primero empezamos con cantidades pequeñas, dos o tres libras, cuatro algún día. si no había mucho trabajo, que era lo habitual de lunes a jueves, nos turnábamos y salíamos a media mañana para comprarnos un café y una chocolatina y volvíamos a la caja a por dos o tres libras más, pensando en la merienda. era muy fácil y sabíamos que las cámaras todavía no estaban conectadas a ninguna red central. un ticket para el visitante, que pagaba encantado para ver cuadros que un niño de dos años hubiera pintado igual de bien, y un par de monedas para nuestros bolsillos, que para eso trabajábamos hasta las diez de la noche y pasábamos horas aislados en la tercera planta. nadie quería ir a la tercera planta. lo mejor era la primera donde al menos podías hablar con la gente y responder amablemente a la pregunta estrella:
-¿dónde están los baños, querida?
-al fondo a la derecha.
-¿cómo dices?
-al fondo a la derecha.
-¿perdona? tú no eres de aquí, ¿no?
-no, no soy de aquí.
-ah, lo he notado por tu acento. ¿de dónde eres, querida?
y así cada día que abría la boca.
un día vino kate moss. era tarde ya. estábamos a punto de cerrar y apareció ella, divina, estilosa y fumando. ningún guardia de seguridad la reprendió porque el humo que echaba kate moss no era perjudicial para los óleos de rothko. aunque chris casi se desmaya al verla, a mí no me pareció nada del otro mundo; creo que era esa época en la que había dejado las drogas y se le había puesto culo, pero yo no me atreví a decir nada porque no quería parecer una criticona. por suerte no me preguntó dónde estaban los baños y al final sólo cerramos dos horas más tarde. fue una suerte que prefiriera las vistas del restaurante de la quinta planta y no las obras de la galería porque de ser así hubiéramos terminado bastante más tarde. gracias kate, eres un sol.
la cuestión es que cuando descubrimos que vendiendo tickets en la tercera nos podíamos sacar un sobresueldo, chris y yo no dudamos en ofrecernos como voluntarios para pasar los días allí. vicky, la supervisora, una mujer con bastante mala leche a pesar de su voz dulce y pausada, estaba encantada con nosotros no sólo por nuestra plena disponibilidad, sino porque al final de la jornada, cuando tocaba recoger los nuevos carnets de socios, organizar los días libres, preparar las sillas para las conferencias del día siguiente y mil tareas más, nuestras cajas cuadraban a la perfección. nunca un céntimo de más, ni de menos.
era sólo cuestión de tiempo llegar a la conclusión de que tres libras no daban para mucho y comenzamos con los billetes; diez y veinte. una entrada para el cliente, dos billetes para nosotros. cambiamos las chocolatinas del desayuno por menús de mediodía y un par de cervezas en el pub y luego repetíamos la acción de sanear la caja por la tarde, una, dos, doce veces. alguna noche habíamos salido con doscientas libras extras, que comparado con los grandes profesionales del robo no era mucho y eso nos ayudaba a creer que nuestros pequeños hurtos carecían de importancia. al fin y al cabo, la galería contaba con ayudas y donaciones millonarias de acaudalados mecenas, que, de haberlo sabido, se habrían burlado de nuestras rapiñas insignificantes.
en esa época chris se apuntó a un curso de interpretación y yo aproveché para comprarme una cámara de fotos que con mi mensualidad y el desorbitado alquiler de la habitación donde vivía, hubiera sido imposible de adquirir.
amábamos el arte, los visitantes, la tercera planta y nuestro sobresueldo, pero una noche en la que habíamos cerrado con seiscientas setenta y nueve libras extras, sucedió algo inesperado.
vicky nos esperaba en su despacho, haciendo tamborilear sus dedos rechonchos y sobre alimentados de fish and chips con vinagre en el apoyabrazos de su silla. saludamos como siempre, volcamos el dinero en la mesa y antes de comenzar a contarlo, nos pidió que nos sentáramos un momento. aunque chris parecía tranquilo, yo me inquieté. notaba el bulto de los billetes en mi bolsillo y cuando intenté aplastarlo con la mano para disimular, vi un trozo de un papel de veinte libras que se asomaba. comencé a sudar.
-¿cómo os ha ido el día hoy, chicos? – preguntó ella.
