16 febrero 2011

empezó a hacer listas cuando notó que su memoria comenzaba a fallar. no lo acusó a la edad, sino más bien al milllón de temas e ideas que solían bailarle en la mente y tan pronto llegaban como desaparecían. primero empezó con libros que debía leer y músicos a los que debía escuchar. las recomendaciones de sus amigos y los descubrimientos personales se acumulaban en trozos de papeles arrugados y esparcidos por su caótico comedor hasta que compró un pequeño cuadernillo de tapa dura y anotó allí su lista de pendientes. la alargaba a menudo y por falta de tiempo, tachaba a los leídos y escuchados no tan a menudo como hubiera deseado. viendo que el cuadernillo se había convertido en una buena herramienta para su intermitente capacidad para recordar, compró un segundo. “hacer”, escribió en su primera página: leer un poco de filosofía existencialista, visitar más a menudo a su madre, aprender a cocinar, estudiar francés, dejar de fumar, escribir una novela. en esta ocasión ni alargó, ni tachó.

barajó la posibilidad de un tercer cuadernillo. a este lo llamaría “errores” pero por temor y prudencia, decidió que sería suficiente tenerlos sólo en la cabeza y si algún día su memoria abandonaba definitivamente, lo consideraría como una bendición.

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