Han pasado los años y me he instalado en el retraimiento. Vivo como ese pequeño país autárquico que ponían de ejemplo en los colegios, soy Albania. Mi medio natural es sobrio, retazos de llanuras insalubres, mesetas desiguales y un complejo de motañas abruptas. En mi república se practica la autarquía de repligue: producir para autoabastecerse y permanecer inmodificado, al abrigo de influencia extranjeras. Porque habitar con los otros es la guerra y me destruye, he preferido rodearme de una difusa constelación afectiva. Sus luces están lejos y aunque apenas iluminan, también me dañan poco. Vivo casi a oscuras. Vivo en mi casa breve de lecho breve y breves visitas al exterior. Y no puedo ilusionarme, porque soy un escéptico.
La escala de los mapas, Belén Gopegui
05 julio 2011
01 julio 2011
óleo sobre tela
miró su imagen reflejada en el cristal del escaparate. solía hacerlo a menudo, muchas veces sin darse cuenta, pero esta vez algo le llamó la atención. reconoció el pequeño cuadro al instante y durante unos breves segundos intentó entender qué hacía ella allí, en el cuadro. dentro del cuadro. de ese cuadro. no tardó en atar cabos. parecía que por fin las cosas le iban bien a alguien.
sin dudarlo ni un segundo, empujó la pesada puerta de la galería y entró nerviosa. era una sala pequeña y con poca luz. las paredes blancas y la falta de mobiliario la hacían un poco más grande y fría. un foco iluminaba cada obra pero no reparó en el resto y fue directa a ese pequeño cuadro que conocía tan bien. j. lo había pintado hacía seis años, en el estudio, un verano especialmente caluroso. empezaban por la tarde, después de acostarse juntos, dormir la siesta y ducharse con agua helada. ella se quedaba tumbada en la cama y posaba según las instrucciones de j. él sacaba los óleos, los pinceles y las telas y se sumía en un silencio que sólo interrumpía con algún “mierda” cuando el boceto no tenía nada que ver con lo que pretendían sus intenciones. durante las sesiones había muchos “mierda” y al final solían acabar revolcados de nuevo y olvidándose de las pinturas hasta el día siguiente. j. nunca se tomó muy en serio su afición y a ella le reventaba, no porque considerara que no tenía talento, que lo tenía, sino porque esa parecía ser su actitud ante la vida: no tomarse nada en serio. a menudo se preguntaba si ella estaba también en el mismo saco. incluso ahora, seis años después, delante de la familiar tela, no hubiera podido asegurar si j. la había tomado alguna vez en serio durante todo el tiempo en el que duró su relación.
-no te muevas, por favor – le dijo esa tarde.
-me canso.
-pues lee. sólo estás quieta cuando lees.
-da igual si leo o no porque no lo terminarás. nunca lo haces. nunca terminas nada – contestó de malas formas.
se arrepintió de inmediato de haber pronunciado esas inoportunas palabras, pero ya era demasiado tarde para arreglarlo. j. se levantó de la silla, la miró decepcionado y golpeó la mesa. el vaso donde estaban los pinceles sucios cayó al suelo y el agua mezclada con los óleos y el aguarrás formó un hilillo verdoso y escurridizo entre las juntas de la cerámica.
-quizá tengas razón. nunca termino nada pero tampoco es que pueda contar mucho contigo ni con tu apoyo.
se vistió con la camisa manchada de ocre y azul y se marchó. a veces no entendía cómo podía meter tanto la pata. esperaba que a su vuelta pudiera disculparse, olvidar el asunto y tener más cuidado la próxima vez.
se levantó de la cama y sintió el agua templada en la planta de los pies, ahora también coloreados. fue hacia donde estaba el caballete y lo observó extasiada. probablemente era lo más bonito que j. había pintado desde que se conocían. contempló el cuadro más de una hora y cuanto más lo miraba más le gustaba. una chica, ella, desnuda, con el pelo enmarañado tapándole la mitad de la cara, un libro abierto apoyado en su pecho moreno y las sábanas claras y revueltas alrededor de sus piernas largas. no había más y sin embargo parecía expresarlo todo entre ellos dos. era una auténtica obra de arte y deseó que j. volviera pronto para abrazarle y pedirle que continuara y que prometía no moverse y quedarse bien quieta para facilitar su maravilloso trabajo.
esa noche j. no volvió al estudio y cuatro días después acabó el cuadro, aunque ella no lo supo porque j. también decidió terminar su relación.
