02 marzo 2018

de espaldas

el uniforme le queda corto. los tobillos, anchos y peludos, asoman por debajo del dobladillo del pantalón. la camisa le aprieta por los costados y las axilas y las mangas de la chaqueta le quedan a medio brazo.
-qué guapo estás –susurra mariela.
-¿tú crees?
ella le besa la mejilla y sale de la habitación contestando un sí que se pierde entre los ladridos de gata, la perra que adoptaron hace cuatro años.
-yo creo que me han dado una talla menos. ¿no crees que es una talla menos? –grita dándose media vuelta delante del espejo y haciendo una mueca de desapruebo.
mariela no responde y gata ladra con insistencia, exigiendo caricias y atención. rubén pasa por su lado sin mirarla. si al menos pudiera conseguir una chaqueta más grande para esta noche, estaría más cómodo, más centrado.
-¿has visto mi móvil?
-encima de la mesa, amor.
-voy a llamar a vicente. a ver si tiene una talla más grande que le sobre. esta me aprieta de aquí y de aquí. apenas puedo moverme. ¿lo ves?
mariela alza la vista de su pantalla y asiente sólo para que se quede tranquilo.
-¿sí, no? –insiste él- ¿o tú me ves bien?
-ay, amor, qué pesado te pones a veces.

el trabajo es fácil y está bien pagado. entró gracias a vicente, que aseguró a los de arriba que su amigo era un tipo responsable y serio. y lo es. nunca, desde que comenzó, hace un año y medio, ha llegado tarde, se lleva bien con todos sus compañeros y no causa problemas. gracias a eso, en estos últimos meses, le permiten, de vez en cuando, escoger donde trabajar.
-nada de segunda, ni estaciones de metro, vicente. ahí abajo, sin ver la luz del día, me entra claustrofobia y me agobio mucho. un día casi me desmayo del calor que hacía. y la gente. y el griterío.
-entonces, ¿qué?
-hombre, si pudiera en primera, no te digo que no.
vicente se ríe.
-claro, claro, en primera, anda que no sabes tú. cómo si ahí no hubiera gente ni griterío.
-es otra cosa. nada que ver.
-veremos lo que puedo hacer. ¿no te importa trabajar los domingos?
rubén sonríe. no cree que lo haya conseguido tan fácilmente.
-domingos, sábados y lo que haga falta.

así que ahora mariela se ha quedado sin los paseos que daban por el parque grande, cogidos de la mano, en silencio o hablando de lo que iban a cenar por la noche, compartiendo un helado o un cucurucho de castañas. no se queja, el dinero les hace falta, pero lo echa de menos. le compensa verlo feliz, inquieto desde primera hora de la mañana, haciendo rabiar a gata y acicalándose a conciencia delante del espejo del baño. cuando se despiden en la puerta ella siempre le hace la misma broma:
-hoy sales seguro. hazme una señal, ¿de acuerdo?
y rubén repite siempre la misma respuesta:
-¡pero si yo no soy la estrella!
-levanta una ceja o tócate la nariz. –continúa ella- o mejor aún, ¡mándame un beso!
-sabes que no puedo. me despedirían al instante.
-eres un soso, rubén. tu trabajo es más importante que yo.
él la besa y baja por las escaleras, para apaciguarse un poco, aunque sabe que la calma durará poco tiempo. ella busca con el mando la cadena que dará el partido y se acurruca en el sofá. gata no tarda en subirse y ambas se duermen hasta que alguno de los equipos marca el primer gol y el estruendo de gritos y aplausos las despiertan de golpe.

