01 junio 2011

era una tarde fría y lluviosa.

el escritor leyó de nuevo la frase y la borró. eran las típicas palabras por las cuales dejaría de leer cualquier novela. y sin embargo de las dos horas que llevaba sentado, con los dedos pegados al teclado y la mirada fija en el folio digital en blanco, lo mejor que había escrito. reescribió la frase.

era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana.

bueno, al menos había acertado con el nombre. bartolomé apuntaba maneras. era un nombre de peso. un nombre digno de una persona importante, que hacía cosas. el escritor pensó qué tipo de cosas podría hacer bartolomé y no se le ocurrió ninguna. aún así tenía bien claro que sería un tipo grande, calvo y de edad avanzada.

era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana. don bartolomé era un hombre corpulento y de poco pelo que a sus setenta años

a sus setenta años, ¿qué? ¿había asesinado a alguien? ¿había pasado un buen día? ¿había terminado de pagar su hipoteca?

era una tarde fría y lluviosa y don bartolomé estaba sentado en el sofá, mirando como las gotas repicaban contra los cristales de la ventana. don bartolomé era un hombre corpulento y de poco pelo que a sus setenta años todavía disfrutaba viendo la lluvia caer.

sí, mucho mejor esto que matar a alguien en la tercera línea de ese libro que ahora sí, parecía ir tomando forma. los asesinatos debían esperar como mínimo hasta el segundo capítulo. el escritor se imaginó en el segundo capítulo y sonrió ufano por sus logros. se levantó un poco nervioso y dio unos pasos hacia ninguna parte en concreto. pensó en bartolomé y en la lluvia. podría crear una especie de metafora entre ambos o podría utilizar la lluvia como paralelismo a su estado de ánimo. había una palabra para eso, pero ahora que estaba centrado en la historia no quería perder el tiempo buscando el dichoso término. se sentía eufórico por las miles de ideas que de pronto se amontonaban en su cabeza. !hacía tiempo que había esperado este momento! tendría que acabar de perfilar quién era bartolomé, qué haría durante las siguientes trescientas páginas y qué final escogería para sus acciones, pero de momento no quiso preocuparse por estos detalles sin importancia. estaba convencido, ahora sí, que bartolomé cambiaría el rumbo de la literatura y él, humilde principiante, sería estudiado en las universidades y traducido a miles de idiomas.
el escritor volvió a la mesa y se sentó. no debía desaprovechar ni un minuto más. con los dedos encima del teclado, leyó las cuatro líneas. las leyó por segunda vez y frunció la frente. retiró las manos del teclado y cruzó los brazos a la altura del pecho. era indudable que lo escrito hasta ahora, y que le había ocupado las dos últimas horas, era una auténtica mierda. ese vacío de nuevo al notar que las brillantes ideas que habían aparecido de repente, se reían de él y se desvanecían con descaro. borró las líneas con una mezcla de rabia y pesadumbre. delante de él, el familiar folio en blanco y el parpadeante cursor, retándole.

era una soleada mañana de junio.

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