Y ahora -dijo Colette, volviendo de pronto al asunto- dígame, ¿qué espera usted de la vida? Aparte de fama y dinero; eso ya lo doy por supuesto.
- No sé lo que espero -le dije-. Sé lo que me gustaría; me gustaría ser adulto.
Colette levantó y bajó sus pintados párpados con el lento movimiento de alas de un águila azul:
- Ah, pero eso -dijo- es lo único que ninguno de nosotros podremos ser nunca, personas adultas. A menos que entienda usted por adulto un alma envuelta en el sayal y las cenizas de la sabiduaría solitaria. Libre de malignidades, envidia, malicia, codicia y culpabilidad. Imposible. Voltaire incluso Voltaire, llevó un niño dentro de sí toda la vida, un niño envidioso y con mal genio, un muchachito obsceno, que siempre se olía los dedos; y Voltarie llevó ese niño hasta su sepultura, como haremos todos nosotros hasta la nuestra. El Papa en su balcón... soñando con una bonita cara de un guardia suizo. Y el juez británico bajo su exquisita peluca, ¿en qué piensa cuando envía a un hombre a la horca? ¿En la justicia, en la eternidad y en las cosas serias? ¿O acaso se pregunta cómo se las podrá arreglar para que lo elijan miembro del Jockey Club? Por supuesto, los seres humanos tienen momentos adultos, unos cuantos momentos magnánimos esparcidos aquí y allá, y, como es obvio, la muerte es el más importante de todos ellos. La muerte expulsa a ese muchachito obsceno y nos deja con lo que queda de nosotros, simplemente un objeto, sin vida pero puro, como La Rosa Blanca. Tome -acercó hacia mí el cristal en flor-, guárdese esto en el bolsillo. Consérvelo como un recuerdo de que ser duradero y perfecto, ser de hecho un adulto, es ser un objeto, un altar, una figura en una vidriera de colores: una cosa apreciable. Sin embargo, es mucho mejor estornudar y sentirse humano.
Plegarias Atendidas, T. Capote
13 septiembre 2011
11 septiembre 2011
la voz del tallink silja
siempre quise ser cantante, tener una banda, viajar y dedicarme a lo que, creía, había nacido para hacer. mentiría si dijera que, por otra parte, no me atraía el tema de la fama y el dinero. en mis tardes de instituto, mientras el profesor intentaba hacernos comprender algún estúpido problema que en la vida real nunca llegué a poner en práctica, fantaseaba imaginándome viviendo en una bonita casa de tres pisos y un enorme jardín en miami, con un estudio de grabación donde pasaría los días trabajando, acompañada de mis músicos, dos bulldogs ingleses y tres o cuatro premios mtv en las estanterías.
quince años después no he conseguido nada de mi sueño adolescente y trabajo en el tallink silja. zarpamos en estocolmo a las cinco de la tarde y llegamos a helsinki a las diez de la mañana. al día siguiente hacemos el mismo recorrido pero en sentido contrario. y así día sí y día también. las aguas del mar báltico son oscuras y no invitan al baño, mi camerino es interior y sus paredes son de plástico fino y el barco es una versión cutre, casposa, reducida y flotante de lo que imagino deben ser las vegas. odio mi trabajo, odio la orquesta que me acompaña, su poco talento, sus chalecos con lentejuelas doradas, mis vestidos sin gracia, odio el salmón con patatas asadas y odio el público que baila sin seguir ningún ritmo.
nuestra actuación empieza a las diez de la noche, justo después de aladino, el musical. aladino es un espectáculo patético y bochornoso en el que las siete bailarinas de la obra apenas pueden mantenerse de puntillas sin perder el equilibrio. cuando el mar está bravo, ni lo intentan y se pasean por el escenario moviendo los velos y el culo con apatía y desdén. los padres, sin embargo, es cuando más lo disfrutan y ellas les saludan y ondean sus velos más alto y con menos gracia todavía. al terminar la función reciben un aplauso triste y apagado que ellas acogen con una sonrisa falsa e hipócrita y se retiran dejando un agradable vacío en el escenario. casi de inmediato, sin tiempo para que el público se largue a sus camerinos y deje de consumir cócteles aguados y cerveza con seis dedos de espuma, se abre de nuevo el telón y aparecemos nosotros: la orquesta del tallink silja. empezamos con algo suave; un vals o cualquier otra ñoñería. en los primeros minutos de nuestra actuación los únicos que ocupan la pista de baile son los niños que todavía no se han dado cuenta de que aladino ha terminado. o tal vez es que les da igual quién actúe, lo cual me parece lógico. los padres les animan a que bailen y monten jaleo y que, ni que sea por una noche, no les den mucho el coñazo. dan volteretas, se empujan, caen y lloran hasta que alguna madre sale a su socorro y les recrimina su falta de cuidado mientras el marido, bien sentado en su mesa, pide otra cerveza e ignora la momentánea crisis de su familia. terminado el vals nos presento: “muy buenas noches a todos, señoras y señores. somos la orquesta del tallink silja y esperamos que pasen una agradable velada con nosotros”. a menudo el encargado de sala, yuri, me recrimina que soy poco efusiva y que debería sonreír más. es un niñato de veinte años con acné hasta los codos. entró en el tallin hace apenas un año y se vanagloria de haber aumentado las ventas de cacahuetes en un tres por ciento desde que ocupa el cargo y de haberse follado a toda la plantilla de bailarinas de aladino. si no fuera porque me pasa los canutos bien cargados cuando finalizamos a las dos, ya le habría mandado a la jodida mierda. después del vals continuamos con elvis. es nuestro vano intento para congregar a alguien en la pista, que a falta de niños revoltosos, luce parqué rallado y poco más. los primeros atrevidos son los ancianos que todavía se creen jóvenes; pasas agrias y arrugadas que visten con colores chillones y discordantes y que por algún inexplicable motivo han decidido malgastar una noche en este maldito ferry cuando el mismo recorrido en avión se hace en una hora y cuesta la mitad de dinero. con el fin de sus días tan cercano y perdiendo tanto el tiempo. hay cosas que nunca comprenderé. se mueven torpemente, con la boca entre abierta y los ojos cerrados, abrazados los unos a los otros, dejando tras de sí un olorcillo a meado y podredumbre que se mete en la ropa y entre mi pelo y me acompaña hasta que salgo a la proa a fumar con yuri. tengo buena voz, lo sé, me lo han dicho desde pequeña, pero canto mal, para qué engañarnos. no me molesto en llegar a las notas, no me esfuerzo en memorizar las letras de las canciones, ni pongo cara de estar pasándolo bien. había una época en la que sí lo hacía, en la que incluso tocaba la pandereta y bajaba a la pista para bailar y acelerarle el pulso a algún viejo moribundo. después me di cuenta de que realmente daba igual lo que hiciera porque nadie nos prestaba atención. con un cd se lo hubieran pasado igual de bien, pero el maldito tallink silja, por su prestigio y porque queda bien en los folletos descoloridos de las agencias de viajes, necesita su propia orquesta, en vivo y en directo. esta noche tampoco ha sucedido nada excepcional.