el único partido en el que rubén sintió miedo fue hace ocho meses. se rumoreaba que el árbitro había sido comprado y que iban a recompensar a los jugadores generosamente. el campo, lleno por primera vez en semanas, ofrecía un césped escaso y seco y algunas de las sillas descoloridas tenían el respaldo roto. cuando el árbitro sacó la primera tarjeta roja, diez minutos después de que comenzara el partido, los himnos dieron paso a los insultos. alguien lanzó un mechero que cayó a los pies de rubén. él miró a su alrededor. centenares de caras crispadas y enrojecidas, escupiendo “hijo de puta” al árbitro. puede que a él también. ignoró el mechero, pero no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió la espalda y terminó en su nuca rapada. apretó los puños con disimulo, separó un poco las piernas y alzó ligeramente la barbilla hacia el cielo nublado, recordando el consejo que le había dado vicente y que, en su opinión, no fallaba nunca.
-si te ven seguro, no se atreverán a nada.
separó un poco más las piernas, pero la sensación de que algo iba a suceder no se le pasó.
cuando los abucheos ensordecieron sus tímpanos intuyó una nueva injusticia, esta vez mucho más grave. qué puede ser más grave que una roja, se preguntó sin dejar de observar las muecas, los gestos, las bufandas pisadas en el suelo, algún empujón airado. tragó saliva. algunos asistentes con niños se levantaron y abandonaron las gradas. un chico de no más de catorce años lloraba asustado. rubén comprobó que separar las piernas no servía como remedio y bajó la barbilla, aunque eso lo encaraba directamente a un público embravecido y soez. cuando por fin el árbitro pitó el final de la primera parte creyó que los ánimos iban a apaciguarse, pero fue justo entonces cuando alguien saltó al campo. al verlo por la tele, al día siguiente, junto a mariela que aún temblaba del susto, vio todo lo que había ocurrido a sus espaldas. las cámaras mostraban que ellos poco podrían haber hecho para detener aquella batalla campal que se desató en cuestión de segundos. martínez salió corriendo, en dirección al chaval, pero detrás de él lo siguieron un grupo de cuatro o cinco chicos, igual o más jóvenes. algunos con la cara tapada. a ellos se sumaron siete u ocho del equipo contrario. rubén reaccionó tarde. cuando finalmente se giró para ver a quién gritaba el poco público que quedaba en su zona, una treintena de personas estaban zurrándose delante de la portería contraria. nadie les echó una bronca. nadie les dijo que no habían hecho bien su trabajo. nadie los culpó de los doce heridos leves y los tres hospitalizados, pero mariela le suplicó que hablara con su jefe para que lo cambiaran de lugar de trabajo.
-¡pero si a mí me encanta estar ahí! –dijo él, sintiendo que estaba mintiendo, pero que prefería eso a bajar al metro.
-algún día uno de estos críos locos te sacará una navaja y verás lo encantado que estarás.
-estás exagerando. es la primera vez que ha habido lío, pero no es lo habitual y lo sabes bien. una navaja me la pueden sacar en el metro, en un museo o en un centro comercial. te la pueden sacar a ti en la calle cuando vas a por el pan.
mariela puso los ojos en blanco.
-además, esta vez casi salgo en la tele.
el domingo siguiente regresó a un campo de segunda. el equipo local perdió por siete a uno, pero jugadores, entrenador y aficionados admitieron que había sido un resultado justo.

comparte vagón con hinchas del equipo visitante que lucen sus camisetas de manga corta, a pesar de los nueve grados en la ciudad. han derramado cerveza en el suelo, ahora pegajoso y ennegrecido. rubén siente el hormigueo en el estómago, no tanto por el trabajo, sino por el partido. la final. hacía ocho años que el equipo no llegaba tan lejos y les basta con marcar un gol para proclamarse campeones. un gol solamente, se dice mirando la tripa que sobresale por debajo de una de las camisetas del tipo que se ha sentado a su lado. un gol no es nada. y rissantini se ha recuperado de su lesión en tiempo record y creen que podrá jugar hoy. un gol y serán campeones. nunca ha trabajado en una final y sólo una vez entró en el campo, de excursión con el colegio, cuando tenía diez años. detrás de sus compañeros, escondido y disimulando, se arrodilló y arrancó un poco de hierba para llevarse de recuerdo y guardarla en su cajón de los secretos. también estuvo una semana rogándole a su padre que lo llevara al campo a ver un partido, como hacían todos los padres de sus amigos, pero tuvo que contentarse con la habitual pantalla del salón y una dosis extra de coca-cola que le sirvió su padre con la condición de que se callara un rato.
los del bar de enfrente de casa también se han enterado. no sabe cómo. tal vez mariela. en los últimos días lo han invitado a cafés y cañas cada vez que pasaba por delante. le han preguntado si lo conseguirían, si serían campeones, como si él tuviera un poder especial sobre el equipo y, escuchada su opinión, si podría conseguir alguna entrada, ni que fuera arriba del todo. durante unos días se ha sentido, o más bien le han hecho sentir, importante. él estará en el campo, en la final, a pocos metros de rissantini. menuda suerte. pues si no puedes conseguir una entrada, a ver si logras una camiseta firmada, para el crío.

