07 julio 2011

viaje de negocios

en esos años tenía un trabajo en el que pasaba más horas en el avión, taxis, habitaciones de hotel y despachos ajenos que en mi propia casa. no me importaba en absoluto. me gustaba lo que hacía y me pagaban bien por ello. tal vez lo que peor llevaba eran los desajustes horarios, pero era joven y me adaptaba a los pocos días. 
la mayoría de viajes se traducían en pasar la mitad del tiempo en oficinas con el aire acondicionado demasiado alto, rodeado de orientales con muchas ganas de hacer dinero y la otra mitad en el hotel, vaciando la nevera de la habitación, respondiendo emails y preparando informes y cotizaciones para otras reuniones planificadas para el día siguiente. esa era mi rutina y a ella me ceñía. mi primer viaje después de mi primer ascenso en la compañía fue a hong kong. había estado varias veces antes, aunque lo único que había visto de la ciudad eran las vistas desde las ventanillas de los taxis que me llevaban de un lado para otro, y muchas veces ni esto, puesto que aprovechaba las horas de viaje para ultimar detalles de las visitas a los clientes. 

tras ocho días encerrado, sin haber visto el sol, decidí que necesitaba salir a dar una vuelta y respirar el húmedo aire del puerto de victoria. hacía una noche fresca, pero la mayoría de chicas habían optado por vestir con faldas cortas y blusas transparentes. caí en la cuenta de que en mi país todavía faltaban un par de meses para ver de nuevo escotes y piernas al descubierto y reafirmé mi teoría de que en los últimos tiempos había estado demasiado metido en el trabajo. caminé un rato a lo largo del paseo, hasta que encontré un bar occidental suficientemente bullicioso y repleto de gente como para pasar desapercibido y tomar un par de copas cargadas antes de irme a dormir. me senté en la barra, intentando ignorar el alboroto que armaban un grupo de australianos que, a juzgar por sus disfraces de superhéroes y trogloditas, celebraban la despedida de soltero de uno de ellos. observé que no había ni un solo oriental en el local y supuse que ellos tenían sus propios sitios a los que acudir cuando querían divertirse, alejados de los borrachos occidentales que después de dos copas, se volvían pesados e insoportables.
la camarera me sirvió un whisky con hielo y le faltaron segundos para acercarse con descaro y entablar la típica conversación de dos personas en un país extranjero: qué me parecía hong kong, si había estado antes, qué me dedicaba, si estaba casado y en qué hotel me hospedaba. imaginé que las dos últimas eran realmente las que le interesaban de verdad y no dudé en dejárselas bien claras. me invitó a un segundo whisky que bebí despacio y esperé a que terminara su turno de noche. volvimos al hotel por el mismo camino. me contó que se llamaba faye y que tenía veintidós años. era guapa, pero su afán para impresionarme me parecía excesivo. al fin y al cabo los dos sabíamos a lo que íbamos y a mí me daba igual si era modelo o profesora de historia. pensé que quizá el hecho de que yo fuera doce años mayor que ella, le hacía sentirse insegura, pero descarté la idea una vez llegamos al ascensor y sin tener tiempo a pulsar