quizá había menos público de lo normal o quizá es que me confundo con la noche de hace un par de semanas o un par de meses. hemos cantado las mismas canciones con el mismo entusiasmo y me he despedido con el mismo alivio de quien ha estado secuestrado durante años y de repente es liberado y puede saltar y correr y no siente limitaciones. yuri estaba fuera, con su smoking blanco y su placa dorada en la solapa que siempre se asegura de que este brillante y recta. sentado en uno de los bancos, con el ceño fruncido, aspiraba el porro medio consumido. le he preguntado qué le sucedía y me ha contado que estaba enfurruñado porque últimamente las consumiciones en el bar han estado bajando, aunque yo sospecho que sus motivos estaban más relacionados con la nueva croupier del casino tallink silja, una polaca rubia y tetona que les trae a todos de cabeza. me ha contado la nueva estrategia que ha pensado para aumentar las ventas, algo relacionado con un nuevo espectáculo con muchas bailarinas, enanos, malabarismos y nuevo repertorio musical, más acorde, simulando un cabaret parisino. a mí la idea me ha parecido más fúnebre que nuestra pobre orquesta y he pensado que el público estaría más agradecido si bajáramos los precios y dejáramos de idear descabellados planes sobre cómo inducirlos al coma etílico. él sin embargo estaba entusiasmado con su proyecto. movía las manos y los brazos teatralmente e incluso ha sacado una servilleta arrugada de su bolsillo y un minúsculo lápiz para esbozar un posible decorado que ya había idealizado en su mente. la ventisca ha hecho volar el papel y los dos hemos contemplado su precioso vuelo en silencio. a mí me ha parecido una hermosa premonición de lo que nos espera a todos los de este ferry, pero he callado para no malhumorar al pobre yuri, por el que cada día estoy cogiendo más aprecio a pesar de ser un pobre imbécil.
-en fin, - ha dicho – yo creo que esto podría funcionar.
-yo creo que también. deberías hablar con el jefe y proponérselo. seguro que le gustará.
-sí, tal vez lo haga.
-estupendo, yuri. estupendo.
-¿te estás burlando de mí?
-este porro, que rule, anda.
le ha dado una última calada y me lo ha pasado. después ha dicho que hacía demasiado frío y que entraba para ver si todavía pillaba a la polaca antes de que lo hiciera el camarero ucraniano del pub irlandés. me ha dado un beso en la mejilla, me ha deseado buenas noches y se ha marchado ilusionado. un pobre imbécil, ciertamente.
he terminado el porro rodeada de silencio y oscuridad. sin duda este es mi momento favorito de la noche. y del día; alejada de dentaduras postizas, cardados pasados de moda y los aborrecibles compases del dancing queen.
al levantarme para entrar e irme a dormir, he visto a un hombre mayor apoyado a la barandilla a pocos metros de distancia. si no hubiera estado tan inclinado hacia delante, probablemente no le hubiera mirado más tiempo de lo normal, pero me ha inquietado. él se ha dado cuenta y enseguida ha retrocedido.
-no te preocupes, no voy a tirarme. -me alegra saberlo, aunque es su vida. no la mía. -en eso tienes razón. si tuviera que matarme – ha proseguido - desde luego no sería de esta forma. imagino que escogería algo más íntimo, en mi casa, sin audiencia a la que entretener. siempre he pensado que en un mundo ideal, uno debería poder elegir la forma de morir. a mí por ejemplo, la idea de morir rodeado de gente me aterra. me parece incluso cobarde, puro exhibicionismo para que los familiares te lloren y aprovechen los últimos minutos para hacer confesiones que no tuvieron el valor de hacerte cuando todavía tenías fuerza para reprenderles y darles un par de collejas. -ya. – he contestado sin saber muy bien a qué venía semejante confesión. -¿tú eres la cantante de la orquesta, ¿no?
-eso me temo.
-sí, ya me lo ha parecido. te he visto un rato esta noche, aunque me he cansado de tus berridos. tienes buena voz, pero nada más.
podría haberme enfadado o haberle contestado que no se metiera en mis asuntos, pero en realidad estaba diciendo una gran verdad y en vez de marcharme, me he acercado todavía más.
-¿está usted de vacaciones? – le he preguntado.
-sí. mi hija vive en helsinki. hace dos años que no la veo.
-dos años es mucho tiempo…
-una hora puede ser mucho tiempo. cuando era pequeña a veces podía estar esperándome una hora fuera del colegio para que la recogiera. ella y su hermano. tenían siete y cinco años. cuando pienso en lo que les podría haber ocurrido… pero nunca sucedió nada y siempre sonreían cuando me veían aparecer. yo estaba cansado después de nueve o diez horas de trabajo y ellos corrían hacía mí, entusiasmados, contándome los dos a la vez qué les había sucedido ese día, con quien se habían pegado y porque les habían castigado. es algo que se me ha quedado grabado en la memoria y que recuerdo muchas veces, todavía hoy. ahora ella vive en helsinki, tiene ahí su vida. nos llamamos dos veces a la semana, pero apenas nos vemos. la echo de menos, pero está bien y es feliz. esto es lo importante.
el hombre se ha callado de repente y ha vuelto a inclinarse hacia delante. lo he imaginado con treinta años menos, alto y corpulento, lleno de energía, conduciendo un coche viejo y destartalado camino del colegio de sus hijos. he imaginado a los niños callados, muertos de frío y con mocos, esperando a su padre, reconociendo su coche y la bocina que les avisaba de su llegada. los he imaginado corriendo hacia él para conseguir el primer abrazo y luego continuar el viaje hasta su bonita casa en el campo, canturreando alguna canción o jugando a algún juego de niños aprendido en clase.
el viento ha dejado de soplar durante un rato y hemos pasado un par de faros situados en rocosos islotes deshabitados.
