28 junio 2011

mi padre pidió un crédito al banco para que pudiera marcharme a parís. en mi maleta había pan y fotos de la familia. tardé menos de una hora en empaquetar todo lo que necesitaba y pesaba tan poco que uno habría dicho que estaría fuera un par de días. quizá al final sería así.
estábamos nerviosos y compartíamos cigarrillos esperando a nos pusiérmos en marcha. esta vez 132 hombres y ninguna mujer. tuve tiempo de contarlos un par de veces.

- en francia todo es posible. - repetían.
- yo quiero ser barbero. me han dicho que está muy bien pagado. - decía el chico que estaba a mi lado. me imaginé sus manos callosas recortando la barba de algún parisino bien vestido mientras los dos hablaban del tiempo o de sus ciudades natales o de lo bien que se vivía en esa parte del mundo. también me vino el recuerdo de cuando era pequeño y temía las tormentas. solía esconderme debajo de la cama de mis padres cuando los truenos retumbaban y hacían temblar los cristales de las ventanas. aterrorizado, buscaba a mi madre por la casa y ella se reía de mí. canturreaba para tranquilizarme y casi siempre lo conseguía.

la barca se balanceaba y crujía debajo de nuestros pies. esa noche el mar estaba manso y oscuro. el patrón dijo que no se esperaban tormentas y todos le creímos con una repentina fe ciega. hubiera deseado que alguien canturreara, pero sólo se escuchaban las debilitadas olas morir en la orilla, los rezos y ese angustioso silencio.

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