04 febrero 2019

de cuando sabía de todo

en el primer año de universidad me enamoré de alberto. mis amigas le encontraron rápidamente un apodo cuando se enteraron −alarmadas por mi peculiar debilidad para cierto tipo de chicos englobados en el grupo de raritos, zarrapastrosos y fumetas−  que me gustaba: el serpiente. los pantalones ajustados, imitación de la piel escamada de una serpiente, de color verdoso y negro que llevaba a menudo fueron el motivo de semejante mote que, por otro lado, siempre creí mucho mejor que su propio nombre, aburrido y neutro, demasiado falto de personalidad. el serpiente era cuatro años mayor y siempre iba acompañado de alguna chica rubia de melena larga y pantalones igualmente ajustados que le acariciaba el pelo largo y rizado o le daba un par de caladas a los cigarrillos antes de colocarlos entre sus labios. verlo me producía tal nerviosismo que prefería hacerlo desde muy lejos, de forma que era imposible que supiera que existía. me iba bien así o más bien, me había conformado con ver el espectáculo desde el otro lado de la barrera. el lado seguro, el lado en el que nunca sucedía nada. sabía que no tenía ninguna posibilidad –mi cuerpo flaco, mis tetas planas, mi pelo crepado y mi sonrojo exagerado lo confirmaban, en caso de duda− y me bastaba con saber que, de vez en cuando, lo veía tumbado en algún banco cuando hacía sol o esperábamos el mismo autobús, a las tres de la tarde.
una mañana, en clase de arte clásico, cuando la profesora había comenzado a hablar del friso de las panateneas con su puntero laser y su voz monótona, se abrió la puerta y apareció él, con sus pantalones de imitación y una chaqueta larga hasta las rodillas. marta koppel, una alemana grandota y rosada, interrumpió la clase, recordó la importancia de llegar a la hora y esperó a que el serpiente dejara de armar alboroto y se sentara. inexplicablemente, lo hizo a mi lado y me saludó como si hiciera tiempo que nos conocíamos.
−¿habéis hecho mucho? –me preguntó cuando se quitó la chaqueta y el jersey de lana que olía a naranja. balbuceé que no, que habíamos empezado hacía menos de cinco minutos. me molestó mi precisión de marisabidilla meticulosa.
−¿tienes un boli?
balbuceé que sí.
−¿y papel?
marta koppel paró de nuevo la clase y nos apuntó con el puntero laser:
−¿vais a callaros de una vez?
era la primera vez en mi vida que una profesora me ponía en evidencia delante de mis compañeros. me sentí indómita y poderosa. el serpiente pidió perdón y prometió que no volvería a ocurrir. la clase se rio de su sinceridad fingida. luego me miró unos segundos. era la primera vez que lo tenía tan cerca y creí que iba a escuchar los latidos acelerados de mi corazón. “esta tía está loca, ¿no?”, apuntó en una nota que me pasó a media clase.
contaba los días para las clases de arte clásico. él llegaba siempre tarde y yo siempre dejaba mi abrigo en el asiento contiguo para que se sentara a mi lado. me hacía reír en el aula para que la koppel nos echara bronca, me pedía los apuntes cuando se iba antes porque la clase lo aburría, comenzó a saludarme por los pasillos, un día nos sentamos juntos en el autobús de vuelta y otro me pidió si quería acompañarlo a una exposición de mapplethorpe.  le dije que sí, le dije que me encantaba mapplethorpe –no había escuchado en la vida ese nombre− y dejé de dormir dos días antes de la cita. no pasó nada esa tarde. hablamos mucho, eso sí. me contó de sus hermanas gemelas, del trabajo de restauradora de su madre y del estudio que tenía en el centro. me contó de los planes que tenía para el verano y de lo mal que llevaba los exámenes. me contó que le recordaba a alguien, a una actriz que salía en una película polaca de la que no recordaba el nombre y me puso la mano en la cintura antes de que se marchara a un concierto con unos amigos y yo regresara a mi casa, pletórica, incrédula, temblando. la siguiente vez que lo vi, por los pasillos de la universidad, iba con una chica de pelo corto y me saludó con un leve movimiento de cabeza. tardó un par de semanas en volver a clase y cuando por fin lo hizo, con esos pantalones de serpiente cada vez más desgastados, me preguntó si quería ir a pasar tres o cuatro días en el estudio