-bueno – ha dicho el hombre – creo que voy a intentar dormir un rato, aunque sé de sobras que no lo conseguiré. estoy nervioso, ¿sabes? a mi edad... nervioso para ver a mi hija. tampoco es que me importe mucho dormir o no dormir. ya tendré tiempo de hacerlo a la vuelta, o cuando muera. quizá coincidamos de nuevo a la vuelta. me gusta viajar en barco. es una buena forma de perder el tiempo conscientemente. estoy hablando tonterías, perdona. tienes buena voz, ya te lo he dicho. deberías hacer algo con ella.
el hombre se ha entrado y poco después lo he hecho yo. los pasillos estaban vacíos y no se escuchaba ni un solo ruido, a excepción de los motores. a lo lejos he visto a yuri con la muchacha del casino. caminaban hacia las habitaciones de los empleados, ella un poco mareada, como si se hubiera pasado con los chupitos. los dos sonreían. yuri la abrazaba por la cintura y ella se dejaba hacer. he pensado que tal vez mañana cuando lleguemos a helsinki me compre una pandereta nueva. no sé, ya veremos. todavía falta mucho para mañana.
quince años después no he conseguido nada de mi sueño adolescente y trabajo en el tallink silja. zarpamos en estocolmo a las cinco de la tarde y llegamos a helsinki a las diez de la mañana. al día siguiente hacemos el mismo recorrido pero en sentido contrario. y así día sí y día también. las aguas del mar báltico son oscuras y no invitan al baño, mi camerino es interior y sus paredes son de plástico fino y el barco es una versión cutre, casposa, reducida y flotante de lo que imagino deben ser las vegas. odio mi trabajo, odio la orquesta que me acompaña, su poco talento, sus chalecos con lentejuelas doradas, mis vestidos sin gracia, odio el salmón con patatas asadas y odio el público que baila sin seguir ningún ritmo.
nuestra actuación empieza a las diez de la noche, justo después de aladino, el musical. aladino es un espectáculo patético y bochornoso en el que las siete bailarinas de la obra apenas pueden mantenerse de puntillas sin perder el equilibrio. cuando el mar está bravo, ni lo intentan y se pasean por el escenario moviendo los velos y el culo con apatía y desdén. los padres, sin embargo, es cuando más lo disfrutan y ellas les saludan y ondean sus velos más alto y con menos gracia todavía. al terminar la función reciben un aplauso triste y apagado que ellas acogen con una sonrisa falsa e hipócrita y se retiran dejando un agradable vacío en el escenario. casi de inmediato, sin tiempo para que el público se largue a sus camerinos y deje de consumir cócteles aguados y cerveza con seis dedos de espuma, se abre de nuevo el telón y aparecemos nosotros: la orquesta del tallink silja. empezamos con algo suave; un vals o cualquier otra ñoñería. en los primeros minutos de nuestra actuación los únicos que ocupan la pista de baile son los niños que todavía no se han dado cuenta de que aladino ha terminado. o tal vez es que les da igual quién actúe, lo cual me parece lógico. los padres les animan a que bailen y monten jaleo y que, ni que sea por una noche, no les den mucho el coñazo. dan volteretas, se empujan, caen y lloran hasta que alguna madre sale a su socorro y les recrimina su falta de cuidado mientras el marido, bien sentado en su mesa, pide otra cerveza e ignora la momentánea crisis de su familia. terminado el vals nos presento: “muy buenas noches a todos, señoras y señores. somos la orquesta del tallink silja y esperamos que pasen una agradable velada con nosotros”. a menudo el encargado de sala, yuri, me recrimina que soy poco efusiva y que debería sonreír más. es un niñato de veinte años con acné hasta los codos. entró en el tallin hace apenas un año y se vanagloria de haber aumentado las ventas de cacahuetes en un tres por ciento desde que ocupa el cargo y de haberse follado a toda la plantilla de bailarinas de aladino. si no fuera porque me pasa los canutos bien cargados cuando finalizamos a las dos, ya le habría mandado a la jodida mierda. después del vals continuamos con elvis. es nuestro vano intento para congregar a alguien en la pista, que a falta de niños revoltosos, luce parqué rallado y poco más. los primeros atrevidos son los ancianos que todavía se creen jóvenes; pasas agrias y arrugadas que visten con colores chillones y discordantes y que por algún inexplicable motivo han decidido malgastar una noche en este maldito ferry cuando el mismo recorrido en avión se hace en una hora y cuesta la mitad de dinero. con el fin de sus días tan cercano y perdiendo tanto el tiempo. hay cosas que nunca comprenderé. se mueven torpemente, con la boca entre abierta y los ojos cerrados, abrazados los unos a los otros, dejando tras de sí un olorcillo a meado y podredumbre que se mete en la ropa y entre mi pelo y me acompaña hasta que salgo a la proa a fumar con yuri. tengo buena voz, lo sé, me lo han dicho desde pequeña, pero canto mal, para qué engañarnos. no me molesto en llegar a las notas, no me esfuerzo en memorizar las letras de las canciones, ni pongo cara de estar pasándolo bien. había una época en la que sí lo hacía, en la que incluso tocaba la pandereta y bajaba a la pista para bailar y acelerarle el pulso a algún viejo moribundo. después me di cuenta de que realmente daba igual lo que hiciera porque nadie nos prestaba atención. con un cd se lo hubieran pasado igual de bien, pero el maldito tallink silja, por su prestigio y porque queda bien en los folletos descoloridos de las agencias de viajes, necesita su propia orquesta, en vivo y en directo. esta noche tampoco ha sucedido nada excepcional.
quizá había menos público de lo normal o quizá es que me confundo con la noche de hace un par de semanas o un par de meses. hemos cantado las mismas canciones con el mismo entusiasmo y me he despedido con el mismo alivio de quien ha estado secuestrado durante años y de repente es liberado y puede saltar y correr y no siente limitaciones. yuri estaba fuera, con su smoking blanco y su placa dorada en la solapa que siempre se asegura de que este brillante y recta. sentado en uno de los bancos, con el ceño fruncido, aspiraba el porro medio consumido. le he preguntado qué le sucedía y me ha contado que estaba enfurruñado porque últimamente las consumiciones en el bar han estado bajando, aunque yo sospecho que sus motivos estaban más relacionados con la nueva croupier del casino tallink silja, una polaca rubia y tetona que les trae a todos de cabeza. me ha contado la nueva estrategia que ha pensado para aumentar las ventas, algo relacionado con un nuevo espectáculo con muchas bailarinas, enanos, malabarismos y nuevo repertorio musical, más acorde, simulando un cabaret parisino. a mí la idea me ha parecido más fúnebre que nuestra pobre orquesta y he pensado que el público estaría más agradecido si bajáramos los precios y dejáramos de idear descabellados planes sobre cómo inducirlos al coma etílico. él sin embargo estaba entusiasmado con su proyecto. movía las manos y los brazos teatralmente e incluso ha sacado una servilleta arrugada de su bolsillo y un minúsculo lápiz para esbozar un posible decorado que ya había idealizado en su mente. la ventisca ha hecho volar el papel y los dos hemos contemplado su precioso vuelo en silencio. a mí me ha parecido una hermosa premonición de lo que nos espera a todos los de este ferry, pero he callado para no malhumorar al pobre yuri, por el que cada día estoy cogiendo más aprecio a pesar de ser un pobre imbécil.