la planta, se acercó y me besó. tenía los labios carnosos, suaves, y dulces, como su lengua, que cálida y húmeda buscó la mía con ansia y rapidez al tiempo que sus manos frías buscaban con prisa y ganas la cremallera de mis pantalones. al llegar a la habitación faye me empujó hacia la cama y se quedó de pie, delante de mí. en la penumbra, intuí sus piernas interminables y bien torneadas, sus caderas anchas, su cintura delgada y sus pechos abundantes moviéndose arriba y abajo, al ritmo de su respiración acelerada. sonreía traviesa y mordisqueaba su labio inferior mientras muy lentamente bajaba la cremallera de su vestido verde ajustado y lo dejaba caer al suelo, asegurándose de que todos sus movimientos, lentos y sensuales, acrecentaban mi deseo. luego, con unas minúsculas bragas negras que dejaban al descubiertos unas nalgas rotundas, un sujetador fino por el que adiviné sus pezones pequeños y rosados y sus tacones altos, todavía puestos, se acercó, se sentó encima de mí con cuidado y desabrochó poco a poco los botones de mi camisa. cada botón era una como un pequeño latigazo de placer y espera consentida. su culo perfecto comenzó a restregarse sobre mi sexo abultado, de forma imperceptible al principio, con más urgencia poco después y sólo cuando consiguió desprenderse de la camisa, tumbó su cuerpo bronceado y grácil encima del mío y me besó. tenía la piel suave y cálida. con una de mis manos recorrí su espalda, desde la nuca hasta el inicio de sus bragas, desabroché su sujetador y noté el contacto de sus pechos suaves con los míos. ella deslizó su mano hacia el interior de mis calzoncillos y comenzó a acariciar mi polla con suavidad hasta que no pude aguantar más y me di la vuelta. ella quedó tendida en el colchón. sonrío, cerró sus ojos, extendió los brazos a lo largo de la cama, flexionó las rodillas y separó sus piernas. tenía un cuerpo perfecto y lo sabía. arqueó la espalda, ofreciéndome sus pechos bien perfilados que lamí, besé y mordisquee hasta que sus suspiros se convirtieron en ruegos de que me la follara. me deshice de mis pantalones y mis calzoncillos apremiante, le bajé las bragas hasta los tobillos y busqué su sexo tibio, húmedo y salado con mi lengua. ella, con la cabeza echada hacia atrás, gimió y me agarró el pelo con fuerza. separó sus piernas todavía más y levantó la pelvis. con mis manos agarrando su culo, mi lengua lamió sus pliegues, sus formas, sus flujos, sus rincones y sus súplicas mudas hasta que a los pocos segundos escuché un entrecortado “joder” y noté un ligero temblor en todo su cuerpo, imperceptible casi, una breve descarga eléctrica que le hizo poner los ojos en blanco, entreabrir su boca y finalmente soltar mi pelo y dejar reposar su cabeza en la almohada. poco a poco su respiración volvió a la normalidad. yo sentía los latidos de mi corazón en la polla que, erecta y enorme, buscó de nuevo su sexo, ahora inundado de saliva y fluido y la embistió, primero poco a poco, tanteando, saboreando sus gemidos y sus gestos, después, con brusquedad, sintiendo cómo mi excitación aumentaba en cada embiste, deseando vaciarme y caer rendido, exhausto, calmado, encima de su cuerpo sudado. 