-vicky, yo estoy reventado. – contestó chris, mucho más proclive a despistar al enemigo con quejas, observaciones y comentarios superficiales. – hoy ha venido un grupo de americanos imposibles, uno de ellos me ha dicho de quedar esta noche, imagínate. menudo morro, aunque no estaba nada mal el muchacho. no sé, quizá me lo peinse. también se ha montado una cola impresionante, todos pagando con american express y luego cabreados cuando les decía que sólo aceptábamos visa o mastercard. eso deberíamos arreglarlo con un cartelito, por ejemplo, así me ahorraba todo el rollo de explicarlo una vez y otra y otra. más tarde nos hemos quedado sin cambio tres veces, el de seguridad es un incompetente que se queda dormido en las salas, la calefacción no ha funcionado en todo el día y yo creo que voy a pillar una gripe. ella está bien.
vicky me miró.
-¿tú estás bien?
-sí. – acerté a pronunciar.
había conseguido dibujar una media sonrisa en su cara y eso me tranquilizó un poco.
-¿y cuánto os habéis sacado, chicos?
-umm… - chris cogió la hoja de cuentas que habíamos rellenado unos minutos antes minuciosamente – tres mil noventa y seis libras con cuarenta céntimos.
-no chris, vosotros. ¿cuánto os habéis sacado vosotros?
-¿a qué te refieres?
era inútil. ella lo sabía, yo lo sabía y chris lo sabía. dar vueltas mareando la perdiz no tenía demasiado sentido. le dije la cantidad exacta y chris me lanzó una mirada con la que podría haberme matado allí mismo. vicky estuvo pensando unos instantes que se hicieron eternos y luego, sin apartar la vista de los billetes de encima de la mesa, sentenció:
-no está mal, muchachos. esto es lo que vamos a hacer a partir de mañana: la mitad para mí, la otra para vosotros.
-¿qué?
-chris, no te hagas el ofendido. ya no corresponde. nos vemos mañana, chicos.
salimos del despacho derrotados. no sólo nos habían pillado, sino que además ahora debíamos compartir beneficios con una jefa corrupta que a partir del día siguiente tendría todavía más poderes sobre nosotros. nuestro pequeño negocio autónomo se había ido al garete y nos sentíamos desgraciados, prostituidos, desvalijados.
chris propuso ir al pub y yo, que seguía temblando de frío y de terror, pensé que era la mejor idea que había escuchado en años.
-no voy a trabajar para esa maldita zorra – resolvió él al tercer whisky – me niego. a la mierda. que se consiga a otro para sus trapicheos, yo paso.
le sonreí, fascinada. en realidad, al tercer whisky la vida era maravillosa y todavía nos quedaban seiscientas noventa y nueve libras para terminar la noche.
no volvimos al trabajo ni al día siguiente, ni al posterior. vicky nos llamó una veintena de veces, pero después imagino que se cansó porque el teléfono dejó de sonar.
una semana después chris encontró trabajo en un mcdonalds de charing cross y yo en un starbucks de marble arch a dos minutos de hyde park. nos pagaban una mierda, no lidiábamos con famosos y mi acento pasaba desapercibido entre los demás hispanos y nigerianos, pero cuando nos veíamos por la noche, malolientes y agotados, chris me obsequiaba con patatas fritas frías y yo con frapuccinos de caramelo que habíamos obtenido sin aprobación ni consentimiento.
24 enero 2012
20 enero 2012
14 enero 2012
lo importante es participar
en las reuniones de padres del colegio guillermo solía sentirse bastante incómodo. no es que no estuviera interesado en conocer los cambios en el menú, ni los nuevos profesores, ni el cambio de mobiliario en el aula donde su hijo pasaba la mayor parte del tiempo. quería estar al corriente de las novedades, como cualquier padre, pero también creía que con recibir un email una vez cada seis meses era suficiente. le ponían de mal humor las madres que al terminar tenían centenares de preguntas y miles de segundas opiniones para mejorar las decisiones que se habían tomado. eran esas típicas mujeres que podía reconocer a kilómetros de distancia; la mayoría con mechas rubias mal teñidas, pendientes de perla y zapatos de medio tacón, vestidas con colores pastel que recogían a sus críos con el tiempo justo, aparcaban en doble fila y organizaban donaciones para niños enfermos y hospitalizados. exactamente en lo que se había convertido su ex mujer, después de que ésta conociera a salva, su actual pareja, quien, a parte de mucho amor, una casa con jardín y un apartamento en la playa, suplía los costes de las inyecciones de bótox y las liposucciones. para acabarlo de rematar, su hijo era el que sacaba las peores notas y siempre tenía la impresión de que el resto de padres le miraban con suspicacia, como si fuera el responsable no sólo del fracaso de su propia vida, sino también de la de su hijo.
