- me aburro.
- ¿qué quieres decir?
- me aburro, ahora, aquí. contigo.
- vaya, yo pensaba que las cosas nos iban bien.
- y van bien. van demasiado bien y por eso me aburro: apenas discutimos y cuando lo hacemos suele ser por alguna tontería como quién prepara la cena o dónde iremos de vacaciones. nos entendemos tan bien que no hace falta ni hablarnos, ni palabras ni broncas, ni lloros, ni gritos, no hay escenas, ni noches sin dormir, ni portazos, ni silencios tensos y contigo estoy segura, me siento apoyada y siempre estás cuando te necesito y mi vida es estable y predecible y no hay sobresaltos y sé qué me dirás cuando me veas con el vestido nuevo que compré ayer y sé cual es tu color preferido y por qué no te gusta dormir con la ventana abierta en verano y… ya sé todo de ti y tú sabes todo de mí y no hay sorpresas y… me aburro.
- no sé qué decir. yo creía que estábamos bien.
- quiero que me dejes.
- ¿cómo?
- sí, quiero que me dejes y que me digas que has conocido a otra y que te vas con ella.
- pero yo no puedo hacer esto.
- por favor. debes intentarlo.
dos días después el chico había preparado un discurso ficticio sobre por qué no deseaba verla nunca más. había incluído algún insulto que después, avergonzado, había tachado. al llegar ella del trabajo, le pidió que se sentara y sin beso de bienvenida, comenzó a listar los defectos que le sacaban de quicio, las manías que no soportaba, la convivencia imposible y las diferencias insalvables. al principio sus palabras sonaban poco convincentes, pero poco a poco observó que no era necesario echar mano de las notas que había escrito. todo salía con fluidez e incluso lo que decía tenía sentido. la chica había dejado de sonreír y notó las primeras lágrimas humedeciendo sus mejillas. durante los siguientes minutos, cada palabra de él se convirtió en un fino arañazo sangrante de lenta cicatrización. cuando terminó, ella se levantó y lo abrazó. temblaba y sus piernas flaqueaban. él mantuvo sus brazos pegados al cuerpo y notó que algo se había roto, aunque no hubiera podido precisar qué era; un jarrón tal vez, o cualquier otra cosa ya menos importante.
19 mayo 2011
17 mayo 2011
Todos estaban vestidos de mujer, menos yo y un corpulento hombre de mediana edad, que llevaba un jersey terrible y hablaba animadamente con dos chicas de lo más exóticas. El jersey era naranja, con un gato rojo de dibujo animado que sonreía con todos sus dientes en la pechera. Parecía de diseño, y probablemente había costado más que mi traje. Confía en mí, decía el jersey, estoy hecho de lana. Mira, tengo sentido del humor, y no temo burlarme de mí mismo. La persona que me lleve no puede ser peligrosa.
A mi lado se sentó una chica corpulenta, con un vestido de terciopelo rojo, que posiblemente trabajaba durante el día de albañil. Su peluca era un casco de rizos castaños.
- ¿Es la primera vez que vienes?
Respondí que sí.
- Me acuerdo muy bien de mi primera noche.
Abrió el bolso y sacó un pequeño tubo. Desenroscó la tapa, extrajo un tampón húmedo y empezó a pasárselo sobre las uñas. El esmalte rosado comenzó a borrarse.
- Estaba aterrorizada. Pero había venido vestida de chica. - Levantó los ojos de su tarea y me dio una palmadita amistosa en la rodilla -. Cuando sientes que estás preparada, tienes que lanzarte. Ya sabes cómo es esto, las cosas nunca son tan terribles como una había pensado.
Le dije que sí, que yo también me había dado cuenta de eso.
- Pues ya lo ves. -Sonrió con dulzura-. Y espero que no te moleste que te lo diga, pero estarías mucho más guapa con un poco de maquillaje.
Le dije que me lo pensaría, y le pregunté por qué se quitaba el esmalte de las uñas.
- Mi mujer lo odia -respondió con un suspiro-. Dice que en una época tenía miedo de que me fuera con otra mujer, pero que jamás se le ocurrió que la otra mujer sería yo.
El cuarto oscuro, L. Welsh
A mi lado se sentó una chica corpulenta, con un vestido de terciopelo rojo, que posiblemente trabajaba durante el día de albañil. Su peluca era un casco de rizos castaños.
- ¿Es la primera vez que vienes?
Respondí que sí.
- Me acuerdo muy bien de mi primera noche.
Abrió el bolso y sacó un pequeño tubo. Desenroscó la tapa, extrajo un tampón húmedo y empezó a pasárselo sobre las uñas. El esmalte rosado comenzó a borrarse.