al día siguiente, sin embargo, las reuniones se alargaron tontamente. los chinos no se ponían de acuerdo entre ellos y no había forma de cerrar los tratos. cuando llegué al hotel eran casi las diez de la noche, y aunque quería salir un rato, no me apetecía ir al bar de faye y lidiar con más bullicio ni más fiestas de despedidas de solteros, así que esta vez cambié de ruta y me adentré en las callejuelas más oscuras y menos transitadas de la ciudad. di con un restaurante chino, cuya puerta de cristal estaba repleta de fotografías descoloridas de los platos que servían. me acordé de que ese día apenas había probado bocado y decidí entrar. empujé la puerta y noté el pomo pegajoso y húmedo. el local era pequeño y estaba iluminado sólo por un par de luces redondas con papel amarillento. en el mostrador, un viejo ajetreado sin ganas de perder el tiempo, servía los platos con pasmosa rapidez y falta de amabilidad. había dos filas de mesas alargadas ocupadas por hombres de todas las edades que apenas levantaban sus cabezas de los humeantes cuencos. reinaba un silencio extraordinario, interrumpido de vez en cuando por los sorbos a la sopa de algún comensal y la voz del viejo dando órdenes a la cocinera, una anciana que se movía ágilmente por entre los fogones. después de unos minutos de confusión en los que el viejo insistió en que me quedara un plato que no había pedido, me senté en uno de los taburetes de al lado la ventana. en los siguientes diez minutos, que fue el tiempo que tardé en comer mi plato de fideos con verduras, me enamoré fugazmente de cuatro chinas y una occidental que habían pasado por delante del restaurante. 
-¿le importa si me siento aquí? – me dijo un chico con un acento inglés casi perfecto. 
-no, claro – le contesté. 
y aparté mi chaqueta para que pudiera sentarse. 
-gracias, muy amable. 
-no hay de qué. 
-¿negocios? 
-sí. 
-lo imaginé, aunque me despistó al principio. los occidentales no suelen entrar en este tipo de sitios. 
-hay que probar de todo. 
nos reímos los dos. calculé que tendría la misma edad que faye, tal vez unos años más. los chinos se conservan mucho mejor que los occidentales. es cosa de la soja, dicen, aunque yo sospecho que tiene que ser algo más. vestía con un traje negro de armani y unos zapatos de piel que le habrían costado como mínimo seiscientos dólares. era extremadamente delgado y algo más alto que el resto de sus compatriotas. hablaba deprisa y bajito, como si no deseara que nadie más se enterara de nuestra conversación y cuando sonreía, cosa que hacía a menudo, dejaba entrever una dentadura blanca y perfecta. a pesar de no haber sentido nunca ningún deseo homosexual, me sentí halagado de compartir mesa con semejante tipo y parecía que él también estaba cómodo conmigo. hablamos de todo y de nada en general y cuando terminamos de comer preguntó si tenía prisa para volver al hotel. le dije que tenía que terminar unos asuntos y él insistió. me dejé convencer sin demasiada resistencia. me gustaba ese muchacho, aunque no sabría decir exactamente por qué. me llevó a un bar que quedaba cerca y en el que de nuevo los occidentales se hacían notar. después fuimos a otro y a otro más y dejé de preocuparme de quién estaba en ellos. ya todos me parecían iguales. en todos los lugares a los que íbamos mi acompañante se topaba con amigos y conocidos que se interesaban por él y nos invitaban a copas. 
a las cinco de la mañana, cuando el sol despuntaba por entre los rascacielos y la ciudad empezaba a prepararse para lo que prometía ser otro día de compras, negocios, regateos, copias falsas y pésimo tráfico, sugirió un último local. estaba demasiado borracho como para poder decidir y cuando quise darme cuenta estaba dentro de un taxi que nos alejaba del centro de hong kong a toda velocidad. 
los suburbios de hong kong son más desangelados que el resto de suburbios de otras grandes ciudades en las que he estado. sus edificios interminablemente altos y grises le convierten a uno en un ridículo e ínfimo punto. allí no hay tiendas, ni mercados, ni parques, ni un solo árbol. sólo hay gente durmiendo en minúsculos habitáculos y edificios infinitos que desafían la ley de la gravedad. siempre pienso que si la ciudad sufriera un terremoto de intensidad alta, provocaría una auténtica catástrofe de muertes y desolación. de momento han tenido suerte, pero no me gustaría tentarla mucho más. 