al llegar a su parada el vagón se vacía y mientras avanza por el pasillo, a pocos pasos de los hinchas del equipo contrario, resuena el rugido de la multitud. el hormigueo, lejos de desaparecer, le perfora el estómago. tal vez no esté preparado para esto, piensa. tal vez me precipité. puede que mariela tuviera razón: un museo, un centro comercial… otra horda de visitantes pasa por su lado. hombretones de metro noventa y cien kilos, que llevan todo el día bebiendo cerveza.

vicente lo está esperando. lo saluda y lo mira de arriba abajo.
-¿qué le ha pasado a tu uniforme?
rubén siente la camisa pegada a las axilas sudadas. se excusa torpemente y vicente se ríe al descubrir sus tobillos desnudos.
-así no puedes salir, por dios. ¡menuda pinta y menuda imagen para la empresa!
rebuscan en las cajas de cartón arrinconada debajo de la mesa de su pequeño vestuario. los pantalones de talla extra grande se mezclan con chalecos que están en desuso. al final no queda más remedio que admitir que rubén saldrá al campo con lo puesto, pero tan pronto comienzan a inspeccionar los asientos, los baños y los pasillos en busca de paquetes sospechosos se han olvidado sus tobillos al aire.

a su derecha, a menos de dos metros, rissantini, calentando. a su izquierda, un poco más alejados, díaz, marques, kjügger y el míster, que no para quieto y da instrucciones a grito pelado. el partido hace veinte minutos que ha comenzado y rubén intuye todo lo que ocurre a través de las caras de los aficionados y de los propios jugadores que, sentados en el banquillo, gesticulan tanto o más que el míster. rubén está inquieto. sólo un gol. aprieta los puños. recuerda la postura indicada de vicente, pero es imposible permanecer quieto. cada vez que alguien en las gradas se levanta siente que por fin ha sucedido. un gol. sólo uno. cuando vuelve a sentarse le maldice interiormente y junta las piernas. el míster pasa por detrás de él, pidiendo calma a su equipo:
-chicos, chicos, jugad con la cabeza –les grita. 
rubén puede oler su perfume de lo cerca que está. nada más y nada menos que el míster. el mismo que jugó en este equipo hace veintisiete años. el mismo cuyo póster colgaba de la cabecera de su cama. el mismo que lo hizo llorar de pena cuando anunció que se retiraba.
-rissantini, mueve el culo –vuelve a gritar.
rissantini corre a su lado. rissantini va a salir a jugar. increíble. hace dos días era impensable que pudiera, después de la brutal entrada que recibió en el partido anterior. la grada ovaciona al delantero. lo llaman genio, dios, duende, el grande. aplauden con fervor y, como ellos, desea que sea él quien los lleve a la gloria. si puede ser, pronto. pero el gol no llega y el míster brama, chilla, se desgañita justo detrás del cogote de rubén.
-así, no, marques. así no –vocifera y rubén debe imaginar qué cagada habrá hecho el inútil de marques que hace tiempo que debería haber sido cedido a algún equipo de tercera regional.
la afición se impacienta, consultan sus móviles en busca de algo que se han perdido en el campo, miran el marcador, se arremangan las mangas, abuchean, protestan y tiran las cáscaras de las pipas al suelo. en algún momento los silbidos se multiplican. la afición se pone en pie y estiran sus cabezas para ver con claridad. se hace un silencio extraño. rubén nota que el corazón le late demasiado deprisa y tiene la camisa estrecha empapada. se dice que está trabajando, que debe calmarse, pero no funciona. separa las piernas, vuelve a juntarlas y se pregunta si será rissantini. si, tal vez, le ha pasado algo. una caída. tiene que ser eso. se ha lesionado. lo han lesionado. esa panda de vikingos no saben jugar limpio. el míster se ha alejado y sólo puede guiarse por las caras de espanto de los chavales que tiene en la primera fila. pero pasados unos segundos rissantini, o quien sea, parece que consigue levantarse. el público aplaude. si pudiera ladear un poco la cabeza. sólo un poco para ver si se trata de rissantini. levanta la barbilla. separa las piernas. aprieta los puños. un puñetero gol. alguien pide que corran más. otro pide calma. ya no puede distinguir de dónde vienen las ordenes. pero la calma no llega y la afición vuelve a levantarse. algunos se llevan las manos a la cabeza, otros se giran y prefieren no ver, los chavales de la primera fila brincan y se abrazan mucho antes de que el campo estalle en un clamor atronador. un gol. no hay duda. ha habido un gol. un gol de los suyos. de su equipo. de los campeones. los gritos no cesan. todos se felicitan y se abrazan. un gol. un golpe fuerte en la espalda lo desplaza unos pasos hacia delante. siente un dolor seco en las lumbares. se gira sin entender ni saber qué ha ocurrido. pegados a él, el míster, rissantini, bueyo y marques se abrazan e improvisan un baile sencillo. el míster, rissantini, bueyo y marques. decenas de flashes lo deslumbran. cámaras de todo el mundo graban la escena que millones de espectadores ven en sus hogares. los astros del fútbol, en primer plano, celebrando. rubén con su camisa estrecha y sudada y sus pantalones demasiado cortos, justo detrás, sonríe, levanta el brazo tímidamente y, con un poco más de decisión a medida que alza la mano y la despliega, le dedica un saludo a mariela. 

