07 agosto 2011

de señores que no miden sus posiblidades

intentarlo está bien. probablemente sea una de las mejores cualidades del ser humano: intentar ser mejor persona, intentar dejar de fumar, intenar que no se queme el pastel en el horno. hemos llegado donde hemos llegado gracias a los intentos, con sus éxitos y sus fracasos, pero sobretodo, a probar. aunque luego está quien lleva esta práctica al extremo. tantear sin ton ni son, sin criterio alguno. y apreciados lectores/as, tan ejemplar es probar, como reconocer las propias limitaciones. y que conste que comprendo y acepto lo de la herencia genética de nuestros antepasados cazando mamuts y ese afán de sentirse el rey de la selva y bla bla bla, pero, !venga ya! incluso ellos sabían cuando era el momento de tirar la lanza y cuando la de retirarse a las cuevas y colorear paredes.

el gimnasio municipal al que voy y del que ya he hablado en alguna otra ocasión (gracias gimnasio municipal por ser fuente inagotable de tanta inspiración), tiene dos yacuzzis a repartir entre unos 40.000 socios. si uno desea beneficiarse de sus placeres sin compartirlo junto a 4.789 personas más, tiene dos opciones: comprarse uno e instalarlo en el salón de su casa o acudir al gimnasio cuando la mayoría están echando la siesta los sábados por la tarde. adivinen mi elección, teniendo en cuenta que mi salario neto mensual es irrisorio y que no soy muy de siestas.
ese sábado en particular uno de los yacuzzis estaba ocupado por un abuelillo adormilado. me faltaron segundos para meterme en el que seguía libre y dar gracias al señor-todo-poderoso por estos pequeños detalles que hacen que la vida sea extraordinaria y valga la pena vivirla. mientras metía el pie dentro del agua vi que el abuelo había despertado repentinamente y estaba observándome con inusitada atención. lo primero que pensé, lo prometo, fue que le recordaba a su nieta o a su difunta esposa. siempre tengo buenos pensamientos cuando se trata de personas de avanzada edad. una manía como otra cualquiera. luego metí el segundo pie. esos ojillos seguían clavados en mi nuca. apresuré un poco la inmersión y me sumergí en el batiburrillo de burbujas. !oh! dios-todo-poderoso si todavía no has decidido qué tipo de muerte asignarme, por favor te suplico que sea dentro de un yacuzzi. juro no pedirte mucho más en la vida. la mirada atenta
del abuelo no se había perdido detalle. lo ignoré por tercera vez. apoyé la cabeza en el bordillo, cerré los ojos y dejé que las burbujas hicieran lo suyo. creo que duré no más de cinco segundos. por curiosidad o sexto sentido, levanté la cabeza y allí seguía el hombrecillo, pendiente de mis movimientos, que no eran muchos, pero aún así, parecían fascinarle. empecé a sospechar que no le recordaba a nadie en concreto y que sería difícil relajarme bajo su insistente mirada. lo intenté de nuevo; apoyé la cabeza, cerré los ojos, me concentré en la respiración, pensé en nubes blancas y esponjosas, en ovejas saltando vallas, en el cosmos, en el infinito, el yo, el ying, el yang y... en el abuelo. nada. no había manera. ahí seguía el viejo, que ya no era abuelo, sino viejo. porque de la misma forma que hay una fina línea que separa el amor del odio, también la hay entre la bondad y el empezar-a-estar-un-poco-hasta-los-ovarios.
de acuerdo, pensé. jugaría a su mismo juego; si él miraba, yo haría lo propio. tenía la confianza que haciendo uso de mi mirada-aviso especial para casos extremos, entendería de buenas maneras que debía terminar con su plan, fuera el que fuera.
conseguimos estar de este modo no más de un par de segundos. el viejo era un profesional en estos temas, sabía jugar, tenía experiencia y no tardó en aprovechar la ocasión para pasar al nivel superior, que, como siempre, me pilló en bragas: !gestos! gestos que además dejaban muy poco lugar para la (a veces tan deseada) imaginación.
!ah! lo que prometía ser una laxa tarde de sábado se estaba conviertiendo en una película casera de porno blando septuegenario. y que cada uno asocie “blando” a lo que más le agrade.
cuando sacó la lengua y humedeció sus labios al tiempo que con un movimiento de cabeza que venía a ser una invitación para reunirme con él en su yacuzzi, no pude aguantar más y salté.
-señor, ¿qué problema tiene?

me maravillé al escuchar que de mi boca salía la palabra “señor” en semejante situación. lo acusé a los prolongados años de educación monjil e hice una nota mental para reprochárselo a mis progenitores algún día.

