09 septiembre 2011

síndrome de estocolmo

tulla y yo nos conocimos un invierno en el que hizo más frío de lo habitual. las temperaturas llegaron a cotas que hacía años que no alcanzaban y llegó incluso a nevar durante dos días seguidos, aunque ella llegaba a clase de literatura hispánica resoplando, acalorada y en manga corta. vivía en un verano constante y a menudo se burlaba de mí cuando salía de su cama, desnuda, y me vestía con rapidez, sin girar el jersey, temblando como una enferma crónica. me decía que cuando visitara su pueblo, ahí en noruega, sabría realmente lo que era el frío de verdad y que no conseguiría sobrevivir ni un minuto fuera de casa. al final, nunca lo pude comprobar por mí misma.

quedamos en el bar donde solíamos encontrarnos los viernes por la tarde, después de las clases. llevaba puesto el pañuelo turquesa que le había regalado hacía menos de una semana y por su cara supe que algo no iba bien. antes de que viniera el camarero a tomar nota, tulla ya había empezado ese monólogo conocido y típico de quien ha tomado una decisión definitiva y durante el camino ha memorizado las palabras menos hirientes. la escuché con la mirada en el suelo, sin mediar palabra. yo le gustaba mucho, era lista y guapa y divertida, pero no era el momento, no estaba preparada y notaba que había algo que fallaba entre nosotras dos y prefería dejarlo antes de que alguien saliera verdaderamente perjudicada. pude haber intentado convencerla y decirle era mejor arriesgarse y continuar, pero sabía que era una tontería, así que asentí, disimulando mis ganas de llorar, y cuando hubo terminado de hablar, pagué las bebidas, le desee suerte y ya no recuerdo mucho más. días después, un bienintencionado compañero me contó que la habían visto con otra. 
-te lo digo para que espabiles. ya está bien de esta cara triste que arrastras día sí y otro también. al fin y al cabo, tampoco era para tanto, la chica. hay millones como ella y si no quiere estar contigo, pues ella se lo pierde. no era cierto. no era ella quien se lo perdía. y los dos lo sabíamos. era yo quien no la tenía al lado, ni la veía sonreír, ni escuchaba sus quejas porque había olvidado las llaves de casa, ni la observaba de reojo cuando estaba en la ducha. la echaba de menos. mucho. demasiado. a todas horas y en todos los rincones. me dolía respirar y pensar y moverme y la posibilidad de que estuviera viéndose con otra apenas me importaba porque ya no podía estar peor. me sumí en una tremenda desesperación y tristeza de la que creí que no saldría jamás. el médico me recetó unas pastillas que me dejaban medio tonta durante todo del día, pero yo lo agradecía enormemente. pasar el día en medio de una neblina gris y espesa, sin pensar, era mi mayor logro. dejé de asistir a las clases en las que coincidíamos, y después al resto, y acabé suspendiendo seis asignaturas. me dio igual. a pesar de mi desgracia, lo único que me hacía levantar de la cama, lavarme la cara y me mantenía con ciertas ganas de vivir era la esperanza de que algún día tuula llamaría a la puerta de mi habitación oscura y mal aireada y, con su peculiar acento noruego, reconocería que había cometido un error y confesaría que quería estar conmigo otra vez. en mi patético estado mental, nadie se atrevió a contarme que durante mi malsana reclusión ella había terminado su intercambio y había decidido volver a su noruega natal, con sus nieves y sus fríos. como un montón de chatarra inservible, regresé a las clases, intenté llevar una vida normal, aprobé las asignaturas, terminé los estudios, conseguí un trabajo mediocre y conocí a raquel. y después a mariana. y después a abi. y después ya no lo recuerdo. eran chicas agradables, lista y divertidas y con todas ellas fui yo quien aplicó el discurso que tuulla había usado conmigo y cada vez que lo hacía, cada vez que repetía su mensaje, me acordaba de sus dedos largos y finos acariciando los rizos de mi nuca, su piel pecosa y su bonita forma de pronunciar mi nombre. decidí dejar de conocer a gente, a pesar de la recomendación de mis amigos, que querían ver cierta recuperación en mi estado. 
volví a encerrarme en casa y, en secreto, me dediqué a reconstruir con todo tipo de detalles algunos episodios que había vivido con tuulla, esta vez sin lágrimas ni rencor, pero con el mismo desasosiego. mentiría si dijera que con el tiempo empecé a olvidar, porque no fue así, pero sí aprendí a disimular y a edificar una rutina con la que los que me rodeaban se sentían cómodos y no me molestaban con sus preguntas ni sus consejos. 
un día regresó. yo había llegado a casa tarde y cansada. los proyectos en el trabajo se acumulaban y solía hacer más horas extras que el resto de mis compañeros. abrí la puerta con la idea de tomar un baño y meterme en la cama. no me apetecía cocinar y terminé mordisqueando una tostada quemada delante del ordenador mientras esperaba que el agua llenara la bañera. hacía seis o siete días que no abría el correo. últimamente sólo recibía anuncios de viagra y esos estúpidos emails en cadena que siempre me habían parecido una solemne tontería. tuve que leer su nombre dos veces; tuulla. tuulla. había pasado más de un año y tal y como suponía las heridas que yo deseaba curadas, ardían de nuevo; no me acuerdo de si abrí el email inmediatamente o pasé dos horas contemplando su nombre y sintiendo una mezcla de euforia y pánico. tampoco me acuerdo de cuantas veces leí su escrito ni de las interpretaciones de conseguí darle, pero sí recuerdo que por primera vez en mucho tiempo, cuando terminé de leer la última frase, me sentía bien y que mi sonrisa, delante de una máquina, por primera vez en mucho tiempo, era verdadera. era un texto vacío, de esos que tanteaban con precaución, de esos que no contaban nada que no se pudiera intuir con un poco de imaginación y sentido común, de esos que guardaban las formas y evitaban alusiones al pasado: tuulla también había conseguido un trabajo que le daba para cubrir el alquiler, intentaba no perder lo que había aprendido de español yendo a una academia al lado de su casa, había nacido su primer sobrino y esperaba que yo estuviera bien. fui a por nuevas tiritas y vendas, cubrí poros, huecos, pliegues y arrugas de mi ya golpeado cuerpo y contesté de inmediato. escribí deprisa, juntando las palabras y sin apenas usar puntos ni comas. quería contarle millones de cosas, pero al leerlas, las borraba arrepentida. no quería avasallar. quizá fuera mejor mantener ese deje cortés y no adentrarme en un terreno dañino que conocía demasiado bien. terminé por redactar un escrito igual de anodino y neutral. ella respondió y yo respondí y ella volvió a responder y pasamos a un tono más cordial, y luego más íntimo y comencé a sonreír, delante de la máquina y fuera, en la calle. también comencé a abrir el correo con más impaciencia de lo habitual y a cronometrar los intervalos en los que no sabía de ella y a preocuparme por ellos, por si le había pasado algo, o por si yo había dicho algo que la hubiera molestado, o por si habría decidido cortar la comunicación de nuevo. fue ella quien, tres meses después, propuso de vernos y fui yo quien se acogió a esa propuesta como un niño a un caramelo. le propuse que viniera a casa. ella accedió y prometió que lo pasaríamos bien. los días previos fueron los más largos de mi vida; limpié, ordené, me mordí las uñas, pedí unos días de vacaciones en el trabajo, compré flores, me corté el pelo, compré ropa nueva y conté cada segundo de la espera. hablábamos a diario y programábamos lo que haríamos cuando estuviéramos juntas. ella quería visitar antiguos amigos y pasear y tomar el sol y beber cerveza en las terrazas y comer aceitunas y tortilla de patatas y yo quería pasar los días con ella, sólo con ella, sin nadie más que nos interrumpiera, ni nos contara su vida, ni sus problemas, pero callé y le aseguré que haríamos todo lo que quisiera. 

