18 octubre 2010

fin de

menudo fin de semana hemos pasado. yo lo empecé el viernes. me telefonearon desde la guardería porque violeta tenía fiebre y debía ir a recogerla. al dejarla por la mañana ya la había notado un poco más callada de lo habitual, pero pensé que tendría más sueño que otros días, sin sospechar que estaría pillando algo. estos críos. llamé a mi marido, no sé muy bien porqué. al fin y al cabo sabía que era yo quien debía hacerme cargo de la niña. 
-hola ana, ¿dime? 
-nacho, hola. acaban de llamarme de la guardería. violeta tiene fiebre y voy a recogerla. 
-ya… ¿y? 
-¿podrías ir tú ir a recoger a pablo a las cinco? no sé si va a darme tiempo y... 
-¿a las cinco? !imposible! tengo una reunión a las seis y no sé ni a qué hora llegaré a casa. 
-vaya… bueno… da igual. ya me apañaré sola, como siempre 
-ana, de verdad, ahora no puedo discutir eso. te llamo luego. 
-está bien, está bien, déjalo. ya hablamos después. 
salí disparada del trabajo y de mal humor, aunque también es cierto que no era culpa suya si tenía una reunión justo cuando pablo salía del colegio. llegué a la guardería y aparqué en doble fila porque a esas horas era imposible encontrar un hueco, ni tampoco tenía el tiempo para hacerlo. corrí hacia su aula y al ver a mi hija sola, en un rincón del aula, abrazada a un osito de peluche, me rompió el corazón. la chica de la guardería me informó que había pasado toda la mañana lloriqueando, vomitando y que no había comido nada en todo el día. !con lo glotona que es mi violeta! ni se alegró de verme, ni reaccionó cuando le dije que nos ibamos a casa. pobrecilla. toqué su frente y me pareció que estaba a cuarenta como mínimo así que decidí pasar por urgencias antes de ir a casa. al salir un guardia estaba anotando mi matrícula, pero le supliqué que olvidara el asunto, y que no volvería a ocurrir. fue inútil y me puso la multa igualmente. estuvimos dos horas en la sala de espera de urgencias, junto a otros niños que tenían los mismos síntomas que violeta. cuando por fin nos llamaron para entrar en la consulta, el doctor, un hombre mayor con prisa por empezar su fin de semana, le diagnosticó una gastroenteritis sin complicaciones que se curaría con mimos y una dieta suave a base de arroz hervido. algunas veces me pregunto si son necesarios tantos años de universidad para acabar recetando obviedades. 
salí del hospital malhumorada y con el vómito de violeta encima de mi blusa blanca. durante el trayecto a casa violeta no paró de llorar. desde mi asiento delantero intentaba calmarla y hacerle olvidar su dolor de tripa, pero la niña me ha salido revoltosa, todo lo contrario que su hermano, y tuve que aguantar sus berridos los treinta minutos que duró el trayecto hasta casa. pensaba que me iba a estallar la cabeza de un momento a otro, pero, no sé cómo, conseguimos llegar. eran las tres de la tarde. yo no había comido nada en todo el día a parte del café de las diez, en dos horas pablo salía del colegio y nacho no me había llamado todavía para decirme si podría o no irlo a recoger. metí a violeta en su cama y se quedó dormida inmediatamente. por fin se había callado. bajé a la cocina, abrí la nevera y un par de armarios. me decidí por una bolsa de patatas fritas con sabor a jamón que devoré como si hiciese semanas que no hubiera probado bocado y una lata de cerveza bien fría. justo cuando daba el último sorbo, sonó el teléfono. era nacho: 
-¿ana? oye siento lo de antes. me pillaste en mal momento. 
-no pasa nada. ¿más tranquilo? 
-sí, bueno no, pero da igual. ¿cómo está violeta? 
-no muy bien. fui a recogerla y luego al médico. dice que tiene gastroenteritis. ahora etá durmiendo. 
-bueno, será una pasa que ha cogido en la guardería. mañana ya estará bien. -eso espero. 
-ana... no podré ir a recoger a pablo. la reunión de esta tarde… tendrás que ir tú. 
-¿y cómo lo hacemos? perdón, ¿cómo lo hago? no puedo clonarme todavía, ¿sabes? ¿despierto a la niña con fiebre, la meto en el coche, que me vomite encima otra vez y a hacer kilómetros? 
-llévala a la vecina. será sólo un momento. nena, de verdad, me es imposible.
-no me gusta llevarla a la vecina y lo sabes. bastante tiene con lo suya. 
-pues yo no puedo. 
-esto es increíble, de verdad. 
colgué el teléfono y lo tiré encima del sofá, sin hacer mucho ruido por si la niña se despertaba. fui a por otra cerveza aunque sabía que tendría que coger el coche de nuevo en una hora y me la bebí sin apenas respirar. cuando me calmé, fui a casa de laura, nuestra vecina. me abrió con el delantal puesto y con un gemelo en cada brazo. sabía que no era una buena idea, pero no me quedaba otro remedio. 
-ana, hola, pasa dentro. estaba preparando la merienda para estos dos. 
-no, no, sólo será un momento. odio tener que hacer esto, sé que vas a mil por hora, pero necesito que te quedes con violeta. sólo será un momento. el tiempo justo para ir a recoger a pablo... está enferma. 
-oh, pobrecilla. 
-no te lo pediría si no fuera algo importante. 
-no te preocupes. nos apañaremos. ve tranquila, que yo me quedaré con los tres. 
 -te lo agradezco muchísimo. 
-quizá a la vuelta no nos encuentres vivos! – bromeó. 
me reí con ella, aunque no me hizo ninguna gracia. 
de nuevo en la carretera, con lo que odio conducir y lo nerviosa que me pongo al volante. llegué justo cuando pablo salía del colegio, sucio, sudado y feliz porque era viernes y sabía que tenía dos días para mirar la televisión, jugar a la consola e ir a dormir tarde. dicen que es igual que yo: tranquilo, callado, patoso y con la cabeza en las nubes. tiene siete años. violeta dos. son polos opuestos y ya ahora se pelean a todas horas. no quiero ni pensar cómo será cuando crezcan y sean adolescentes, pero de momento prefiero no pensar en ello.
pablo corrió hacia el coche, subió, cerró la puerta y me miró como si fuera la peor madre del mundo. algo no iba bien. 
-!hola guapo! ¿no le vas a dar un beso a tu madre? 
-no 
-¿qué te pasa? – pregunté.
rompió a llorar. con esto también se parece a mí: esa tremenda facilidad para llorar por cualquier cosa. 
-ei, ¿qué ha pasado? ¿porqué lloras? - insistí 
-martín me ha dicho hoy en el recreo que los reyes son los padres. yo le he dicho que no es verdad. a qué no es verdad, ¿mamá? 
-!claro que no! !por supuesto que no! !martín no sabe lo que dice! 
no sé si deberíamos seguir con esto. a sus siete años todavía sigue ilusionado el día de reyes y ni su padre ni yo queremos fastidiarle el momento. tal vez empezaría a ser hora de contarle la verdad, lo sé, pero en ese momento no me vi con energía para darle explicaciones de porque sus padres decidieron mentirle sobre un asunto tan serio. fuera como fuera mis palabras le tranquilizaron y se pasó el viaje canturreando y contándome qué había hecho en la escuela. 
 nacho apareció por casa a las diez y media de la noche. mientras, a mí, me había dado tiempo de jugar con pablo, entretener a violeta, bañar a los dos, prepara la cena, la papilla, recoger la cocina, poner a dormir a la niña y quedarme frita en el sofá con el niño en brazos. 
-ah, !por fin apareces! 
-sí, yo también empezaba a pensar que no lo conseguiría – no tenía ganas de que le tomara el pelo y desistí en continuar. 
-¿has cenado ya? hay pescado en el horno. 
-no. no tengo hambre. tengo un dolor de cabeza terrible y estoy hecho polvo. me voy a dormir. 
y a continuación se quitó los zapatos, la camisa, lo dejó todo desparramado por el salón y subió a la habitación. me entraron ganas de pegar un grito bien fuerte, pero pensé que despertaría a los críos y tendría el doble de trabajo para dormirlos otra vez, así que me quedé callada y con las mandíbulas bien apretadas para no ponerme a llorar. 
esa noche me levanté tres veces. las mismas que los lloros de violeta me despertaron y las mismas que tuve que cambiar de sábanas su cama y ponerle un pijama limpio debido a sus vómitos. 

