18 diciembre 2011

una desconocida

conocí a una chica. fue el viernes por la noche. estábamos en un bar y yo quería marcharme a casa porque estaba cansado después de toda la semana trabajando como un cabrón, pero víctor insistió en quedarse un rato más y al final me convenció. mientras estábamos ahí sentados los dos, sin mucho más que contarnos entró un grupo de cuatro o cinco chicas. automáticamente apartamos la mirada de las caderas de la camarera para trasladarla a la puerta. víctor me dio un codazo mal disimulado con la segunda, aunque a mí me llamó mucho más la atención la última. ellas estaban más pendientes de conseguir una mesa libre y nos ignoraron por completo. no nos desanimó. se sentaron en el sofá de la esquina, se quitaron los abrigos y las bufandas y se organizaron para que fuera una de ellas quien pidiera mientras las otras iniciaban una conversación mucho más animada que la nuestra. la chica que provocó el codazo poco antes se acercó a la barra y pidió las cervezas. nosotros dos seguíamos en silencio. víctor se había girado hacia ella y yo esperaba que de un momento a otro soltara alguna de sus frases que la mayoría de veces funcionaban perfectamente. esta vez, sin embargo, calló y la chica volvió con el resto. 
-¿por qué no le has dicho nada? – pregunté. 
-no lo sé. – contestó – creo que prefiero esperar un rato más. acaban de llegar… dejémoslas un rato para que hablen de sus cosas. dio otro sorbo a su cerveza y de nuevo posó sus ojos en las caderas de la camarera. 
seguimos en silencio un rato más. de vez en cuando miraba a través del espejo de detrás de la barra la chica que me había gustado a mí, ella sin embargo parecía demasiado divertida escuchando algo que le contaba una de sus amigas y cuando ya empezó a darme la sensación de que estaba actuando como un idiota, alzó la vista y nos miramos por primera vez. creo que también os hubiera gustado. no era especialmente guapa, bueno sí, pero lo que quiero decir es que no era una de esas chicas despampanantes que hacen voltear cabezas cuando pasan por tu lado. no tenía unas piernas interminables, ni unos ojazos azules, ni un escote que dejara sin respiración, ni un culo como el de beyoncé. era más bien lo contrario a todo esto; era pequeña, casi plana, con el pelo corto y negro, los ojos oscuros, la nariz pequeña y los huesos de la clavícula sobresaliendo. pero a mí me gustó. me gustó mucho. diría que me sonrió un poco, aunque quizá a lo mejor con los nervios o las cervezas simplemente fueran imaginaciones mías. yo sí sonreí y me quedé con cara de bobo mientras ella bajaba la mirada y volvía a la conversación con el resto. pedí dos cervezas más. víctor se extrañó. 
-¿pero tú no querías marcharte? 
-no, da igual. aquí se está bien. 
-¿cuál de ellas? 
-¿cuál de ellas, qué? 
-tío, no me tomes el pelo. 
-la morena de pelo corto. 
víctor se giró hacia el grupo y ella le miró también. me sentí un poco molesto. 
-¿esa? – dijo señalando con la cabeza. 
-sí. 
jamás había pronunciado un sí tan convencido, tan seguro, tan rotundo. sí. era un sí para todo. era un sí, sin más. un sí por su forma de sentarse con la espalda un poco encorvada, por su nuca huesuda, por sus dedos finos que sostenían el vaso, por su forma de secarse los labios juntándolos entre sí. era un sí sin peros. era un sí tan evidente que asustaba. 
-pues que quieras que te diga… - dijo él con cierto tono de decepción mientras se levantaba del taburete. 
eso era muy típico de él: adelantarse y hacerme quedar como el amigo tímido y retraído, incapaz de hacer el primer paso. aunque a decir verdad, yo no tenía la gracia para hacerlo y las pocas veces que lo había intentado sólo había conseguido que la chica me mirara como el pesado de turno que iba a perturbar su tranquilidad. víctor en cambio siempre conseguía acaparar su atención y alguna bebida gratis. 
se fue hacia donde estaban las chicas y me hizo señas para que me acercara. no habían transcurrido ni cinco minutos. todas, incluso la chica de la clavícula marcada, se habían levantado para darle dos besos y hacerle un hueco entre ellas. cogí mi cerveza tibia y fui hacia el grupo con la incertidumbre de si habría dicho ya algo de mí y mis preferencias. me senté justo delante de ella. nos separaban no más de noventa centímetros. la miré, primero de reojo, después sin disimulos. bebía a pequeños sorbos y escuchaba atenta la charla de dos de sus amigas. de vez en cuando preguntaba por algún detalle que a las otras les parecía superficial y que sin embargo ella creía determinante. tenía una voz suave, un tono tranquilo, una entonación perfecta. la imaginé deseándome los buenos días, en mi cama, un domingo por la mañana con esa misma dicción. me gustó la idea y sonreí. ella me miró, sonrió también y luego miró al suelo. era algo que observé que hacía a menudo. era un gesto inconsciente. cada vez que terminaba de hablar miraba al suelo, un segundo solo, como si necesitara meditar lo que acababa de decir y aseverar sus palabras. me pareció algo maravilloso y me pregunté si haría eso conmigo si es que algún día cruzábamos algo más que miradas. pensé que me encantaría verla mirar al suelo después de pronunciar un “hola” o un “te quiero”. 
-¿os conocéis ya? – preguntó víctor que se había acercado y nos miraba a los dos con cierta expresión socarrona. 
-no. – respondió ella antes de mirar al suelo. 
-ah, bien, pues eso lo arreglo yo ahora mismo. 
me sobresalté. algo hizo clic en mi cabeza. de pronto pensé que en realidad, con el tiempo, acabaría cansándome de esa manía suya de contemplar siempre el adoquinado de la calle o el parqué de las casas. con asombrosa claridad, decidí que si tenía esta rareza era muy probable que padeciera otras y que estar con ella implicaría acostumbrarme y soportarlas, por muy irritantes o nimias que fueran. seguí recapacitando; con seguridad, ella odiaría mis excentricidades y me obligaría a dejarlas apartadas y olvidadas y finalmente, un poco más adelante, cuando llegásemos a un punto insostenible en el que los gritos y las broncas dominaran la relación, terminaría por echarme en cara el día en el que víctor nos presentó en ese bar. me enfadé conmigo mismo por no haberme dado cuenta antes, pero sobre todo con ella por ser tan poco especial. por ser como el resto. miré a mi amigo y negué con la cabeza. 
-¿no os presento? – exclamó él suficientemente en alto como para que el resto se diera cuenta de lo que estaba sucediendo y detuvieran sus conversaciones para centrarse en la nuestra. 
su rostro examinaba el suelo y después a mí, confundida, a la expectativa, deseando un desenlace lógico a una situación en la que yo ya no tenía esperanza. ella había dejado de sonreír y sus amigas me observaban como si fuera un puto loco que no sabía lo que quería. nadie parecía comprender lo que mi mente había conseguido dilucidar en cuestión de segundos. 

