10 enero 2012
06 enero 2012
(...) que se jodan las columnas de opinión que no dicen nada que no diga en 140 caracteres cualquier imbécil en Twitter; que se jodan sus directores que cobran más que el presidente del gobierno y se quejan en el editorial de lo mucho que gana el presidente de la Comunidad; que se joda el periodismo y que se jodan los escritores que llevan veinte años cobrando miles de euros por decirnos que a su casa en el centro llega mucho ruido de la puta calle; que se jodan y se abran también un blog; que se jodan sus editores y los que les escriben bien las palabras y los libreros y la colección de novela rosa de DelPrado; ¡haberse digitalizado antes!; que se jodan los músicos y los cineastas, siempre bebiendo, siempre de cóctel, siempre poniendo el pie sobre alfombras rojas con cara de ser Scarlett Johansson: ¡no eres Scarlett Johansson, querida, eres de Parla!; que se jodan las discográficas y las productoras de cine, toda la puta vida escuchando los 40 Principales y el último hit de Luz Casal y aún creen que nos gusta su voz: que se jodan; y toda la puta vida aguantando las películas de Santiago Segura, el Salvador del Cine Español, que hacen del landismo la edad de oro del cine sueco: ni siquiera nos gusta el puto cine sueco, joder; que se jodan las salas de cine, vendiéndonos palomitas y refrescos y lloriqueando porque la gente se queda en casa viendo las películas en Cuévana: ¡en casa también tenemos palomitas, majos!, ¡de microondas! Y, ya puestos, que se jodan los maestros, aprueban la oposición de coña, no saben enseñar, cobran dos mil euros al mes y se pasan tres de vacaciones y encima le dicen a tu hijo cómo debe pensar: ¡no quiero que mi hijo piense como un maestro, quiero que piense como una persona!; que se joda el 15M, que se jodan esos niñatos que son siempre los primeros en comprar el último artilugio de Apple y en montar revoluciones con el Whatsapp, que se jodan sus pancartas de comeflores y sus putos slóganes de Teletubbie; que se jodan sus putos huertos en mitad del asfalto: ¡cómete tú esos repollos, no me jodas!; que se jodan los inmigrantes que nada más llegar a la ciudad se compran la camiseta del Real Madrid y se llevan a sus hijos al Corte inglés, que se lleven las camisetas del Real Madrid y el Corte inglés de vuelta al puto país al que pertenecen: aquí ya no hay ni malos trabajos ni trabajo ilegal, sólo hay trabajo para corruptos, ¿es tan difícil de entender?; que se jodan los directores de banco y los altos ejecutivos de empresas que despiden a mil trabajadores para poder pagarse su propio despido millonario: ¡sois unos hijos de puta!; que se joda Urdangarín que cada cien mil euros que conseguía lo hacía en nombre de los niños huérfanos o de Belice o minusválidos o violados o ciegos o muertos o hambrientos: ¡qué huevos tienes, de verdad!, roba como un hombre si lo haces, joder; que se jodan los científicos y los becados y los tesinandos, toda la puta vida recibiendo dinero del Estado para estudiar el post-feminismo y el género y el clima monzónico y no han inventado ni la puta fregona, por dios; que se jodan los perros también; que se jodan los mercados, desde el de San Miguel al Ibex, desde la tienda de la esquina al Carrefour, con sus cajas registradoras añadiendo productos que no he comprado y el puto carrito que no me devuelve el euro si no me pongo de rodillas, coño; que se jodan los accionistas, los inversores, esos putos idiotas que ahorran dinero durante toda su vida y luego se lo dan al primer gilipollas que les sugiere invertir en sellos o cuadros pintados por un mamarracho: ¿en qué cabeza cabe?, ¡sellos!; que se jodan los compradores de la pulsera PowerBalance por ser realmente imbéciles: ellos mismos saben que fueron unos putos imbéciles: ¿40 euros por un trozo de silicona que hacía reflejos?,¿y luego el café del bar te parece caro?; que se jodan los perros otra vez; que se jodan las personas que tienen perro y que contratan a gente para que pasee sus putos perros, que recogen la mierda de su perro con las manos y luego dicen que en el Metro la gente huele mal; que se jodan los intelectuales de izquierda que siempre van en taxi, joder; que se jodan los taxistas que te hacen limpiar el coche si vomitas la borrachera en el asiento trasero: te estoy pagando para vomitar en tu taxi, mamón, ¿no ves que estoy a cuatro manzanas de mi casa? (...)
