06 junio 2011

confesiones mínimas

el comedor es un recinto pequeño, sin ventanas, de techo bajo y con las mesas y las sillas de plástico blanco. hay tres neveras y cuatro microondas alineados sobre una estantería mal colgada que amenaza con caerse en cualquier momento. encima del segundo empezando por la derecha está el tablón de anuncios donde el sindicato cuelga con chichetas de colores las últimas notícias, pocas veces alentadoras. una docena de fluorescentes iluminan la sala y una pequeña televisión, apagada la mayoría de veces, cuelga de una de las paredes. es un comedor idóneo para no pasar mucho tiempo en él, especialmente entre dos y tres del mediodía, cuando, además, los olores de comidas pre calentadas se mezclan con las conversaciones de las mesas y el ruido de las sillas al ser arrastradas. está situado en el sótano. a medida que uno va subiendo de plantas, los accesorios, el dorado y las maderas nobles van en aumento. en la quinta, donde está presidencia, se dice que los despachos son de cincuenta metros cuadrados y los muebles se hicieron artesanalmente. ni bea ni manuela podrían asegurarlo con certeza. ellas trabajan en la segunda planta y sólo se mudan a la hora de comer, al sótano.

empezaron a trabajar en la empresa el mismo día, hacía poco más de un año. bea en el departamento de cobros y manuela en el de exportación. el hecho de ser nuevas y de bajar a comer en el primer turno, que era cuando más calma había, creó un vínculo entre ellas difícil de definir. al principio se saludaban con cordialidad y se sentaban en mesas diferentes para no molestar. comían en silencio y se despedían hasta el día siguiente. durante el resto de día, apenas se cruzaban por los pasillos y si lo hacían intercambiaban un educado hola acompañado de una tímida sonrisa. pero comer solo era aburrido y manuela, que tenía más facilidad para relacionarse y tomar la iniciativa, decidió un día sentarse al lado de su compañera. hablaron de la empresa y de sus respectivos trabajos. al día siguiente repitieron. con cierto asombro descubrieron que a las dos les gustaba la tarta de whisky y las novelas de crímenes y que las dos se encontraban en ese especial limbo de la vida de mujeres cuarentonas sin marido ni hijos. esto último las unió más que su afición a la tarta de whisky. ahora cuando se cruzaban en el pasillo, se paraban y se explayaban con anécdotas triviales que no podían esperar a la hora de comer, e incluso se llamaban por teléfono los lunes a primera hora para saber cómo había ido el fin de semana. sin embargo mantenían las distancias en algunos temas por temor o desconfianza. si por ejemplo bea aparecía a trabajar con los ojos rojos y los párpados hinchados, manuela se guardaba mucho de preguntar. o si manuela pillaba a bea en el pasillo hablando por el móvil con una bobalicona sonrisa, hacía como que no se había dado cuenta. al fin y al cabo, eran sólo compañeras de trabajo con algunas cosas en común.

hoy bea ha traído albóndigas. las preparó el sábado, mientras escuchaba ese programa de radio en el que otros contaban sus penas y miserias y un experto en algo les escuchaba y ofrecía soluciones inútiles. el domingo se dedicó a pintar el salón de su casa. baja la primera al comedor y pone la mesa con cubiertos, vasos y servilletas de papel. manuela aparece poco después y elogia la pinta de las albóndigas. también se fija en los restos de pintura en las manos de bea.
-te ha tocado pintar, ¿eh?
bea se mira las manos y asiente.
-pues qué faena. yo no sabría ni por donde empezar. a mí es que todos estos temas de bricolage se me dan fatal y además este fin de semana me quedé con mis dos sobrinos. fuimos al zoo y luego al cine...
manuela cuenta con detalle el día que pasó con sus sobrinos y bea escucha. a veces desconecta porque manuela puede ser un poco pesada cuando habla de sus sobrinos. cuando parece que ha terminado, le toca el turno a ella.
-pues yo, ya ves, de pintora de brocha gorda todo el domingo. !hay que ver lo que cansa esto de pintar! pero bueno, me abrí un par de cervezas para hacerlo más llevadero y entre esto y el olor a pintura acabé tumbada en el sofá bien mareada. si es que ya no estoy para estos trotes.
bea se ríe de sí misma la recordar las vueltas que daba la habitación, pero a manuela no parece haberle hecho gracia.
-tengo un amigo que empezó como tú, ¿sabes? - la cara de bea reclama alguna explicación más que manuela no tarda en proporcionar – una cerveza al mediodía, dos, tres, un whisky por la tarde, cuatro, ocho... al final dejamos de visitarle porque era insoportable. acabó mal. pobre chico. hubiera podido llegar lejos, pero... yo nunca bebo en mi casa, y mucho menos si estoy sola.
bea contestaría que es una exagerada, y ya de paso, una aguafiestas. se promete a sí misma ajustarse a temas laborales a partir de ahora. calla y mira la última albóndiga, justo en el centro del plato, nadando entre salsa de tomate frito y cebolla troceada. se hace un silencio sólo interrumpido por la señora de la limpieza que entra en el comedor para reponer las servilletas de papel.
manuela se siente satisfecha de haber advertido a su amiga de los peligros que corre si sigue con sus hábitos, pero sobretodo, se siente con el deber de corresponderla con alguna intimidad ahora que parece que se ha abierto el coto de revelaciones. durante unos minutos, siguen comiendo sin mediar palabra.
-algunas veces - dice, esperando que su compañera levante la mirada del plato - cuando estoy esperando el metro, por las mañanas o por las tardes, justo antes de que pase, tengo ganas de tirarme a las vías.