me levanté, fui hacia la barra, pagué las cervezas que habíamos tomado víctor y yo y salí del bar. el aire fresco me vino bien para apaciguarme y olvidar la expresión desorientada de la chica de la clavícula. cuando pasé por delante del ventanal del bar estaba charlando con sus amigas. decidí que sí, que era perfecta, así, desconocida. 

3 comentarios:

  1. Pues sigues pillándome por sorpresa con los finales. Y en este relato está la valentía difícil de meterte en el punto de vista del otro sexo y sales bien parada porque esa anécdota podría pasar yasí por la mente de un hombre. Y esa chica que no es especial y que sí lo es a la vez para el personaje principal es cierto que manteniéndose desconocida ganará más que siendo conocida pero el personaje se pierde algo bonito de todos modos. Lo platónico te deja mucho por disfrutar. En la vida real disfrutará más si la conoce que si la ve a través de un cristal. Salvo casos muy excepcionales. Saludos.

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  2. JAJAJAJA!!
    Como la vida misma!
    Supongo que debería desearle ya feliz Navidad! Besos.

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  3. Dios, esa es tal cual mi cabeza jajaja (pero sin el final de esa forma, claro).
    Voy a seguir leyendo, no suelen gustarme muchos blogs, pero tú escribes muy bonito.

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