sábado. 
a las ocho de la mañana me desveló el ruido de la televisión y me levanté. fui a ver a violeta que dormía placidamente pero pablo ya estaba mirando los dibujos y tenía hambre. desayunamos en silencio, enfrente de la pantalla, viendo como una esponja parlante se peleaba con un gato volador en forma de globo. así pasamos una hora y a pesar del alboroto que montaba la esponja con sus amigos, tuve la sensación que esa sería la única hora de sosiego que iba a tener en todo el día. no me equivoqué en absoluto. a las nueve desperté a violeta y intenté que comiera algo. parecía más animada que el día anterior y quiso levantarse. después fui a ver a nacho porque tenía que ir a hacer la compra, pero seguía durmiendo en el centro de la cama. 
-son las nueve ya. tendrías que levantarte y ayudarme con... 
-tengo una jaqueca terrible y me encuentro fatal. – se dio la vuelta - cierra la puerta cuando salgas, ¿vale? 
me pasé el día con los críos, para arriba y para abajo, los llevé al parque, hice la compra y limpié los baños. a nacho no le vimos el pelo hasta la hora de cenar, cuando bajó todavía en pijama, sin duchar y con el pelo revuelto. pidió silencio durante la comida porque aún le dolía la cabeza y cuando terminó su plato volvió de nuevo a la cama. cuando subí yo, dos horas después, estaba despierto y de buen humor. me metí en la cama, agotada, e inmediatamente adiviné a qué se debía su buena cara. se acercó y me abrazó. me aparté. 
-ya te encuentras mejor, ¿no? – dije en un tono irónico que no pareció adivinar. 
-sí, mucho mejor. necesitaba un día entero para dormir. 
-ya veo. pues yo no dormí nada ayer y estoy reventada. - contesté, apartando su brazo de encima mío. 
-lo que quiere decir que hoy no habrá sexo. 
-lo que quiere decir que estoy harta de que no me ayudes en nada, simplemente. 
-siempre estás igual, ana, joder. 
-no, joder no, nacho. yo así no puedo más. y ahora, si no te importa, quiero dormir.
me di la vuelta. él se levantó y se marchó de la habitación dando un portazo.

