intercambio de información poco trascendental: él le decía lo encantado que estaba de haberla conocido y ella también, aunque más prudentemente. algunos mensajes más tarde se despidieron y ambos se fueron a dormir con un agradable sabor de boca que presagiaba algo más. al día siguiente él le envió una foto con su sobrino, jugando en el parque, y por la noche, al comprobar que a ella le había gustado la foto, se lanzó definitivamente y propuso de ir a cenar. quedaron para el viernes. faltaban cuatro días y ella imaginó que, conseguido el logro y con la cita en firme, no volverían a hablar hasta el mismo día de la cena. también le vendría bien para centrarse y adelantar su trabajo. se equivocó. alberto le envió un mensaje al mediodía, para preguntar cómo estaba, qué estaba haciendo y cómo iban las cosas. ella empezó a sospechar que había accedido demasiado rápido a una cena. no había nada de malo en preocuparse en cómo se encontraba, de hecho, muchas lo hubieran considerado un detalle precioso, pero para flora existía una fina y, reconocía, muy subjetiva, línea entre interesarse y ser cargante. él estaba acercándose peligrosamente a la segunda opción sin darse cuenta.
el viernes ella se levantó de mal humor y conocía bien el motivo: la cena por la noche. al revisar su móvil, comprobó que le había enviado un mensaje deseándole los buenos días, algo que había estado haciendo cada día, y recordándole la hora y el lugar en el que habían quedado. lo puso en silencio para evitar escuchar el sonido de otro mensaje suyo a lo largo del día. durante un par de horas sospesó la idea de inventarse una excusa creíble para cancelar su cita: una gripe, una visita inesperada, un proyecto de trabajo de última hora, pero al mismo tiempo reconocía que estaba juzgando al chico tan solo porque ser excesivamente atento y aunque hizo un esfuerzo por dejar de ser negativa y pensar lo desastrosa que podría salir la cita, siguió de mal humor y no terminó las traducciones amontonadas en su mesa de trabajo. él escogió un restaurante en el que los vaqueros y la camiseta de ella desentonaban y aun así, alberto, vestido de negro y con un brillo en los ojos que delataba su felicidad, aseguró que estaba realmente elegante. en ese mismo instante flora corroboró sus temores: la cena sería un desastre y que cualquier excusa hubiera sido mejor que una velada en la que él dispararía halagos a diestro y siniestro y ella sonreiría sin suficiente credibilidad.
-así que ¿eres traductora? – preguntó él cuando esperaban la carta.
-sí.
-qué interesante, jaja.
-¿de verdad te lo parece?
-claro, tendrás la oportunidad de leer sobre temas muy diferentes.
-sí, bueno, y también muy aburridos.
-jaja, !qué graciosa eres! !y guapa! jaja.
se reía con facilidad, en cualquier momento, aunque el tema no fuera gracioso. supuso que se debía a cierto nerviosismo típico de dos desconocidos que no saben muy bien cómo iniciar una conversación y se ven obligados no sólo a pasar unas horas juntos, sino además, a divertirse. lo desconcertante era que su risa terminaba de golpe, como si él mismo se diera cuenta de que no tocaba reírse en ese momento y cesara la acción hasta que, por descuido, después de alguna otra frase, estallara una nueva carcajada sin sentido.
el camarero no tardó en traerles el vino que él, entendido en esos temas, escogió y cató de forma solemne. a ella le pareció demasiado dulce, pero se lo bebió de un trago y esperó a que él le rellenara la copa de nuevo y se sorprendiera de la sed que tenía, cosa que también le hizo desternillarse. al terminar el primer plato, verduras para ella y arroz caldoso para él, alberto le había contado a qué se dedicaba la empresa que había fundado hacía un par de años, los beneficios anuales que obtenía, el piso de cien metros cuadrados que había comprado recientemente, los hobbies que tenía, lo bien que cocinaba su madre, lo pérfida que era su prima aurelia por parte de padre y lo divertido e inteligente que era su sobrino, el de las fotos. él adoraba a los niños, dijo, mirándola a los ojos con una expresión que a ella le horrorizó, y también no perder el tiempo con relaciones que no iban a ninguna parte. hablaba francés, chapurreaba un poco de alemán y tenía una moto con dos cascos por si le apetecía ir a dar una vuelta algún día. flora tomó otro trago y pidió otra botella.
durante el segundo plato, filete con salsa de setas para él y lenguado a la plancha para ella, le explicó con detalle la operación a la que había sido sometido su gato y, muy teatralmente, permaneció un par de segundos callado cuando informó de que había muerto el mes pasado.