había una de las madres en concreto que conseguía sacarlo de sus casillas, aunque permaneciera callada. tenía una actitud altiva siempre que hablaban los demás y solía resoplar cada vez que alguien contradecía sus opiniones. se angustiaba por temas banales que no preocupaban a nadie más y tenía la capacidad de alargar las reuniones eternamente con sus puntualizaciones quisquillosas. cuando ella hablaba guillermo no podía evitar sentir una terribles ganas de abofetearla y después, echarle un polvo. a pesar de las mechas y las perlas, era una mujer atractiva y lo sabía; quizá por eso era capaz de hablar eternamente sin decir nada. lo importante era llamar la atención y sentir que todos los ojos estaban puestos en ella. con él funcionaba a la perfección: sus palabras eran lo de menos, pero sus curvas, sus piernas, su cintura y su escote eran el principal motivo por el cual seguía yendo a las reuniones de padres.
-tú no sueles hablar mucho, ¿no?
habían terminado hacía un par de minutos y guillermo estaba se estaba poniendo la chaqueta y pensando qué quedaba en la nevera para cenar. lo malo de vivir solo era que ya nadie le preparaba la cena, aunque tampoco ya nadie le gritaba lo inepto que era en todo. al girarse vio que la mujer se dirigía a él. era la primera vez que una de las madres se molestaba en acercarse y se sintió honrado al comprobar que era la quisquillosa. los pocos padres que seguían en la sala le miraban con una mezcla de curiosidad y envidia. -¿tienes prisa? – continuó ella, sin esperar una respuesta a la primera pregunta. guillermo pensó algo ingenioso que decir, alguna de sus frases ocurrentes que funcionaban bien con las compañeras del trabajo. -no. -ah, pues perfecto. quería hablar un momento contigo sobre tu hijo. -¿ahora? -bueno, has dicho que podías, ¿no? -sí, claro, claro. salieron del aula, ella delante, a paso decidido, él despistado. hizo memoria: hacía tiempo que la profesora no les había convocado ni a él ni a su ex para ponerles al día de las malas notas de su hijo, ni de su pésimo comportamiento. si su intención era quejarse de su hijo sin un buen motivo iba a ponerle los puntos sobre las íes porque a pesar de su espectacular culo, también conocía bien su faceta histérica. llegaron al aparcamiento de la escuela. a esas horas había pocos coches y poca luz y él se impacientó con el silencio de ella. se detuvo enfrente de un audi gris metálico que guillermo supuso que era suyo. -verás - dijo por fin - pensé que sería mejor tratar esto en privado. abrió el bolso y empezó a buscar algo. él aprovechó para detener la mirada en los pezones que con el frío se adivinaban a través de su fina blusa. -nuestros hijos cumplen años el mismo día. -¿ah sí?- desde que habían iniciado la conversación guillermo solo se había comunicado con ella a través de muecas indecisas y monosílabos. pensó que probablemente estaba rozando la imbecilidad y por si fuera poco, andaba más centrado en las curvas de ella que en el asunto del cumpleaños de su hijo, del que ahora ni recordaba la fecha. -sí, - prosiguió ella, retirando un mechón de pelo hacia detrás de la oreja – y había pensado que podríamos celebrarlo juntos. ya sabes, este tipo de fiestas conjuntas. nos ahorraríamos trabajo y dinero y…
-um, verás – interrumpió él, un poco molesto por hacerle perder el tiempo con nimiedades – para estos temas es mejor que hables con mi ex esposa. ella sabe mejor…
-oh, ¿estás divorciado?
-separado.
-vaya, no lo sabía. perdona. qué poco tacto tengo a veces.
-no pasa nada. ¿te doy el teléfono?
-¿qué?
-el teléfono de mi ex mujer. el cumpleaños.
-ah, sí, claro, claro.
ella se sonrojó y tecleó el número en su móvil. se despidieron con dos besos al aire y él fue a buscar su moto, aparcada en la otra punta del parking.