31 diciembre 2017

una piedra pequeña


mis acciones rebeldes apenas maullan
son pequeñas y nimias
cuando me hablan -si es que esto llega a ocurrir- lo hacen bajito, mirando al suelo, temerosas de hacerse notar, provocar un motivo, deshilachar un fino hilo del que pende una vida llana. 
se constriñen cuando me levanto a las siete 
-cinco y cuarto, si lo temeroso desplaza a lo real- 
niegan cuando salgo diez minutos antes 
por si acaso 
por un margen más bien inútil 
por si faltara o sobrara eso que nunca sobra o falta. nunca. 
para no correr, despeinarme, alborotar el plácido ritmo cardíaco
para llegar a tiempo de ver el autobús cerrando sus puertas, el ascensor cerrando sus puertas, el podría ser cerrando sus puertas. 
para contar una hora de reloj, media. otra más, de vida. un descafeinado aguado, una manzana saludable para qué, un saludo que se pierde entre órdenes urgentes. una tarea tan lejana a mí, 
tanto 
que juraría fue inventada sólo para sentir ajenas mis propias manos. por no hablar de la cabeza: amostazada, adormecida. cerrando sus puertas. 
mis minúsculas acciones rebeldes se encogen ante el umbral de cualquier posibilidad nueva 
tiemblan de rabia cuando pronuncio sí 
sabiendo que ahí 
cabía un no
se impacientan ante el titubeo con el que anuncio un nombre escaso, se retuercen incómodas y adustas. me señalan. me culpan. expanden su sombra y pellizcan mi estómago delante un horizonte diáfano donde mis párpados intuyen la vertical que separa, parte en dos y se encarama hasta el cielo. 
de vuelta a casa, de noche, acallando el hambre rugiente con ideas que puede que algún día tenga, se burlan de mí. ellas, se burlan de mí y me recuerdan que ahí dentro, nada bulle. 
y quizá por eso, sólo quizá, sólo eso, antes de empujar la puerta y recontar las capitulaciones, las migajas, los folios que deberían estar escritos, los abrazos que no nutrieron a ninguno de ellos, los miedos que me mantienen lisiada
pateo una piedra pequeña. 
una
piedra
pequeña
que sale volando, viaja veloz, proyecta un camino, choca en la acera, se alza ligera, rueda en el césped, desaparece y ya. 
y quizá eso 
sólo eso 
hoy, esta noche, de vuelta a casa, me sirve.