-es precioso. ¿no te parece?
a su lado, una pareja joven observaba la misma pieza.
-sí, es bonito. es um… no sé… tiene algo. no sabría decir qué, pero me encanta.
-¿pone el precio?
el chico se puso las gafas y avanzó unos pasos para leer el pequeño rótulo informativo. ella lo miró también y vio el nombre de j. impreso en letra minúscula. sintió un nudo en la garganta y tragó saliva, a pesar de tener la boca seca.
-550.
imaginó la cara de j. al recibir ese dinero. él, que hacía malabarismos para llegar a fin de mes y compraba vino barato para las noches del viernes. -comprémoslo.
él, que se tomaba su pintura como un mero pasatiempo insignificante.
-¿lo dices en serio?
él, que nunca terminaba nada.
-sí, muy en serio.
cogidos de la mano, la pareja se alejó para buscar al responsable de la galería y comunicarle su intención de compra. los tres se acercaron al cuadro y hablaron unos minutos sobre la técnica, los colores, la luz y el artista, un joven desconocido que sin duda llegaría muy lejos, aseguró el hombre de la galería, pero ella sólo escuchaba un confuso murmullo de fondo, voces anónimas y desconocidas. al rato dejó de escucharlo. la pareja se alejó y el encargado de la galería, un hombre bien vestido y canoso, pasó por su lado silenciosamente. justo debajo del cuadro, pegado a la pared, colocó un pequeño y llamativo adhesivo circular de color rojo.
vendido.
-no te muevas, por favor – le dijo esa tarde.
-me canso.
-pues lee. sólo estás quieta cuando lees.
-da igual si leo o no porque no lo terminarás. nunca lo haces. nunca terminas nada – contestó de malas formas.
se arrepintió de inmediato de haber pronunciado esas inoportunas palabras, pero ya era demasiado tarde para arreglarlo. j. se levantó de la silla, la miró decepcionado y golpeó la mesa. el vaso donde estaban los pinceles sucios cayó al suelo y el agua mezclada con los óleos y el aguarrás formó un hilillo verdoso y escurridizo entre las juntas de la cerámica.
-quizá tengas razón. nunca termino nada pero tampoco es que pueda contar mucho contigo ni con tu apoyo.
se vistió con la camisa manchada de ocre y azul y se marchó. a veces no entendía cómo podía meter tanto la pata. esperaba que a su vuelta pudiera disculparse, olvidar el asunto y tener más cuidado la próxima vez.
se levantó de la cama y sintió el agua templada en la planta de los pies, ahora también coloreados. fue hacia donde estaba el caballete y lo observó extasiada. probablemente era lo más bonito que j. había pintado desde que se conocían. contempló el cuadro más de una hora y cuanto más lo miraba más le gustaba. una chica, ella, desnuda, con el pelo enmarañado tapándole la mitad de la cara, un libro abierto apoyado en su pecho moreno y las sábanas claras y revueltas alrededor de sus piernas largas. no había más y sin embargo parecía expresarlo todo entre ellos dos. era una auténtica obra de arte y deseó que j. volviera pronto para abrazarle y pedirle que continuara y que prometía no moverse y quedarse bien quieta para facilitar su maravilloso trabajo.
esa noche j. no volvió al estudio y cuatro días después acabó el cuadro, aunque ella no lo supo porque j. también decidió terminar su relación.
-es precioso. ¿no te parece?
a su lado, una pareja joven observaba la misma pieza.
-sí, es bonito. es um… no sé… tiene algo. no sabría decir qué, pero me encanta.
