me he enamorado de mi psicólogo.
él es el único hombre de todos los que he conocido, y conoceré en el futuro, que me escucha atentamente cuando hablo. a veces, incluso toma notas y esto ya me parece motivo suficiente como para que se convierta en el amor de mi vida. llevamos tres meses juntos, como paciente y médico, quiero decir, y estoy encantada. pero tengo que ponerle freno porque creo que las cosas se han torcido un poco.
el primer día que llegué a su consulta debo confesar que no me despertó ningún interés especial. era más joven que yo, unos ocho años calculé, un poco calvo para su edad, alto, delgado, con gafas de pasta negras y una voz muy suave que me convenció de que estaba en el lugar correcto. él mismo me abrió la puerta, lo cual lo humanizó todavía más, me estrechó la mano y me hizo pasar a la sala de espera, asegurándome que tardaría unos pocos minutos más antes de reunirse conmigo.
la sala tenía unas sillas terriblemente incómodas comparables a las de los trenes de cercanías, pero al menos tenían respaldos para los brazos, la revista más reciente que cogí del revistero fechaba de abril del 2008 y al final estuve esperándolo media hora. cuando por fin salió de su despacho, con otra de sus pacientes, una chica joven sonriente y agradecida, me extrañó que los dos se despidieran con un par de besos en la mejilla. es algo que yo sólo hago con familiares y amigos o cuando me presentan a alguien nuevo. pensé que, por ejemplo jamás besaría a mi médico de cabecera al final de una visita, pero también imaginé que un psicólogo no puede despedirte con una simple palmadita en la espalda cuando un minuto antes, hecha un mar de lágrimas, acabas de confesarle tu trauma más profundo e íntimo.
al cerrar la puerta tras de sí, volvió a la sala de espera y se disculpó por el retraso unas tres veces mientras se inclinaba ligeramente hacia a mí, a modo de saludo japonés, cosa que no acabé de entender pero me pareció divertido y cortés y finalmente me hizo pasar a su despacho.
no vi diván por ninguna parte: otro tópico peliculero tachado de mi lista de tópicos peliculeros. había en cambio dos pequeños sillones tapizados en blanco y en medio de ellos una mesita redonda también blanca, que juraría haber visto en el catálogo de ikea. era un despacho elegante y sobrio, con un par de cuadros de paisajes de la campiña británica y un techo alto del que colgaba una lámpara de cristal de bohemia de la que me enamoré de inmediato. me hizo gracia: parecía que en cualquier momento, ante tanta solemnidad, aparecería un mayordomo vestido de frac con una bandeja de plata y un par de tazas de porcelana con té y limón. no fue así, claro está.
raul, así se llama mi psicólogo, pidió que me sentara dónde quisiera y al instante intuí la primera trampa. estaba convencida de que sentarse en el sillón de la derecha significaba una cosa y el de la izquierda todo lo contrario, y que allí estaría él para hacer una primera valoración de mi situación mental. al final, escogí el de la izquierda pero sólo porque en el otro había dejado su bloc de notas y no quise tocarlo, ni mucho menos apartarlo. una vez acomodada, recapacité en su ofrecimiento. tal vez el hecho de dejarme escoger sofá no había sido una trampa, sino simplemente una muestra de caballerosidad, pero empecé a ponerme nerviosa reconsiderando sobre si me apetecía o no contar mis neuras y mis penas a un completo desconocido que, callada y silenciosamente, tal y como había visto en las películas, me observaría y me estudiaría como si fuera un ratón de laboratorio. es decir, la idea de ir al psicólogo ya no me parecía tan brillante e internamente me propuse explicarle sólo banalidades sin importancia y después no regresar nunca más.
no funcionó.
una hora y media más tarde sabía detalles de mi vida que nunca antes había contado a nadie, me había visto llorar desconsolada y me sentía exageradamente agradecida por sus eruditas reflexiones y sus oportunos comentarios. había sucumbido estrepitosamente a mi plan inicial.
al despedirnos también me dio dos besos, lo cual me pareció lo más normal del mundo, y cuando salí a la calle me sentía ligera, sin complejos, feliz y con ganas de verlo de nuevo.