-espera – gritó ella cuando estaba a medio camino.
giró sobre sus pasos y al llegar al coche la vio sentada, con las piernas ligeramente separadas y las bragas en el suelo.
no hubo forma. ella lo intentó todo: lamió, acarició, chupó, manoseó, se puso encima, reclinaron los asientos, se trasladaron a los de detrás, incluso le pidió que le diera unos cachetes y que la insultara si eso iba a arreglar algo, pero guillermo no consiguió ni media erección que le ayudara a salir airoso de la situación. después de treinta minutos de vanos intentos, ella salió del coche, dio un portazo, se puso las bragas y evitando cruzar una mirada con él, esperó a que se subiera los pantalones y se marchara. guillermo hubiera querido declarar que era la primera vez que le ocurría algo así, pero intuyó que no era el momento de justificaciones predecibles. al pasar con el audi por su lado, ella bajó la ventanilla y con la punta de sus dedos ensortijados, le lanzó un calcetín descosido que había olvidado.
guillermo se sentó en la moto un momento antes de arrancar. pensó en lo que había ocurrido hacía apenas unos minutos. recordó las nalgas de ella refregándose por su entrepierna, sus uñas clavadas en la espalda, sus manos, sus labios, su boca abierta y fue entonces cuando se le puso dura. miró a su alrededor. estaba solo. había oscurecido un poco más. pensó que si había practicado sexo en lugares públicos, también podría hacerse una paja rápida. se desabrochó los pantalones y se los bajó hasta las rodillas. empezó a buen ritmo. en su mente consiguió recrear las palabras que le había susurrado a ella hacía pocos minutos y el olor de su cuerpo y su pelo. su mano derecha aceleró el movimiento poco a poco. se convenció de que si ella hubiera estado ahí en ese momento, se habría enterado bien de lo que él era capaz de hacer, pero el sonido del móvil le devolvió a la realidad del aparcamiento del colegio y con ese pensamiento comprobó desencantado como su erección se esfumaba, tal y como lo había hecho ella.
-dime.
-¿por qué coño tardas tanto en contestar el teléfono? ¿dónde estás?
-¿por?
-tu hijo está insoportable.
-también es tuyo, ¿recuerdas?
-lleva toda la tarde gritando, saltando encima del sillón y no hay quien lo aguante. necesito que vengas a recogerlo ahora mismo. he tenido un día horrible y salva y yo queremos salir a cenar fuera.
-ahora voy.
-date prisa, no quiero llegar tarde por tu culpa.
arrancó la moto y salió del aparcamiento. recorrió un trayecto que hacía casi todos los viernes a esa misma hora, con la diferencia de que hoy le faltaba un calcetín y sentía el viento colarse por entre el zapato. consideró que en lo que llevaba de día cualquiera hubiera podido asegurar que era un mal padre, un mal marido y un mal amante. aceleró para al menos presentarse a tiempo y evitar otra bronca con su ex y las miradas amonestadoras de su nueva pareja desde su comedor sobrecargado con muebles restaurados y alfombras orientales. al llegar a la rotonda cedió el paso a la furgoneta, pero no vio el camión de mudanzas. intentó esquivarlo y al ver que no le daba tiempo, apretó el freno. el camión le arrolló de un golpe brusco y seco. la moto quedó aplastada bajo las ruedas y él voló por los aires hasta rebotar en el asfalto. los peatones se apresuraron a socorrerle; rápidamente llamaron a una ambulancia que llegó ocho minutos más tarde, le movieron con sumo cuidado, lo subieron a la camilla y le entubaron de inmediato. al llegar al hospital guillermo se debatía entre la vida y la muerte y los médicos tenían pocas esperanzas de poder mantenerlo en vida. cuatro días después, por sorpresa de todos, recuperó la consciencia.
lo primero que vio al abrir los ojos fue la luz cegadora del fluorescente colgado del techo y la carilla de su hijo con los mocos secos y restos de chocolate en la boca.
-!papá! !papá! !te has despertado! - gritó el niño. su madre lo agarró por los pantalones antes de que el crío se lanzara encima de su padre. en su mano sostenía un avión teledirigido.
-!mira, mira papá! - dijo mostrando el juguete - !me lo regaló ayer salva y también comimos pastel y vinieron mis amigos y jugamos todo el rato en el jardín y salva dijo que el año que viene iremos a la piscina! era mi cumpleaños, pero tú estabas aquí, durmiendo. te lo perdiste todo.
guillermo cerró de nuevo los ojos; le dolía la cabeza y se sentía mareado. sin apenas energía y con la voz ronca, susurró:
-¿qué día es hoy?
pensó que con el trajín del accidente, era su única forma de averiguar la fecha de nacimiento del pequeño, algo que seguía sin recordar. su ex, apoyada al pie de la cama, puso los ojos en blanco y salva, más apartado y sentado en una incómoda silla, se maravillaba de lo fácil que era sumar puntos cada vez que guillermo abría la boca.