-en fin, - ha dicho – yo creo que esto podría funcionar.
-yo creo que también. deberías hablar con el jefe y proponérselo. seguro que le gustará.
-sí, tal vez lo haga.
-estupendo, yuri. estupendo.
-¿te estás burlando de mí?
-este porro, que rule, anda.
le ha dado una última calada y me lo ha pasado. después ha dicho que hacía demasiado frío y que entraba para ver si todavía pillaba a la polaca antes de que lo hiciera el camarero ucraniano del pub irlandés. me ha dado un beso en la mejilla, me ha deseado buenas noches y se ha marchado ilusionado. un pobre imbécil, ciertamente.
he terminado el porro rodeada de silencio y oscuridad. sin duda este es mi momento favorito de la noche. y del día; alejada de dentaduras postizas, cardados pasados de moda y los aborrecibles compases del dancing queen.
al levantarme para entrar e irme a dormir, he visto a un hombre mayor apoyado a la barandilla a pocos metros de distancia. si no hubiera estado tan inclinado hacia delante, probablemente no le hubiera mirado más tiempo de lo normal, pero me ha inquietado. él se ha dado cuenta y enseguida ha retrocedido.
-no te preocupes, no voy a tirarme. -me alegra saberlo, aunque es su vida. no la mía. -en eso tienes razón. si tuviera que matarme – ha proseguido - desde luego no sería de esta forma. imagino que escogería algo más íntimo, en mi casa, sin audiencia a la que entretener. siempre he pensado que en un mundo ideal, uno debería poder elegir la forma de morir. a mí por ejemplo, la idea de morir rodeado de gente me aterra. me parece incluso cobarde, puro exhibicionismo para que los familiares te lloren y aprovechen los últimos minutos para hacer confesiones que no tuvieron el valor de hacerte cuando todavía tenías fuerza para reprenderles y darles un par de collejas. -ya. – he contestado sin saber muy bien a qué venía semejante confesión. -¿tú eres la cantante de la orquesta, ¿no?
-eso me temo.
-sí, ya me lo ha parecido. te he visto un rato esta noche, aunque me he cansado de tus berridos. tienes buena voz, pero nada más.
podría haberme enfadado o haberle contestado que no se metiera en mis asuntos, pero en realidad estaba diciendo una gran verdad y en vez de marcharme, me he acercado todavía más.
-¿está usted de vacaciones? – le he preguntado.
-sí. mi hija vive en helsinki. hace dos años que no la veo.
-dos años es mucho tiempo…
-una hora puede ser mucho tiempo. cuando era pequeña a veces podía estar esperándome una hora fuera del colegio para que la recogiera. ella y su hermano. tenían siete y cinco años. cuando pienso en lo que les podría haber ocurrido… pero nunca sucedió nada y siempre sonreían cuando me veían aparecer. yo estaba cansado después de nueve o diez horas de trabajo y ellos corrían hacía mí, entusiasmados, contándome los dos a la vez qué les había sucedido ese día, con quien se habían pegado y porque les habían castigado. es algo que se me ha quedado grabado en la memoria y que recuerdo muchas veces, todavía hoy. ahora ella vive en helsinki, tiene ahí su vida. nos llamamos dos veces a la semana, pero apenas nos vemos. la echo de menos, pero está bien y es feliz. esto es lo importante.
el hombre se ha callado de repente y ha vuelto a inclinarse hacia delante. lo he imaginado con treinta años menos, alto y corpulento, lleno de energía, conduciendo un coche viejo y destartalado camino del colegio de sus hijos. he imaginado a los niños callados, muertos de frío y con mocos, esperando a su padre, reconociendo su coche y la bocina que les avisaba de su llegada. los he imaginado corriendo hacia él para conseguir el primer abrazo y luego continuar el viaje hasta su bonita casa en el campo, canturreando alguna canción o jugando a algún juego de niños aprendido en clase.
el viento ha dejado de soplar durante un rato y hemos pasado un par de faros situados en rocosos islotes deshabitados.
-bueno – ha dicho el hombre – creo que voy a intentar dormir un rato, aunque sé de sobras que no lo conseguiré. estoy nervioso, ¿sabes? a mi edad... nervioso para ver a mi hija. tampoco es que me importe mucho dormir o no dormir. ya tendré tiempo de hacerlo a la vuelta, o cuando muera. quizá coincidamos de nuevo a la vuelta. me gusta viajar en barco. es una buena forma de perder el tiempo conscientemente. estoy hablando tonterías, perdona. tienes buena voz, ya te lo he dicho. deberías hacer algo con ella.
el hombre se ha entrado y poco después lo he hecho yo. los pasillos estaban vacíos y no se escuchaba ni un solo ruido, a excepción de los motores. a lo lejos he visto a yuri con la muchacha del casino. caminaban hacia las habitaciones de los empleados, ella un poco mareada, como si se hubiera pasado con los chupitos. los dos sonreían. yuri la abrazaba por la cintura y ella se dejaba hacer. he pensado que tal vez mañana cuando lleguemos a helsinki me compre una pandereta nueva. no sé, ya veremos. todavía falta mucho para mañana.
09 septiembre 2011
síndrome de estocolmo
tulla y yo nos conocimos un invierno en el que hizo más frío de lo habitual. las temperaturas llegaron a cotas que hacía años que no alcanzaban y llegó incluso a nevar durante dos días seguidos, aunque ella llegaba a clase de literatura hispánica resoplando, acalorada y en manga corta. vivía en un verano constante y a menudo se burlaba de mí cuando salía de su cama, desnuda, y me vestía con rapidez, sin girar el jersey, temblando como una enferma crónica. me decía que cuando visitara su pueblo, ahí en noruega, sabría realmente lo que era el frío de verdad y que no conseguiría sobrevivir ni un minuto fuera de casa. al final, nunca lo pude comprobar por mí misma.
quedamos en el bar donde solíamos encontrarnos los viernes por la tarde, después de las clases. llevaba puesto el pañuelo turquesa que le había regalado hacía menos de una semana y por su cara supe que algo no iba bien. antes de que viniera el camarero a tomar nota, tulla ya había empezado ese monólogo conocido y típico de quien ha tomado una decisión definitiva y durante el camino ha memorizado las palabras menos hirientes. la escuché con la mirada en el suelo, sin mediar palabra. yo le gustaba mucho, era lista y guapa y divertida, pero no era el momento, no estaba preparada y notaba que había algo que fallaba entre nosotras dos y prefería dejarlo antes de que alguien saliera verdaderamente perjudicada. pude haber intentado convencerla y decirle era mejor arriesgarse y continuar, pero sabía que era una tontería, así que asentí, disimulando mis ganas de llorar, y cuando hubo terminado de hablar, pagué las bebidas, le desee suerte y ya no recuerdo mucho más. días después, un bienintencionado compañero me contó que la habían visto con otra.
