06 enero 2012

(...) que se jodan las columnas de opinión que no dicen nada que no diga en 140 caracteres cualquier imbécil en Twitter; que se jodan sus directores que cobran más que el presidente del gobierno y se quejan en el editorial de lo mucho que gana el presidente de la Comunidad; que se joda el periodismo y que se jodan los escritores que llevan veinte años cobrando miles de euros por decirnos que a su casa en el centro llega mucho ruido de la puta calle; que se jodan y se abran también un blog; que se jodan sus editores y los que les escriben bien las palabras y los libreros y la colección de novela rosa de DelPrado; ¡haberse digitalizado antes!; que se jodan los músicos y los cineastas, siempre bebiendo, siempre de cóctel, siempre poniendo el pie sobre alfombras rojas con cara de ser Scarlett Johansson: ¡no eres Scarlett Johansson, querida, eres de Parla!; que se jodan las discográficas y las productoras de cine, toda la puta vida escuchando los 40 Principales y el último hit de Luz Casal y aún creen que nos gusta su voz: que se jodan; y toda la puta vida aguantando las películas de Santiago Segura, el Salvador del Cine Español, que hacen del landismo la edad de oro del cine sueco: ni siquiera nos gusta el puto cine sueco, joder; que se jodan las salas de cine, vendiéndonos palomitas y refrescos y lloriqueando porque la gente se queda en casa viendo las películas en Cuévana: ¡en casa también tenemos palomitas, majos!, ¡de microondas! Y, ya puestos, que se jodan los maestros, aprueban la oposición de coña, no saben enseñar, cobran dos mil euros al mes y se pasan tres de vacaciones y encima le dicen a tu hijo cómo debe pensar: ¡no quiero que mi hijo piense como un maestro, quiero que piense como una persona!; que se joda el 15M, que se jodan esos niñatos que son siempre los primeros en comprar el último artilugio de Apple y en montar revoluciones con el Whatsapp, que se jodan sus pancartas de comeflores y sus putos slóganes de Teletubbie; que se jodan sus putos huertos en mitad del asfalto: ¡cómete tú esos repollos, no me jodas!; que se jodan los inmigrantes que nada más llegar a la ciudad se compran la camiseta del Real Madrid y se llevan a sus hijos al Corte inglés, que se lleven las camisetas del Real Madrid y el Corte inglés de vuelta al puto país al que pertenecen: aquí ya no hay ni malos trabajos ni trabajo ilegal, sólo hay trabajo para corruptos, ¿es tan difícil de entender?; que se jodan los directores de banco y los altos ejecutivos de empresas que despiden a mil trabajadores para poder pagarse su propio despido millonario: ¡sois unos hijos de puta!; que se joda Urdangarín que cada cien mil euros que conseguía lo hacía en nombre de los niños huérfanos o de Belice o minusválidos o violados o ciegos o muertos o hambrientos: ¡qué huevos tienes, de verdad!, roba como un hombre si lo haces, joder; que se jodan los científicos y los becados y los tesinandos, toda la puta vida recibiendo dinero del Estado para estudiar el post-feminismo y el género y el clima monzónico y no han inventado ni la puta fregona, por dios; que se jodan los perros también; que se jodan los mercados, desde el de San Miguel al Ibex, desde la tienda de la esquina al Carrefour, con sus cajas registradoras añadiendo productos que no he comprado y el puto carrito que no me devuelve el euro si no me pongo de rodillas, coño; que se jodan los accionistas, los inversores, esos putos idiotas que ahorran dinero durante toda su vida y luego se lo dan al primer gilipollas que les sugiere invertir en sellos o cuadros pintados por un mamarracho: ¿en qué cabeza cabe?, ¡sellos!; que se jodan los compradores de la pulsera PowerBalance por ser realmente imbéciles: ellos mismos saben que fueron unos putos imbéciles: ¿40 euros por un trozo de silicona que hacía reflejos?,¿y luego el café del bar te parece caro?; que se jodan los perros otra vez; que se jodan las personas que tienen perro y que contratan a gente para que pasee sus putos perros, que recogen la mierda de su perro con las manos y luego dicen que en el Metro la gente huele mal; que se jodan los intelectuales de izquierda que siempre van en taxi, joder; que se jodan los taxistas que te hacen limpiar el coche si vomitas la borrachera en el asiento trasero: te estoy pagando para vomitar en tu taxi, mamón, ¿no ves que estoy a cuatro manzanas de mi casa? (...)