había una de las madres en concreto que conseguía sacarlo de sus casillas, aunque permaneciera callada. tenía una actitud altiva siempre que hablaban los demás y solía resoplar cada vez que alguien contradecía sus opiniones. se angustiaba por temas banales que no preocupaban a nadie más y tenía la capacidad de alargar las reuniones eternamente con sus puntualizaciones quisquillosas. cuando ella hablaba guillermo no podía evitar sentir una terribles ganas de abofetearla y después, echarle un polvo. a pesar de las mechas y las perlas, era una mujer atractiva y lo sabía; quizá por eso era capaz de hablar eternamente sin decir nada. lo importante era llamar la atención y sentir que todos los ojos estaban puestos en ella. con él funcionaba a la perfección: sus palabras eran lo de menos, pero sus curvas, sus piernas, su cintura y su escote eran el principal motivo por el cual seguía yendo a las reuniones de padres.
-tú no sueles hablar mucho, ¿no?
habían terminado hacía un par de minutos y guillermo estaba se estaba poniendo la chaqueta y pensando qué quedaba en la nevera para cenar. lo malo de vivir solo era que ya nadie le preparaba la cena, aunque tampoco ya nadie le gritaba lo inepto que era en todo. al girarse vio que la mujer se dirigía a él. era la primera vez que una de las madres se molestaba en acercarse y se sintió honrado al comprobar que era la quisquillosa. los pocos padres que seguían en la sala le miraban con una mezcla de curiosidad y envidia. -¿tienes prisa? – continuó ella, sin esperar una respuesta a la primera pregunta. guillermo pensó algo ingenioso que decir, alguna de sus frases ocurrentes que funcionaban bien con las compañeras del trabajo. -no. -ah, pues perfecto. quería hablar un momento contigo sobre tu hijo. -¿ahora? -bueno, has dicho que podías, ¿no? -sí, claro, claro. salieron del aula, ella delante, a paso decidido, él despistado. hizo memoria: hacía tiempo que la profesora no les había convocado ni a él ni a su ex para ponerles al día de las malas notas de su hijo, ni de su pésimo comportamiento. si su intención era quejarse de su hijo sin un buen motivo iba a ponerle los puntos sobre las íes porque a pesar de su espectacular culo, también conocía bien su faceta histérica. llegaron al aparcamiento de la escuela. a esas horas había pocos coches y poca luz y él se impacientó con el silencio de ella. se detuvo enfrente de un audi gris metálico que guillermo supuso que era suyo. -verás - dijo por fin - pensé que sería mejor tratar esto en privado. abrió el bolso y empezó a buscar algo. él aprovechó para detener la mirada en los pezones que con el frío se adivinaban a través de su fina blusa. -nuestros hijos cumplen años el mismo día. -¿ah sí?- desde que habían iniciado la conversación guillermo solo se había comunicado con ella a través de muecas indecisas y monosílabos. pensó que probablemente estaba rozando la imbecilidad y por si fuera poco, andaba más centrado en las curvas de ella que en el asunto del cumpleaños de su hijo, del que ahora ni recordaba la fecha. -sí, - prosiguió ella, retirando un mechón de pelo hacia detrás de la oreja – y había pensado que podríamos celebrarlo juntos. ya sabes, este tipo de fiestas conjuntas. nos ahorraríamos trabajo y dinero y…
-um, verás – interrumpió él, un poco molesto por hacerle perder el tiempo con nimiedades – para estos temas es mejor que hables con mi ex esposa. ella sabe mejor…
-oh, ¿estás divorciado?
-separado.
-vaya, no lo sabía. perdona. qué poco tacto tengo a veces.
-no pasa nada. ¿te doy el teléfono?
-¿qué?
-el teléfono de mi ex mujer. el cumpleaños.
-ah, sí, claro, claro.
ella se sonrojó y tecleó el número en su móvil. se despidieron con dos besos al aire y él fue a buscar su moto, aparcada en la otra punta del parking.