de su madre, para preparar los exámenes. no me quedó más remedio que mentir. sabía que mis padres no iban a dejarme ir tres días con un chico a quien prácticamente no conocía y tampoco ellos. muchos menos un chico cuatro años mayor que yo. mucho menos un chico que fumaba porros, llevaba el pelo largo y pantalones de serpiente. no. no iba a funcionar así que les mentí. me iba con las amigas, a la casa de la playa de una de ellas. no pusieron ninguna pega y me dieron dinero para que lo pasara bien. el estudio de la madre del serpiente era grande, de techos altos, paredes gruesas y estaba repleto de estanterías polvorientas con libros de todo tipo: arte, literatura, cocina árabe. había también muchos cuadros en las paredes y esculturas de madera que, según me explicó el serpiente, hacía ella cuando tenía tiempo libre. dejé mi pequeña bolsa en el único cuarto que había. una cama grande ocupaba parte de la estancia y de inmediato sentí que aquello no iba a salir bien. había cometido un error, había mentido a mis padres y ahora no iba a poder salir de esa casa abarrotada en tres días. desde la cocina el serpiente gritó que sólo había vino tinto. contesté que estaba bien, aunque odiaba incluso su olor. nos sentamos en un sofá raído y me sirvió una copa y después otra. no tardé en sentir la cabeza pesada y el salón comenzó a darme vueltas. el serpiente hablaba y hablaba, pero yo no sabía de qué. sólo escuchaba su voz suave y su risa lejana, de vez en cuando. en algún momento me preguntó si estaba bien y le contesté que sí, que mucho. cuando dejé la copa vacía en el suelo me besó. sentía que me faltaba el aire y que su brazo, deslizándose por debajo de la camiseta, me aplastaba el pecho. pero no me moví. al contrario, ofrecí mi boca y mi lengua y dejé que su mano palpara mi piel sudada. cuando propuso movernos a la cama lo seguí cogida de su mano grande. tenía sed y, a pesar de estar a principios de un junio caluroso, me estremecí, pero no dije nada. dejé que me tumbara en la cama cubierta de una sábana granate y que desabrochara mis pantalones cortos. escuchaba su respiración entrecortada y puede que en algún momento susurrara mi nombre. me bajó las bragas y cuando sus manos subieron hacia mis muslos se lo dije:
−esta es mi primera vez.
se detuvo en seco y entornó sus ojos negros. enseguida apartó sus manos de mí, como si mi cuerpo le hubiera dado un calambrazo doloroso y advertí su decepción.
−esto cambia todo –dijo.
no me atreví a preguntar por qué, pero sentí lo mismo. él quería divertirse y en cambio tenía en la cama de su madre a una cría de diecisiete años que no había ido más allá de un par de besos con algún chico imberbe a la salida de alguna fiesta. nos separamos y le dije que tenía mucha sed. él fue a la cocina y yo me puse de nuevo las bragas.
pasamos el resto de días intentando recuperar cierta normalidad. estudiábamos hasta el mediodía y por la tarde él salía a dar una vuelta con algún amigo. yo le decía que prefería quedarme. en realidad temía encontrarme con mis padres o con alguien que pudiera delatar mi paradero. por la noche, a pesar de compartir cama, él se instalaba en un extremo y yo en el otro, asegurándonos que no íbamos a tocarnos. nos despedimos aliviados al tercer día, con un beso breve en la mejilla. no se me ocurrió mirar hacia atrás e imagino que a él tampoco. al entrar en casa mi madre miró con recelo mis piernas blancuchas. 
−estás más pálida de lo estabas cuando que te fuiste.
−no hizo sol ningún día.
−¿no? aquí sí, cada día. 
vaya.
¿de verdad has estado en la playa?
−¡claro que he estado en la playa, mamá! –chillé. ella negó con la cabeza.
−qué mal se te da mentir.
−no estoy mintiendo. sólo estaba nublado.
−tú sabrás lo que haces, hija, ya eres mayorcita.
me encerré en la habitación y rompí a llorar con la cabeza escondida en la almohada para que nadie escuchara mi tragedia. aprobé todos los exámenes, arte clásico con nota. también el serpiente. el último día de curso lo vi con la chica del pelo corto. iban cogidos de la mano, él con sus pantalones ajustados, ella con una camiseta corta que dejaba ver su ombligo minúsculo y moreno. ninguno de los dos me miró cuando me crucé con ellos en el pasillo. 