leído aquí: http://lectormalherido.wordpress.com/

(y creo que he mojado un poco la cama)


01 enero 2012

conseguir una coca-cola la noche del uno de enero a las tres de la mañana es una tarea complicada. estaba en casa, no podía dormir gracias a la conga de los vecinos y a la última raya que me había metido a las doce, por eso de celebrar otro año que a mí me parecía que iba a ser igual de desolador que el anterior. la coca además era una mierda, lo cual no ayudó a mejorar mi agitación. había dejado la calefacción encendida todo el día y en la casa hacía un calor sofocante. me molestaban las sábanas, la música, el sabor agrio en la garganta y quería una coca-cola. me levanté de la cama y como era de esperar al abrir la nevera sólo encontré vino blanco y chocolate. me enfadé conmigo misma por no prever este tipo de cosas y por mantener una alimentación tan restringida que sólo me aportaba anemia en las analíticas anuales de la empresa.
me puse las botas, el abrigo por encima del pijama, cogí las llaves y diez euros. como era de suponer la calle estaba desierta, aunque en la mayoría de los pisos las luces permanecían encendidas y se oían voces, risas y música de dudoso gusto. pensé que la mejor dirección sería la que conducía al centro de la ciudad, donde con seguridad habría algún 24 horas abierto, aunque no me apetecía la idea de lidiar con los primeros borrachos sobones que después de dos copas y un par de vómitos renunciaban a más celebraciones esperpénticas. di un par de vueltas por el barrio, lo cual solo sirvió para cerciorarme de que debía ir al centro. hacía una noche bastante agradable para estar ya en el mes de enero. se agradecía un poco de fresco, pero dentro de los parámetros que mi cuerpo podía tolerar. del bolsillo del abrigo saqué los auriculares y me aseguré de que el volumen del reproductor estaba al máximo. si hay algo que consiga ponerme de buen humor casi siempre es caminar de noche con música y si además llevo el mechero encima ya es como si fuera dios, aunque seguramente dios tendría coca-cola en su nevera. death in vegas, natja. encendí un cigarro. pasé por delante de la pista de básquet donde tres chavales de no más de trece años quemaban una china y les sonreí. esa era una buena manera de empezar el año, sin duda. algunos conductores saludaban o hacían sonar la bocina cuando pasaban por mi lado. era todo muy previsible, menos encontrar una puta tienda abierta. caminé media hora, intentando visualizar algún lugar que no fuera un concurrido bar donde servían whisky de garrafón o un restaurante donde los precios del menú de la noche equivalían a un par de sueldos. cuando empecé a pensar que mi primer propósito del año nuevo iba a quedarse sin cumplir, vi, en una esquina al final de una callejuela, una tiendecilla con su luz de neón rosa y azul parpadeante. aceleré el paso y al llegar a la puerta y ver a un chino joven, medio dormido detrás de la caja, pensé por un momento que quizá ese sería mi año de suerte. me saludó muy amablemente y yo hice lo mismo. por su cara de sorpresa imaginé que lo había hecho usando un tono de voz demasiado alto y bajé el volumen de los auriculares. massive attack, black milk.
en la nevera había una veintena de coca-colas y estuve tentada de cogerlas todas y no pasar nunca más un fin de año con antojos estúpidos que me hacían salir a la calle malhumorada y en pijama, pero me contuve y cogí tres. al pagar el chino me deseó un feliz año, aunque ya había subido de nuevo el volumen y no lo oí. the black keys, lonely boy. el camino a casa fue más rápido y sólo me topé con un par de chicas que se pararon para pedirme fuego y prosiguieron su marcha riéndose de mi cara poco maquillada y de mi pelo sin peinar. no fui lo suficientemente ágil de mente como para desabrochar el abrigo y mostrarles el vestuario que había escogido para una noche tan especial.
al abrir la puerta de casa me vino una oleada de calor. de nuevo había olvidado apagar la calefacción. me desnudé. los vecinos habían optado por abandonar la conga e irse a dormir y ya sólo se escuchaba algún coche que cruzaba la ciudad. eran las cuatro y veinte de la mañana. del congelador saqué hielos en forma de pez, abrí una lata y vertí el líquido. preparé una raya y me senté en el comedor, a oscuras. el portátil se había quedado hibernando y al mover el ratón apareció la página en blanco y el cursor, desafiante. apagué la música. marsen jules, oeillet en delta. me apetecía escribir las primeras líneas de una novela.

