13 septiembre 2011

Y ahora -dijo Colette, volviendo de pronto al asunto- dígame, ¿qué espera usted de la vida? Aparte de fama y dinero; eso ya lo doy por supuesto.
- No sé lo que espero -le dije-. Sé lo que me gustaría; me gustaría ser adulto.
Colette levantó y bajó sus pintados párpados con el lento movimiento de alas de un águila azul:
- Ah, pero eso -dijo- es lo único que ninguno de nosotros podremos ser nunca, personas adultas. A menos que entienda usted por adulto un alma envuelta en el sayal y las cenizas de la sabiduaría solitaria. Libre de malignidades, envidia, malicia, codicia y culpabilidad. Imposible. Voltaire incluso Voltaire, llevó un niño dentro de sí toda la vida, un niño envidioso y con mal genio, un muchachito obsceno, que siempre se olía los dedos; y Voltarie llevó ese niño hasta su sepultura, como haremos todos nosotros hasta la nuestra. El Papa en su balcón... soñando con una bonita cara de un guardia suizo. Y el juez británico bajo su exquisita peluca, ¿en qué piensa cuando envía a un hombre a la horca? ¿En la justicia, en la eternidad y en las cosas serias? ¿O acaso se pregunta cómo se las podrá arreglar para que lo elijan miembro del Jockey Club? Por supuesto, los seres humanos tienen momentos adultos, unos cuantos momentos magnánimos esparcidos aquí y allá, y, como es obvio, la muerte es el más importante de todos ellos. La muerte expulsa a ese muchachito obsceno y nos deja con lo que queda de nosotros, simplemente un objeto, sin vida pero puro, como La Rosa Blanca. Tome -acercó hacia mí el cristal en flor-, guárdese esto en el bolsillo. Consérvelo como un recuerdo de que ser duradero y perfecto, ser de hecho un adulto, es ser un objeto, un altar, una figura en una vidriera de colores: una cosa apreciable. Sin embargo, es mucho mejor estornudar y sentirse humano.

Plegarias Atendidas, T. Capote

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