-vaya, lo siento – dijo, aunque no fuera verdad.
-lo pasé muy mal, pero ya estoy mejor. te parecerá una tontería pero algunos animales de compañía te tratan mejor que ciertas personas. ese gato me había hecho tan feliz. habíamos crecido juntos. era cariñoso y dormíamos juntos, bien acurrucados bajo la manta. inmediatamente después, alargó el brazo a través de la mesa, esperando que ella hiciera lo mismo y sus manos se tocaran por primera vez. flora, no sólo apartó su silla hacía atrás sino que se disculpó un momento, corrió al baño y una vez allí, soltó un par de insultos dedicados a sí misma. cuando regresó a la mesa, el camarero había retirado los platos y les preguntó si deseaban tomar postres.
-nuestra especialidad es la tarta de arándanos – dijo, orgulloso.
-no tomaremos nada, gracias - se apresuró a contestar flora.
alberto se sorprendió.
-no te apetece algo dulce, ¿guapa? jaja.
ella dedicó un par de segundos a pensar si esa frase conllevaba un doble sentido. optó por creer que no y terminar la velada de una forma correcta y civilizada.
-estoy llena y es un poco tarde… mañana tengo que entregar una traducción y…
-oh, pero yo podría ayudarte! te he dicho que también hablo inglés, ¿no? ¿dónde vives? seguro que llegaríamos en un momento y nos lo quitamos de encima.
-um, no de verdad, da igual. es mejor que lo termine yo. sola.
-pero si no es molestia, jaja. qué graciosa, de verdad, me parto contigo.
cada vez se hacía más difícil mantener la sonrisa, interesarse por sus gustos, asombrarse de sus logros y agradecerle sus piropos y cuánto más agotada se sentía ella, más fortalecido parecía él con nuevos comentarios y nuevas propuestas para alargar una cita que no debería haber empezado. cuando el camarero les trajo por fin la cuenta y él se precipitó en sacar su tarjeta y agitarla al aire para que les cobraran sin perder tiempo. de repente parecía que alberto tenía más prisa que ella en terminar con esa pantomima. flora sospechó que sus motivos se debían a una deseada y totalmente impensable invitación a su casa.
al salir a la calle llovía y venteaba. era una noche perfecta para estar en la cama, pensaron los dos, aunque con compañías diferentes. él, previsor, desplegó un paraguas y lo compartió con ella. como era de esperar, se ofreció a llevarla y ella tuvo que rechazar la sugerencia tres veces, hasta que, cansada de repetirse, alzó su voz más de lo normal para que comprendiera que lo único que quería era perderle de vista.
-bueno, mujer, tampoco hay que ponerse así – contestó serio por primera vez en toda la noche.
-¡es que ya te lo he dicho tres veces!
-mira, - prosiguió – ahora que hemos terminado, te diré una cosa: ¡eres un aburrimiento de mujer!
apartó el paraguas y la cara de ella cara comenzó a mojarse con minúsculas gotas de agua fría.
-apenas te ríes, no eres graciosa, no te ha interesado por nada de lo que te he contado, te ha dado exactamente igual lo de mi gato y puede que ahora creas que quiero llevarte a casa porque deseo acostarme contigo. pues no, chica, no. sólo quiero llevarte a casa porque llueve y porque es tarde y porque me viene de camino. nada más. sí, de acuerdo, eres mona, pero me repatean estas mujeres que sólo porque tienen un buen culo se creen con el derecho de tratarte como si te perdonaran la vida y aunque creas que no me he dado cuenta, sí, me he dado cuenta. no soy tan tonto, ni tan pedante, ni tan aburrido y si te he contado toda mi vida ha sido porque alguien tenía que hablar durante la jodida cena porque para comer con una muda al lado, pues ya como solo y sin problemas.
-vaya – susurró ella, digiriendo las palabras de alberto – creo que esto ha sido lo mejor de la noche.
-¿en serio?
-sí. -pues ya lo sabes.
-bien.
-bien.
-¿quieres venir a tomar un café a mi casa?
-¿en serio?
él la resguardó de la lluvia de nuevo con su paraguas y a paso rápido se dirigieron hacia el coche, aparcado unos metros más allá.