06 agosto 2017

gi li po llas

no sé cuantas veces insistí para quedarme. cada vez que lo hacía se desataba una discusión entre mi madre –que no entendía o no quería entender- y yo.
-pero qué tonterías dices –decía- si lo vamos a pasar genial.
había incorporado palabras como “genial” o “fenomenal” en su vocabulario y las usaba cada dos por tres, risueña, despreocupada, como si todo fuera, efectivamente, maravilloso. yo negaba con la cabeza, cansada de hablar con un muro que no escuchaba. ella continuaba con sus repetitivos argumentos:
-vamos a pasar unos días juntos, en la playa, tomando el sol, y podrás hacer mil otras cosas como bucear. bucear con tu hermana y adrián. ¿no te parece fenomenal? será divertidísimo y además, será una oportunidad perfecta para que las dos conozcáis mejor a adrián.
pero yo no quería bucear, ni mucho menos conocer a adrián. odiaba a adrián. su voz estridente, su panza enorme, su calvicie, su forma estúpida de preguntar cómo me había ido el día cuando nos sentábamos los cuatro a cenar y, observándome con un interés forzado, esperaba mi respuesta que generalmente se reducía a un “como todo los días, adrián”. pronunciaba su nombre con asco, como si fuera el peor de los insultos, pero él nunca parecía apreciarlo.
-podrías ser un poco  más explícita, cariño. nos gustaría que nos contaras algo, de vez en cuando –intervenía mi madre exasperada.
-no te preocupes, mari –decía él-. ya hablará cuando tenga ganas o haya pasado algo importante, ¿verdad? está en esa edad…
todo lo que se refería a mis desplantes y malas contestaciones lo reducía a ese motivo. está en esa edad. algunas veces lo remataba con “esa edad difícil” o “esa edad transitoria”. aunque su explicación preferida era “cosa de chavales”. el pobre imbécil no se daba cuenta de que no tenía nada que ver con mis catorce años recién cumplidos, sino en la repugnancia que me producía cada vez que entraba en casa, con los postres o flores, y se comportaba como si hubiera vivido allí toda la vida. mi madre no cabía de felicidad. había encontrado –la había escuchado decir al teléfono, hablando con alguna amiga- al hombre de su vida. se me revolvían las tripas al oírla decir estas cosas, con ese tono de voz dulce, contar con todo tipo de detalles lo bien que la cuidaba, lo bien que lo pasaba con él, los planes que tenían para el futuro. temía que de entre todos esos planes hubiera una boda de por medio y de tener que verlo todos los días, desde la mañana a la noche, sentado en la silla de la cocina, delante de mí, preguntándome cómo me había ido el día. hacía siete meses que se conocían y –por el momento- habían decidido pasar las vacaciones juntos. los cuatro juntos.