-te lo digo para que espabiles. ya está bien de esta cara triste que arrastras día sí y otro también. al fin y al cabo, tampoco era para tanto, la chica. hay millones como ella y si no quiere estar contigo, pues ella se lo pierde. no era cierto. no era ella quien se lo perdía. y los dos lo sabíamos. era yo quien no la tenía al lado, ni la veía sonreír, ni escuchaba sus quejas porque había olvidado las llaves de casa, ni la observaba de reojo cuando estaba en la ducha. la echaba de menos. mucho. demasiado. a todas horas y en todos los rincones. me dolía respirar y pensar y moverme y la posibilidad de que estuviera viéndose con otra apenas me importaba porque ya no podía estar peor. me sumí en una tremenda desesperación y tristeza de la que creí que no saldría jamás. el médico me recetó unas pastillas que me dejaban medio tonta durante todo del día, pero yo lo agradecía enormemente. pasar el día en medio de una neblina gris y espesa, sin pensar, era mi mayor logro. dejé de asistir a las clases en las que coincidíamos, y después al resto, y acabé suspendiendo seis asignaturas. me dio igual. a pesar de mi desgracia, lo único que me hacía levantar de la cama, lavarme la cara y me mantenía con ciertas ganas de vivir era la esperanza de que algún día tuula llamaría a la puerta de mi habitación oscura y mal aireada y, con su peculiar acento noruego, reconocería que había cometido un error y confesaría que quería estar conmigo otra vez. en mi patético estado mental, nadie se atrevió a contarme que durante mi malsana reclusión ella había terminado su intercambio y había decidido volver a su noruega natal, con sus nieves y sus fríos. como un montón de chatarra inservible, regresé a las clases, intenté llevar una vida normal, aprobé las asignaturas, terminé los estudios, conseguí un trabajo mediocre y conocí a raquel. y después a mariana. y después a abi. y después ya no lo recuerdo. eran chicas agradables, lista y divertidas y con todas ellas fui yo quien aplicó el discurso que tuulla había usado conmigo y cada vez que lo hacía, cada vez que repetía su mensaje, me acordaba de sus dedos largos y finos acariciando los rizos de mi nuca, su piel pecosa y su bonita forma de pronunciar mi nombre. decidí dejar de conocer a gente, a pesar de la recomendación de mis amigos, que querían ver cierta recuperación en mi estado.
volví a encerrarme en casa y, en secreto, me dediqué a reconstruir con todo tipo de detalles algunos episodios que había vivido con tuulla, esta vez sin lágrimas ni rencor, pero con el mismo desasosiego. mentiría si dijera que con el tiempo empecé a olvidar, porque no fue así, pero sí aprendí a disimular y a edificar una rutina con la que los que me rodeaban se sentían cómodos y no me molestaban con sus preguntas ni sus consejos.
un día regresó. yo había llegado a casa tarde y cansada. los proyectos en el trabajo se acumulaban y solía hacer más horas extras que el resto de mis compañeros. abrí la puerta con la idea de tomar un baño y meterme en la cama. no me apetecía cocinar y terminé mordisqueando una tostada quemada delante del ordenador mientras esperaba que el agua llenara la bañera. hacía seis o siete días que no abría el correo. últimamente sólo recibía anuncios de viagra y esos estúpidos emails en cadena que siempre me habían parecido una solemne tontería. tuve que leer su nombre dos veces; tuulla. tuulla. había pasado más de un año y tal y como suponía las heridas que yo deseaba curadas, ardían de nuevo; no me acuerdo de si abrí el email inmediatamente o pasé dos horas contemplando su nombre y sintiendo una mezcla de euforia y pánico. tampoco me acuerdo de cuantas veces leí su escrito ni de las interpretaciones de conseguí darle, pero sí recuerdo que por primera vez en mucho tiempo, cuando terminé de leer la última frase, me sentía bien y que mi sonrisa, delante de una máquina, por primera vez en mucho tiempo, era verdadera. era un texto vacío, de esos que tanteaban con precaución, de esos que no contaban nada que no se pudiera intuir con un poco de imaginación y sentido común, de esos que guardaban las formas y evitaban alusiones al pasado: tuulla también había conseguido un trabajo que le daba para cubrir el alquiler, intentaba no perder lo que había aprendido de español yendo a una academia al lado de su casa, había nacido su primer sobrino y esperaba que yo estuviera bien. fui a por nuevas tiritas y vendas, cubrí poros, huecos, pliegues y arrugas de mi ya golpeado cuerpo y contesté de inmediato. escribí deprisa, juntando las palabras y sin apenas usar puntos ni comas. quería contarle millones de cosas, pero al leerlas, las borraba arrepentida. no quería avasallar. quizá fuera mejor mantener ese deje cortés y no adentrarme en un terreno dañino que conocía demasiado bien. terminé por redactar un escrito igual de anodino y neutral. ella respondió y yo respondí y ella volvió a responder y pasamos a un tono más cordial, y luego más íntimo y comencé a sonreír, delante de la máquina y fuera, en la calle. también comencé a abrir el correo con más impaciencia de lo habitual y a cronometrar los intervalos en los que no sabía de ella y a preocuparme por ellos, por si le había pasado algo, o por si yo había dicho algo que la hubiera molestado, o por si habría decidido cortar la comunicación de nuevo. fue ella quien, tres meses después, propuso de vernos y fui yo quien se acogió a esa propuesta como un niño a un caramelo. le propuse que viniera a casa. ella accedió y prometió que lo pasaríamos bien. los días previos fueron los más largos de mi vida; limpié, ordené, me mordí las uñas, pedí unos días de vacaciones en el trabajo, compré flores, me corté el pelo, compré ropa nueva y conté cada segundo de la espera. hablábamos a diario y programábamos lo que haríamos cuando estuviéramos juntas. ella quería visitar antiguos amigos y pasear y tomar el sol y beber cerveza en las terrazas y comer aceitunas y tortilla de patatas y yo quería pasar los días con ella, sólo con ella, sin nadie más que nos interrumpiera, ni nos contara su vida, ni sus problemas, pero callé y le aseguré que haríamos todo lo que quisiera.
fui a buscarla al aeropuerto, aunque ella insistió en que no era necesario. hacía un día espléndido y conducí muy despacio, obedeciendo todas las señales de tráfico y fumando un cigarrillo detrás de otro. temía que a última hora, en el último tramo, después de tanto tiempo de espera, tuviera un accidente y no pudiera ir a recogerla. me dio tiempo a pensar muchas otras catástrofes que podrían pasarme antes de que la puerta deslizante de las llegadas se abriera y la viera, arrastrando su maleta y sonriendo. en ese momento se disiparon todos mis absurdos temores y noté mi agotamiento corporal. estaba igual, tal y como la recordaba, quizá incluso más guapa, si es que esto era posible.
