02 febrero 2011

-¿hoy no me vas a pegar? 
quería evitar esa pregunta a toda costa. hacía días que no lo sugería y pensaba que se había olvidado del asunto, pero ahora, tumbado en la cama, desnudo, entre las sábanas arrugadas y húmedas, con el pelo revuelto y la respiración todavía alterada, ha pronunciado esas palabras a las que ella no sabe cómo responder. él se da cuenta de su turbación mal disimulada, pero insiste.
-no pasa nada. me gusta, ya sabes. 
esto no la tranquilaza en absoluto. 
-me parece extraño.– titubea ella. 
-pero, ¿extraño por qué? mucha gente lo hace. es excitante. 
-es excitante para ti. 
-¿y a ti no te gusta verme excitado? 
-sí, claro. 
-pues entonces, ¿dónde está el problema? 
-no sé. creo que te estoy haciendo daño y no quiero hacértelo, !yo te quiero! 
-!y yo! por esto mismo te lo pido a ti. porque te quiero y tengo confianza en ti y sé que lo harás bien. 
los dos permanecen callados unos minutos. él se imagina unos tacones altos clavados en su espalda y ella visualiza el moratón en la mejilla que apareció unos días después de esa sonora bofetada que él exigió. ese día se asustó de verdad y quiso abandonar sus ruegos, pero él la tranquilizó con sus manos y algunos susurros que ella apenas escuchó, sumida en una ola de culpa y remordimiento. durante unos días ella se mostró distante. no se atrevía a mirarle a la cara y contemplar esa mancha morada, amarillenta y verdosa en la cara que le recordaba su desviación hacia sus particulares juegos. él, sin embargo, se mostró especialmente cariñoso e incluso la invitó a cenar. en el restaurante, con su traje nuevo y su sonrisa franca, sintió deseos de besarle y pedirle perdón, pero él parecía totalmente ajeno a sus preocupaciones y siguió hablando con entusiasmo de los proyectos de la empresa y de sus planes para comprarse un coche nuevo. esa noche hicieron el amor y no hubo ninguna petición. ella respiró tranquila y durmió abrazada a él creyendo que todo había vuelto a una agradable y deseada normalidad. un par de semanas más tarde, allí estaban de nuevo. la rutina se había esfumado y él no había olvidado sus fantasías. 
-¿por qué no te pones esos tacones que te regalé? – dice después de un silencio incómodo. 
-¿cuáles? 
-los negros. los de ajuga. los que no hemos estrenado todavía. 
ella le mira y él sonríe. 
-¿estás seguro? ¿no has tenido suficiente por hoy? 
-¿te parece que haya tenido suficiente? – contesta dirigiendo la mirada hacia su erección. 
 ella se levanta de la cama y desaparece. en el baño, enciende un cigarrillo y le da un par de caladas. odia estas diversiones. ojalá pudiera complacerle de cualquier otra forma. con un pastel de chocolate, con un espejo en el techo, con un coche nuevo. cuando vuelve a la habitación, calza unos tacones de aguja de quince centímetros. él la mira, absorto en esas piernas largas, bien torneadas y esos tacones que perfilan todavía más su silueta grácil y perfecta. él se tumba en el suelo frío, bocabajo, excitado e impaciente. 
-clávamelos. – ordena con voz suplicante. 
ella apoya las manos en la pared para no dejar caer todo el peso de su cuerpo encima de él y coloca el pie derecho sobre su espalda blanquecina, formando un pequeño surco en la piel, justo alrededor del tacón. después, con cuidado, sube el izquierdo. escucha sus gemidos, tímidos, al principio. cuando retira las manos de la pared y se tambalea lentamente hacia la nuca, los gemidos se convierten en lamentos vacilantes. y sin embargo, ella sigue caminando, primero con cuidado, después… 
cuando aprieta con fuerza en el antebrazo de él, desearía que tuviera él un cuerpo el doble de extenso y pesado para poder andar por encima, sin tregua ni limitaciones. cuando cree que su espalda ya ha recibido suficiente, le exige que se dé la vuelta y él obedece, más serio, más asustado, más dócil. cierra los ojos, deja que ella tome el control y en algún momento, deja de sentir. un pequeño charco de sangre espesa tiñe el suelo dibujando una mancha circular y oscura y es entonces cuando, desde muy lejos, casi desde otro mundo, oye una voz suplicante y débil, pero ella también ha dejado de sentir y continua pisoteando todo lo que está debajo de sus vertiginosos tacones, con fuerza, con rabia, con exacta precisión. 

2 comentarios:

  1. tienes relatos muy buenos, me han gustado nucho, una gran sensibilidad y aprecio que hayas entendido los personajes del facebook.

    Como has contactado con mi blog

    felix

    me pongo como seguidor, nos podemos hacer que nos conozcan mas

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