06 noviembre 2018

Revolución

En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí.
Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver.
Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable.
Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista.
La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. 
Pero al cabo de cierto tiempo la novedad dejó de ser tal y no quedó más que la incomodidad. Así que puse la cama aquí y el armario en medio.
Esta vez el cambio fue radical. Ya que un armario en medio de una habitación es más que inconformista. Es vanguardista.
Pero al cabo de cierto tiempo... Ah, si no fuera por ese "cierto tiempo". Para ser breve, el armario en medio también dejó de parecerme algo nuevo y extraordinario. 
Era necesario lleva a cabo una ruptura, tomar una decisión terminante. Si dentro de unos límites determinados no es posible ningún cambio verdadero, entonces hay que traspasar dichos límites. Cuando el inconformismo no es suficiente, cuando la vanguardia es ineficaz, hay que hacer una revolución.
Decidí dormir en el armario. Cualquiera que haya intentado dormir en un armario, de pie, sabrá que semejante incomodidad no permite dormir en absoluto, por no hablar de la hinchazón de pies y de los dolores de columna.
Sí, esa era la decisión correcta. Un éxito, una victoria total. Ya que esta vez "cierto tiempo" también se mostró impotente. Al cabo de cierto tiempo, pues, no solo no llegué a acostumbrarme al cambio -es decir, el cambio seguía siendo un cambio- sino que, al contrario, cada vez era más consciente de ese cambio, pues el dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo.
De modo que todo habría ido perfectamente a no ser por mi capacidad de resistencia física, que resultó tener sus límites. Una noche no aguanté más. Salí del armario y me metí en la cama. 
Dormí tres días y tres noches de un tirón. Después puse el armario junto a la pared y la mesa en medio, porque el armario en medio me molestaba.
Ahora la cama está de nuevo aquí, el armario allá y la mesa en medio. Y cuando me consume el aburrimiento, recuerdo los tiempos en que fui revolucionario.


La vida para principiantes, Slawomir Mrozek

23 octubre 2018

lo que no cura el amor lo remediarán las estadísticas

mi madre –con buena intención, supongo- me repetía a menudo que viajara por todo el mundo antes de casarme
que conociera a muchos antes de ponerme seria
ponerme seria, decía para evitar algunas palabras que a ella
sesenta y dos años, alta, bien plantada, cintura estrecha, pelo lacio
sombra siempre
le seguían resultando dolorosas
marido
era una de ellas
abandono, otra, más tardía.
pronosticaba, por mis pocas palabras y tendencia al desánimo, una elección desacertada
un futuro opaco
un esposo atolondrado o
mucho peor
demasiado listo.
de querer ser madre, decía, mejor compra un cactus 
adopta un perro, de salir bien lo del cactus
mide antes tus posibilidades y cuídate de hacer planes para toda la vida. viaja a un lugar más remoto aún, si sigues en el empeño.
y para terminar, por si todo aquello no era suficiente, por si todo eso no me disuadía y no me hacía encoger en el sofá raído del lado de la ventana
sentenciaba: el amor, hija mía, dura tres años.
desde entonces, cría tonta, leo y calculo:
uno de cada diez matrimonios se rompe al final del verano
dos tercios de la población engaña a su pareja
en menos de una década el número de divorciados superará al de solteros
tres años dura el amor. tres.
así que viajo y estoy a salvo
así que cuido de trece cactus que apenas piden nada
así que paseo a plutón por la mañana
él, trota tras su pelota. yo, sigo contando
uno de cada cuatro varones admite
y observo al muchacho sentado en el banco, la mirada velada, el temblor de su mano pálida
dos de cada cinco mujeres nunca
y pienso en mi madre sombra, sentada en el sofá raído, esperando la visita de un cadáver
mil de cada mil se arrepienten
pero permanecerán callados
uno de cada uno volvería
pero contará lo contrario
y yo, indemne, aparte, respirando el mismo aire helado de los desconsolados
de los que juraron antes de saberse amados
de quienes viven perdidos en su propia escafandra 
y yo, la excepción torcida de las hijas sabias,
miro mapas de tierras extrañas, siempre prudente, siempre al margen.
y eso hago: llego y me marcho
llego y me marcho
porque tres años
dura
y tres años, muchas de muchísimas veces, es demasiado.

  

*datos totalmente inventados.

15 septiembre 2018

deshacerse del cuerpo

ahora que ya nadie me quiere
ahora que nadie pregunta qué leí ayer, cómo visto hoy, nos veremos mañana
ahora que a nadie le cuento qué recordé ayer, con quién soñé hoy, no
no nos veremos mañana
me observo distinta
brillante. amable
tan sabia, ida y valiente 
ahora que nadie apunta y dispara
que quedan sólo rasguños sin importancia
un par de recuerdos, dos caricias, dos noches en blanco
me deshice de mi cuerpo
antiguo
ese que entorpecía los días futuros
ese que cobijó cuchillos, piedras y engaños
ese que usé como escudo maltrecho. arma cortante
ese que pedía limosna en la puerta de cualquier inicio
ese que -tal vez- te conoció por azar, por error, por ahuyentar el tedio, 
por espantar la grieta doliente después de un desenlace.
me deshice de él:
de mi cuerpo 
antiguo 
el que habitaba en una casa en llamas
el que se resquebrajó como la tierra seca. nula.
el que -tal vez- reconoció tu pena, tu mentira, tu alma de niño muerto
de espinas y arañas.
me deshice de él
un cuerpo
antiguo.
y ahora,
ahora que nadie, ahora que nada
mis rodillas no soportan ninguna ficción lastimosa ningún cuento trágico
ningún personaje cubierto de sombras tristes
mis dedos, más caprichosos, juguetean ante cualquier precipicio y demanda
mi boca, más entregada, se ríe de ganas y hambre 
la mirada regala fruta y flores. los pechos un verano suave hasta mediados de marzo. la piel un refugio. una cima con vistas, ni una alambrada. 
me deshice de él
y, sin él,
también
me deshice del último trozo de ti -personaje y araña- apegado a un cuerpo antiguo.