02 septiembre 2011

solía llevar una navaja en el bolsillo. era pequeña y sencilla pero se aseguraba de afilarla a menudo. sólo la utilizaba en casos de emergencia, para amenazar cuando los borrachos o los chulillos se ponían más gallitos de lo aconsejable y se negaban a entregarle la cartera. en esos casos no dudaba en sacarla y mostrársela, apuntarla hacia sus mejillas y apretar, sólo un poco. eso hacía el trabajo mucho más fácil y rápido. algunos de sus amigos la habían usado de forma menos sutil y habían apretado más de la cuenta, pero él, hasta el momento, no se había visto en la necesidad. esa noche había conseguido tres cientos treinta y nueve euros, un par de relojes y un móvil. no estaba mal por la poca gente que había en la calle esos días y decidió que era suficiente. 
se sentó en uno de los bancos de la placeta para relajarse, liarse un porro y fumarlo con tranquilidad. eran las seis de la mañana y faltaba poco para los primeros rayos de sol que en esta época del año empezaban a perder intensidad y calor. le gustaba esa hora del día: los que limpiaban se mezclaban con los que ensuciaban, los que salían con los que entraban, los que aprovechaban el día con los que vivían de noche. era un poco como estar entre dos mundos, aunque él sabía bien que no pertenecía ni a uno ni a otro; iba por libre, sin formar parte de ningún grupo y se había acostumbrado a ese particular limbo. la china se quemaba con facilidad y olía bien. mezcló el polvillo arenoso con un poco de tabaco y sin poner ningún filtro, lamió el papel y lo enrollo con destreza. inspiró profundamente mientras apoyaba su cabeza en el respaldo del banco y extendía los brazos a lo largo de él. nadie le esperaba en casa y tenía todo un largo día por delante para dormir, pasear sin rumbo y no pensar demasiado; esa solía ser su rutina diurna, que no difería mucho de la nocturna. le extrañó oír el sonido de unos tacones aproximándose a paso rápido y decidido. no era un lugar demasiado concurrido y se le ocurrió pensar que se trataría de alguna de las prostitutas que vivían por la zona, sin embargo, ellas solían trabajabar en zonas más bulliciosas y cualquier mujer cauta debería saber que esos no eran barrios seguros para pasear a según qué horas. sin embargo parecía que ella no conocía esa norma, o ese barrio. o le daba igual correr riesgos. era rubia, bajita, delgada y su vestido era sin duda demasiado corto y demasiado ajustado para pasar desapercibida. siempre le habían gustado las chicas de pelo claro, tal vez porque nunca había estado con ninguna. alzó la vista para observarla mejor. su cabeza comenzaba a pesar y notaba el mareo que corroboraba la calidad de la marihuana. intentó enfocar sus ojos. había algo que no le cuadraba. la chica parecía estar sonriendo. mejor aún, sonriéndole. a él. una desconocida que se aproximaba y sonreía. reflexionó sobre la última vez que una chica le había sonreído, prescindiendo, claro está, de esos amagos producto de los billetes con los que pagaba los servicios de las rameras del barrio. hacía años, tal vez siglos. seguramente la última vez que sucedió fue cuando era pequeño y su madre todavía vivía. él espero hasta que pasó por delante suyo para reconocer un rostro conocido, pero no fue así. no sabía quien era y sólo cuando se cruzó con él desvió la vista al suelo, tímida o avergonzada, quizá. él hizo otra calada y la siguió con la mirada hasta que dobló la esquina, se giró un instante y desapareció. dudó. no estaba acostumbrado a este tipo de flirteo moderno si es que es lo había sido. ¿de verdad se había fijado en él sin sujetar más firmemente su bolso, ni apresurar el paso, ni cambiar de acera? eso era lo más lógico y con lo que estaba más acostumbrado. y si no había sido así, qué hacía allí sentado preguntándose estupideces cuando tal vez la chica sintiera algún deseo hacia el? se levantó de golpe, y aunque sentía que sus ideas eran confusas y sus movimientos torpes, aceleró el paso todo lo que pudo. temía que al doblar la esquina la chica se hubiera evaporado y todo hubiera sido fruto de una alucinación pasajera. no habría sido la primera vez. algún día dejaría de fumar, se había prometido a menudo. sin embargo, al doblar la esquina, a unos pocos metros, la reconoció, andando despreocupada y con el mismo paso seguro y no pudo evitar fantasear con el inminente encuentro. hizo una calada fuerte para atenuar los nervios. pensó que sería buena idea ofrecerle compartir el porro, eso podría relajarles a los dos y hacer fluir la conversación, aunque también podría ser que ella no fumara. en ese caso le diría que era muy guapa. sí, era un buen plan y no quería perder el tiempo. como ocurrió aquella vez con aquella americana loca y borracha que conoció en un bar a las ocho de la mañana y después de intercambiar cuatro frases y dos tequilas, ella le propuso de ir a su habitación de hotel. y también fue ella quien le desnudó con avidez, prometiéndole un sinfín de posturas y ruegos que apenas entendió y que poco después se quedó dormida cuando él ni tan siquiera había conseguido quitarle las bragas. en la cama, ahí tendida boca arriba, inconsciente y con la luz enfocándole las arrugas, calculó que tendría casi la misma edad que su madre y sintió odio y rabia. no dudó en ir a por su bolso, tirado en el suelo en un arranque de pasión fugaz y cogerles los billetes y la cámara de fotos. dejó la calderilla; pensó que le serviría para el café de la resaca unas horas después. pero todo aquello fue muy distinto. y hace mucho tiempo. esta vez lo haría bien. cuando les separaban apenas diez metros, ella se dio cuenta de que alguien la seguía. le reconoció enseguida y maldijo esa costumbre suya de volver a casa sola a esas horas. cuántas veces se lo habrían advertido y cuántas veces se burló ella de vivir bajo temores imaginarios. además, su cuerpo estaba aún demasiado alcoholizado y necesitaba un paseo largo, serpenteando hacia su casa para aclarar la cabeza.