13 enero 2019

le digo que cuente conmigo para lo que sea. para hacerlo más honesto, más emotivo, añado al mensaje un par de emoticonos de una carita amarilla lanzando un beso. mi prima elena no responde y pasa una semana en la que sigo preguntándome cómo puede ser tan puta la vida. luego, el viernes, mientras estoy en el trabajo, recibo un mensaje de ella. le haría mucha ilusión, dice, que fuera a celebrar con ellos el cumpleaños de su madre. a la hora del café, puntualiza. le contesto al segundo y le digo que me hará mucha ilusión verlas y celebrarlo con ellas. de inmediato borro la palabra “celebrarlo” y escribo “estar”. claro que me hace ilusión, pienso. me siento honrada de que hayan pensado en mí y que, de alguna forma, pueda ayudarlas, ni que sea dándoles la mano un rato y hablar de cómo se encuentran. el sábado, día en el que hemos quedado, me despierto con la tripa revuelta y lo primero que me viene a la cabeza es claudio. lo enterramos hace doce días. lo imagino dentro del ataúd, en el nicho del cementerio. su cuerpo frío, flaco y rígido dentro del traje gris que eligieron elena y carmen. es una imagen que me persigue desde que lo vi en el tanatorio, rodeado de flores, detrás de un cristal empañado. carmen susurraba que parecía que estuviera durmiendo, pero no era cierto. parecía un muerto al que abrieron para hacerle la autopsia después de morir de repente, mientras dormía al lado de carmen, un dos de enero.
antes de salir de casa pienso en qué puedo decirles y no se me ocurre nada que no les dijera ya en el tanatorio. al menos, las intenté consolar ese día, una al lado de la otra, cogidas de la mano, murió tranquilo, sin sufrir, sin darse cuenta. me pareció insuficiente y continué: al menos pasó, pasamos, un feliz comienzo de año todos juntos. ellas asintieron. no sé si me escuchaban, si comprendían lo que estaba contándoles. me callé y las abracé de nuevo. lloramos sin consuelo. ¿en serio está muerto? sí, pasamos un feliz comienzo de año: comimos en familia, en su casa. carmen cocinó canelones, rape y pavo. claudio preparó la mesa con esmero, puso velas, descorchó las botellas de vino y cortó la tarta. elena se quejó de que hacía demasiado calor y julio, su hijo de cuatro años, se subió a la silla y nos enseñó el culo después de recitar una poesía que había aprendido en la escuela. nos levantamos de la mesa a las siete. había anochecido y estábamos abotargados de tanto comer y beber. carmen me dio una fiambrera con los restos de comida que sobraron y claudio me abrazó y me recordó que estaba demasiado delgada. al día siguiente, a las diez de la mañana, me llamó mi madre. supe que algo había sucedido. hay llamadas, a ciertas horas, que anticipan un corte, una grieta, un final. claudio estaba muerto.
‒claudio, ¿el marido de carmen? ¿el padre de elena? ¿con quien comimos ayer? ‒pregunté, sabiendo que no conocía a ningún otro claudio.

llego a casa de elena a las cuatro y cinco. no llevo ningún regalo para carmen que ayer cumplió setenta y dos años. ¿qué regalarte a alguien que se estrena como viuda? qué broma macabra celebrar un cumpleaños, una semana después de la muerte del marido. no llevo ningún regalo y llamo al timbre sin habérseme ocurrido un nuevo consuelo. carmen y elena me reciben en el rellano, sonrientes. tienen una sonrisa tétrica y forzada. la mía, imagino, es similar. nuestros abrazos duran unos segundos de más. nuestros abrazos son más precisos que nuestras palabras. la casa está recogida y julio juega a los trenes mientras en la tele hay puesta una película de dibujos animados que elena y yo nos sabíamos de memoria cuando éramos pequeñas. saludo al marido de elena y le pregunto cómo está. es el único a quien me atrevo a preguntar. bueno, responde él. beso a julio que está vergonzoso y no quiere darme un beso de vuelta, a pesar de la insistencia de elena y de carmen. el niño se convierte en nuestro salvavidas. el niño y la película. comentamos las escenas mientras julio va perdiendo la vergüenza y me enseña los nuevos juguetes: trenes, coches de policía, ambulancias.