llegamos de los primeros. a adrián le gustaba madrugar, aprovechar la mañana e instalar el campamento en primera línea de mar. mi madre, que nunca había soportado levantarse antes de las diez, ahora no veía más que ventajas con el nuevo horario que él había implantado con explicaciones y datos que a nadie, aparte de mi madre, le interesaban. el mar estaba calmado y algunas gaviotas se remojaban cerca de nosotros. adrián clavó la sombrilla. el esfuerzo, de apenas diez segundos, le costó gotas de sudor que resbalaron por su tripa deforme. mi madre extendió las toallas y elsa pedía a gritos que fueran a bañarse con ella. ella y adrián se metieron en el agua. sus gritos y sus gracias me resultaban patéticas: adrián haciéndose el muerto, adrián simulando un ahogo, adrián intentando hacer el pino y salpicando a los otros bañistas cuando sus piernas rechonchas perdieron el equilibrio. elsa se reía. mi madre, con los pies en remojo en la orilla, se reía. yo quería marcharme.
-hay que ver este hombre. nunca se cansa de hacer el tonto –dijo mi madre cuando se tumbó debajo de la sombrilla. preferí no opinar. -¿por qué no vas a bañarte?
-no me apetece.
su sonrisa desapareció.
-nada te parece bien, ¿verdad?
la voz gritona de él llamándola para que se uniera a sus juegos evitó que pudiera contestar. mi madre volvió a sonreír y se metió en el agua con rapidez. hubo abrazos y arrumacos. las manos mullidas y peludas de adrián acariciando la espalda de mi madre me produjeron tal repulsión que opté por desviar la mirada y dejar de ver esa escena. pero la tranquilidad duró muy poco; comenzó a llamarme, cada vez más y más alto, agitando sus brazacos al aire. algunos bañistas se giraron para vernos. estábamos dando un espectáculo. negué con la cabeza unas y dos veces, pero no fue suficiente. volvió a llamarme y volví a decirle que no. él se separó de mi madre y avanzó hacía mí. andaba lento. su cuerpo, incluso dentro del agua, le pesaba demasiado.
-vente, mujer –gritó a medio camino. dije que no por tercera vez. no entendía que no entendiese. salió del agua y se plantó delante de mí, con ese cráneo desproporcionado y quemado por el sol.
-el agua está estupenda. deberías venir.
-ya os he dicho mil veces que no me apetece.
-¿quieres que probemos a bucear?
-no.
-¿un helado?
-no.
-¿una cerveza?
hice una mueca que pretendía ser una sonrisa sarcástica.
-lo digo en serio. haremos que tu madre no se entere.
mi madre lo llamó:
-eh, ¿qué estáis tramando vosotros dos?
-¡tu hija dice que quiere ir a tomarse una cerveza! ¿qué te parece eso?
su broma sólo consiguió irritarme aún más y tuve ganas de llorar de rabia.
-bueno, pues si tú no te bañas, yo tampoco –sentenció.
acabamos todos cabreados. elsa no comprendía por qué de repente adrián no quería bañarse más y se pasó la mañana lloriqueando y rogándole que jugara con ella. mi madre me llamó egoísta y caprichosa. también me recordó lo mucho que había tenido que esforzarse para que pudiéramos irnos de vacaciones y cuando le contesté que yo no le había pedido irnos juntos de vacaciones se marchó a dar una vuelta y no regresó hasta dos horas después. sólo adrián parecía cómodo y tranquila en medio de esa tempestad. se aplicó crema solar, cambió de postura un par de veces y se quedó dormido panza arriba una hora. cuando despertó se fue a bañar, olvidando todo el lío que había formado gracias a su intención de convertirnos en amigos y cómplices. mi hermana volvió a revolotear a su alrededor y mi madre se aseguró de no dirigirme más la palabra, ni mucho menos mirarme.
a la una del mediodía decidieron comenzar a recoger. él estaba hambriento y elsa había decidido que quería almorzar pizza.
-¿te apetece una pizza a ti? –me preguntó en un intento de hacer borrón y cuenta nueva.
mi madre me miró. pude adivinar pena y decepción en su mirada, pero adrián se negaba a tirar la toalla.
-¿un vegetariano? –volvió a preguntar- a mí no me vendría nada mal, eh. –dijo pellizcándose los michelines que sobresalían por encima de su ridículo bañador azul celeste con peces de colores.
mi madre se rió, restando importancia a su urgencia fingida para perder peso. elsa protestó.
-está bien, está bien, pequeña –le dijo a mi hermana-. si quieres una pizza, iremos a por esa deliciosa pizza.
cargamos con la sombrilla, las toallas y la nevera donde él había guardado las cervezas imprescindible para pasar la mañana. ellos, unos pasos más adelante, decidiendo qué pizza iban a pedir. el interior del coche estaba ardiendo. adrián puso el aire acondicionado y la música. todo al máximo. las notas retumbaban en el respaldo de los asientos. mi madre y elsa se pusieron a cantar a voces y él marcaba el ritmo con su mano derecha sobre el muslo bronceado de mi madre.
no quedaba lejos, dijo. en veinte minutos llegamos, añadió. mi hermana saltó del asiento sin dejar de cantar y él aumentó la velocidad cuando dejamos el camino de carro y nos incorporamos a la carretera. sentí un escalofrío y quise pedirle que bajara el aire, pero eso hubiera sido suficiente para hacerlo sentir útil e importante en mi vida. callé y seguí mirando por la ventana los campos secos y los árboles torcidos.
-¿todo bien aquí detrás, chicas? –preguntó cuando la canción terminó y mi madre y mi hermana se callaron. giró su cabeza hacia nosotras. miró a elsa y luego a mí. sin emitir ningún sonido abrí la boca y moví mis labios de la forma más clara y comprensible que me era posible.
-gi li po llas.
su cabeza girada hacia mí, dos segundos de más para entender bien cada una de mis sílabas. del único mensaje que tenía para él en respuesta a todas sus preguntas. mi madre chilló. él levantó la vista de mis labios. elsa chilló. él no tuvo tiempo para reaccionar. la cabina del camión se estrelló contra nuestro coche, nos mandó disparados al carril contrario y luego dimos varias vueltas de campana hasta que el vehículo quedó parado, del revés. escuché bocinas y chillidos. alguien, desde lo que parecía ser muy lejos de donde estábamos, ordenaba que no nos moviéramos y que en pocos minutos llegaría una ambulancia. conseguí salir del coche. también mi madre y elsa lo lograron. mi madre sangraba por la frente y mi hermana temblaba de miedo y lloraba. no sabíamos qué hacer o cómo reaccionar. apenas nos manteníamos en pie. fue entonces cuando escuchamos la voz de adrián, débil y remota. dimos la vuelta al coche destrozado y vimos su cara a través de dos barras dobladas.
-no puedo moverme, mari. no puedo.