domingo. 
violeta con ganas de corretear y comer me despertó a las siete y media. me aseguré de que su sábana estaba limpia, la vestí y fui al comedor donde ya estaba pablo mirando los dibujos. nacho dormía en el sofá, abrigado con toallas y chaquetas. los zapatos y la camisa que había dejado el viernes seguían allí. lo recogí, puse una lavadora con su ropa del trabajo y después otra con la ropa de los niños. con el alboroto se despertó y supongo que sintiéndose culpable por la discusión de la noche anterior, se llevó los niños al parque. aproveché para preparar la comida y quitar el polvo de los muebles. comimos en silencio, escuchando las noticias. a mi marido no le gusta que se hable mientras están las noticias puestas porqué dice que no se entera de las cosas importantes que pasan en el mundo. nadie mencionó lo bueno que me había salido el asado y pablo dejó la mitad porque prefería macarrones con queso.
por la tarde aparecieron sus dos hermanos, con sus respectivas parejas. nadie me había avisado de su visita, pero no quise darle importancia. saqué licores y galletas aunque nacho propuso ir a tomar algo fuera, por hacer algo diferente. yo contesté que con los críos era imposible y él respondió que era una aburrida y que siempre ponía pegas a todo. uno de sus hermanos intentó quitarle hierro al asunto pero él sentenció que era una auténtica aguafiestas y que estaba obsesionada con los horarios y la limpieza. nos quedamos callados los seis, mirando cada uno para un lado diferente, evitando así cruzar miradas incómodas. 
al final se fueron ellos y yo me quedé con los niños. pablo se enfadó conmigo porqué le prohibí ir a casa de su amiga y violeta empezó a lloriquear porqué no había echado la siesta y estaba cansada. a las nueve la puse a dormir y después cené con mi hijo, esta vez sin las noticias, pero igualmente callados. a las once y media, por fin, después de dos días, la casa estaba en silencio. mi marido no había llegado todavía y tampoco me importaba en absoluto. fui a por una cerveza y me fumé un cigarro en el sofá. no acostumbro a fumar, y mucho menos dentro de la casa, pero decidí que me lo merecía. estuve pensando sobre ese fin de semana, el anterior y los que vendrían a continuación. no estoy muy segura de si esto es lo que imaginé cuando me casé hace ocho años. creo que no, pero a lo mejor es que así es como son las cosas y no hay que esperar mucho más. o a lo mejor es que hace tanto tiempo que ni me acuerdo de lo que imaginé exactamente. 

1 comentario:

  1. Brillante Sra. Hilia. Hoy necesitaba leer algo como esto.
    Se le saluda desde la distancia.

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