02 diciembre 2011

niños

-¡pero es que tú eres muy tonto! 
-!yo no soy tonto! 
-sí, eres tonto porque todavía no sabes leer. 
-sí que sé. 
-no, no sabes. 
-¡sí que sé! 
-pues dime qué letra es esa – le reta blanca señalando un cartel publicitario en la pared del túnel que enlaza la línea 2 con la 3. 
hugo se detiene delante del cartel. arruga la nariz y ladea la cabecilla, sin reconocer la letra. diría que es una n, pero también podría ser una u. siente rabia, ganas de tirarle de la coleta a blanca y decirle que ella sí que es tonta, pero su madre, que intuye otra pelea inminente, intercede para poner orden. -¡hugo, por favor! – coge la mano de su hijo y lo arrastra 
-no tenemos todo el día. 
-¿ves? – sentencia blanca, satisfecha - no sabes leer y eres tonto. 
-¡no lo soy! 
-¡tonto! ¡tonto! ¡tonto! 
-parad ya, ¡los dos! 
los niños callan y se apresuran para seguir a irene, que mira el reloj y comprueba que llegará tarde a la oficina. hoy precisamente, que tiene una reunión con su jefe a primera hora y todavía no ha terminado el informe que le pidió hace un par de días. 
-irene, ¿tú cuando aprendiste a leer? – insiste blanca con ese hilillo de voz que pretende ser divertido e inocente pero que consigue malhumorar a la madre de hugo. 
-no me acuerdo blanca. 
-¿no te acuerdas? – se extraña la niña - pues mi madre dice que como yo ya sé leer me comprará la mochila de la hello kitty para navidades. 
 irene no responde. ni tan siquiera la mira. aprieta un poco más la mano de su hijo y la acaricia con su pulgar. hugo tiene las manos pequeñas y frías, su piel es suave y blanquecina, como la suya. también tiene sus mismos ojos grandes, oscuros, el pelo lacio y claro, los labios rosados y finos y esa manía de arrugar la nariz cuando las cosas se tuercen. es un poco patoso y abre mucho la boca cuando se ríe, mostrando sus dientes de leche que ahora empiezan a moverse y que no quiere que se caigan porque piensa que le va a doler. y cuando él la llama “mamá”, ella, a pesar de los años que han pasado desde que nació, sigue notando un agradable calorcillo en las mejillas y no puede evitar sentirse la mujer más afortunada del mundo. 