30 diciembre 2011

otra cara

me he levantado con otra cara. ya sé lo que pensarán; que esto no es posible, que estaría soñando todavía cuando me levanté o que ayer me metí en algún lío y me dieron una paliza y al verme en el espejo no reconocí mi propia cara debajo de tanta hinchazón, sangre seca y moratones. pues no, se equivocan. de hecho, ayer me fui a la cama a las nueve y media. no me encontraba muy bien. creo que estoy pillando una gripe porque durante todo el día estuve helada de frío y me dolía muchísimo todo el cuerpo, así que fue llegar a casa, prepararme una sopa, tomarme un ibuprofeno y meterme en la cama. caí redonda y esta mañana, cuando ha sonado el despertador a las siete me sentía mucho mejor. he ido al baño y cuando he encendido la luz y he visto una cara desconocida en el espejo me he dado un susto de muerte. primero he gritado sobresaltada y luego me he acercado a mi nueva imagen reflejada y he tocado mi rostro, asustada, incrédula y maravillada. no podía ser yo, pero era yo y después de estar unos minutos sin comprender nada he llegado a la conclusión de que tenía una nueva cara. sí, tenía dos ojos, ahora verdes y un poco más separados el uno del otro, una nariz más finita, una frente más ancha y unos labios menos gruesos. también tenía un lunar en la mejilla derecha y una pequeña cicatriz en la barbilla. mi piel estaba menos pálida y habían desaparecido las ojeras que suelo tener a esas horas. inmediatamente he bajado la vista hacia el resto del cuerpo. me he quitado el pijama una rapidez inusual a estas horas y he observado con cuidado todos los rincones que alcanzaba mi vista; después de unos minutos de pánico, he llegado a la conclusión de que todo seguía en su mismo sitio y con el mismo aspecto y he respirado un poco más tranquila porque no sé si hubiera sabido asimilar tantos cambios en tan poco tiempo. siendo sincera, no me puedo quejar del cambio. tampoco es que antes tuviera un gran complejo con mi cara, pero sí que es verdad que llevaba ya unos cuantos años con ella y estaba un poco aburrida. ya sabía cuál era mi mejor perfil y cómo disimular esa marca de nacimiento que tenía al lado de la ceja. así que lo he aceptado de buen grado y he advertido que, a pesar de los labios, que prefería los de antes, estoy contenta en general. oh, y estoy encantada con mi nueva cicatriz porque me da un aire de mujer misteriosa y peligrosa, que no se anda con ñoñerías. me hubiera encantado saber cómo me la hice y si dolió mucho, pero ya eran las siete y media y mis obligaciones laborales no permitían que estuviera más tiempo contemplando las nuevas facciones delante del espejo así que he entrado en la ducha, me he vestido con rapidez y he salido a la calle. 

hacía un frío siberiano pero a diferencia de ayer, mis ojos no se han puesto todo llorosos con el viento y me he alegrado todavía más de la transformación. al entrar en el bar donde suelo desayunar y pedir mi café corto de leche, con sacarina, hielo y un poco de anís, el camarero me ha mirado extrañado. había reconocido la orden, a la misma hora de siempre y con el mismo tono de voz, pero no la cara que solía pedirlo. yo tampoco le he dicho nada porque todavía no he decidido cómo voy a proceder con este extraño asunto y a esas horas sólo podía pensar en mi café. mientras lo tomaba y jugueteaba con la cucharilla, pensaba en cuál sería la mejor opción: hacer pública mi alteración o actuar como si nada. tarde o temprano tendría que enfrentarme a gente que estaba acostumbrada a mi cara anterior, de hecho, en menos de media hora, mi jefa me esperaba en la oficina con mil fastidiosas tareas para solucionar y evidentemente, se daría cuenta del cambio y me preguntaría. era lo más lógico y normal y yo tendría que buscar una explicación cuanto antes, pero no había forma de pensar en nada verosímil. al final he confiado con que algo se me ocurriría durante el viaje y me he levantado corriendo para pagar el desayuno y buscar el 73. 
en la parada estábamos los de casi siempre: el adolescente recién levantado, el anciano con cincuenta copias del 20 minutos, el ejecutivo del maletín de cuero con su hija vestida de rosa y un par de japonesas mirando un mapa. nadie ha reparado en mí, excepto el adolescente que no conseguía quitarme el ojo de encima. ¿cuántas veces había yo conseguido llamar la atención a un adolescente con mi antiguo rostro a las ocho de la mañana? ¡ninguna! pero ahora, por fin, mi suerte había cambiado y ahí estaba, flirteando e imaginando si a lo mejor también ese compañero de trabajo con el que hace tiempo que tonteamos en la fotocopiadora se atrevería por fin a pedirme una cita. el adolescente no ha tardado en acercarse, decidido y apremiante. le he mirado con mis preciosos ojos verdes y he sonreído coquetamente. 
-tienes mi cara. – ha dicho furioso. 
-¿perdona? 
-la semana pasada yo tenía esta misma cara. 
-¿pero de qué me estás hablando? 
-lo sabes perfectamente, no te hagas la tonta. 
-te aseguro que no sé de qué me estás hablando. 
-te vi ayer y antes de ayer y la semana pasada. a estas horas sueles tener los párpados hinchados y ojeras, las cejas más pobladas, los dientes más pequeños y la nariz más grande. esta cara no es tuya. 

