no sabría por dónde empezar
24 mayo 2011
20 mayo 2011
yo quería escribir un libro y al final acabé redactando discursos políticos. si estos días se han entretenido en escucharlos, algunas de sus palabras las pensé yo unas semanas antes. es un trabajo como cualquier otro. al prinicipio cuesta, especialmente si no estás de acuerdo con la filosofía del partido, pero más tarde, al ver el cheque, se te pasan las tonterías y sigues escribiendo sobre tijeretazos en la enseñanza y la sanidad, prohibición de matrimonios homosexuales o retrasos en la edad de jubilación. no me considero más vendido que cualquier otro trabajador que, por ejemplo, esté en contra de la esclavitud infantil pero supervise las producciones en fábricas del cuarto mundo con trabajadores semidesnudos que no sobrepasan los trece años.
también hay gente que cuando sale del trabajo tiene facilidad para desconectar; no es mi caso. cuando creo que mis discursos están terminados, los leo y los releo, los corrijo y busco sinónimos para no repetirme. y me rió mucho. también voy a ver cómo los políticos los dramatizan delante de su fiel audiencia. a menudo cambian alguna palabra o hacen pausas donde yo no las había marcado. supongo que es cosa del directo o de la intensidad de las ovaciones y los aplausos. aquí no me meto porque yo sólo invento discursos y que los votantes (y los miembros del partido) los conviertan en credo universal, ya no es asunto mío.
también escribo discursos para bautizos, bodas y funerales. en estos me río menos.
también hay gente que cuando sale del trabajo tiene facilidad para desconectar; no es mi caso. cuando creo que mis discursos están terminados, los leo y los releo, los corrijo y busco sinónimos para no repetirme. y me rió mucho. también voy a ver cómo los políticos los dramatizan delante de su fiel audiencia. a menudo cambian alguna palabra o hacen pausas donde yo no las había marcado. supongo que es cosa del directo o de la intensidad de las ovaciones y los aplausos. aquí no me meto porque yo sólo invento discursos y que los votantes (y los miembros del partido) los conviertan en credo universal, ya no es asunto mío.
también escribo discursos para bautizos, bodas y funerales. en estos me río menos.
19 mayo 2011
- me aburro.
- ¿qué quieres decir?
- me aburro, ahora, aquí. contigo.
- vaya, yo pensaba que las cosas nos iban bien.
- y van bien. van demasiado bien y por eso me aburro: apenas discutimos y cuando lo hacemos suele ser por alguna tontería como quién prepara la cena o dónde iremos de vacaciones. nos entendemos tan bien que no hace falta ni hablarnos, ni palabras ni broncas, ni lloros, ni gritos, no hay escenas, ni noches sin dormir, ni portazos, ni silencios tensos y contigo estoy segura, me siento apoyada y siempre estás cuando te necesito y mi vida es estable y predecible y no hay sobresaltos y sé qué me dirás cuando me veas con el vestido nuevo que compré ayer y sé cual es tu color preferido y por qué no te gusta dormir con la ventana abierta en verano y… ya sé todo de ti y tú sabes todo de mí y no hay sorpresas y… me aburro.
- no sé qué decir. yo creía que estábamos bien.
- quiero que me dejes.
- ¿cómo?
- sí, quiero que me dejes y que me digas que has conocido a otra y que te vas con ella.
- pero yo no puedo hacer esto.
- por favor. debes intentarlo.
dos días después el chico había preparado un discurso ficticio sobre por qué no deseaba verla nunca más. había incluído algún insulto que después, avergonzado, había tachado. al llegar ella del trabajo, le pidió que se sentara y sin beso de bienvenida, comenzó a listar los defectos que le sacaban de quicio, las manías que no soportaba, la convivencia imposible y las diferencias insalvables. al principio sus palabras sonaban poco convincentes, pero poco a poco observó que no era necesario echar mano de las notas que había escrito. todo salía con fluidez e incluso lo que decía tenía sentido. la chica había dejado de sonreír y notó las primeras lágrimas humedeciendo sus mejillas. durante los siguientes minutos, cada palabra de él se convirtió en un fino arañazo sangrante de lenta cicatrización. cuando terminó, ella se levantó y lo abrazó. temblaba y sus piernas flaqueaban. él mantuvo sus brazos pegados al cuerpo y notó que algo se había roto, aunque no hubiera podido precisar qué era; un jarrón tal vez, o cualquier otra cosa ya menos importante.
- ¿qué quieres decir?
- me aburro, ahora, aquí. contigo.
- vaya, yo pensaba que las cosas nos iban bien.
- y van bien. van demasiado bien y por eso me aburro: apenas discutimos y cuando lo hacemos suele ser por alguna tontería como quién prepara la cena o dónde iremos de vacaciones. nos entendemos tan bien que no hace falta ni hablarnos, ni palabras ni broncas, ni lloros, ni gritos, no hay escenas, ni noches sin dormir, ni portazos, ni silencios tensos y contigo estoy segura, me siento apoyada y siempre estás cuando te necesito y mi vida es estable y predecible y no hay sobresaltos y sé qué me dirás cuando me veas con el vestido nuevo que compré ayer y sé cual es tu color preferido y por qué no te gusta dormir con la ventana abierta en verano y… ya sé todo de ti y tú sabes todo de mí y no hay sorpresas y… me aburro.
- no sé qué decir. yo creía que estábamos bien.
- quiero que me dejes.
- ¿cómo?
- sí, quiero que me dejes y que me digas que has conocido a otra y que te vas con ella.
- pero yo no puedo hacer esto.
- por favor. debes intentarlo.
dos días después el chico había preparado un discurso ficticio sobre por qué no deseaba verla nunca más. había incluído algún insulto que después, avergonzado, había tachado. al llegar ella del trabajo, le pidió que se sentara y sin beso de bienvenida, comenzó a listar los defectos que le sacaban de quicio, las manías que no soportaba, la convivencia imposible y las diferencias insalvables. al principio sus palabras sonaban poco convincentes, pero poco a poco observó que no era necesario echar mano de las notas que había escrito. todo salía con fluidez e incluso lo que decía tenía sentido. la chica había dejado de sonreír y notó las primeras lágrimas humedeciendo sus mejillas. durante los siguientes minutos, cada palabra de él se convirtió en un fino arañazo sangrante de lenta cicatrización. cuando terminó, ella se levantó y lo abrazó. temblaba y sus piernas flaqueaban. él mantuvo sus brazos pegados al cuerpo y notó que algo se había roto, aunque no hubiera podido precisar qué era; un jarrón tal vez, o cualquier otra cosa ya menos importante.
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