03 diciembre 2014

la habitación 217

la habitación 217 está situada, como bien señala su primer dígito, en la segunda planta del hotel new comfort inn, en ecclestone avenue, a cinco minutos de la estación victoria y a quince del visitadísimo buckingham palace. se remodeló en el año 2005, una remodelación que llevó a uno de los tres socios, nicholas ramsday, a ceder su parte por absoluta disconformidad con los asuntos decorativos de las habitaciones. lo que no indica su primer dígito, aunque tampoco es algo relevante, es que la estancia se encuentra al final del pasillo, a mano derecha, que el cartelito dorado con letras negras que cuelga de su puerta indicando el número de la habitación está un poco oxidado y que la puerta de acceso al baño no cerraba bien hasta que mike, el encargado de mantenimiento, entre otra decena de tareas de las que se ocupa en el hotel, le dedicó un par de horas de trabajo la mañana del 13 de octubre, justo después de tomar su segundo té con leche sin azúcar y su cuarto cigarrillo sin filtro, y consiguió arreglarla. al terminar su trabajo avisó a margarita, la chica de madeira que hace menos de dos semanas que comenzó a trabajar en el new comfort inn, para que limpiara los restos de serrín que había dejado tras la reparación. margarita, después de escuchar a mike, se vio en la obligación de pedirle a una de sus compañeras que tradujera lo que el hombre había dicho. la compañera, manuela, también de madeira, pero con más tiempo en la casa y por lo tanto más acostumbrada al cerrado acento escocés de mike, tradujo sus palabras y añadió un poco de dramatismo al asunto aconsejándole que no perdiera el tiempo y fuera rápidamente a la 217, antes de que la encargada de las habitaciones, rosemary, conocida entre las trabajadoras como “caradeperro” llegara antes, se percatara del montoncito de suciedad y montara en cólera como era habitual en ella cada vez que creía que las chicas no realizaban bien su trabajo. margarita se apresuró tanto como pudo. tanto se apresuró que al llegar se dio cuenta de que había olvidado la aspiradora para recoger el serrín del suelo. sin tiempo a reconsiderar otras posibilidades y temiendo que “caradeperro” apareciese de un momento a otro se arrodilló y recogió el serrín con sus manos agrietadas por el frío y el agua, miró a su alrededor y se decidió por la ventana, la única ventana de la 217, que da a un pequeño patio de luces interior, la abrió con cierta dificultad puesto que en una de sus manos sostenía el serrín, y se deshizo del contenido. inmediatamente después se aclaró las manos con agua puesto que los jaboncillos de aloe vera están reservados a los clientes, entrecerró la puerta que daba al pasillo para tener un poco más de intimidad, se sentó en una esquina de la cama de matrimonio para no arrugar la colcha floreada y rompió a llorar. 
rosemary hizo su ronda de control de calidad unas horas después. de la segunda planta entró en las habitaciones 200, ocupada por el matrimonio arnaud, de parís, que visitaba la ciudad por primera vez y la encontró bonita pero cara, la 202, que era individual y en la que hace unos años hallaron el cuerpo sin vida de una tortuga debajo de la cama, y la 217. por supuesto se percató en menos de lo que tardó en parpadear de que la ventana que daba al patio de luces estaba abierta y se puso hecha una furia. negando con la cabeza y mordiéndose el labio inferior para no estallar en una ristra de insultos dedicados a sus ineptas empleadas, cerró la ventana de un golpe brusco que hizo saltar un trozo minúsculo de madera del marco. al darse la vuelta sus intenciones de reunir a todo su equipo en el pequeño despacho que le habían asignado para explicarles cómo debían hacer su trabajo se vieron gratamente frustradas: jonathan, uno de los recepcionistas, apoyado en la puerta, estaba desabrochándose los pantalones negros de un uniforme que le quedaba ligeramente estrecho. 
-¿estás loco? -susurró ella deteniendo la acción del chico– ¡aquí no! 
e inmediatamente lo cogió de la mano y lo condujo entre risas y susurros a la 518 que, aparte de tener unas bonitas vistas al río, sorprendía a todos los que allí se hospedaban con dos pequeñas cajas que contenían tres bombones de licor situadas en cada una de las mesillas de noche, por expresa orden de ella. esta vez, sin embargo, su equipo había olvidado el detalle, aunque rosemary tenía la cabeza en otra parte y ni tan siquiera reparó en su ausencia. justo cuando la pareja salía de la habitación, primero rosemary y, diez minutos después, jonathan, joao lopes abría la puerta de la 217. agotado por un viaje de veintidós horas y tres escalas, dio un repaso rápido a la moqueta azul oscuro, el escritorio de madera oscura con una lámpara de pie al lado y dos almohadas gruesas apoyadas en el cabecero de la cama. a continuación dejó su maleta en el suelo y se dirigió a recepción donde una sonriente tiffany le preguntó si podía ayudarle en algo. el hombre dijo que sí, que podía y esperó a que tiffany borrara esa estúpida sonrisa de su cara y preguntara en qué podía ayudarle. pero tiffany no lo hizo y siguió sonriendo, esperando que joao le contara en qué podía ella ayudarlo. en ese momento apareció jonathan que un poco despeinado saludó a los dos y se sentó delante del ordenador de las reservas: a las 17.00h estaba previsto que llegara la señora borchgrevink y a las 21.00h el señor stamos, que ya se había alojado algunas otras veces en el hotel. no había más reservas para ese día y viendo que sería una jornada tranquila jonathan tecleó con un dedo y torpemente la página de apuestas en la que solía ganar un sobresueldo gracias a un sexto sentido que casi nadie conocía. 
-no me gusta la habitación –dijo joao lopes. 
-oh, vaya. ¿no está limpia? 
-no he dicho eso. simplemente no me gusta. 
jonathan dejó por un instante de mirar el equipo por el que debía apostar y observó a joao lopes. era un hombre de poca estatura, muy pálido y delgado, con el pelo claro y muy fino. parecía que en cualquier momento iba a desvanecerse. 
-se la podemos cambiar sin problema, señor– intervino el chico, viendo que tiffany seguía sonriendo pero no iba a reaccionar a la petición del cliente. 
-estupendo. eso es lo que deseo. 
el hombre desapareció de la recepción con una nueva tarjeta y tiffany se encaminó hacia la 217. saludó a manuela que terminaba su jornada y a la señora arnaud, de la 200, que aprovechó para notificarle a la chica que iban a quedarse un día más. al abrir la puerta del cuarto tiffany dio un repaso a la habitación: el espejo redondo, de marco dorado y decoración barroca que le había devuelto la imagen cada vez que marcaba ese número de móvil para colgar justo antes de que empezara a sonar, el cuadro encima del escritorio con un paisaje marítimo que le recordaba el último verano en malta y una pequeña papelera donde había tirado, a escondidas, el sobre de una carta de despedida que recibió hace mucho tiempo. le pareció que todo estaba en orden y regresó a su puesto de trabajo. 
-hay gente muy rara, ¿no crees jonny? 
jonathan no contestó a su compañera. acababa de ganar cincuenta libras. 