leído aquí: http://lectormalherido.wordpress.com/
(y creo que he mojado un poco la cama)
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(y creo que he mojado un poco la cama)
01 enero 2012
conseguir una coca-cola la noche del uno de enero a las tres de la mañana es una tarea complicada. estaba en casa, no podía dormir gracias a la conga de los vecinos y a la última raya que me había metido a las doce, por eso de celebrar otro año que a mí me parecía que iba a ser igual de desolador que el anterior. la coca además era una mierda, lo cual no ayudó a mejorar mi agitación. había dejado la calefacción encendida todo el día y en la casa hacía un calor sofocante. me molestaban las sábanas, la música, el sabor agrio en la garganta y quería una coca-cola. me levanté de la cama y como era de esperar al abrir la nevera sólo encontré vino blanco y chocolate. me enfadé conmigo misma por no prever este tipo de cosas y por mantener una alimentación tan restringida que sólo me aportaba anemia en las analíticas anuales de la empresa.
me puse las botas, el abrigo por encima del pijama, cogí las llaves y diez euros. como era de suponer la calle estaba desierta, aunque en la mayoría de los pisos las luces permanecían encendidas y se oían voces, risas y música de dudoso gusto. pensé que la mejor dirección sería la que conducía al centro de la ciudad, donde con seguridad habría algún 24 horas abierto, aunque no me apetecía la idea de lidiar con los primeros borrachos sobones que después de dos copas y un par de vómitos renunciaban a más celebraciones esperpénticas. di un par de vueltas por el barrio, lo cual solo sirvió para cerciorarme de que debía ir al centro. hacía una noche bastante agradable para estar ya en el mes de enero. se agradecía un poco de fresco, pero dentro de los parámetros que mi cuerpo podía tolerar. del bolsillo del abrigo saqué los auriculares y me aseguré de que el volumen del reproductor estaba al máximo. si hay algo que consiga ponerme de buen humor casi siempre es caminar de noche con música y si además llevo el mechero encima ya es como si fuera dios, aunque seguramente dios tendría coca-cola en su nevera. death in vegas, natja. encendí un cigarro. pasé por delante de la pista de básquet donde tres chavales de no más de trece años quemaban una china y les sonreí. esa era una buena manera de empezar el año, sin duda. algunos conductores saludaban o hacían sonar la bocina cuando pasaban por mi lado. era todo muy previsible, menos encontrar una puta tienda abierta. caminé media hora, intentando visualizar algún lugar que no fuera un concurrido bar donde servían whisky de garrafón o un restaurante donde los precios del menú de la noche equivalían a un par de sueldos. cuando empecé a pensar que mi primer propósito del año nuevo iba a quedarse sin cumplir, vi, en una esquina al final de una callejuela, una tiendecilla con su luz de neón rosa y azul parpadeante. aceleré el paso y al llegar a la puerta y ver a un chino joven, medio dormido detrás de la caja, pensé por un momento que quizá ese sería mi año de suerte. me saludó muy amablemente y yo hice lo mismo. por su cara de sorpresa imaginé que lo había hecho usando un tono de voz demasiado alto y bajé el volumen de los auriculares. massive attack, black milk.
en la nevera había una veintena de coca-colas y estuve tentada de cogerlas todas y no pasar nunca más un fin de año con antojos estúpidos que me hacían salir a la calle malhumorada y en pijama, pero me contuve y cogí tres. al pagar el chino me deseó un feliz año, aunque ya había subido de nuevo el volumen y no lo oí. the black keys, lonely boy. el camino a casa fue más rápido y sólo me topé con un par de chicas que se pararon para pedirme fuego y prosiguieron su marcha riéndose de mi cara poco maquillada y de mi pelo sin peinar. no fui lo suficientemente ágil de mente como para desabrochar el abrigo y mostrarles el vestuario que había escogido para una noche tan especial.