‒este es mi favorito‒ dice señalando un camión de la basura verde‒. me lo regalaron en casa de los abuelos.
la casa de claudio y carmen sigue siendo la casa de los abuelos y no me atrevo a alzar la vista hacia carmen. la película se termina y julio pide otra. lloriquea cuando su padre le dice que no, que ahora que he llegado yo tomaremos los postres. el niño se niega. no quiere postres, él ya ha tomado su yogur y quiere más películas. interviene carmen, con su voz melosa y suave, que le promete ver más películas el lunes, cuando vaya a recogerlo del colegio. pero para el niño eso es mucho tiempo de espera. se sube al sofá, salta encima de su padre y le pega suavemente en las piernas. carmen tiene la mirada extraviada. hay algo que no entiende, algo que se le escapa, pero temo que su incomprensión tenga que ver con lo que está ocurriendo en este salón. se ha pintado un poco los labios, ha ido a la peluquería y luce una media melena brillante y recién teñida de castaño chocolate. se ha vestido con esmero: unos pantalones negros, una camisa rosa pálido y una botas con poco tacón. es la viva imagen de alguien que lo intenta con todas sus fuerzas, pero que no está. el niño se calma. accede a merendar fruta mientras nosotros tomamos el postre y luego, dice, jugaremos al rainbow. elena prepara el café y saca una bandeja de lionesas. han tenido el detalle, pienso, de no comprar una tarta de cumpleaños ostentosa y festiva. las lionesas, una docena en una bandeja demasiado grande, son desproporcionadas a nuestro entusiasmo. el niño las toquetea todas con sus deditos minúsculos. elena lo riñe y él se ríe. se ríe de nosotros porque tenemos que comernos los postres sin hambre, sin motivo, sin celebración, mientras él mordisquea medio plátano. carmen coge la primera, de crema. las mismas que le gustaban a claudio. no puedo evitar preguntarme si la ha elegido para ella o para él. asegura que está muy rica, pero la traga sin masticar e inmediatamente coge otra, también de crema. quiere acabar cuanto antes, pienso, eligiendo una de chocolate que dejo en medio de mi plato. hablamos del nuevo supermercado que van a abrir en el barrio y de las muchas cafeterías que han abierto recientemente. durante cinco minutos hay cierta normalidad en nosotros. nos reímos, tomamos el café, le pregunto a elena dónde compró la planta que tiene junto a la ventana. cualquier nimiedad nos distrae y nos aferramos a ella: el niño, la planta, los postres empalagosos. en uno de los silencios entre un tema y otro, carmen coge la última lionesa de crema y anuncia que va a marcharse. elena la mira inquieta, asustada.
‒es muy temprano, mamá.
‒pero si aún no hemos jugado al rainbow –protesta su nieto.
carmen asiente y sonríe, como quien se ha equivocado y ahora debe aguantar y mantener el tipo. quiere marcharse, pero se queda y sacan las cartas y nos explican cómo jugar al rainbow y miro a carmen que no entiende las instrucciones, pero que dice que sí a todo porque resulta más fácil y mira la bandeja de las lionesas y luego a su hija y luego a su anillo de casada, grueso, de plata, y sonríe. sonríe como si eso fuera a devolverle al marido muerto, sonríe como si en eso fuera a consistir su vida a partir de ahora, sonríe como si en algún momento, tal vez en su casa, por fin, pueda dejar de sonreír de una vez por todas. jugamos al rainbow y pretendemos estar concentrados en el juego, en formar palabras y quitarle las cartas buenas al contrincante. jugamos al rainbow mirando con disimulo el reloj de la pared. jugamos al rainbow esperando llegar a una hora prudencial en la que marcharse no sea una huida precipitada, un grito, un respiro. jugamos al rainbow sin claudio, pero con él. el niño se enfada cuando pierde y elena le recuerda que no siempre puede ganar. el niño le pregunta por qué. elena contesta que así funcionan las cosas y el niño se saca un moco y simula lanzárselo.
‒ahora sí voy a marcharme. no quiero llegar a casa cuando sea de noche.
carmen se levanta.
‒pero seguid jugando vosotros, por favor –nos pide.
nadie insiste esta vez. nos da las gracias a todos, nos besa y abre la puerta. el abrazo es ahora atropellado y nervioso. apenas nos mira. ¿creerá carmen que estorba? ¿que su pena es menos lúcida, más siniestra, que su dolor está contagiando la velada, este empeño de fiesta que elena ha organizado para un cumpleaños que desentona?