 fui a buscarla al aeropuerto, aunque ella insistió en que no era necesario. hacía un día espléndido y conducí muy despacio, obedeciendo todas las señales de tráfico y fumando un cigarrillo detrás de otro. temía que a última hora, en el último tramo, después de tanto tiempo de espera, tuviera un accidente y no pudiera ir a recogerla. me dio tiempo a pensar muchas otras catástrofes que podrían pasarme antes de que la puerta deslizante de las llegadas se abriera y la viera, arrastrando su maleta y sonriendo. en ese momento se disiparon todos mis absurdos temores y noté mi agotamiento corporal. estaba igual, tal y como la recordaba, quizá incluso más guapa, si es que esto era posible. 
-por fin te veo – dijo ella. – estás hermosa. se nota que este tiempo sin mí te ha sentado bien. 
-qué tonterías dices, tuulla. 
-no, lo digo en serio. tendrás que contarme tu truco. 
mi truco consistía en echarla de menos, pero agaché la cabeza y cogí su maleta. 
de vuelta a casa nos atropellamos mutuamente con anécdotas que ya nos habíamos contado por email o por teléfono centenares de veces. reíamos nerviosas y aprovechábamos cualquier ocasión para rozar un brazo, una mejilla, un mechón de pelo con un disimulo forzado que abandonamos en el ascensor y los tres días que siguieron. sólo salimos de la habitación para bañarnos y cocinar. las vendas y las tiritas que había colocado con esmero se desprendieron y me sorprendí al descubrir un cuerpo curado de moratones y cicatrices, sano, joven y resplandeciente junto al suyo. pasamos horas rehaciendo los juegos de antes y compartiendo lo que habíamos aprendido con otras. tuulla, como siempre, como en todo, me llevaba ventaja y yo, dócil y mansa, la dejaba hacer. le gustaba, decía, ver cómo me estremecía y me mordía el labio hasta que se ponía de color morado. a partir de entonces, lo mordí con más fuerza aún. 
las cosas empezaron a torcerse al cuarto día; con alarmante facilidad olvidé que tuulla tendía a hartarse de las cosas y de las personas con una asombrosa rapidez, sin previo aviso, sin ninguna explicación. lo que le había gustado un día no significaba que le gustara al segundo y yo nunca había sido una excepción. en la última noche había dormido apartada en un rincón de la cama, sin abrazarse a mí, ni tan siquiera besarme la espalda a media noche cuando se giraba. cuando despertó, mucho antes que yo, se duchó, se vistió deprisa y planeó un sinfín de actividades que incluían a otras personas, aparte de nosotras dos. observé un brillo especial en sus ojos al citar sus nombres y lo divertido que sería verlos y cambiar la rutina de los últimos días. comencé a empequeñecer y al salir a la calle ella pareció aliviada y yo en cambió sentí que me ahogaba y que necesitaba de nuevo mis pastillas. del resto del día sólo recuerdo la alegría de sus amigos al verla, los besos y abrazos que recibieron de ella, sus bromas y su risa estridente y las palabras que pronunció un par de veces cuando le preguntaron si volvería algún día, algo que yo no había sido capaz de preguntar. 
-quién sabe - bromeaba – aquí se vive muy bien y ya sabéis que aquí tengo a personas muy especiales, que aprecio de verdad. 
lo decía sin mirar a nadie, en general, todo el mundo podía darse cuenta, pero a mí me latía más fuerte el corazón y tuve que tomar un trago largo para atenuar mi excitación al imaginar que quizá, en breve, me sorprendería con la noticia de que se mudaba y de que viviríamos de nuevo en la misma ciudad. regresamos a casa en silencio. deseaba preguntarle. quería saber si había hablado en serio, si realmente quería volver y sobre todo, si yo tenía algo que ver, pero no tuve el valor. ella, además, había bebido demasiado y sabía que no era el momento para interrogarla con estos temas. al llegar se tumbó en el sofá esperando que su mareo remitiera y terminó quedándose dormida. descorché un botella de vino barato y bebí un poco más. me dolía la cabeza de tanto pensar y sabía que beber no era la mejor opción, pero no veía otra. 