hugo llegó tarde. llegó después de varios vanos intentos en los que irene atiborraba su cuerpo de medicamentos y se sometía a decenas de tratamientos que sólo sirvieron para que la ilusión se convirtiera poco a poco en decepción y lloros silenciosos a las cuatro de la noche en el baño de su casa. ella sin embargo, y a pesar de la evidencia, insistió hasta que los médicos y su marido la obligaron a un periodo de descanso. aprovechó para quedarse en casa, comprar ropa de bebé y obsesionarse todavía más. su cabeza decía sí, pero su cuerpo no. casi un año después, cuando había vuelto al trabajo, cuando había arrinconado los libros de partos y las revistas de cuidados infantiles, cuando había dejado de girar la cabeza cada vez que se cruzaba con una criatura por la calle, su cuerpo cedió y dijo sí. 
tuvo un embarazo tranquilo y agradeció con una sonrisa sincera las náuseas de por las mañanas, los kilos de más, las estrías, las varices, las piernas abotargadas, las contracciones y el parto de doce horas. y cuando colocaron al pequeño hugo, embadurnado de sangre, hinchado y llorón, en sus brazos, irene comprendió que esa diminuta criatura con apenas dos minutos de vida, ya le había cambiado su existencia. 
-y yo también sé contar. hugo no sabe contar, ¿no? – prosigue blanca, buscando cierta complicidad con la sabiduría de un adulto como irene. 
-¡yo sí, sé contar! – grita el niño soltando la mano de su madre y al bordo del llanto.
irene lo agarra con más fuerza para que no se escape y él comienza a llorar. -¡hugo! – reprende la madre. 
en realidad le gustaría decir otra cosa. en realidad le gustaría pararse un momento, agacharse, mirar a blanca a los ojos y explicarle que a las marisabidillas como ella, se las come para desayunar. a pesar de su adoración por los niños desde siempre, hay algo en blanca que detesta profundamente. no sabe si es ese intenso olor a colonia, sus mofletes regordetes, sus andares con los pies ligeramente orientados hacia fuera, su voz chirriante o esa disponibilidad para hacer enfadar al niño a todas horas. consigue sacarla de sus casillas y se avergüenza por ello, pero tampoco puede evitarlo. si no fuera porque la madre de la niña recoge a los dos a la salida del colegio y le hace el favor de quedarse con hugo hasta tarde, irene hubiera preferido disfrutar del viaje sola con su hijo. y está segura de que él también. 
-yo si no supiera contar ni leer, bufff… no sé lo que haría - manifiesta blanca con un gesto entre el desespero y la catástrofe.
irene respira. hugo sigue llorando. una ráfaga de viajeros les engulle escaleras abajo. blanca pasa primero e irene aprovecha para mirar a su retoño y sentir unas tremendas ganas de abrazarle, secar sus lagrimones y decirle que en la vida deberá acostumbrarse a este tipo de personas siempre predispuestas a incordiar y molestar. al llegar a la plataforma, atestada de gente con prisas y pocas intenciones de ceder el paso, blanca se aleja de su vista. irene estira la cabeza, pero no consigue ver a la pequeña. sin querer, empuja al hombre que está delante. 
- señora, joder, que llegaremos igual con o sin empujones – espeta el hombre negando con la cabeza. 
-perdone – susurra ella, nerviosa. – he perdido a una niña y… 
-pues tenga más cuidado. ¿qué quiere que haga yo? 
irene nota su pulso acelerándose, pero al menos hugo ha dejado de llorar y ahora, intentando alcanzar los pasos largos de su madre, se apresura con un semblante divertido. 
-¿y blanca? – pregunta el niño. 
-estará más adelante – contesta ella deseando creer lo que acaba de decir. -pues si ya sabe ir sola al cole, ¿por qué sigue viniendo con nosotros, eh, mamá? 
irene traga saliva y sonríe a su hijo, pero no contesta. estira de nuevo la cabeza, gira la mirada a izquiera y derecha. nada. imagina a la niña metida en algún vagón en dirección contraria a la escuela, rodeada de desconocidos, perdida, sola, desorientada y todo por su culpa. luego imagina a hugo en la misma situación y le hierve la sangre por haber sido tan descuidada y estúpida. mientras sigue avanzando por la plataforma, casi sin poder respirar y con su hijo agarrado fuertemente de la mano, promete que si encuentra a blanca, se portará mejor con ella, escuchará sus comentarios y contestará a sus preguntas. y quién sabe, quizá al final acabe siendo una buena influencia para hugo. en ese momento llega el metro y la plataforma se vacía ligeramente. sólo entonces divisa la cara mofletuda de la niña que espera tranquilamente sentada en un banco, entre dos chicas excesivamente maquilladas. blanca mira a los dos con cierta resignación. 
-hemos perdido el tren – informa cuando los dos se acercan. 
-no vuelvas a separarte, ¿de acuerdo? – dice la madre, reprimiendo las ganas de gritarle, pero aliviada por fin. 
-¿por qué? yo ya soy mayor y tú no eres mi madre. mi madre deja que vaya sola a todas partes y tú no puedes ordenarme nada. 
las chicas maquilladas miran a la niña y luego a irene esperando una reprimenda, un par de gritos, incluso. hugo suelta su mano y la observa también, pero ella con la frente sudada y el pulso todavía acelerado, se sitúa al lado de la niña y mira al suelo. blanca, triunfante, tararea una canción que acompaña con algunas palmadas. cuando el cartel luminoso anuncia la entrada del próximo tren, la madre avisa a los dos: -venga, arriba que ya está aquí. los tres esperan detrás de la línea amarilla, a pocos centímetros de la vía. blanca sigue tararando, irene revisa la hora y la vocecilla de hugo pasa totalmente inadvertida: 
-eres tan tonta, blanca. 
estira sus pequeños brazos y empuja con fuerza sin que la madre pueda detenerle ni la niña pueda reaccionar. 
con deseada puntualidad para los viajeros, el tren llega a la estación a las ocho y treinta y dos minutos, dirección norte. algunos pasajeros gritan, otros tapan su cara con el periódico de la mañana y otros sacan su móvil apresuradamente. durante unos segundos la estación enmudece. los movimientos parecen ralentizarse y luego, de repente, chillidos, sirenas y avisos por megafonía. hugo, desconcertado, arruga la naricilla y mira a su madre con esos bonitos ojos oscuros, grandes y brillantes. 

1 comentario:

  1. Sigo diciendo que el nivel de estos textos es altísimo. Me han gustado esas peleas de niños tan auténticas y reales. Y es amadre angustiada. Y me ha dado rabia blanca a ratos. Y me ha gustado la historia del nacimiento del bebé que tanto se deseaba.. Pero sobre todo la tensión del relato. De algo tan cotidiano se puede sacar suspense. Saludos.

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