el viejo hizo caso omiso a la pregunta y siguió con su voluntariosa lengua y su sugerente invitación. quedaba claro su empeño y su tozudez. tal vez, me dije, había formulado mal la pregunta. él quería manoseo, refrotes, lametones, sexo, !carajo! hablar del reuma o el precio de la viagra o de cualquier otro problema que tuviese el hombrecillo era del todo inapropiado. cualquiera se hubiera podido dar cuenta. aunque t
ambién pensé en otra posibilidad: a su edad posiblemente estaba sordo y no había ni oído mi bien intencionada pregunta. qué tesitura: sordo y salido. !si hubiera conseguido un sí, tampoco se hubiera enterado!
con estas elucubraciones en mi cabeza no pude contener una carcajada. una sonora carcajada que casaba bien con ese par de personajes que se habían encontrado por casualidad una tarde de sábado, uno buscando paz sexual y la otra paz espiritual. mi indignación perdió toda la credibilidad y estaba a punto de marcharme a casa y buscar allí dicha paz, cuando por la puerta asomó una abuelilla de su misma edad, pero muchísimo más arrugada. le costaba tanto andar que creí que para cuando llegara a las escalerillas del yacuzzi, el viejo habría muerto y yo me habría arrugado como ella. a medio camino se paró y respiró con dificultad. estaba claro que ese esfuerzo le costaría la vida. me asusté; nunca había visto fallecer a nadie, así en directo y no creía estar preparada todavía. me miró y luego miró al viejo, que, momentaneamente, había perdido interés en mí y la observaba mosqueado. sus planes habían sido interrumpidos. quedó claro que esa no era su tarde. luego ella habló con una voz grave y tajante que retumbó por toda la sala:
-¿qué, tampoco hoy ha habido suerte, gregorio? 

andó un par de pasos cortos y volvió a pararse para terminar sus palabras. parecía que realizar ambas acciones al mismo tiempo estaba totalmente descartado. 
-hay que ver lo torpe qué eres. todavía no entiendo como pudiste engatusarme a mí.
gregorio se enderezó.
-yo tampoco lo entiendo.
no acabé de comprender a quién de las dos dedicaba eulalio esas ambiguas palabras. si se hubiera referido a mí, amablemente, le hubiera remitido al inicio de este texto (que no estaba escrito todavía, aunque esto es lo menos). pero también era probable que estuviera aludiendo a la abuela, que en esos momentos había alcanzado el yacuzzi donde yacía eulalio cabreado y, con la misma agilidad de sus andares, iniciaba los procedimintos para una lenta y fatigosa sumersión. a juzgar por sus rostros tensos, me dio la impresión que llevaban muchos años juntos y que el amor revoloteaba en el aire por allí por donde iban. telepáticamente, les deseé suerte a los dos y me marché con ganas de ajusticiar mi paz espiritual y mis dañados chakras.

02 agosto 2011

nos gustaba levantarnos después del mediodía y follar en los baños de los bares. al salir nos parecía que todos nos miraban, pero nos daba igual. siempre decías que algún día nos pillarían, pero no por eso dejamos de hacerlo. tus predicciones solían cumplirse. como cuando dijiste que conducía como una loca y no miraba y algún día tendría un susto y dos días después ese coche me embistió. tuvimos que tirar la bici y curaste mis rodillas ensangrentadas con alcohol y mercromina naranja. me escocía tanto que soplaste hasta marearte. esa noche follamos con cuidado, en el sofá y con la luz apagada. ahora tengo una cicatriz alargada y blanquecina en la rodilla derecha. a veces si la presiono fuerte con el dedo todavía noto algo que no sé si es dolor o cosquilleo. mi mala memoria te sacaba de quicio y te asustaba mi buena predisposición para olvidar las cosas importantes. por eso me recordabas a menudo que sería yo quien encontraría a otro; porque no me acordaría de que estaba contigo. creo que incluso nos jugamos algo. te gustaba fantasear con terceros. lo hacía todo menos trágico para el día que sucediera realmente.

hoy he estado mirando fotos de nosotros. en casi todas sonreímos pero tú pareces mayor y yo triste. los dos sabíamos que los esfuerzos estaban siendo colosales y no nos quedaban ni ganas ni energías. habíamos quemado toda la pólvora. las hicimos esa tarde que fuimos al campo, se puso a llover y perdimos el tren de vuelta a casa. esperamos una hora para el siguiente en una estación gris y vacía. caminaste por las vías, incluso te tumbaste en ellas un rato esperando que yo me inquietara. pero no dije nada y te molestó. cuando llegamos a casa, cansados y en silencio, había salido de nuevo el sol pero las sábanas que habíamos dejado fuera estaban empapadas y manchadas de barro. como nuestro día en el campo. tomaste un baño sin mí y te fuiste a la cama a leer ese libro que te había regalado dos días antes. te gustó, dijiste al terminarlo y escribiste la fecha en la primera hoja: 2 de agosto. tu letra pequeña y nítida, casi en cursiva. tus ojos grandes y claros. el café cargado y el olor a tabaco en la cocina. las revistas de cómics y las últimas noches fingiendo dormir.

tenías razón: tenía mala memoria para lo imporante y te relegué a detalles. detalles de los que no consigo desatarme.