-por fin te veo – dijo ella. – estás hermosa. se nota que este tiempo sin mí te ha sentado bien.
-qué tonterías dices, tuulla.
-no, lo digo en serio. tendrás que contarme tu truco.
mi truco consistía en echarla de menos, pero agaché la cabeza y cogí su maleta.
de vuelta a casa nos atropellamos mutuamente con anécdotas que ya nos habíamos contado por email o por teléfono centenares de veces. reíamos nerviosas y aprovechábamos cualquier ocasión para rozar un brazo, una mejilla, un mechón de pelo con un disimulo forzado que abandonamos en el ascensor y los tres días que siguieron. sólo salimos de la habitación para bañarnos y cocinar. las vendas y las tiritas que había colocado con esmero se desprendieron y me sorprendí al descubrir un cuerpo curado de moratones y cicatrices, sano, joven y resplandeciente junto al suyo. pasamos horas rehaciendo los juegos de antes y compartiendo lo que habíamos aprendido con otras. tuulla, como siempre, como en todo, me llevaba ventaja y yo, dócil y mansa, la dejaba hacer. le gustaba, decía, ver cómo me estremecía y me mordía el labio hasta que se ponía de color morado. a partir de entonces, lo mordí con más fuerza aún.
las cosas empezaron a torcerse al cuarto día; con alarmante facilidad olvidé que tuulla tendía a hartarse de las cosas y de las personas con una asombrosa rapidez, sin previo aviso, sin ninguna explicación. lo que le había gustado un día no significaba que le gustara al segundo y yo nunca había sido una excepción. en la última noche había dormido apartada en un rincón de la cama, sin abrazarse a mí, ni tan siquiera besarme la espalda a media noche cuando se giraba. cuando despertó, mucho antes que yo, se duchó, se vistió deprisa y planeó un sinfín de actividades que incluían a otras personas, aparte de nosotras dos. observé un brillo especial en sus ojos al citar sus nombres y lo divertido que sería verlos y cambiar la rutina de los últimos días. comencé a empequeñecer y al salir a la calle ella pareció aliviada y yo en cambió sentí que me ahogaba y que necesitaba de nuevo mis pastillas. del resto del día sólo recuerdo la alegría de sus amigos al verla, los besos y abrazos que recibieron de ella, sus bromas y su risa estridente y las palabras que pronunció un par de veces cuando le preguntaron si volvería algún día, algo que yo no había sido capaz de preguntar.
-quién sabe - bromeaba – aquí se vive muy bien y ya sabéis que aquí tengo a personas muy especiales, que aprecio de verdad.
lo decía sin mirar a nadie, en general, todo el mundo podía darse cuenta, pero a mí me latía más fuerte el corazón y tuve que tomar un trago largo para atenuar mi excitación al imaginar que quizá, en breve, me sorprendería con la noticia de que se mudaba y de que viviríamos de nuevo en la misma ciudad. regresamos a casa en silencio. deseaba preguntarle. quería saber si había hablado en serio, si realmente quería volver y sobre todo, si yo tenía algo que ver, pero no tuve el valor. ella, además, había bebido demasiado y sabía que no era el momento para interrogarla con estos temas. al llegar se tumbó en el sofá esperando que su mareo remitiera y terminó quedándose dormida. descorché un botella de vino barato y bebí un poco más. me dolía la cabeza de tanto pensar y sabía que beber no era la mejor opción, pero no veía otra.
la desperté media hora después para que fuéramos a la cama, pero de mal humor contestó que prefería quedarse allí, sola. se dio la vuelta y me apartó la mano que, con cuidado, acariciaba su frente. los demonios que se habían esfumado en los últimos meses reaparecieron de golpe, fortalecidos y multiplicados por mil. tuulla jugaba y y se divertía sin advertir que con sus palabras y acciones yo me desesperaba y poco a poco me adentraba en ese pozo profundo que tan bien conocía. acabé la botella de vino, pero no dormí. deambulaba por la casa de habitación en habitación sin saber cómo organizar el millar de ideas que parecían brillantes, y que involucraban a las dos, y que al minuto siguiente eran nefastas y sabía que no funcionarían. ni los libros, ni la radio consiguieron darme un poco de tregua. tuulla aparecía y desparecía de mi vidad sin que yo tuviera el menor control. resistirse o abandonar, ya no tenía capacidad para diferenciar una de otra y ni tan siquiera me importaba. una marioneta sostenida por un deshilachado filamento, esa era yo.
abrí su maleta, olí su ropa y me la probé. me sobraba por todas partes y advertí que había perdido mucho peso y mis huesos sobresalían como si desearan escapar de la piel resquebrajada que les cubría. no les culpé. yo hubiera hecho lo mismo de haber podido. después doblé todo con cuidado y me senté delante de ella. recordé a mi compañero de clase diciéndome que no había para tanto y desee con fuerzas poder sentir del mismo modo, pero era imposible. para mi tuulla era todo. me concentré en respirar a su mismo ritmo, como si esto nos fuera a unir un poco más. bebí más vino y después corrí al baño a vomitar.
tuulla no me necesitaba para nada. nunca lo había hecho. daba igual si volvía a la ciudad o si se marchaba, o si reanudaba la comunicación o la abandonaba. yo no era nada pera ella. ahí estaba mi condena y mi castigo, totalmente ajena e indiferente, estirada en mi sofá, tranquila y borracha, soñando con otras. conseguí dormirme cuando el sol despuntaba, en el suelo pegajoso y manchado de vino, al lado de la botella vacía y entre los pedazos de papel de su billete de avión que en algún momento de la noche había roto; fue otro gesto inútil.
quedamos en el bar donde solíamos encontrarnos los viernes por la tarde, después de las clases. llevaba puesto el pañuelo turquesa que le había regalado hacía menos de una semana y por su cara supe que algo no iba bien. antes de que viniera el camarero a tomar nota, tulla ya había empezado ese monólogo conocido y típico de quien ha tomado una decisión definitiva y durante el camino ha memorizado las palabras menos hirientes. la escuché con la mirada en el suelo, sin mediar palabra. yo le gustaba mucho, era lista y guapa y divertida, pero no era el momento, no estaba preparada y notaba que había algo que fallaba entre nosotras dos y prefería dejarlo antes de que alguien saliera verdaderamente perjudicada. pude haber intentado convencerla y decirle era mejor arriesgarse y continuar, pero sabía que era una tontería, así que asentí, disimulando mis ganas de llorar, y cuando hubo terminado de hablar, pagué las bebidas, le desee suerte y ya no recuerdo mucho más. días después, un bienintencionado compañero me contó que la habían visto con otra.