las semanas pasaron rápidamente. me sentía a gusto contándole mis dilemas y viendo como les daba la vuelta, me planteaba otras maneras más sencillas de verlos, como no se incomodaba con mis silencios y como se interesaba por todo lo que pasaba por mi inestable cabeza.
poco a poco noté que los días estaban enfocados al tiempo que me faltaba para volver a su consulta y poco después pasó lo peor que me podría haber pasado con un psicólogo: me olvidé por completo de mis problemas. sí, desaparecieron como desaparece un dolor de muela después de tomarte tres ibuprofenos con whisky. estaba contenta, despreocupada y claro, con ese cuadro clínico no había nada qué reparar.
los silencios empezaron a ser incómodos. raúl se empeñaba en sonsacarme mis miserias pero yo sólo tenía ganas de hablar de lo animada que me sentía, de los planes que tenía para el futuro y de si podíamos ir a tomarnos unas cervezas juntos en la terraza de abajo. esto fue una mala idea, lo sé. me vino con un discurso muy bien estudiado acerca de nuestra relación estrictamente profesional y otras excusas que no me sentaron nada bien. incluso sugirió que si me encontraba tan bien, a lo mejor no tenía sentido seguir con la terapia. ese comentario llegó a herirme y temí que sugiriera que dejara de ir a su consulta, así que rápidamente cambié de estrategia y opté por volver a mis dramas y no sólo esto, sino magnificarlos por mil. si quería penas, ¡allí estaba yo! me convertiría en el ser más miserable, más desequilibrado, más funesto del planeta para recuperar su atención.
también resultó ser una mala idea.
me sorprendí a mí misma por la cantidad de mentiras que podía maquinar mi mente. algunas veces creí que raúl descubriría mis invenciones, pero sorprendentemente él seguí anotando en su bloc y asentía periódicamente.
la situación se agravó todavía más cuando comencé a prestar atención al resto de pacientes que acudían a su despacho. llegaba unos cuantos minutos antes para coincidir con ellas a la salida o entrada de mis visitas y poder verlas con detenimiento. ¡todo eran chicas! chicas jóvenes, estudiantes universitarias, recién licenciadas o madres primerizas que sentaban sus hermosas y firmes posaderas en el mismo sillón donde yo improvisaba traumas y contrariedades. empecé a sospechar que a ellas les dedicaba más tiempo y que, probablemente, sus historias eran más jugosas que las mías porque a veces sorprendía a raúl mirando al techo cuando yo me deshacía en lágrimas y pataletas. salía del despacho furiosa conmigo misma, con él, con las demás pacientes y con un terrible dolor de cabeza porque no sabía qué más inventarme para la semana siguiente. una es imaginativa, pero también tiene su límite.
y así me encuentro en estos momentos. tres meses después he perdido los papeles y creo que ahora sí puedo afirmar que estoy peor que cuando entré por primera a su consulta. he pensado en hacerle una confesión en toda regla, decirle que no me pasa nada, que estoy enamorada de él y que no quiero que tenga a más pacientes más jóvenes ni guapas que yo, pero mi orgullo se niega en rotundo. también he barajado la posibilidad de ir a otro psicólogo pero creo que esto sería entrar en un bucle sin retorno y empiezo a darme miedo a mí misma. mi amiga dice que ella se hace la pedicura una vez por semana y la hace tan feliz. ahora mismo, en mi estado, me parece una posibilidad tan buena como cualquier otra.
07 septiembre 2010
04 septiembre 2010
01 septiembre 2010
jodido otoño de mierda
ya han vuelto todos: el chico que reparte "20 minutos" en la entrada del metro y da los buenos días con un entusiasmo sospechoso (y envidiable), la colombiana del bar que por croissant que vende se zampa tres, la rubia que no ha aprobado selectividad pero pasó un gran año en el instituto, el jubilado que se levanta a las seis y tiene todo el dia por delante pero sin nada que hacer, el chico con acné que lee la saga "crepúsculo" una y otra vez, la abuela que insiste en usar ese pintalabios rosa putón porque cree que le favorece, el recién casado que tenía fobia al compromiso y sigue mirando su anillo como si no fuera con él, el ejecutivo que se compró el traje hace quince años y se cree dios pero viaja con la plebe.
ruido, asfixia, inexpresión, nubes, regresos, idas, frío, rutina, normalidad. septiembre, te odio.

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