- Estaba aterrorizada. Pero había venido vestida de chica. - Levantó los ojos de su tarea y me dio una palmadita amistosa en la rodilla -. Cuando sientes que estás preparada, tienes que lanzarte. Ya sabes cómo es esto, las cosas nunca son tan terribles como una había pensado.
Le dije que sí, que yo también me había dado cuenta de eso.
- Pues ya lo ves. -Sonrió con dulzura-. Y espero que no te moleste que te lo diga, pero estarías mucho más guapa con un poco de maquillaje.
Le dije que me lo pensaría, y le pregunté por qué se quitaba el esmalte de las uñas.
- Mi mujer lo odia -respondió con un suspiro-. Dice que en una época tenía miedo de que me fuera con otra mujer, pero que jamás se le ocurrió que la otra mujer sería yo.
El cuarto oscuro, L. Welsh
14 mayo 2011
p de padre
se dice que el sr. p es un buen padre y un buen marido. él también lo cree. cada mañana se levanta el primero y prepara el desayuno para su esposa y para miguel, su hijo de cinco años. cuando está todo a punto, las tostadas crujientes y el zumo recién exprimido, sube a las habitaciones, les despierta con suavidad y vuelve a la cocina donde les espera leyendo el periódico. se despide de su mujer con un beso en la mejilla y acompaña a miguel al colegio. cogidos de la mano y en silencio o parloteando, según el humor del pequeño, bajan las escalera del metro y se meten en el tercer vagón, justo el que para más cerca de la salida de la escuela del chico. a esas horas el metro suele ir lleno de caras soñolientas. miguel cabe en cualquier rincón y se distrae con cualquier cosa. el otro día, por ejemplo, estuvo descifrando el significado de los nombres de las paradas. el sr. p, accidentalmente, puede que roce alguna chica que esté a su lado. las prefiere rubias, con poco pecho y sobretodo, jóvenes. siempre es accidentalmente y si alguna vez ella se molesta, el sr. p se aparta con disimulo y busca a su hijo con la mirada. es un niño precioso. luego, el viaje prosigue sin más incidentes y durante el resto del día el sr. p se dedica a su trabajo con una entrega más que satisfactoria.
a la hora de comer el sr. p suele quedarse en la oficina y adelantar trabajo. cuando se queda solo, también aprovecha para leer la prensa digital, mirar vuelos baratos a lugares exóticos y visitar algunas otras páginas que prefiere no mirar en casa. cuando vuelven sus compañeros, a primera hora de la tarde y antes de que aparezca el jefe del departamento, hablan de futbol y de mujeres. al sr. p no le entusiasma el futbol y, a diferencia de otros, no suele alardear cuando repasan sus conquistas en la oficina, aunque podría, si quisiera. ¿o es que las chicas que roza, accidentalmente, no cuentan?
miguel termina la escuela a las cinco y el sr. p le espera cada día. los martes y los jueves le acompaña a clases de piano. al chaval se le da bien y el sr. p le ha prometido un piano para su cumpleaños. a miguel le gustaría más una play, pero aprendió a no quejarse hace tiempo. su padre dice que los chicos mayores no deben quejarse y él, a sus cinco años, ya es un chico mayor. los lunes y los miércoles, que es cuando su mujer llega más tarde del trabajo, el sr. p prepara la cena, le baña y le acompaña a la habitación. a veces también le roza, accidentalmente, pero el pequeño miguel no se queja. ya es un chico mayor.
a la hora de comer el sr. p suele quedarse en la oficina y adelantar trabajo. cuando se queda solo, también aprovecha para leer la prensa digital, mirar vuelos baratos a lugares exóticos y visitar algunas otras páginas que prefiere no mirar en casa. cuando vuelven sus compañeros, a primera hora de la tarde y antes de que aparezca el jefe del departamento, hablan de futbol y de mujeres. al sr. p no le entusiasma el futbol y, a diferencia de otros, no suele alardear cuando repasan sus conquistas en la oficina, aunque podría, si quisiera. ¿o es que las chicas que roza, accidentalmente, no cuentan?
miguel termina la escuela a las cinco y el sr. p le espera cada día. los martes y los jueves le acompaña a clases de piano. al chaval se le da bien y el sr. p le ha prometido un piano para su cumpleaños. a miguel le gustaría más una play, pero aprendió a no quejarse hace tiempo. su padre dice que los chicos mayores no deben quejarse y él, a sus cinco años, ya es un chico mayor. los lunes y los miércoles, que es cuando su mujer llega más tarde del trabajo, el sr. p prepara la cena, le baña y le acompaña a la habitación. a veces también le roza, accidentalmente, pero el pequeño miguel no se queja. ya es un chico mayor.
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