conducimos media hora o más hasta que mi joven acompañante hizo parar el taxi delante de lo que parecía un gran almacén donde una docena de camiones esperaban su carga matutina. bajamos del vehículo que se alejó rápido y caminamos hacia la entrada. el vigilante despegó los ojos de una televisión donde echaban una película de artes marciales, nos saludó con cara soñolienta y volvió a la pantalla. cruzamos la nave y bajamos hasta el sótano en un ascensor destartalado y mugriento que parecía que iba a detenerse a medio camino de un momento a otro. a mi amigo se le habían terminado las ganas de hablar desde hacía un rato y no quise importunarle con un interrogatorio de persona desconfiada que empezaba a preguntarse porque no estaba en su mullida cama de hotel acompañado de faye, o cualquier otra. el ascensor se detuvo, abrió sus puertas y tardé unos segundos en acostumbrar mis ojos a la penumbra del local. cuando conseguí habituarme, reconozco que me sorprendí. hice un barrido rápido bajo la atenta mirada del chino, que a mi lado, ahora sonreía con cierta arrogancia. gordos sudorosos jugando al póquer con cantidades descomunales de billetes de quinientos dólares americanos encima de la mesa, humo espeso, hedor a meado, tres o cuatro chicas escuálidas alrededor de otra mesa cubierta de montoncitos de cocaína, sillas rotas, risas estridentes, alfombras roídas, gimoteos, un grupo de hombres bien vestidos sentados en el suelo con los ojos en blanco y al fondo, debajo de un foco rojo parpadeante, sobre un colchón manchado de sangre, tres tíos con máscaras de látex follándose unos a otros y otros dos, apartados, masturbándose mientras disfrutaban de las vistas. 
-disfruta de esta fiesta – anunció él, poniendo especial énfasis en la palabra “ésta”. 
desapareció detrás de unas cortinas de bambú que tintinearon a su paso justo cuando una de las chicas vomitaba un líquido viscoso y rosado encima del sofá. nadie le prestó la más mínima atención, ni ella misma, que permaneció inmóvil, ligeramente agachada y con los párpados entreabiertos. me fui hacia donde estaban ellas y me senté a su lado. a fin de cuentas siempre me ha interesado más la carne femenina, aunque en este caso, dudaba de si sería o no legal. luego recapacité y pensé que probablemente nada allí era legal y que no debía preocuparme por este tipo de nimiedades. me sentía mareado pero cogí uno de los cigarros espolvoreado en polvo blanco que yacían esparcidos encima de la mesa. había dejado de fumar hacía doce años, pero pensé que la ocasión bien merecía un cigarrillo. en la primera calada sentí ganas de toser, pero en la segunda rememoré el placer del humo penetrando por la garganta, saturando mis pulmones limpios y sanados. una de las chicas, la que parecía más joven, al verme toser se levantó y vino hacia mí tambaleante. apoyó su pequeña mano en mi rodilla y quitó el cigarrillo de mi boca. 
-no deberías fumar. es malo para la salud. 
quise explicarle que en realidad lo había dejado hacía tiempo, pero por su expresión entendí que realmente le importaba una mierda si fumaba o moría fulminado por un rayo allí mismo. a continuación se arrodilló enfrente de la mesa y con un dedo húmedo recogió un poco de coca y lo lamió como si fuera un helado de chocolate. por su edad, le pegaba más el helado, sin duda. las otras dos la imitaron y un poco después también lo hice yo. así pasamos unos minutos, tal vez horas, sumidos en un cómodo silencio, fumando, lamiendo y esnifando, cada uno absorto en algún episodio peculiar y extravagante que transcurría en esa particular sala. poco después una de ellas, la misma que me había cogido el cigarrillo, se levantó de nuevo y con más decisión que la vez anterior, cogió mi mano y me pidió que la siguiera. me costó levantarme, pero ella me estiró con ganas y no me soltó. ella conocía el camino mucho mejor que yo y me llevó hasta un baño apartado, más sucio que el resto del local.
-¿qué te apetece hacer ahora? – preguntó cuando se hubo asegurado de que el pestillo de la puerta estaba bien cerrado y nos permitía algo de intimidad. 