los pasos cada vez más cercanos la despejaron casi de inmediato y la pusieron en alerta. aceleró el ritmo. él también. se giró de nuevo y él sonrió. no le gustó su cara ni su mueca. no le gustó su cercanía y no le gustó escuchar: 
-¡eh, chica!!tú, eh! 
lo ignoró la primera vez, pero él insistía cada vez en voz más alta y se había aproximado hasta llegar casi a su lado. podía echar a correr, pensó, pero con esos tacones no llegaría demasiado lejos ni tampoco quería parecer una chica asustadiza y miedosa. mantener la calma le parecía la alternativa más adulta. seguramente sólo se trataba de otro pesado, de otro borracho trasnochador, de otro que la suponía como la última oportunidad para no llegar a casa sólo y quedarse dormido abrazado a su almohada. él insistió de nuevo: 
-oye, ¿estás sorda? 
 le molestó su mala educación. una cosa era llamar su atención, otra muy distinta ser descortés. se detuvo y le miró. 
-¿qué quieres? – dijo con un tono de voz firme y apremiante. 
él se sorprendió al ver sus bonitos ojos verdosos, su lunar en la frente que le recordaba a una diosa hindú y el tono tajante de su voz, totalmente contradictorio con la mirada de hacía no más de cinco minutos. dudó. tal vez se había equivocado con ella, quizá no le había mirado a él. pocas lo hacían y ella no tenía por qué ser diferente al resto, pero, teniéndola ahí delante creyó que no era el momento de echarse atrás. estaba acostumbrado a conseguir lo que quería, de una forma u otra. 
-¿quieres fumar? 
-¿cómo dices? – contestó confusa. 
-si quieres fumar, tengo… – y alargó su mano con el canuto a punto de consumirse. ella miró la llama apagándose y resopló asqueada. 
-no, gracias. 
-¿no fumas? 
-no. 
-vaya, ¿cómo te llamas? ¿vas a casa? y tu novio, ¿dónde está? - quizá estaba tensando demasiado la cuerda. tal vez no debería haberla avasallado con tantas preguntas, pero no quería perder la oportunidad y sabía de sobras que cuanto más tiempo perdiera con cortejos absurdos, más consciente se volvería ella de la situación. 
-¿eres muy guapa, lo sabías? 
ella negó con la cabeza y se rió. él recordó la americana loca y borracha y su risa estridente cuando él le había pronunciado las mismas palabras, aunque en su caso no era cierto y sólo se pronunciaron para fines sexuales gratuitos. la chica rubia era bonita de verdad, pero había dejado de reír y le miraba seria y asustada, como si fuera un monstruo o algo mucho peor, un criminal. 
-mira, gracias de verdad, te lo agradezco, pero… - ella dudó un momento. podía callarse y reanudar el paso, esperar que él entendiera el gesto y terminara por dejar de molestarla. o también podía continuar hablando y esperar que él comprendiera la situación – verás… me estás siguiendo desde hace un rato y bueno, no sé si para ti esto es normal, pero para mí no lo es. 
él no la entendió. esa mueca ridícula y esa mirada boba reclamaban una explicación más minuciosa que ella, ahora más segura, no dudó en ofrecer con cierto aire de superioridad: 
-no puedes seguir a la gente, así como así, a estas horas… - hubiera añadido que daba miedo, que asustaba, pero calló para no darle alguna idea. -¿sabes a lo que me refiero? 
él no contestó, aunque sí sabía a lo que se refería. asustaba. la asustaba a ella y era evidente que se había burlado de él. como tantas otras. durante unos breves segundos se miraron sin intercambiar ninguna palabra. él notó que sus ideas se contaminaban poco a poco con el mismo odio y la misma rabia que había sentido con esa americana loca y borracha. ahí delante tenía a otra mujer que le trataba como uno cualquiera. se metió la mano en el bolsillo y palpó su navaja pequeña y bien afilada. con qué simplicidad podría reconvertir ese absurdo malentendido en un poco de diversión para los dos. con qué facilidad podría hacer que ella dejara de burlarse y de sentirse superior. con qué rapidez podría hacer que otros hombres dejaran de mirarla. hacía mucho tiempo que no se divertía, pensó, y no era justo. tiró el porro al suelo y lo apagó con la punta de su zapato gastado. miró de nuevo a la chica y estrechó la hoja metálica, fría y punzante con su mano derecha. un líquido tibio y viscoso se deslizó desde el centro de la palma hasta el extremo de sus dedos. algunas gotas de sangre traspasaron el tejido, chocaron contra el suelo y mancharon el asfalto. no era el fino corte de su mano abriéndose lo que le abrasaba. era ver a la chica rubia de ojos verdosos y un lunar en la frente con su diminuto vestido y su tono de voz frío alejarse a paso apremiante y seguro. 

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