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Y así fue como empecé a ocultar mis placeres, y cuando llegué a la edad de la reflexión y comencé a mirar a mi alrededor, y a considerar mis progresos y mi posición en el mundo, me encontré ya entregado a una vida de profunda duplicidad.
El extraño caso del Dr Jekyll y Mr. Hyde, R. L. Stevenson
era una tarde fría y lluviosa.
el escritor leyó de nuevo la frase y la borró. eran las típicas palabras por las cuales dejaría de leer cualquier novela. y sin embargo de las dos horas que llevaba sentado, con los dedos pegados al teclado y la mirada fija en el folio digital en blanco, lo mejor que había escrito. reescribió la frase.
era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana.
bueno, al menos había acertado con el nombre. bartolomé apuntaba maneras. era un nombre de peso. un nombre digno de una persona importante, que hacía cosas. el escritor pensó qué tipo de cosas podría hacer bartolomé y no se le ocurrió ninguna. aún así tenía bien claro que sería un tipo grande, calvo y de edad avanzada.
era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana. don bartolomé era un hombre corpulento y de poco pelo que a sus setenta años
a sus setenta años, ¿qué? ¿había asesinado a alguien? ¿había pasado un buen día? ¿había terminado de pagar su hipoteca?
era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana. don bartolomé era un hombre corpulento y de poco pelo que a sus setenta años todavía disfrutaba viendo la lluvia caer.
sí, mucho mejor esto que matar a alguien en la tercera línea de ese libro que ahora sí, parecía ir tomando forma. los asesinatos debían esperar como mínimo hasta el segundo capítulo. el escritor se imaginó en el segundo capítulo y sonrió ufano por sus logros. se levantó un poco nervioso y dio unos pasos hacia ninguna parte en concreto. pensó en bartolomé y en la lluvia. podría crear una especie de metafora entre ambos o podría utilizar la lluvia como paralelismo a su estado de ánimo. había una palabra para eso, pero ahora que estaba centrado en la historia no quería perder el tiempo buscando el dichoso término. se sentía eufórico por las miles de ideas que de pronto se amontonaban en su cabeza. !hacía tiempo que había esperado este momento! tendría que acabar de perfilar quién era bartolomé, qué haría durante las siguientes trescientas páginas y qué final escogería para sus acciones, pero de momento no quiso preocuparse por estos detalles sin importancia. estaba convencido, ahora sí, que bartolomé cambiaría el rumbo de la literatura y él, humilde principiante, sería estudiado en las universidades y traducido a miles de idiomas.
el escritor volvió a la mesa y se sentó. no debía desaprovechar ni un minuto más. con los dedos encima del teclado, leyó las cuatro líneas. las leyó por segunda vez y frunció la frente. retiró las manos del teclado y cruzó los brazos a la altura del pecho. era indudable que lo escrito hasta ahora, y que le había ocupado las dos últimas horas, era una auténtica mierda. ese vacío de nuevo al notar que las brillantes ideas que habían aparecido de repente, se reían de él y se desvanecían con descaro. borró las líneas con una mezcla de rabia y pesadumbre. delante de él, el familiar folio en blanco y el parpadeante cursor, retándole.
era una soleada mañana de junio.
** aviso para todos aquellos/as que alguna vez fantasearon con estos espacios y muchas suecas ligeras de ropa, esto no va por ahí.
a mi no me gusta ir al gimnasio. gracias a dios (o a alá, que también es grande y misericordioso) mi culo tiene unas dimensiones aceptables y, de momento, no me veo en la necesidad de modificarlo. aun así acudo al gimnasio semanalmente. más que por las máquinas, las pesas y la cinta deslizante, es por la sauna, el yacuzzi y los chicos con abdominales. y por el vestuario femenino; en ninguna otra parte he aprendido tanto del sentido de la vida, de cómo preparar una buena paella con un presupuesto de cinco euros y de cómo ponerse un tampax sin tener que abrirse de piernas.
después de muchas horas de estudio y muchas notas visuales y auditivas, ahí va un listado de su fauna y flora:
1 - las abuelas. esas señoras que rebosan sabiduría y mala leche si no sigues las instrucciones establecidas con precisión alemana. esas señoras que tampoco ven con buenos ojos los tatuajes, la falta de peso, las nueras en general o los pubis totalmente rasurados. dichas señoras tampoco reprimirán las ganas de informar al resto del vestuario sobre sus opiniones personales: “mira a ésta como va vestida”, “el reuma me está matando” o “mi marido es un estorbo, a ver si se muere de una vez”. ellas saben de todo y entienden de todo. contestar a cualquier de estas u otras observaciones desemboca irremediablemente a una conversación en la cual sólo opinará ella. con decir sí o no de vez en cuando, en función de su opinión, se quedará como una “chica la mar de agradable, oye”. las abuelas no tienen ningún reparo en exponer su vida al público de la misma forma que no sienten ningún pudor para exponer su cuerpo a la vista de todas. sus pliegues colgantes o su rubensiana obesidad pueden impactar al principio, pero ei, todos acabaremos así algún día, así que menos manías y más dosis de realidad pura y dura. por suerte, la próxima vez que te vea y debido a su avanzado estado de pérdida de memoria, no recordará tu cara, pero por si acaso siempre se pueden coger los bártulos y trasladarse a otra taquilla. cruel.