el señor stamos se adelantó en su llegada al hotel y en cambio la señora borchgrevink se retrasó. la habitación 217 le pareció decente, aunque a decir verdad si ahora alguien le preguntara qué tal el hotel no habría sabido capaz de destacar ningún detalle. tampoco estaba allí para eso. esperaba a isabella, que, como ya se ha dicho, se retrasó. cuando ella llamó a la puerta io stamos se apresuró en abrir y se fundieron en un abrazo que desembocó en un beso largo que desembocó en otro abrazo y otro beso. luego se separaron y se miraron de arriba abajo. hacía dos meses que no se veían, pero por fin habían conseguido encontrar una noche para los dos. después de tomar una ducha, isabella propuso ir a cenar fuera, pero io prefería saltarse la cena y así se lo hizo saber. comenzaron a discutir. el tema de la cena, que en realidad era del todo irrelevante, dio paso a aquel día en el que isabella no contestó a ninguno de los mensajes que io le había enviado y a un ramo de flores que llegó con una semana de retraso después de haber conseguido ese importante ascenso laboral. empezaron a subir el tono de voz, ajenos al poco grosor de las paredes, y en algún momento antes de que los dos se fueran, ella le dio una patada a la pequeña papelera. joao lopes, alojado en la habitación de al lado, dejó el pintalabios rojo en la pila del lavabo. 
-por el amor de dios– susurró fastidiado y a continuación se miró al espejo y con la punta del índice humedecida difuminó un poco la sombra violácea del párpado derecho que se había aplicado segundos antes. 
mike también escuchó la discusión de la pareja. según la versión que daría al día siguiente a la gerente del hotel, samantha magnier, parecía que allí dentro se estuviera liando una bien gorda, dijo literalmente a la mujer que censuró la expresión poco neutra de él alzando un poco la mano para detener al hombre de alguna otra frase más subida de tono. 
-¿y qué estaba haciendo usted a esas horas todavía en el hotel? – preguntó ella cuando mike terminó de dar su versión de los hechos. 
el hombre la miró sorprendido y durante unos instantes no supo qué responder. 
-¿no termina usted a las siete? –insistió samantha. 
-tenía trabajo. a última hora me llamaron para que arreglara un grifo que goteaba. 
-¿un grifo que goteaba? ya. comprendo. bueno, eso es todo. muchas gracias, mike. 
-no hay de qué. 
mike se levantó y cerró la puerta del despacho con cuidado. samantha había conseguido ponerlo de mal humor. hacía más de diez años que trabajaba en ese hotel como para que ahora llegase aquella mojerzuela con títulos e idiomas pero sin tener ni idea de cómo usar un destornillador y fuera a cuestionarle sus horarios y, peor aún, su trabajo. su enfado, sin embargo, desapareció por completo y una risotada invadió la 217 cuando en la esquina del fondo a la derecha, justo debajo de la ventana, observó el charquito de orina que había dejado después de que io e isabella se hubieran marchado por separado, furiosos el uno con el otro, y sin pagar la habitación. 
-parece que los invitados de la 217 lo pasaron en grande ayer –informó a rosemary “caradeperro” cuando la vio tomándose su café en la cantina del hotel. 
-¿por qué lo dices? 
-¿no te has enterado de nada? –inquirió él y, sin dejar de observar a la mujer, extendió los brazos en los respaldos de las sillas laterales y negó con la cabeza. 