06 febrero 2012
una fiesta. o algo.
no nos apetecía ir ni tampoco era uno de nuestros mejores amigos. de hecho hacía poco que lo habíamos conocido, pero teníamos dos horas antes del concierto y sabíamos que solía comprar buen material y sobre todo, compartirlo. bueno, en realidad, regalarlo porque boris, aparte de fumar canutos uno detrás de otro, hacía tiempo que había dejado todo lo demás. justo lo contrario que nosotros, que nos metíamos de todo en cantidades indecentes y nos levantábamos a las cuatro de la tarde sin recordar qué había sucedido la noche anterior. por este motivo fuimos a su fiesta de cumpleaños, para cargarnos bien en el menor tiempo posible. al fin y al cabo, pensamos, ¿qué son un par de horas comparadas con un par de gramos?
hacía una tarde calurosa típica de mediados de agosto, de esas en las que al salir de casa ya se te ha pegado la ropa al cuerpo y sientes el sol quemando cada minúscula parte de la piel y se hace difícil respirar. ian y erik habían estado bebiendo toda la tarde y les costaba caminar en línea recta; el hecho de que no pararan de manosearse el uno al otro, no ayudaba en absoluto. casi tropezaron con una anciana que les dedicó un par de insultos, pero ellos ni se enteraron y siguieron a lo suyo. afortunadamente, yo había pasado la tarde durmiendo y al menos podía leer la dirección en el papelito que boris nos había dado dos días antes cuando nos aseguró que sería una fiesta salvaje. sabíamos de antemano que no lo sería. él no era del tipo de personas al que se le fueran de las manos los asuntos serios, y mucho menos los referidos a celebraciones. y además, estaba lo de la silla de ruedas… aunque se espabilaba asombrosamente bien. llevaba diez años postrado en la silla y para algunas tareas todavía necesitaba el doble de tiempo o simplemente, no podía hacerlas; como ese día que fuimos a la playa en agosto y ian y erik tuvieron que llevarlo en brazos hasta el agua unas siete veces y aunque pareció que a ninguno de los dos les importó en absoluto, ese verano y los siguientes, evitaron volver a la playa con él. boris además, conocedor de sus incapacidades y frustrado por no poder llevar una vida totalmente normal, podía ser bastante brusco a veces con exigencias y comentarios que no facilitaban la relación con los demás. poco a poco ian y erik se desentendieron de él y aunque yo seguía llamándole de vez en cuando, también es cierto que nuestros encuentros se fueron distanciando.
al llegar al portal les pedí que se comportaran. ian tenía poca paciencia y cuando iba borracho podía ser bastante grosero. me prometió que se comportaría si yo dejaba de tratar a boris como si fuera un enfermo terminal. erik intervino y dijo que nos relajáramos los dos y disfrutásemos de la jodida fiesta y en pillar la mejor mierda de nuestra vida. metidos en un ascensor minúsculo, aprovecharon para darse otro morreo y arreglarme el pelo, que como siempre, caía desordenado y se pegaba a mi cara sudada. boris nos esperaba en la puerta, sonriente, con una camiseta negra de tiras que dejaba ver sus musculados brazos. vivía en un piso pequeño pero bonito. había derribado algunas paredes para hacer los pasillos más amplios y había tenido que reformar el baño y la cocina para llegar a los armarios y a los fuegos, aunque raramente cocinaba y siempre tiraba de bocadillos, pizzas congeladas y cerveza. cuando pasamos al comedor nos dimos cuenta de que habíamos olvidado comprarle un regalo y que la sala estaba vacía. boris dijo que habíamos llegado muy temprano e inmediatamente sacó copas y hielo y nos preguntó qué queríamos beber. ian y erik continuaron con el vino, yo pedí vodka y boris me acompañó aunque virtió el doble en su vaso. erik inició una conversación superficial sobre lo bonito que le había quedado el color de pintura del comedor y luego pasaron a cómo iban los respectivos trabajo y luego al calor que hacía.
habían pasado cuarenta minutos, habíamos rellenado las copas dos veces y nadie más se había presentado a la fiesta. advertí que ian empezaba a impacientarse moviendo su pie rítmicamente y apagando los cigarrillos a la mitad.
-boris, - preguntó cuando ya no pudo aguantarse más - ¿no tendrás nada para fumar, no? ¿o algo más?
en realidad todos estábamos pensando en lo mismo, pero no me gustaron sus formas, ni su risa nerviosa. boris contestó que sólo le quedaba marihuana, pero que podría llamar a alguno de sus contactos por si nos apetecía algo más. antes de que ian dijera que sí, yo afirmé que no era necesario y tanto ian como erik me fulminaron con la mirada. boris apartó un par de sillas que había en medio de la sala y fue hacia su habitación.