-te lo digo para que espabiles. ya está bien de esta cara triste que arrastras día sí y otro también. al fin y al cabo, tampoco era para tanto, la chica. hay millones como ella y si no quiere estar contigo, pues ella se lo pierde. no era cierto. no era ella quien se lo perdía. y los dos lo sabíamos. era yo quien no la tenía al lado, ni la veía sonreír, ni escuchaba sus quejas porque había olvidado las llaves de casa, ni la observaba de reojo cuando estaba en la ducha. la echaba de menos. mucho. demasiado. a todas horas y en todos los rincones. me dolía respirar y pensar y moverme y la posibilidad de que estuviera viéndose con otra apenas me importaba porque ya no podía estar peor. me sumí en una tremenda desesperación y tristeza de la que creí que no saldría jamás. el médico me recetó unas pastillas que me dejaban medio tonta durante todo del día, pero yo lo agradecía enormemente. pasar el día en medio de una neblina gris y espesa, sin pensar, era mi mayor logro. dejé de asistir a las clases en las que coincidíamos, y después al resto, y acabé suspendiendo seis asignaturas. me dio igual. a pesar de mi desgracia, lo único que me hacía levantar de la cama, lavarme la cara y me mantenía con ciertas ganas de vivir era la esperanza de que algún día tuula llamaría a la puerta de mi habitación oscura y mal aireada y, con su peculiar acento noruego, reconocería que había cometido un error y confesaría que quería estar conmigo otra vez. en mi patético estado mental, nadie se atrevió a contarme que durante mi malsana reclusión ella había terminado su intercambio y había decidido volver a su noruega natal, con sus nieves y sus fríos. como un montón de chatarra inservible, regresé a las clases, intenté llevar una vida normal, aprobé las asignaturas, terminé los estudios, conseguí un trabajo mediocre y conocí a raquel. y después a mariana. y después a abi. y después ya no lo recuerdo. eran chicas agradables, lista y divertidas y con todas ellas fui yo quien aplicó el discurso que tuulla había usado conmigo y cada vez que lo hacía, cada vez que repetía su mensaje, me acordaba de sus dedos largos y finos acariciando los rizos de mi nuca, su piel pecosa y su bonita forma de pronunciar mi nombre. decidí dejar de conocer a gente, a pesar de la recomendación de mis amigos, que querían ver cierta recuperación en mi estado.
volví a encerrarme en casa y, en secreto, me dediqué a reconstruir con todo tipo de detalles algunos episodios que había vivido con tuulla, esta vez sin lágrimas ni rencor, pero con el mismo desasosiego. mentiría si dijera que con el tiempo empecé a olvidar, porque no fue así, pero sí aprendí a disimular y a edificar una rutina con la que los que me rodeaban se sentían cómodos y no me molestaban con sus preguntas ni sus consejos.
un día regresó. yo había llegado a casa tarde y cansada. los proyectos en el trabajo se acumulaban y solía hacer más horas extras que el resto de mis compañeros. abrí la puerta con la idea de tomar un baño y meterme en la cama. no me apetecía cocinar y terminé mordisqueando una tostada quemada delante del ordenador mientras esperaba que el agua llenara la bañera. hacía seis o siete días que no abría el correo. últimamente sólo recibía anuncios de viagra y esos estúpidos emails en cadena que siempre me habían parecido una solemne tontería. tuve que leer su nombre dos veces; tuulla. tuulla. había pasado más de un año y tal y como suponía las heridas que yo deseaba curadas, ardían de nuevo; no me acuerdo de si abrí el email inmediatamente o pasé dos horas contemplando su nombre y sintiendo una mezcla de euforia y pánico. tampoco me acuerdo de cuantas veces leí su escrito ni de las interpretaciones de conseguí darle, pero sí recuerdo que por primera vez en mucho tiempo, cuando terminé de leer la última frase, me sentía bien y que mi sonrisa, delante de una máquina, por primera vez en mucho tiempo, era verdadera. era un texto vacío, de esos que tanteaban con precaución, de esos que no contaban nada que no se pudiera intuir con un poco de imaginación y sentido común, de esos que guardaban las formas y evitaban alusiones al pasado: tuulla también había conseguido un trabajo que le daba para cubrir el alquiler, intentaba no perder lo que había aprendido de español yendo a una academia al lado de su casa, había nacido su primer sobrino y esperaba que yo estuviera bien. fui a por nuevas tiritas y vendas, cubrí poros, huecos, pliegues y arrugas de mi ya golpeado cuerpo y contesté de inmediato. escribí deprisa, juntando las palabras y sin apenas usar puntos ni comas. quería contarle millones de cosas, pero al leerlas, las borraba arrepentida. no quería avasallar. quizá fuera mejor mantener ese deje cortés y no adentrarme en un terreno dañino que conocía demasiado bien. terminé por redactar un escrito igual de anodino y neutral. ella respondió y yo respondí y ella volvió a responder y pasamos a un tono más cordial, y luego más íntimo y comencé a sonreír, delante de la máquina y fuera, en la calle. también comencé a abrir el correo con más impaciencia de lo habitual y a cronometrar los intervalos en los que no sabía de ella y a preocuparme por ellos, por si le había pasado algo, o por si yo había dicho algo que la hubiera molestado, o por si habría decidido cortar la comunicación de nuevo. fue ella quien, tres meses después, propuso de vernos y fui yo quien se acogió a esa propuesta como un niño a un caramelo. le propuse que viniera a casa. ella accedió y prometió que lo pasaríamos bien. los días previos fueron los más largos de mi vida; limpié, ordené, me mordí las uñas, pedí unos días de vacaciones en el trabajo, compré flores, me corté el pelo, compré ropa nueva y conté cada segundo de la espera. hablábamos a diario y programábamos lo que haríamos cuando estuviéramos juntas. ella quería visitar antiguos amigos y pasear y tomar el sol y beber cerveza en las terrazas y comer aceitunas y tortilla de patatas y yo quería pasar los días con ella, sólo con ella, sin nadie más que nos interrumpiera, ni nos contara su vida, ni sus problemas, pero callé y le aseguré que haríamos todo lo que quisiera.