2 – las buenorras. !ah! no hay nada como una tía buena pavoneándose por los vestuarios para mascar la tensión en el ambiente: miradas de reojo, codazos disimulados, indignación, recelo y envidia, mucha envidia. las tías buenas han nacido para despertar en el resto estos sanos sentimientos y ellas no pueden remediarlo. al fin y al cabo, si tus pechos llegan al suelo o tu rubio oxigenado no está a la altura de sus mechas naturales, no es su problema. las tias buenas, al igual que las abuelas, se dejan ver y realizan todos sus movimientos a cámara lenta con la diferencia que ellas lo hacen para que el público no se pierda detalle de su perfección. alguna incluso, estoy segura, estaría dispuesta a firmar autografos o a regalar su tanga (usado o no) a la valiente que se lo pidiera. es una lástima que luego, después de cuarenta minutos de exhibición gratuita empiecen a vestirse por los calcetines blancos del carrefour y pierdan todo el sex-appeal. mal; nunca se empieza por los calcetines, chicas.
3 – las pre adolescentes. son fácilmente reconocibles. suelen ir tapadas con tres o cuatro toallas y hacen malabarismos para que sus partes íntimas queden resguardadas de la vista. se ruborizan al ver a una tía buena desnuda, a una abuela desnuda o a la mismísima pantera rosa desnuda. (por cierto, qué grande es la pantera rosa! en versión bollería industrial, también). el momento ducha es realmente traumático para las pre adolescentes, por no mencionar la acción de enjabonarse. ¿tocarse delante del resto? !oh, mon dieu!. si las duchas tienen pocas mamparas, lo cual es algo habitual en los deportivos de cuota mensual baja, las pre adolescentes pueden esperar horas, repito, horas, para que el vestuario se vacíe y luego ducharse batiendo sus propios récords y salir con el pelo a medio aclarar. no importa, cumplieron su cometido. pre adolescentes del mundo: !relax, crecer y desarrollarse es bueno! (hasta que las ovulaciones, los partos y la menopausia os demuestren lo contrario).
4 – las pijas. sus cremas hidratantes cuestan más que el salario anual de cualquier currante medio, sus uñas de porcelana están más cuidadas que su propio hijo y ese conjunto de ropa interior que llevan, sí, ese, está sacado del catálogo de victoria secrets, edición deluxe. y sí, acertaste de nuevo, lo usan para sudar en la cinta del gimnasio. este especímen no suele frecuentar vestuarios barriobajeros para evitar de esta forma enfermedades contagiosas como los hongos, el sida o la vulgaridad. tampoco hablan mucho si no es para informar de la marca que llevan puesta o explicar con detalle donde estuvieron de vacaciones la semana pasada. el típico “oh, te veo muy bien” cuando se sale de la ducha, en realidad significa “¿otra liposucción, maldita foca celulítica?” y nunca, bajo ningún concepto, empiezan por los calcetines. el orden correcto es: braguitas o, en caso de buen culo, tanga, seguido de sujetador con relleno y tacones. así, sí.
5 – las madres. esa mujer con las canas a medio teñir, la pierna derecha depilada, con ojeras y tres churumbeles correteando entre las taquillas, totalmente descontrolados e ignorando los avisos de su progenitora, es una madre. una madre hasta los cojones, basicamente. las madres se apuntaron al gimnasio con la esperanza de tener su minuto de calma, hablar con adultos, y con un poco de suerte, perder peso o enamorar al instructor. pero al final resultó que a su marido se le hincharon las narices de tanto tiempo libre y con un par de comentarios recriminándole sus abandonos vanidosos, consiguió quedarse en casa tranquilo, mirando fútbol o porno, mientras ella cargaba con toda la tribu para hacer deporte. las madres miran a las abuelas, a las tías buenas, a las pre adolescentes, a las pijas, a sus retoños y se preguntan "¿por qué yo?". luego, cuando están a punto de salir a la calle, el más pequeño le recuerda que lleva las gafas de buceo puestas y la madre responde que da igual. el instructor, que salió un momento a fumarse un cigarro y ya de paso evadirse de tantos vapores sudorosos, la mira por primera vez en su vida.
(versión masculina pendiente para cuando me dejen entrar en sus vestuarios con un bloc de notas y una cinta métrica)