margarita llegó a la habitación con un cubo de agua caliente y jabón. a pesar de las pocas indicaciones que había comprendido de “caradeperro” rápidamente distinguió la mancha en la moqueta y con diligencia se arrodilló delante de ella y se dispuso a frotar el tejido hasta eliminarla. cincuenta minutos después la 217 presentaba el mismo aspecto que cualquier otra habitación y la chica, con algunas gotas de sudor en la frente y la espalda dolorida, se sentó en una esquina de la cama de matrimonio para no arrugar la colcha floreada y rompió a llorar. jonathan, creyendo que era rosemary quien estaba en la habitación, interrumpió el llanto de ella. 
-perdona –dijo, sin saber adónde mirar –creía que… que… eras otra persona que… -y despareció sin terminar la frase. 
ella se secó las lágrimas de las mejillas, se alisó el uniforme y salió del cuarto con el olor del agua, jabón y orina en las manos. al mismo tiempo que joao lopes. los dos se ignoraron a pesar de ir en la misma dirección, uno detrás del otro. para la reunión que tenía el hombre ese día en hillbay insurance group ltd, a treinta minutos del hotel si había poco tráfico en la ciudad, había escogido un traje azul oscuro, camisa blanca de algodón, corbata de rayas grises y anaranjadas y zapatos de cuero negros, regalo de sus padres en su treinta y tres cumpleaños. en el ascensor, antes de salir a recepción, se miró al espejo. 
-por el amor de dios –susurró y se dio la vuelta para dejar de ver esa imagen de él. 
ya en recepción tiffany le deseó unos muy buenos días al verlo y le preguntó qué tal había dormido. el hombre contestó que bien y le entregó su tarjeta visa. tiffany leyó su nombre en alto: “joao lopes”. 
-sí, ese soy yo- dijo él. 
-gracias por alojarse en el comfort inn, señor lopes –contestó ella al devolverle la tarjeta visa. 
durante unos minutos la recepción estuvo vacía y en silencio. tiffany se pasó los dedos por su cabello ondulado y sedoso y se comió un bombón reservado para los clientes. luego, en voz baja, leyó el nombre de los huéspedes que estaba previsto que llegaran a lo largo del día: sarah mutter, anish gupta, michelle tardy, pedro jovellanos y mireia alcázar, la clase b del sexto curso del colegio queen’s college compuesta por veintidós alumnos, vilma strausch y jean pierre lyvio. 

6 comentarios:

  1. Quizás sea paradójico que el círculo de tu avatar esté relleno de blanco, significante de la nada, cuando en realidad todo tu círculo está lleno de mundos completos. Quizás el blanco sólo sea la confluencia de todos los colores de esos mundos.

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  2. Mientras lo leía tenía la sensación de ser Dios. Una ubicuidad total. Estar en todos los lugares y en las personas al mismo tiempo. Claro que no sé cómo se debe sentir Dios ni si existe.
    El ritmo es muy rápido pero constante. No hay frenadas ni aceleración aunque la historia tienda a la velocidad(una velocidad constante). Aquí es dónde te han explotado todos esos personajes que has escatimado estas semanas y que te tenían ganas de salir en formato escrito. Gracias por no saber aburrir.

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  3. Una atmósfera de un mal rollo muy lograda. Hablando de Inglaterra, ¿has podido leerte Written on the body? :))

    PD: me encanta el detalle de la tortuga y los nombres de los personajes.

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  4. Coincido en lo de la tortuga que también me ha explosionado y también en repetir mil veces que
    es magia lo que escribes que me llevas a tu mundo,
    que te tengo en un pedestal porque no hay nadie por
    aquí que escriba mejor que tú, es un desborde tu imaginación, todo un mundo interior riquísimo que has de tener querida Hilia y te voy a decir algo que nunca te dije -si hay alguien de este mundo virtual con quien me encantaría tomar un café y charlar durante horas... esa eres tú.
    Abrazo gigante

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  5. Me gustó tu construcción, con esa serie de personajes que aparecen y desaparecen del relato tan ágilmente y ese ir y volver a los puntos del hotel que encajan las escenas. No obstante, tengo que decir que si bien en otros casos la ausencia de mayúsuculas después de los puntos no me influyó, en éste me entorpeció un poco la lecutra. Pero igual soy yo el que está un poco torpe leyendo hoy.

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  6. Me voy y me vengo y entonces de nuevo lo veo y lo leo y me vuelvo valiente y diluyo mis miedos, pero claro, entretanto también soy capaz de arrugar mis infiernos...y de nuevo me voy y otra vez yendo, vuelvo y te leo, y te leo...

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