fui a buscarla al aeropuerto, aunque ella insistió en que no era necesario. hacía un día espléndido y conducí muy despacio, obedeciendo todas las señales de tráfico y fumando un cigarrillo detrás de otro. temía que a última hora, en el último tramo, después de tanto tiempo de espera, tuviera un accidente y no pudiera ir a recogerla. me dio tiempo a pensar muchas otras catástrofes que podrían pasarme antes de que la puerta deslizante de las llegadas se abriera y la viera, arrastrando su maleta y sonriendo. en ese momento se disiparon todos mis absurdos temores y noté mi agotamiento corporal. estaba igual, tal y como la recordaba, quizá incluso más guapa, si es que esto era posible.
-por fin te veo – dijo ella. – estás hermosa. se nota que este tiempo sin mí te ha sentado bien.
-qué tonterías dices, tuulla.
-no, lo digo en serio. tendrás que contarme tu truco.
mi truco consistía en echarla de menos, pero agaché la cabeza y cogí su maleta.
de vuelta a casa nos atropellamos mutuamente con anécdotas que ya nos habíamos contado por email o por teléfono centenares de veces. reíamos nerviosas y aprovechábamos cualquier ocasión para rozar un brazo, una mejilla, un mechón de pelo con un disimulo forzado que abandonamos en el ascensor y los tres días que siguieron. sólo salimos de la habitación para bañarnos y cocinar. las vendas y las tiritas que había colocado con esmero se desprendieron y me sorprendí al descubrir un cuerpo curado de moratones y cicatrices, sano, joven y resplandeciente junto al suyo. pasamos horas rehaciendo los juegos de antes y compartiendo lo que habíamos aprendido con otras. tuulla, como siempre, como en todo, me llevaba ventaja y yo, dócil y mansa, la dejaba hacer. le gustaba, decía, ver cómo me estremecía y me mordía el labio hasta que se ponía de color morado. a partir de entonces, lo mordí con más fuerza aún.
las cosas empezaron a torcerse al cuarto día; con alarmante facilidad olvidé que tuulla tendía a hartarse de las cosas y de las personas con una asombrosa rapidez, sin previo aviso, sin ninguna explicación. lo que le había gustado un día no significaba que le gustara al segundo y yo nunca había sido una excepción. en la última noche había dormido apartada en un rincón de la cama, sin abrazarse a mí, ni tan siquiera besarme la espalda a media noche cuando se giraba. cuando despertó, mucho antes que yo, se duchó, se vistió deprisa y planeó un sinfín de actividades que incluían a otras personas, aparte de nosotras dos. observé un brillo especial en sus ojos al citar sus nombres y lo divertido que sería verlos y cambiar la rutina de los últimos días. comencé a empequeñecer y al salir a la calle ella pareció aliviada y yo en cambió sentí que me ahogaba y que necesitaba de nuevo mis pastillas. del resto del día sólo recuerdo la alegría de sus amigos al verla, los besos y abrazos que recibieron de ella, sus bromas y su risa estridente y las palabras que pronunció un par de veces cuando le preguntaron si volvería algún día, algo que yo no había sido capaz de preguntar.
-quién sabe - bromeaba – aquí se vive muy bien y ya sabéis que aquí tengo a personas muy especiales, que aprecio de verdad.
lo decía sin mirar a nadie, en general, todo el mundo podía darse cuenta, pero a mí me latía más fuerte el corazón y tuve que tomar un trago largo para atenuar mi excitación al imaginar que quizá, en breve, me sorprendería con la noticia de que se mudaba y de que viviríamos de nuevo en la misma ciudad. regresamos a casa en silencio. deseaba preguntarle. quería saber si había hablado en serio, si realmente quería volver y sobre todo, si yo tenía algo que ver, pero no tuve el valor. ella, además, había bebido demasiado y sabía que no era el momento para interrogarla con estos temas. al llegar se tumbó en el sofá esperando que su mareo remitiera y terminó quedándose dormida. descorché un botella de vino barato y bebí un poco más. me dolía la cabeza de tanto pensar y sabía que beber no era la mejor opción, pero no veía otra.
la desperté media hora después para que fuéramos a la cama, pero de mal humor contestó que prefería quedarse allí, sola. se dio la vuelta y me apartó la mano que, con cuidado, acariciaba su frente. los demonios que se habían esfumado en los últimos meses reaparecieron de golpe, fortalecidos y multiplicados por mil. tuulla jugaba y y se divertía sin advertir que con sus palabras y acciones yo me desesperaba y poco a poco me adentraba en ese pozo profundo que tan bien conocía. acabé la botella de vino, pero no dormí. deambulaba por la casa de habitación en habitación sin saber cómo organizar el millar de ideas que parecían brillantes, y que involucraban a las dos, y que al minuto siguiente eran nefastas y sabía que no funcionarían. ni los libros, ni la radio consiguieron darme un poco de tregua. tuulla aparecía y desparecía de mi vidad sin que yo tuviera el menor control. resistirse o abandonar, ya no tenía capacidad para diferenciar una de otra y ni tan siquiera me importaba. una marioneta sostenida por un deshilachado filamento, esa era yo.
abrí su maleta, olí su ropa y me la probé. me sobraba por todas partes y advertí que había perdido mucho peso y mis huesos sobresalían como si desearan escapar de la piel resquebrajada que les cubría. no les culpé. yo hubiera hecho lo mismo de haber podido. después doblé todo con cuidado y me senté delante de ella. recordé a mi compañero de clase diciéndome que no había para tanto y desee con fuerzas poder sentir del mismo modo, pero era imposible. para mi tuulla era todo. me concentré en respirar a su mismo ritmo, como si esto nos fuera a unir un poco más. bebí más vino y después corrí al baño a vomitar.
tuulla no me necesitaba para nada. nunca lo había hecho. daba igual si volvía a la ciudad o si se marchaba, o si reanudaba la comunicación o la abandonaba. yo no era nada pera ella. ahí estaba mi condena y mi castigo, totalmente ajena e indiferente, estirada en mi sofá, tranquila y borracha, soñando con otras. conseguí dormirme cuando el sol despuntaba, en el suelo pegajoso y manchado de vino, al lado de la botella vacía y entre los pedazos de papel de su billete de avión que en algún momento de la noche había roto; fue otro gesto inútil.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