me fijé bien en ella y decidí que era realmente guapa, mucho más que faye, aunque a esas horas su maquillaje necesitaba un par de retoques y tenía unas ojeras bien marcadas. me pregunté cuántas horas llevaba ahí metida, sin ver la luz del día. 
-¿cómo te llamas? – pregunté. 
-¿quieres hablar? ¿realmente eso es lo que quiere hacer? – se burló ella. 
-no, no quiero hablar. 
y era cierto. no quería hablar. 
-¿qué quieres hacer entonces? 
-¿qué propones tú? 
comenzó a desabrocharse la blusa. había algo que sí me apetecía hacer. ella sonreía y se acercó buscando mis labios. noté su aliento cálido y sus manos frías buscando la cremallera de mis pantalones. la dejé hacer mientras yo cerraba mi puño y lo apretaba con fuerza. con violencia y rabia lo apunté hacia su cara angelical y la golpeé una, dos, siete, trece veces. se derrumbó en el suelo y me recordó a un gorrión que, aprendiendo a volar, cae del árbol y, desprotegido y débil, está a una nefasta pisada de expirar. me sorprendió que no gritara, ni gimotease, ni tan siquiera intentara defenderse. la sangre empezó a teñir las baldosas blancas, su bonito vestido y sus delicadas manos que, torpemente, trataban de parar la hemorragia de la nariz o del labio o de la brecha en la frente. demasiada sangre para poder precisar. le di una patada en el vientre y antes de salir la vi, por fin, retorcerse de dolor y retroceder hacia un rincón para evitar más coces. aparté el pestillo y abrí la puerta. tal y como imaginé, nadie ahí fuera estaba pendiente de mí; la partida de cartas seguía su curso, el resto de niñas seguían lamiendo de la mesa, en el colchón manchado había un par de nuevos enmascarados que se habían unido a la orgía y mi joven amigo chino, apoyado en la pared fumando con parsimonia disfrutando de la fiesta. al verme se acercó y preguntó cómo lo estaba pasando. contesté que bien pero que era tarde y que ahora así, debía irme. respondió que me llamaría a un taxi. 
-estos barrios no son seguros para un extranjero como tú y quiero que llegues al hotel sano y salvo. 
asentí, apretamos nuestras manos y me marché. era un buen tipo, sin duda. 