-¿por qué has dicho que no? ¿eres tonta o qué te pasa? !o saca algo o yo me largo! esta fiesta es una puta mierda y si erik sigue hablando de pinturas con él creo que incluso se me pasará la borrachera.
-joder ian, ¿no puedes aguantar ni un par de horas? – repliqué – al menos tiene para fumar. algo es algo, ¿no?
-¿maría? ¿nos vamos a colocar con un par de porros de mierda? !perfecto! te la puedes meter por el culo. no teníamos que haber venido, está claro. si al menos llegara algún otro puto invitado…
-cariño, - dijo erik con seguridad burlona – vete mentalizando: aquí no aparecerá ni dios. seremos los únicos invitados de esta fiesta “salvaje”… espero que al menos tenga diez botellas más de vino. ¿a qué hora empieza el concierto?
-¿vais a un concierto? – preguntó boris entrando en el salón con una cajita de madera en el regazo y con cara de sorpresa.
-boris, cariño, tienes más vino, ¿no?
sacamos dos botellas más y boris empezó a liar los porros. los hacía con una rapidez asombrosa y le quedaban casi perfectos, finos, alargados y muy, muy cargados. nos avisó que era maría de la buena, de la que pega fuerte, y nos dio uno a cada uno. ian y erik sonrieron y se acomodaron en el sofá. fuera había empezado a nublarse. eran nubarrones negros y pesados, de esos que anuncian una tormenta típica de verano, de las que descargan litros de agua en un minuto, desbordan los canales e inundan las alcantarillas y que, minutos después, se esfuman y dejan el cielo despejado y radiante de nuevo. por la puerta del balcón pasaba una brisa sofocante y molesta y una luz apagada y grisácea nos envolvió lentamente. la casa comenzó a llenarse de un humo denso y no tardamos en notar los primeros efectos del porro. habíamos dejado de hablar y cada uno divagaba en su propio universo. ian tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos, erik apoyaba su cabeza rubia en el respaldo del sofá y yo tenía la mirada puesta en una esquina de la mesa y sentía los primeros escalofríos.
no sé cómo sucedió. ninguno de nosotros se dio cuenta. no sé si había transcurrido un minuto o una hora, pero me desveló una voz familiar, unas risas, un bullicio lejano. abrí los ojos. me pesaba la cabeza y tenía la garganta seca y la boca pastosa. boris aparecía en la pantalla del televisor. tendría diecisiete o dieciocho años y estaba delante de una enorme tarta de cumpleaños, con las velas encendidas y algunos familiares y amigos a su alrededor. sonreía y se preparaba para soplar las velas. no le costó apagarlas y cuando terminó todos aplaudieron, cortaron el pastel y lo repartieron en platos de plástico con dibujos infantiles. descorcharon una botella de champán y la espuma se desparramó por el mantel blanco. habían paquetes envueltos con papel de regalo brillante y colorido y todos parecían divertirse.
miré a ian y a erik. estaban tan absortos en la pantalla como yo. luego miré a boris. tenía el canuto en la mano, casi quemándole los dedos, imperturbable, con la espalda recta y un ligero temblor en los labios.
el joven boris daba las gracias a todos por la fiesta y los regalos. besaba a su madre emocionada y le decía que ahora que ya era mayor de edad podría llegar a casa a la hora que quisiera. luego se levantaba, cogía su chaqueta y se dirigía hacia la calle con el resto de sus amigos, que se reían de sus andares de chico malo. la cámara le seguía hasta que se metía en un coche rojo, abría la ventanilla y lanzaba besos al aire. una voz desconocida les pidió que tuvieran cuidado, pero los chicos habían subido el volumen de la música y el ruego quedó ahogado con el sonido de una batería repetitiva y ensordecedora. finalmente, la cámara descendía y enfocaba el pavimento gris y la punta de zapato marrón de quien estaba grabando.