‒seguid jugando –repite varias veces.
al cerrar la puerta hay un silencio distinto, menos denso, más soportable. nos volvemos a sentar en la mesa y el marido de elena retira la bandeja y las tazas de café.
‒¡ahora juguemos a la oca! –grita julio, entusiasmado.
sacan el tablero y miro el reloj de la pared. apenas han transcurrido dos horas. imagino a carmen esperando el autobús, justo debajo de casa, temblando de frío.
enterraron a claudio a las cinco de la tarde. oscurecía y optaron por colgar los ramos de flores delante de la lápida porque la masilla para sellarla no se secaba con suficiente rapidez y la ceremonia estaba alargándose demasiado. carmen se acercó al nicho y temí que no quisiera dejar solo a claudio esa primera noche en el cementerio. elena tiró de ella con suavidad hacia la salida y carmen reaccionó como se esperaba: con solemnidad y entereza. cogió algunas rosas rojas de los ramos y las regaló a elena y a los familiares que estaban cerca. yo, bastante más apartada, agradecí quedarme sin una.
veo la rosa en una de las estanterías de enfrente, en un vaso de agua limpia. elena la mira también. entonces carraspeo, cojo su mano tibia, y le pregunto cómo está. me parece una pregunta absurda y estúpida y, sin embargo, también esto se espera de mí. muy triste, responde, casi aliviada de poder pronunciar algunas palabras sinceras. muy muy triste.
‒¿y tu madre?
‒ella está sola.
imagino a carmen llegando a casa en unos minutos. encender las luces, avanzar por el pasillo, las fotos en blanco y negro de claudio y ella el día de su boda, ponerse el pijama que dejó preparado encima de la silla del dormitorio, sentarse, encogida, en el sofá, poner la tele, mirar el reloj, esperar a que lleguen las nueve para tomarse la pastilla de dormir, desvelarse a media noche, apartarse, sobresaltada, en el lado de la cama donde dormía claudio –ese sigue siendo su lado de la cama, de la misma forma que en el armario sigue colgada su ropa y en el baño está el gel con el que se duchaba‒, llorar y tomarse otra pastilla.  
gano dos partidas de la oca. la tercera la gana julio. son las siete menos cuarto y no sé cómo decir que debería marcharme ya. no sé si estoy ayudando o soy un peso añadido. no sé si necesitan estar solos o tener a alguien con quien hablar de supermercados y plantas. no sé por qué, de todas las personas que hay en el mundo, le tocó a claudio. no sé cómo se hace frente a la muerte.
llego a casa después de dar un paseo largo. tengo la cara y las manos heladas, pero el aire gélido me ha venido bien y siento el cuerpo vivo y cansado. me meto temprano en la cama y leo un par de capítulos de un libro aburrido antes de que me venza el sueño y me duerma con la luz encendida y el libro abierto en la falda. a las tres me despierto. tengo sed y me rugen las tripas. me levanto para buscar algo en la cocina, pero en el salón me llama la atención una ventana vecina. hay varias personas fumando en el balcón y dentro, en la habitación, mujeres bailando. de abrir la ventana escucharía las risas y la música alta. durante unos minutos los observo desde la oscuridad y el silencio de mi casa. comienzo a temblar de frío, pero sigo de pie, descalza, viendo cómo levantan sus copas llenas y brindan. cuando regreso a la cama, con la panza llena, pienso que quizá el año que viene, si estamos todos bien, podría regalarle una planta vistosa y fácil de cuidar a carmen el día de su cumpleaños.

