12 noviembre 2010

siempre había sido puntual. solía llegar a las citas dos o tres minutos antes de la hora. salía de casa con el tiempo bien cronometrado; lo justo para no correr, ni para estar esperando mucho tiempo. me molestaba tener que esperar. me parecía una falta de respeto grave y alguna vez, si a los diez minutos no había aparecido la persona con la que había quedado, me marchaba sin remordimiento alguno. esperar me parecía una actividad tediosa y sin sentido, una pésima manera de mal gastar un tiempo que no producía nada.
sin embargo un día salí un buen rato antes de casa. al llegar al punto de encuentro con mi cita descubrí, algo turbado, que todavía faltaba una hora para que ésta llegara y, a pesar de mi reticencia inicial, decidí esperar. me senté en un banco, al lado de dos abuelas, de pelo violáceo, que parecían ejercer de forma profesional la misma actividad en la que me iniciaba yo. de vez en cuando las miraba por si tal ocupación precisaba de algún extra como cacarear o recitar poesías a pleno pulmón, pero observé que no era así. esperar sólo consistía en esperar. como mucho, cada cierto tiempo, una de ellas comentaba alguna trivialidad como que si esa chica llevaba una falda muy corta, que si su nieto era lo más rico del mundo o que si tenía el colesterol por las nubes. la otra asentía solemne. en mi caso, sin interlocutor a quien informar y no queriendo intervenir en los comentarios de mis vecinas para no parecer entrometido, esperaba solamente.

a partir de ese día, todo cambió. primero comencé con periodos breves de diez o quince minutos, pero después lo alargué a media hora y más tarde a cuarenta o cincuenta minutos.
ahora suelo presentarme a mis citas dos horas antes, como mínimo. cuando llegan y me preguntan si hace mucho que estoy esperando, contesto que no el suficiente. ellas piensan que soy cortés y ellos se ríen de mi broma repetitiva.
esperar: tener esa inquieta sensación de que algo va a ocurrir, de que alguien va venir a mi encuentro, de que algo va a alterarse. o quizás no. quizás sea simplemente una gran pérdida de tiempo.

09 noviembre 2010

En un estudio publicado en 1895 en la revista Cincinati Medical Journal, el Dr. L.M. Phillips reflexionaba sobre la siguiente cuestión: "¿Qué influencia ejercen sobre mentes susceptibles las esculturas de desnudos expuestas en nuestros museos públicos y en el teatro fin-de-siecle?" Su respuesta fue un intento de aclarar el misterio de esta particular perversidad sexual por medio de su cuantificación. Excepto el caso de los artistas, a quienes se les había enseñado que la desnudez no era lasciva, y el 1% de la población que jamás había experimentado excitación sexual, todo el resto de la población, según creía el Dr. Phillips, sentía fuertes deseos sexuales cada vez que se enfrentaba a esas imágenes. Al 60% de la población, sexualmente sano, no le sucedía nada anormal. Pero al otro 39 por ciento la impresión que causaban estas estatuas era tan extraordinaria que perduraba mucho tiempo después. De hecho, la vista de esta desnudez causaba tal trastorno mental que podía conducir a la ninfomanía.

Una historia de la ninfomanía - Carol Groneman