la casa se llenó de vendas y medicamentos. muchos medicamentos. teníamos pastillas para el dolor, para la inflamación, para las infecciones, para dormir, hierro y vitaminas. estaban por todas partes. en cualquier cajón de la cocina o del armario, encima de la mesa del salón, siempre a mano de mi madre, adrián e incluso elsa. nos aprendimos sus nombres, sus dosis, sus efectos y las tomábamos cuando creíamos que ya no podíamos más, algo que ocurría a menudo. mi hermana pasaba el día mirando el televisor y mi madre encerrada en su habitación con adrián. algunas veces la escuchaba llorar. otras, era él quien lo hacía. le habían tenido que amputar las dos piernas por encima de la rodilla y aunque el médico le había asegurado que con el tiempo conseguiría llevar una vida casi normal, él no salía de la cama. yo tampoco. no me atrevía a salir de ella y cruzarme con mi madre, ni mucho menos con adrián. no había dudado en hacerse cargo de él. a pesar de que sus padres habían persistido en cuidar de su hijo, mi madre se negó en rotundo. lo asumió como una penitencia y él, que casi no hablaba, no intervino en la decisión de vivir en una casa u otra. perdió la mitad de su peso. la piel sobrante de las mejillas le colgaba y le daba un aspecto enfermizo y cadavérico. pero lo que más impresionaba al verlo, especialmente esos primeros días, fue su mirada: huidiza y sombría. su cuerpo inmóvil estaba allí, en nuestra casa, pero eso era todo. no había nada más de él. también mi madre se transformó en otra: andaba encogida, apenas hablaba y cuando lo hacía era sólo para darnos instrucciones: “baja a la farmacia, id a casa de la abuela a comer, apaga la tele o ahora no”. las plantas de la terraza se secaron y murieron. nadie se molestó en barrer las hojas del suelo, ni en sacar el polvo de los muebles, ni contestar el teléfono cuando sonaba. bastante teníamos en casa como para saber de fuera.
mi principal ocupación esos días era mantenerme despierta. si había algo que me daba más pavor que encontrarme con la mirada de adrián era dormirme. cada vez que eso ocurría –por desgracia, tres o cuatro horas todas las noches- me despertaba aterrada, empapada de sudor, reviviendo una y otra vez ese segundo de más en el que él se detenía en mis labios. gi li po llas. desarrollé miedo a todo. cualquier cosa que dijera o hiciera podía acarrear consecuencias trágicas, por ese motivo me limité a los confines de mi habitación, asegurándome que pasaba desapercibida y que así, de esta forma, nadie abriría la puerta de golpe un día y apuntándome con el dedo me diría:
-todo esto lo has causado tú.

