01 octubre 2010

día de playa

día de playa si la felicidad existía, tenía que ser aquello. a las diez de la mañana, cuando el sol de agosto todavía era compasivo con los bañistas, eva ya se había instalado en la pequeña cala que había encontrado después de alejarse del pueblo y andar quince minutos. con su música, su libro y su excelente predisposición, el plan era pasar todo el día en ese rincón del mundo, escondida de los voyeurs que de vez en cuando se daban una vuelta por la zona para ver las anatomías tal y como dios (o quien fuera) las trajo al mundo. en realidad le daba bastante igual que la vieran desnuda. estaba en una playa nudista, con pleno derecho para exponer y exponerse, así que consideraba que el problema era de los otros y no suyo. además, tenía un bonito cuerpo y estaba bien orgullosa de lo que podía enseñar. nunca había sido demasiado pudorosa, ni durante esa complicada etapa de la pubertad en la que uno tiende más a esconder que a mostrar. ciertamente, alguna vez se había topado con alguno que le dedicaba más atención de la cuenta. era casi inevitable y siendo sincera consigo mismo, ella hacía lo mismo con los que consideraba que valía la pena mirar. un par de veces, sólo, había tenido que soltar un: “¿todo bien?” en tono seco y brusco para que las órbitas del susodicho volvieran a su trayectoria natural, pero el poder nadar en el mar sin notar la tira del sujetador que se aflojaba, ni tener marcas de bikini y sentir el sol en todas las partes del cuerpo, compensaban todas estas pequeñas nimiedades sin importancia. 

era de esperar que al poco de estar tumbada en la arena comenzaran a aparecer los demás bañistas que habían preferido retozar y alargar un rato más su mañana de domingo en la cama. lo que ya no era de esperar, y de hecho la molestó bastante, era que a pesar de haber sitio suficiente, el chico decidiera instalar su base a escasos centímetros de su propia base. ¿tan difícil era entender que, estando la playa prácticamente vacía, no era necesario apurar tanto las distancias entre una toalla y la vecina? ¿no era de sentido común dejar un espacio mínimo? ¿tan complicado era pensar un poco en la necesidad del otro por desear soledad y espacio? era obvio que para algunos, primerizos tal vez o simplemente cortos, este evidente código no escrito no quedaba contemplado.
ni la mala mirada que le dirigió, ni el exagerado resoplido que echó causaron el efecto deseado para hacerle retroceder ni que fuera unos pocos centímetros. tendría su misma edad, quizá un poco más joven, aunque también podía ser que las pecas de su cara alargada, su cuerpo esquelético y su pelo anaranjado, le quitaran años de encima. llevaba puestos unos vaqueros gastados y cortados a tijeretazos que parecía que le iban a caer de un momento a otro, una camiseta algunas tallas más grande y una gorra de color verde oscuro que dejaba a la sombra unos bonitos ojos verdes. parecía inquieto, como si no tuviera demasiada experiencia en frecuentar este tipo de lugares y no supiera muy bien en qué momento debía quitarse la ropa y quedarse en pelotas delante de los bañistas, que le ignoraban por completo. estuvo un rato indeciso, de pie, notando el calorcillo de la arena y mirando la nada del horizonte. pasados unos minutos se convenció a sí mismo, apoyó su bolsa de tela en la arena, se desvistió con una rapidez asombrosa y se sentó apresuradamente en su toalla con los brazos y las piernas cruzadas para disimular bien sus genitales expuestos ya al resto.

les separaban apenas ochenta centímetros. eva temía que un inocente cruce de miradas accidental desembocara en una conversación trivial, no deseada por parte su. sin embargo, no pudo evitar sentir la necesidad de darle un buen repaso al chico, el factor proximidad obligaba a ello y detrás de sus gafas oscuras podría parecer que ella también miraba la nada del horizonte. aunque se le marcaban todas las costillas y sus piernas parecían dos palillos, sentenció que no estaba nada mal y que mucho mejor tenerle a él al lado que no a un señor cincuentón, gordo y peludo como el que se pudo a su lado la semana anterior. le resultó más complicado decidir si era o no homosexual. no es que le importara en absoluto, pero sabía que si lo era podría relajarse y separar un poco las piernas, pero si no lo era, debería mantener un poco las formas. el veredicto fue heterosexual pero, poco a poco, al ver que él sacaba una revista de cine de su bolsa y empezaba a leerla con atención, fue relajándose hasta olvidarse por completo de su presencia.
con los rayos de sol cada vez más cálidos y el sonido hipnótico de las olas, eva acabó durmiéndose plácidamente. cuando despertó, había perdido la noción del tiempo. tenía la sensación de haber dormido durante horas, notaba que su espalda ardía y que las gotas de sudor se deslizaban de la frente hasta el cuello. abrió los ojos y alzó la cabeza. la playa seguía extrañamente vacía y pensó que sería porque era muy tarde y ya había transcurrido un día entero o porque sólo había dormido unos minutos y todavía tenía el día por delante. se medio incorporó y culpó a los rayos de sol directos a su cara y al adormilamiento para digerir y comprender lo que estaba transcurriendo delante de sus ojos: el chico de cara pecosa se había aproximado un poco más y sentado, mirándola fijamente y con la revista de cine entre las piernas, se estaba haciendo una paja. cerró los ojos y los volvió a abrir un par de segundos más tarde, esperando que la imagen que acababa de ver fuera sólo fruto de su inesperada y retorcida imaginación. pero no, allí seguía. a pesar de los nulos intentos de esconderse con una revista, ese brazo derecho ejecutando ese movimiento frenético y repetitivo no dejaba lugar a dudas. intento mantener la calma y considerar sus posibilidades: podía levantarse y marcharse, darle una bofetada, insultarle o incluso llamar a la policía y alertar a los demás de que había un depravado en la playa, pero no hizo nada de esto. se quedó estirada, desubicada, más consciente que nunca de su propia desnudez, mirando como el chico continuaba con lo suyo y sonreía. incomprensiblemente, esa sonrisa sin malicia la hizo sentir bien, halagada incluso, y le devolvió otra con timidez. era una bonita escena. surrealista, viciosa y guarrilla, pero bonita. al fin y al cabo, ¿cuántas veces un desconocido había reconocido, y demostrado, abiertamente que ella era el objeto y la causa de sus erecciones y fantasías? hizo números con rapidez: ¡ninguna! era la primera vez que alguien le mostraba tanta atención sin saber nada de ella y le gustó. le gustó tanto que un poco tímidamente separo sus piernas y las mantuvo en esa posición un largo rato. el chico agradeció el detalle y su buena disposición y a los pocos segundos cerró los ojos, apretó los labios, respiró profundamente y el ajetreo furioso que tenía lugar detrás de la revista, ahora ya arrugada y rota, cesó. permaneció inmóvil unos instantes y luego se estiró en la toalla hasta que se recuperó del esfuerzo.
cuando se levantó, eva había cerrado sus piernas y se había dado la vuelta. el chico guardó su revista, recogió su toalla y se visitó, esta vez con menos prisas. al pasar por el lado de eva susurró: 
-gracias. 
eva levantó su torso y contestó: 
-gracias a ti. 

2 comentarios:

  1. Brillante! me entusiasmas sus relatos y la echaba de menos!!

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