09 junio 2011

le tenía terror a esa mujer. se llamaba olga y era rusa. no sabía nada más de ella, pero tampoco hacía falta. la evitaba a toda costa y por eso me dio un busca e instrucciones sobre cómo utilizarlo; debía estar localizable en cualquier momento no fuera caso que alguna mota de polvo quedara a la vista de los clientes y se quejaran en la recepción del lujoso hotel. por suerte esto nunca ocurrió, pero aún así, yo iba con el busca a todas partes y cada vez que sonaba me temblaban la piernas al imaginar la bronca que me esperaba. nunca la vi sonreír, ni cuando le informé de que dejaba el trabajo.

unos años más tarde volví al hotel. no podía hospedarme en él porque seguía teniendo el mismo número de estrellas y de ceros en las tarifas por habitación. mi presupuesto no contemplaba ese despilfarro pero entré vacilante y me dirigí al salón donde antes robaba las galletas sobrantes para comerlas después a escondidas en el baño. no había cambiado nada: el mismo tapizado barroco en los sofás, la misma lámpara de cristal, los espejos, las cortinas de terciopelo y los retratos de reyes y reinas. era temprano, las diez o las once, y los clientes ya se habían marchado a sus importantes reuniones o a los museos de la ciudad. me senté en una silla digna del palacio de versalles y en seguida apareció un joven camarero vestido con traje oscuro y pajarita roja y preguntó si deseaba tomar algo. pedí un té. era lo que más casaba con aquella recargada y familiar sala. también lo más barato. el camarero lo sirvió con el mismo servilismo que alguna vez yo también había usado para entrar en las habitaciones y hacer las camas o colocar la cajita de bombones en la mesilla de noche mientras el huesped se impacientaba con mi presencia y torpeza. cuando las habitaciones estaban listas, olga repasaba mi trabajo y siempre encontraba algún error. creo que le encantaba encontrar errores, en general. también en la vida, pero ahí no podía culparme.

el camarero recogía los platos y tazas del desayuno de otros clientes con la misma parsimonia con la que yo tomaba el té. se metió en la cocina y escuché palabras en un idioma que no reconocí y algunas risas. se estaba bien, allí sentada. volvió con un platito de galletas que dejó encima de la mesa. “para ti” dijo. habían cambiado de marca y no pude evitar sentir cierta patética nostalgia por unas galletas que, en tiempos pasados, se habían convertido en mi único gesto de rebelión contra olga, contra el hotel y contra los clientes ricos que no dejaban propina ni daban las gracias. robar galletas, menuda rebelión.

cuando terminé el té, pagué y sonreí al camarero que se apresuró en recoger el plato de galletas intactas. en la calle, los turistas aprovechaban los primeros rayos de sol de la mañana. el resto de la jornada llovería, casi como cada día. esto no había cambiado.

2 comentarios:

  1. La vida que has vivido siempre esta presente.

    Y es sorprendente regresar a nuestro pasado y comprobar que lo están viviendo otros.

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  2. El detalle de las galletas es muy bueno. Nos vamos y las cosas siguen igual. Me gustó
    Saludillos

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