había oscurecido y el aire seguía siendo asfixiante. me levanté del sofá. necesitaba salir al balcón y comprobar que fuera, en la calle, seguían existiendo vidas ajenas que no conocería jamás, pero boris se adelantó, cogió mi mano y me condujo hacia su falda. me senté encima de sus piernas flacas y endebles, con cuidado, temiendo dañar algo que hacía tiempo que estaba roto. la silla crujió y noté sus rodillas huesudas clavándose en mi muslo. un relámpago iluminó apenas unos segundos la habitación y después nos quedamos sólo con el opaco reflejo de la pantalla negra. con voz firme y serena, boris preguntó si nos apetecía tomar más vino, pero nadie contestó.
hacía una tarde calurosa típica de mediados de agosto, de esas en las que al salir de casa ya se te ha pegado la ropa al cuerpo y sientes el sol quemando cada minúscula parte de la piel y se hace difícil respirar. ian y erik habían estado bebiendo toda la tarde y les costaba caminar en línea recta; el hecho de que no pararan de manosearse el uno al otro, no ayudaba en absoluto. casi tropezaron con una anciana que les dedicó un par de insultos, pero ellos ni se enteraron y siguieron a lo suyo. afortunadamente, yo había pasado la tarde durmiendo y al menos podía leer la dirección en el papelito que boris nos había dado dos días antes cuando nos aseguró que sería una fiesta salvaje. sabíamos de antemano que no lo sería. él no era del tipo de personas al que se le fueran de las manos los asuntos serios, y mucho menos los referidos a celebraciones. y además, estaba lo de la silla de ruedas… aunque se espabilaba asombrosamente bien. llevaba diez años postrado en la silla y para algunas tareas todavía necesitaba el doble de tiempo o simplemente, no podía hacerlas; como ese día que fuimos a la playa en agosto y ian y erik tuvieron que llevarlo en brazos hasta el agua unas siete veces y aunque pareció que a ninguno de los dos les importó en absoluto, ese verano y los siguientes, evitaron volver a la playa con él. boris además, conocedor de sus incapacidades y frustrado por no poder llevar una vida totalmente normal, podía ser bastante brusco a veces con exigencias y comentarios que no facilitaban la relación con los demás. poco a poco ian y erik se desentendieron de él y aunque yo seguía llamándole de vez en cuando, también es cierto que nuestros encuentros se fueron distanciando.
al llegar al portal les pedí que se comportaran. ian tenía poca paciencia y cuando iba borracho podía ser bastante grosero. me prometió que se comportaría si yo dejaba de tratar a boris como si fuera un enfermo terminal. erik intervino y dijo que nos relajáramos los dos y disfrutásemos de la jodida fiesta y en pillar la mejor mierda de nuestra vida. metidos en un ascensor minúsculo, aprovecharon para darse otro morreo y arreglarme el pelo, que como siempre, caía desordenado y se pegaba a mi cara sudada. boris nos esperaba en la puerta, sonriente, con una camiseta negra de tiras que dejaba ver sus musculados brazos. vivía en un piso pequeño pero bonito. había derribado algunas paredes para hacer los pasillos más amplios y había tenido que reformar el baño y la cocina para llegar a los armarios y a los fuegos, aunque raramente cocinaba y siempre tiraba de bocadillos, pizzas congeladas y cerveza. cuando pasamos al comedor nos dimos cuenta de que habíamos olvidado comprarle un regalo y que la sala estaba vacía. boris dijo que habíamos llegado muy temprano e inmediatamente sacó copas y hielo y nos preguntó qué queríamos beber. ian y erik continuaron con el vino, yo pedí vodka y boris me acompañó aunque virtió el doble en su vaso. erik inició una conversación superficial sobre lo bonito que le había quedado el color de pintura del comedor y luego pasaron a cómo iban los respectivos trabajo y luego al calor que hacía.
habían pasado cuarenta minutos, habíamos rellenado las copas dos veces y nadie más se había presentado a la fiesta. advertí que ian empezaba a impacientarse moviendo su pie rítmicamente y apagando los cigarrillos a la mitad.
-boris, - preguntó cuando ya no pudo aguantarse más - ¿no tendrás nada para fumar, no? ¿o algo más?
en realidad todos estábamos pensando en lo mismo, pero no me gustaron sus formas, ni su risa nerviosa. boris contestó que sólo le quedaba marihuana, pero que podría llamar a alguno de sus contactos por si nos apetecía algo más. antes de que ian dijera que sí, yo afirmé que no era necesario y tanto ian como erik me fulminaron con la mirada. boris apartó un par de sillas que había en medio de la sala y fue hacia su habitación.
-¿por qué has dicho que no? ¿eres tonta o qué te pasa? !o saca algo o yo me largo! esta fiesta es una puta mierda y si erik sigue hablando de pinturas con él creo que incluso se me pasará la borrachera.