aliviada y nerviosa manuela busca los ojos de bea. una reacción. un comentario. una palmadita en la espalda. bea pincha la última albóndiga con el tenedor de la empresa y se la lleva a la boca. mastica lentamente hasta que la pelota de carne se convierte en una masa pastosa y sin sabor. sigue creyendo que hay detalles que no deberían contarse a una compañera de trabajo.

03 junio 2011



















Y así fue como empecé a ocultar mis placeres, y cuando llegué a la edad de la reflexión y comencé a mirar a mi alrededor, y a considerar mis progresos y mi posición en el mundo, me encontré ya entregado a una vida de profunda duplicidad.

El extraño caso del Dr Jekyll y Mr. Hyde, R. L. Stevenson

01 junio 2011

era una tarde fría y lluviosa.

el escritor leyó de nuevo la frase y la borró. eran las típicas palabras por las cuales dejaría de leer cualquier novela. y sin embargo de las dos horas que llevaba sentado, con los dedos pegados al teclado y la mirada fija en el folio digital en blanco, lo mejor que había escrito. reescribió la frase.

era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana.

bueno, al menos había acertado con el nombre. bartolomé apuntaba maneras. era un nombre de peso. un nombre digno de una persona importante, que hacía cosas. el escritor pensó qué tipo de cosas podría hacer bartolomé y no se le ocurrió ninguna. aún así tenía bien claro que sería un tipo grande, calvo y de edad avanzada.

era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana. don bartolomé era un hombre corpulento y de poco pelo que a sus setenta años

a sus setenta años, ¿qué? ¿había asesinado a alguien? ¿había pasado un buen día? ¿había terminado de pagar su hipoteca?

era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana. don bartolomé era un hombre corpulento y de poco pelo que a sus setenta años todavía disfrutaba viendo la lluvia caer.

sí, mucho mejor esto que matar a alguien en la tercera línea de ese libro que ahora sí, parecía ir tomando forma. los asesinatos debían esperar como mínimo hasta el segundo capítulo. el escritor se imaginó en el segundo capítulo y sonrió ufano por sus logros. se levantó un poco nervioso y dio unos pasos hacia ninguna parte en concreto. pensó en bartolomé y en la lluvia. podría crear una especie de metafora entre ambos o podría utilizar la lluvia como paralelismo a su estado de ánimo. había una palabra para eso, pero ahora que estaba centrado en la historia no quería perder el tiempo buscando el dichoso término. se sentía eufórico por las miles de ideas que de pronto se amontonaban en su cabeza. !hacía tiempo que había esperado este momento! tendría que acabar de perfilar quién era bartolomé, qué haría durante las siguientes trescientas páginas y qué final escogería para sus acciones, pero de momento no quiso preocuparse por estos detalles sin importancia. estaba convencido, ahora sí, que bartolomé cambiaría el rumbo de la literatura y él, humilde principiante, sería estudiado en las universidades y traducido a miles de idiomas.
el escritor volvió a la mesa y se sentó. no debía desaprovechar ni un minuto más. con los dedos encima del teclado, leyó las cuatro líneas. las leyó por segunda vez y frunció la frente. retiró las manos del teclado y cruzó los brazos a la altura del pecho. era indudable que lo escrito hasta ahora, y que le había ocupado las dos últimas horas, era una auténtica mierda. ese vacío de nuevo al notar que las brillantes ideas que habían aparecido de repente, se reían de él y se desvanecían con descaro. borró las líneas con una mezcla de rabia y pesadumbre. delante de él, el familiar folio en blanco y el parpadeante cursor, retándole.

era una soleada mañana de junio.