dios mío. he querido morir, o volver a mi cama y recuperar mi fisonomía habitual que tampoco estaba tan mal. el chico me ha agarrado del brazo y me ha apartado del resto del grupo que esperaba el autobús. 
-maldita ladrona. 
-oye, espera un momento. yo no te he robado nada. 
-¿desde cuándo la tienes? 
-yo… no sé… 
-¿desde cuándo? – ha dicho alzando la voz y apretando con más fuerza de mi brazo. 
la niña vestida de rosa nos ha mirado. 
-desde esta mañana – he confesado, al borde del llanto al ver que los dos sabíamos que esa no era mi cara real – pero te juro que no he hecho nada. yo… no… verás, ayer tenía fiebre y… cuando me he despertado… yo… me he puesto a llorar como una madalena y no he podido terminar la frase. 
-hay que ver lo guapa que estás cuando lloras, ya casi no me acordaba... – ha dicho él, también con los ojos humedecidos. 
me he secado los lagrimones que resbalaban por mis hermosas mejillas y le he mirado. al reparar con más detenimiento en él, me he dado cuenta del porque de su pena. tenía un rostro normal y corriente tirando a feúcho, con las orejas muy grandes y separadas, el pelo grasiento, la nariz aguilucha y acné en toda la frente. 
-de verdad que eras yo? – he preguntado recelosa porque su transformación me parecía más inverosímil que la mía. 
-sí. esta cicatriz en la barbilla que tienes, me la hice a los cuatro años, jugando al escondite con mi hermano. me di con el canto de la mesa de la cocina y me llevaron al hospital. – ha contestado. 
-vaya… ¿te dolió? 
-no me acuerdo. supongo. 
creía que empezaría a sollozar de un momento a otro. tenía los labios apretados y se mordía los carrillos para controlar el lloro. definitivamente, era feo con avaricia y he sentido un poco de pena por el muchacho. 
-y tú, ¿cómo has llegado a esto? – he continuado, sin disimulo alguno. 
-pues igual que tú, de repente, de un día para otro, sin aviso ni nada y ya llevo un mes así. 
luego me he percatado de algo más importante todavía. mi cara era femenina, y sin embargo él era un chico, con su cara y su cuerpo de chico. su transformación había sido absoluta y temí que la mía estaba a medio terminar. he notado que me temblaban las piernas y he mirado de nuevo mi cuerpo, que tapado con la ropa de invierno, no parecía haber sufrido ninguna modificación mayor. él se ha dado cuenta y ha añadió: 
-eso vendrá después, quizá mañana o en un par de días más. 
-¿en serio? 
ha asentido. hubiera querido preguntarle qué me esperaba exactamente, pero he preferido callar y esperar los días que me faltan para completar mi nuevo yo. estaba preocupada y al mismo tiempo me sentía un poco responsable por la suerte del chico, aunque al fin y al cabo yo tampoco tenía la culpa de esta situación. en ese momento ha llegado mi autobús y le he dicho que debía marcharme o llegaría tarde al trabajo. él ha asentido de nuevo con la cabeza gacha y me dicho, a modo de despedida, que alguna vez la cicatriz de mi nueva barbilla enrojecía un poco y que bastaba con aplicar hielo por encima. le he dado las gracias y corrido hacia el 73 que estaba ya arrancando. creo que luego él se ha puesto a llorar. 
 sentada en el asiento, con el calorcillo de la calefacción y con las japonesas delante de mí, he pensado que quizá ahí fuera alguien tiene ahora mis facciones o mi cuerpo. si es así, que sepan que mi perfil más favorecedor es el izquierdo y los ojos me lloran con facilidad cuando hace viento.