-joder ian, ¿no puedes aguantar ni un par de horas? – repliqué – al menos tiene para fumar. algo es algo, ¿no?
-¿maría? ¿nos vamos a colocar con un par de porros de mierda? !perfecto! te la puedes meter por el culo. no teníamos que haber venido, está claro. si al menos llegara algún otro puto invitado…
-cariño, - dijo erik con seguridad burlona – vete mentalizando: aquí no aparecerá ni dios. seremos los únicos invitados de esta fiesta “salvaje”… espero que al menos tenga diez botellas más de vino. ¿a qué hora empieza el concierto?
-¿vais a un concierto? – preguntó boris entrando en el salón con una cajita de madera en el regazo y con cara de sorpresa.
-boris, cariño, tienes más vino, ¿no?
sacamos dos botellas más y boris empezó a liar los porros. los hacía con una rapidez asombrosa y le quedaban casi perfectos, finos, alargados y muy, muy cargados. nos avisó que era maría de la buena, de la que pega fuerte, y nos dio uno a cada uno. ian y erik sonrieron y se acomodaron en el sofá. fuera había empezado a nublarse. eran nubarrones negros y pesados, de esos que anuncian una tormenta típica de verano, de las que descargan litros de agua en un minuto, desbordan los canales e inundan las alcantarillas y que, minutos después, se esfuman y dejan el cielo despejado y radiante de nuevo. por la puerta del balcón pasaba una brisa sofocante y molesta y una luz apagada y grisácea nos envolvió lentamente. la casa comenzó a llenarse de un humo denso y no tardamos en notar los primeros efectos del porro. habíamos dejado de hablar y cada uno divagaba en su propio universo. ian tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos, erik apoyaba su cabeza rubia en el respaldo del sofá y yo tenía la mirada puesta en una esquina de la mesa y sentía los primeros escalofríos.
no sé cómo sucedió. ninguno de nosotros se dio cuenta. no sé si había transcurrido un minuto o una hora, pero me desveló una voz familiar, unas risas, un bullicio lejano. abrí los ojos. me pesaba la cabeza y tenía la garganta seca y la boca pastosa. boris aparecía en la pantalla del televisor. tendría diecisiete o dieciocho años y estaba delante de una enorme tarta de cumpleaños, con las velas encendidas y algunos familiares y amigos a su alrededor. sonreía y se preparaba para soplar las velas. no le costó apagarlas y cuando terminó todos aplaudieron, cortaron el pastel y lo repartieron en platos de plástico con dibujos infantiles. descorcharon una botella de champán y la espuma se desparramó por el mantel blanco. habían paquetes envueltos con papel de regalo brillante y colorido y todos parecían divertirse.
miré a ian y a erik. estaban tan absortos en la pantalla como yo. luego miré a boris. tenía el canuto en la mano, casi quemándole los dedos, imperturbable, con la espalda recta y un ligero temblor en los labios.
el joven boris daba las gracias a todos por la fiesta y los regalos. besaba a su madre emocionada y le decía que ahora que ya era mayor de edad podría llegar a casa a la hora que quisiera. luego se levantaba, cogía su chaqueta y se dirigía hacia la calle con el resto de sus amigos, que se reían de sus andares de chico malo. la cámara le seguía hasta que se metía en un coche rojo, abría la ventanilla y lanzaba besos al aire. una voz desconocida les pidió que tuvieran cuidado, pero los chicos habían subido el volumen de la música y el ruego quedó ahogado con el sonido de una batería repetitiva y ensordecedora. finalmente, la cámara descendía y enfocaba el pavimento gris y la punta de zapato marrón de quien estaba grabando.
había oscurecido y el aire seguía siendo asfixiante. me levanté del sofá. necesitaba salir al balcón y comprobar que fuera, en la calle, seguían existiendo vidas ajenas que no conocería jamás, pero boris se adelantó, cogió mi mano y me condujo hacia su falda. me senté encima de sus piernas flacas y endebles, con cuidado, temiendo dañar algo que hacía tiempo que estaba roto. la silla crujió y noté sus rodillas huesudas clavándose en mi muslo. un relámpago iluminó apenas unos segundos la habitación y después nos quedamos sólo con el opaco reflejo de la pantalla negra. con voz firme y serena, boris preguntó si nos apetecía tomar más vino, pero nadie contestó.
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