-espera – gritó ella cuando estaba a medio camino.
giró sobre sus pasos y al llegar al coche la vio sentada, con las piernas ligeramente separadas y las bragas en el suelo.
no hubo forma. ella lo intentó todo: lamió, acarició, chupó, manoseó, se puso encima, reclinaron los asientos, se trasladaron a los de detrás, incluso le pidió que le diera unos cachetes y que la insultara si eso iba a arreglar algo, pero guillermo no consiguió ni media erección que le ayudara a salir airoso de la situación. después de treinta minutos de vanos intentos, ella salió del coche, dio un portazo, se puso las bragas y evitando cruzar una mirada con él, esperó a que se subiera los pantalones y se marchara. guillermo hubiera querido declarar que era la primera vez que le ocurría algo así, pero intuyó que no era el momento de justificaciones predecibles. al pasar con el audi por su lado, ella bajó la ventanilla y con la punta de sus dedos ensortijados, le lanzó un calcetín descosido que había olvidado.
guillermo se sentó en la moto un momento antes de arrancar. pensó en lo que había ocurrido hacía apenas unos minutos. recordó las nalgas de ella refregándose por su entrepierna, sus uñas clavadas en la espalda, sus manos, sus labios, su boca abierta y fue entonces cuando se le puso dura. miró a su alrededor. estaba solo. había oscurecido un poco más. pensó que si había practicado sexo en lugares públicos, también podría hacerse una paja rápida. se desabrochó los pantalones y se los bajó hasta las rodillas. empezó a buen ritmo. en su mente consiguió recrear las palabras que le había susurrado a ella hacía pocos minutos y el olor de su cuerpo y su pelo. su mano derecha aceleró el movimiento poco a poco. se convenció de que si ella hubiera estado ahí en ese momento, se habría enterado bien de lo que él era capaz de hacer, pero el sonido del móvil le devolvió a la realidad del aparcamiento del colegio y con ese pensamiento comprobó desencantado como su erección se esfumaba, tal y como lo había hecho ella.
-dime.
-¿por qué coño tardas tanto en contestar el teléfono? ¿dónde estás?
-¿por?
-tu hijo está insoportable.
-también es tuyo, ¿recuerdas?
-lleva toda la tarde gritando, saltando encima del sillón y no hay quien lo aguante. necesito que vengas a recogerlo ahora mismo. he tenido un día horrible y salva y yo queremos salir a cenar fuera.
-ahora voy.
-date prisa, no quiero llegar tarde por tu culpa.
arrancó la moto y salió del aparcamiento. recorrió un trayecto que hacía casi todos los viernes a esa misma hora, con la diferencia de que hoy le faltaba un calcetín y sentía el viento colarse por entre el zapato. consideró que en lo que llevaba de día cualquiera hubiera podido asegurar que era un mal padre, un mal marido y un mal amante. aceleró para al menos presentarse a tiempo y evitar otra bronca con su ex y las miradas amonestadoras de su nueva pareja desde su comedor sobrecargado con muebles restaurados y alfombras orientales. al llegar a la rotonda cedió el paso a la furgoneta, pero no vio el camión de mudanzas. intentó esquivarlo y al ver que no le daba tiempo, apretó el freno. el camión le arrolló de un golpe brusco y seco. la moto quedó aplastada bajo las ruedas y él voló por los aires hasta rebotar en el asfalto. los peatones se apresuraron a socorrerle; rápidamente llamaron a una ambulancia que llegó ocho minutos más tarde, le movieron con sumo cuidado, lo subieron a la camilla y le entubaron de inmediato. al llegar al hospital guillermo se debatía entre la vida y la muerte y los médicos tenían pocas esperanzas de poder mantenerlo en vida. cuatro días después, por sorpresa de todos, recuperó la consciencia.
lo primero que vio al abrir los ojos fue la luz cegadora del fluorescente colgado del techo y la carilla de su hijo con los mocos secos y restos de chocolate en la boca.
-!papá! !papá! !te has despertado! - gritó el niño. su madre lo agarró por los pantalones antes de que el crío se lanzara encima de su padre. en su mano sostenía un avión teledirigido.
-!mira, mira papá! - dijo mostrando el juguete - !me lo regaló ayer salva y también comimos pastel y vinieron mis amigos y jugamos todo el rato en el jardín y salva dijo que el año que viene iremos a la piscina! era mi cumpleaños, pero tú estabas aquí, durmiendo. te lo perdiste todo.
guillermo cerró de nuevo los ojos; le dolía la cabeza y se sentía mareado. sin apenas energía y con la voz ronca, susurró:
-¿qué día es hoy?
pensó que con el trajín del accidente, era su única forma de averiguar la fecha de nacimiento del pequeño, algo que seguía sin recordar. su ex, apoyada al pie de la cama, puso los ojos en blanco y salva, más apartado y sentado en una incómoda silla, se maravillaba de lo fácil que era sumar puntos cada vez que guillermo abría la boca.
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