al abrir la puerta de casa me vino una oleada de calor. de nuevo había olvidado apagar la calefacción. me desnudé. los vecinos habían optado por abandonar la conga e irse a dormir y ya sólo se escuchaba algún coche que cruzaba la ciudad. eran las cuatro y veinte de la mañana. del congelador saqué hielos en forma de pez, abrí una lata y vertí el líquido. preparé una raya y me senté en el comedor, a oscuras. el portátil se había quedado hibernando y al mover el ratón apareció la página en blanco y el cursor, desafiante. apagué la música. marsen jules, oeillet en delta. me apetecía escribir las primeras líneas de una novela.
me puse las botas, el abrigo por encima del pijama, cogí las llaves y diez euros. como era de suponer la calle estaba desierta, aunque en la mayoría de los pisos las luces permanecían encendidas y se oían voces, risas y música de dudoso gusto. pensé que la mejor dirección sería la que conducía al centro de la ciudad, donde con seguridad habría algún 24 horas abierto, aunque no me apetecía la idea de lidiar con los primeros borrachos sobones que después de dos copas y un par de vómitos renunciaban a más celebraciones esperpénticas. di un par de vueltas por el barrio, lo cual solo sirvió para cerciorarme de que debía ir al centro. hacía una noche bastante agradable para estar ya en el mes de enero. se agradecía un poco de fresco, pero dentro de los parámetros que mi cuerpo podía tolerar. del bolsillo del abrigo saqué los auriculares y me aseguré de que el volumen del reproductor estaba al máximo. si hay algo que consiga ponerme de buen humor casi siempre es caminar de noche con música y si además llevo el mechero encima ya es como si fuera dios, aunque seguramente dios tendría coca-cola en su nevera. death in vegas, natja. encendí un cigarro. pasé por delante de la pista de básquet donde tres chavales de no más de trece años quemaban una china y les sonreí. esa era una buena manera de empezar el año, sin duda. algunos conductores saludaban o hacían sonar la bocina cuando pasaban por mi lado. era todo muy previsible, menos encontrar una puta tienda abierta. caminé media hora, intentando visualizar algún lugar que no fuera un concurrido bar donde servían whisky de garrafón o un restaurante donde los precios del menú de la noche equivalían a un par de sueldos. cuando empecé a pensar que mi primer propósito del año nuevo iba a quedarse sin cumplir, vi, en una esquina al final de una callejuela, una tiendecilla con su luz de neón rosa y azul parpadeante. aceleré el paso y al llegar a la puerta y ver a un chino joven, medio dormido detrás de la caja, pensé por un momento que quizá ese sería mi año de suerte. me saludó muy amablemente y yo hice lo mismo. por su cara de sorpresa imaginé que lo había hecho usando un tono de voz demasiado alto y bajé el volumen de los auriculares. massive attack, black milk.
en la nevera había una veintena de coca-colas y estuve tentada de cogerlas todas y no pasar nunca más un fin de año con antojos estúpidos que me hacían salir a la calle malhumorada y en pijama, pero me contuve y cogí tres. al pagar el chino me deseó un feliz año, aunque ya había subido de nuevo el volumen y no lo oí. the black keys, lonely boy. el camino a casa fue más rápido y sólo me topé con un par de chicas que se pararon para pedirme fuego y prosiguieron su marcha riéndose de mi cara poco maquillada y de mi pelo sin peinar. no fui lo suficientemente ágil de mente como para desabrochar el abrigo y mostrarles el vestuario que había escogido para una noche tan especial.
al abrir la puerta de casa me vino una oleada de calor. de nuevo había olvidado apagar la calefacción. me desnudé. los vecinos habían optado por abandonar la conga e irse a dormir y ya sólo se escuchaba algún coche que cruzaba la ciudad. eran las cuatro y veinte de la mañana. del congelador saqué hielos en forma de pez, abrí una lata y vertí el líquido. preparé una raya y me senté en el comedor, a oscuras. el portátil se había quedado hibernando y al mover el ratón apareció la página en blanco y el cursor, desafiante. apagué la música. marsen jules, oeillet en delta. me apetecía escribir las primeras líneas de una novela.
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