la abuela hizo lo que pudo. nos acogió en su piso cuando en una de sus visitas se alarmó con el estado de la casa y nuestras ropas arrugadas y sucias. las cosas mejoraron un poco allí. no tener a adrián en la habitación contigua supuso una tregua para mí, aunque las pesadillas no cesaron. cuando me despertaba chillando de madrugada la abuela se metía en la cama conmigo y me preguntaba qué pasaba. nunca le conté nada. tampoco quería –rezaba, de hecho- que adrián contara nada, por eso cada vez que mi madre nos llamaba para explicarnos los pequeños avances que hacía, mi ansiedad y temores aumentaban. no era difícil suponer que una vez hubiera superado sus obstáculos más básicos como llegar al salón o mear sin la ayuda de mi madre, comenzara a enfrentarse al accidente, a ese par de segundos que yo rememoraba permanentemente. no, no me animaba saber que adrián había pasado la tarde sentado en el sofá y que pronto podríamos volver a casa.
en septiembre comenzaron las clases. elsa se negó a ir y lloró durante todo el camino, a pesar de que la abuela le prometió cocinar su cena favorita. mi entusiasmo era el mismo que el de mi hermana. era inútil actuar como si no hubiera pasado nada ese verano y, en cualquier caso, el rumor se había propagado. alumnos que no me habían saludado en la vida me paraban en el pasillo para preguntarme si tenía cicatrices o si había muerto mi padre. cada uno tenía su propia versión y no me quedaba energía para corregir a nadie. incluso un par de profesores de años anteriores me ofrecieron de pasar por el despacho y hablar cuando lo necesitase. agradecí la oferta con monosílabos, sin despegar la vista del suelo. lo que no podía permitirme era, precisamente, hablar. el día transcurrió lento y agotador. fui incapaz de prestar atención a las presentaciones de las asignaturas que íbamos a dar y en el descanso me encerré en el lavabo de la cuarta planta para evitar miradas y cuchicheos. cuando por fin pude volver a casa estaba tan cansada que por primera vez desde el accidente la idea de dormir unas horas me pareció agradable.
caminé deprisa para llegar cuanto antes a casa de la abuela. quería meterme en la ducha y luego en la cama. me abrió la puerta sonriente y me dio un abrazo, a pesar de mi camisa mojada de sudor. la casa olía a comida recién hecha en el horno.
-tenéis una sorpresa –dijo. con su barbilla apuntó al salón. tragué un poco de saliva y avancé con el temor que se hizo certeza cuando, a medio pasillo, la escuché llamar mi nombre. si estaba ella, imperativamente, estaba él.
-hola, amor. queríamos venir a veros en vuestro primer día de colegio y daros una sorpresa. qué te parece. la abuela ha preparado una cena estupenda para todos.
adrián, con dos prótesis metálicas y plantado en el umbral de la puerta, esperaba, como mi madre, alguna palabra.
elsa no daba abasto. engullía los macarrones, hablaba con la boca llena, se escondía debajo de la mesa para tocar y golpear las nuevas piernas de adrián y le reclamaba besos y abrazos a nuestra madre. la abuela iba y venía de la cocina al salón, cada vez con más platos. mi madre y adrián sonreían cada vez que intercambiaban una mirada. tenían mejor aspecto. ella se había cortado el pelo muy corto y él se había dejado barba, de forma que su aspecto fantasmagórico ahora quedaba cubierto por una espesa mata de pelo oscuro. yo los miraba de reojo, tensa, esperando el momento de poder ausentarme y hacerlos desaparecer de delante de mí. cada vez que él iniciaba una frase erguía la espalda y cerraba el puño con fuerza. había imaginado la escena innumerables veces: él, muy serio, con la mirada fija en mis labios, pidiendo un poco de silencio porque había algo que quería contar. había imaginado su discurso palabra por palabra, su versión de los hechos que distaba mucho del que tendría mi abuela o mi madre, pero que coincidía con el mía. había imaginado la reacción de mi madre, de mi abuela, incluso la de elsa. pero esa escena tan real y vívida en mi cabeza no llegaba y cada vez que adrián abría la boca era para contar algo insustancial que, ahora, nos interesaba a todos.
cuando terminamos con los manjares mi abuela se levantó para traer los postres. mi madre la ayudó a recoger los platos y yo hice el mismo gesto para ayudarlas.
-no hace falta, cariño. quédate aquí, tranquila.
bebí un trago de agua para aparentar normalidad, aunque todo en mí gritaba ayuda. elsa hacía rato que había conseguido escapar de la mesa y correteaba por las habitaciones. notaba cómo me escudriñaba. sentía el peso de su mirada, su superioridad. bebí otro trago y dejé el vaso en la mesa. carraspeó. levanté la mirada. primero su barba espesa, luego una pequeña cicatriz a la altura de la nariz, luego sus ojos.
-bueno, -dijo- ¿cómo va todo?
su voz era tranquila y eso me tranquilizó. tal vez, pensé, sólo quiere saber eso, cómo va todo, nada más. aprecié por primera vez sus ojos azulados y no vi más que eso. noté un nudo en la garganta y apreté la mandíbula. necesitaba beber un poco más de agua.
-¿estás bien?
asentí con los labios apretados. no iba a poder controlar todo eso. comencé a llorar. lágrimas gordas que cayeron sobre el mantel de la abuela. intentó levantarse, pero sin ayuda le resultó imposible. estiró el brazo y dejó su mano que ya no era mullida a pocos centímetros de mí. mi lloro se convirtió en llanto. bajé la cabeza, avergonzada y aturdida.
mi madre apareció con los platos de postre y se asustó al verme.
-eh, eh, ¿qué pasa aquí?
seguí llorando, incapacitada para hacer otra cosa. ella lo miró a él, esperando una respuesta.
-nada, mari –dijo-no te preocupes. son cosas de chavales, nada más.
me sequé las lágrimas cuando llegó la abuela con la tarta. comimos en silencio, cada uno en sus cosas, en sus versiones. adrián había retirado su mano de encima de la mesa y ahora acariciaba con suavidad el delgado brazo de mamá.