-¿pone el precio?
el chico se puso las gafas y avanzó unos pasos para leer el pequeño rótulo informativo. ella lo miró también y vio el nombre de j. impreso en letra minúscula. sintió un nudo en la garganta y tragó saliva, a pesar de tener la boca seca.
-550.
imaginó la cara de j. al recibir ese dinero. él, que hacía malabarismos para llegar a fin de mes y compraba vino barato para las noches del viernes. -comprémoslo.
él, que se tomaba su pintura como un mero pasatiempo insignificante.
-¿lo dices en serio?
él, que nunca terminaba nada.
-sí, muy en serio.
cogidos de la mano, la pareja se alejó para buscar al responsable de la galería y comunicarle su intención de compra. los tres se acercaron al cuadro y hablaron unos minutos sobre la técnica, los colores, la luz y el artista, un joven desconocido que sin duda llegaría muy lejos, aseguró el hombre de la galería, pero ella sólo escuchaba un confuso murmullo de fondo, voces anónimas y desconocidas. al rato dejó de escucharlo. la pareja se alejó y el encargado de la galería, un hombre bien vestido y canoso, pasó por su lado silenciosamente. justo debajo del cuadro, pegado a la pared, colocó un pequeño y llamativo adhesivo circular de color rojo.
vendido.
28 junio 2011
mi padre pidió un crédito al banco para que pudiera marcharme a parís. en mi maleta había pan y fotos de la familia. tardé menos de una hora en empaquetar todo lo que necesitaba y pesaba tan poco que uno habría dicho que estaría fuera un par de días. quizá al final sería así.
estábamos nerviosos y compartíamos cigarrillos esperando a nos pusiérmos en marcha. esta vez 132 hombres y ninguna mujer. tuve tiempo de contarlos un par de veces.
- en francia todo es posible. - repetían.
- yo quiero ser barbero. me han dicho que está muy bien pagado. - decía el chico que estaba a mi lado. me imaginé sus manos callosas recortando la barba de algún parisino bien vestido mientras los dos hablaban del tiempo o de sus ciudades natales o de lo bien que se vivía en esa parte del mundo. también me vino el recuerdo de cuando era pequeño y temía las tormentas. solía esconderme debajo de la cama de mis padres cuando los truenos retumbaban y hacían temblar los cristales de las ventanas. aterrorizado, buscaba a mi madre por la casa y ella se reía de mí. canturreaba para tranquilizarme y casi siempre lo conseguía.
la barca se balanceaba y crujía debajo de nuestros pies. esa noche el mar estaba manso y oscuro. el patrón dijo que no se esperaban tormentas y todos le creímos con una repentina fe ciega. hubiera deseado que alguien canturreara, pero sólo se escuchaban las debilitadas olas morir en la orilla, los rezos y ese angustioso silencio.
estábamos nerviosos y compartíamos cigarrillos esperando a nos pusiérmos en marcha. esta vez 132 hombres y ninguna mujer. tuve tiempo de contarlos un par de veces.
- en francia todo es posible. - repetían.
- yo quiero ser barbero. me han dicho que está muy bien pagado. - decía el chico que estaba a mi lado. me imaginé sus manos callosas recortando la barba de algún parisino bien vestido mientras los dos hablaban del tiempo o de sus ciudades natales o de lo bien que se vivía en esa parte del mundo. también me vino el recuerdo de cuando era pequeño y temía las tormentas. solía esconderme debajo de la cama de mis padres cuando los truenos retumbaban y hacían temblar los cristales de las ventanas. aterrorizado, buscaba a mi madre por la casa y ella se reía de mí. canturreaba para tranquilizarme y casi siempre lo conseguía.
la barca se balanceaba y crujía debajo de nuestros pies. esa noche el mar estaba manso y oscuro. el patrón dijo que no se esperaban tormentas y todos le creímos con una repentina fe ciega. hubiera deseado que alguien canturreara, pero sólo se escuchaban las debilitadas olas morir en la orilla, los rezos y ese angustioso silencio.
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