05 julio 2011

Han pasado los años y me he instalado en el retraimiento. Vivo como ese pequeño país autárquico que ponían de ejemplo en los colegios, soy Albania. Mi medio natural es sobrio, retazos de llanuras insalubres, mesetas desiguales y un complejo de motañas abruptas. En mi república se practica la autarquía de repligue: producir para autoabastecerse y permanecer inmodificado, al abrigo de influencia extranjeras. Porque habitar con los otros es la guerra y me destruye, he preferido rodearme de una difusa constelación afectiva. Sus luces están lejos y aunque apenas iluminan, también me dañan poco. Vivo casi a oscuras. Vivo en mi casa breve de lecho breve y breves visitas al exterior. Y no puedo ilusionarme, porque soy un escéptico.

La escala de los mapas, Belén Gopegui

01 julio 2011

óleo sobre tela

miró su imagen reflejada en el cristal del escaparate. solía hacerlo a menudo, muchas veces sin darse cuenta, pero esta vez algo le llamó la atención. reconoció el pequeño cuadro al instante y durante unos breves segundos intentó entender qué hacía ella allí, en el cuadro. dentro del cuadro. de ese cuadro. no tardó en atar cabos. parecía que por fin las cosas le iban bien a alguien. sin dudarlo ni un segundo, empujó la pesada puerta de la galería y entró nerviosa. era una sala pequeña y con poca luz. las paredes blancas y la falta de mobiliario la hacían un poco más grande y fría. un foco iluminaba cada obra pero no reparó en el resto y fue directa a ese pequeño cuadro que conocía tan bien. j. lo había pintado hacía seis años, en el estudio, un verano especialmente caluroso. empezaban por la tarde, después de acostarse juntos, dormir la siesta y ducharse con agua helada. ella se quedaba tumbada en la cama y posaba según las instrucciones de j. él sacaba los óleos, los pinceles y las telas y se sumía en un silencio que sólo interrumpía con algún “mierda” cuando el boceto no tenía nada que ver con lo que pretendían sus intenciones. durante las sesiones había muchos “mierda” y al final solían acabar revolcados de nuevo y olvidándose de las pinturas hasta el día siguiente. j. nunca se tomó muy en serio su afición y a ella le reventaba, no porque considerara que no tenía talento, que lo tenía, sino porque esa parecía ser su actitud ante la vida: no tomarse nada en serio. a menudo se preguntaba si ella estaba también en el mismo saco. incluso ahora, seis años después, delante de la familiar tela, no hubiera podido asegurar si j. la había tomado alguna vez en serio durante todo el tiempo en el que duró su relación.
-no te muevas, por favor – le dijo esa tarde. 
-me canso. 
-pues lee. sólo estás quieta cuando lees.
-da igual si leo o no porque no lo terminarás. nunca lo haces. nunca terminas nada – contestó de malas formas. 
se arrepintió de inmediato de haber pronunciado esas inoportunas palabras, pero ya era demasiado tarde para arreglarlo. j. se levantó de la silla, la miró decepcionado y golpeó la mesa. el vaso donde estaban los pinceles sucios cayó al suelo y el agua mezclada con los óleos y el aguarrás formó un hilillo verdoso y escurridizo entre las juntas de la cerámica. 
-quizá tengas razón. nunca termino nada pero tampoco es que pueda contar mucho contigo ni con tu apoyo. 
se vistió con la camisa manchada de ocre y azul y se marchó. a veces no entendía cómo podía meter tanto la pata. esperaba que a su vuelta pudiera disculparse, olvidar el asunto y tener más cuidado la próxima vez. 
se levantó de la cama y sintió el agua templada en la planta de los pies, ahora también coloreados. fue hacia donde estaba el caballete y lo observó extasiada. probablemente era lo más bonito que j. había pintado desde que se conocían. contempló el cuadro más de una hora y cuanto más lo miraba más le gustaba. una chica, ella, desnuda, con el pelo enmarañado tapándole la mitad de la cara, un libro abierto apoyado en su pecho moreno y las sábanas claras y revueltas alrededor de sus piernas largas. no había más y sin embargo parecía expresarlo todo entre ellos dos. era una auténtica obra de arte y deseó que j. volviera pronto para abrazarle y pedirle que continuara y que prometía no moverse y quedarse bien quieta para facilitar su maravilloso trabajo. 
esa noche j. no volvió al estudio y cuatro días después acabó el cuadro, aunque ella no lo supo porque j. también decidió terminar su relación. 
-es precioso. ¿no te parece? 
a su lado, una pareja joven observaba la misma pieza. 
-sí, es bonito. es um… no sé… tiene algo. no sabría decir qué, pero me encanta. 
-¿pone el precio? 
el chico se puso las gafas y avanzó unos pasos para leer el pequeño rótulo informativo. ella lo miró también y vio el nombre de j. impreso en letra minúscula. sintió un nudo en la garganta y tragó saliva, a pesar de tener la boca seca. 
-550.
imaginó la cara de j. al recibir ese dinero. él, que hacía malabarismos para llegar a fin de mes y compraba vino barato para las noches del viernes. -comprémoslo. 
él, que se tomaba su pintura como un mero pasatiempo insignificante. 
-¿lo dices en serio? 
él, que nunca terminaba nada. 
-sí, muy en serio. 

cogidos de la mano, la pareja se alejó para buscar al responsable de la galería y comunicarle su intención de compra. los tres se acercaron al cuadro y hablaron unos minutos sobre la técnica, los colores, la luz y el artista, un joven desconocido que sin duda llegaría muy lejos, aseguró el hombre de la galería, pero ella sólo escuchaba un confuso murmullo de fondo, voces anónimas y desconocidas. al rato dejó de escucharlo. la pareja se alejó y el encargado de la galería, un hombre bien vestido y canoso, pasó por su lado silenciosamente. justo debajo del cuadro, pegado a la pared, colocó un pequeño y llamativo adhesivo circular de color rojo. 
vendido.