26 noviembre 2018

a las nueve en punto

salió de la nada. o puede que yo cerrara los ojos unos segundos. sí, puede ser: eran la seis de la mañana y llevaba cinco horas conduciendo. no me dio tiempo a frenar. para cuando lo hice la ventana delantera estaba salpicada de sangre. paré el coche en medio de la carretera y abrí la puerta. una bofetada de aire gélido y viento terminó de desvelarme por completo. comencé a tiritar, aunque no tenía nada que ver con la temperatura. era un ciervo pequeño. tenía la tripa abierta y se estaba formando un charco de sangre negruzca y espesa alrededor de su cuerpo reventado. “mierda, joder”, solté. revisé el capó, abollado en un lateral y con restos de vísceras del animal. “joder, joder, joder”, grité en medio de la oscuridad de la noche. no iba a llegar a tiempo. llamar a la policía, esperar a que llegaran, las preguntas, el parte, retirar el cuerpo del animal, más preguntas. puede que incluso me hicieran soplar. me había parado a tomar un par de cervezas hacía unas horas… y luego habría que avisar a polly, a esas horas. se asustaría primero y discutiríamos después. “siempre haces igual”, diría. “eres un irresponsable y tus hijos nunca han sido tu prioridad. un irresponsable y un perdedor”, repetiría varias veces hasta que comenzáramos a chillarnos y uno de los dos colgara, dejando al otro con la palabra en la boca. resoplé varias veces, fui hacia el arcén y pateé algunas piedras pequeñas que salieron disparadas en varias direcciones. había olvidado el frío y notaba la espalda empapada de sudor. habíamos quedado que los recogería a las nueve. “a las nueve en punto”, había recalcado polly varias veces. yo le había asegurado que sí. “a ti ya no te creo nada”, había dicho antes de colgar. les había prometido a los niños que iríamos a pescar, que pasaríamos dos días en las montañas, que haríamos fuego y que subiríamos a los lagos. hacía más de dos meses que no los veía y aunque polly seguía sin fiarse de mí había accedido a regañadientes a que los viera. y ahora no iba a llegar por culpa de un maldito ciervo que me miraba con sus ojos negros y asustados y polly tendría razón. un perdedor. un irresponsable. regresé al coche y busqué en los bolsillos de la chaqueta. saqué un cigarrillo y lo fumé rápido mientras daba vueltas al animal muerto. el sonido de las ramas mecidas por el viento era el único ruido que escuchaba en medio de esa carretera secundaria y desértica. me reí al pensar que, de cruzarse algún otro vehículo y verme ahí, con el ciervo abierto en canal, se llevaría un susto de muerte. había que moverse. le di la última calada al cigarrillo, apagué la colilla con la punta de las botas y me arremangué. los regueros de sangre habían alcanzado el carril contrario y las ruedas traseras del coche. cogí al animal por las patas. tenía un pelaje suave y su cuerpo seguía aún cálido. comencé a tirar de él con fuerza. eran apenas un par de metros hasta la cuneta y el comienzo de la ladera, pero el condenado pesaba una tonelada y, fuera del alcance de las luces del coche, me costaba ver un lugar escondido donde dejarlo. un empujón más. y otro. resollaba. entonces escuché, a lo lejos, el ruido de un motor. alcé la cabeza, pero no vi nada, ni un sólo destello. sólo son imaginaciones tuyas, pensé. acaba con esto rápido y en menos de tres horas estarás con tus hijos. sentía las manos viscosas, el corazón acelerado. la sangre del animal me había manchado la camisa, los bajos de los pantalones y las botas. continué tirando, cada vez más sudado y cansado, hasta llegar a la cuneta y ahí lo dejé, a la vista de todo aquel que pasara por la carretera. después, con un jersey viejo que había empaquetado para la acampada, limpié la parte delantera del coche y el cristal de la ventana que quedó embarrada y pegajosa. me sequé las manos, la frente, el sudor del cuello y tiré el jersey al lado del ciervo. a pesar de poder continuar mi camino seguía alterado. tenía un sabor metálico en la boca y el hedor a sangre e intestinos impregnaba el aire glacial de la noche. “sólo es un ciervo”, me decía, “un puto ciervo. en nada verás a los niños y todo esto habrá pasado”. subí al coche, busqué los cigarrillos y arranqué. el ruido sordo del motor me tranquilizó. miré por el retrovisor mientras me alejaba del animal que se convertía en un bulto deforme y difuso. conduje rápido, más de lo que las señales de tráfico permitían, las ventanas abiertas y la música alta. a las nueve menos cuarto aparqué delante de la casa de polly. bajé del vehículo con una bolsa de regalos que les había comprado a los críos y llamé al timbre. podía escuchar su alboroto mientras bajaban las escaleras y la voz de polly que les pedía que se calmaran. sonreí al pensar en esos días que pasaríamos juntos y en todo lo que íbamos a hacer. polly abrió la puerta y me miró aterrada. los niños, detrás de ella, dejaron de sonreír, entornaron sus ojos pequeños y oscuros y dieron unos pasos hacia atrás.