la desperté media hora después para que fuéramos a la cama, pero de mal humor contestó que prefería quedarse allí, sola. se dio la vuelta y me apartó la mano que, con cuidado, acariciaba su frente. los demonios que se habían esfumado en los últimos meses reaparecieron de golpe, fortalecidos y multiplicados por mil. tuulla jugaba y y se divertía sin advertir que con sus palabras y acciones yo me desesperaba y poco a poco me adentraba en ese pozo profundo que tan bien conocía. acabé la botella de vino, pero no dormí. deambulaba por la casa de habitación en habitación sin saber cómo organizar el millar de ideas que parecían brillantes, y que involucraban a las dos, y que al minuto siguiente eran nefastas y sabía que no funcionarían. ni los libros, ni la radio consiguieron darme un poco de tregua. tuulla aparecía y desparecía de mi vidad sin que yo tuviera el menor control. resistirse o abandonar, ya no tenía capacidad para diferenciar una de otra y ni tan siquiera me importaba. una marioneta sostenida por un deshilachado filamento, esa era yo. 
abrí su maleta, olí su ropa y me la probé. me sobraba por todas partes y advertí que había perdido mucho peso y mis huesos sobresalían como si desearan escapar de la piel resquebrajada que les cubría. no les culpé. yo hubiera hecho lo mismo de haber podido. después doblé todo con cuidado y me senté delante de ella. recordé a mi compañero de clase diciéndome que no había para tanto y desee con fuerzas poder sentir del mismo modo, pero era imposible. para mi tuulla era todo. me concentré en respirar a su mismo ritmo, como si esto nos fuera a unir un poco más. bebí más vino y después corrí al baño a vomitar. 
tuulla no me necesitaba para nada. nunca lo había hecho. daba igual si volvía a la ciudad o si se marchaba, o si reanudaba la comunicación o la abandonaba. yo no era nada pera ella. ahí estaba mi condena y mi castigo, totalmente ajena e indiferente, estirada en mi sofá, tranquila y borracha, soñando con otras. conseguí dormirme cuando el sol despuntaba, en el suelo pegajoso y manchado de vino, al lado de la botella vacía y entre los pedazos de papel de su billete de avión que en algún momento de la noche había roto; fue otro gesto inútil. 

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