09 febrero 2011

la arquitectura del pensamiento

siempre le dijeron que no creyera nada de lo que estaba escrito en los libros, ni en los periódicos, ni en los carteles publicitarios, ni en la biblia. que se acostumbrara a poner en tela de juicio los comentarios de amigos y enemigos. que pensara por sí mismo y tuviera una opinión firme sobre todos los asuntos, fueran o no memeces. esta era la manera para convertirse en un hombre hecho y derecho.

después de años de obedecer, de esforzarse por generar ideas propias y creerse único, una noche, en su cama, escuchando cómo la sirena de las ambulancias alarmaba a los insomnes, decidió que sería todo mucho más sencillo si simplemente dejaba de pensar. estaba harto y cansado de cuestionar y desconfiar y, maravillado, descubrió que las cosas iban mucho mejor de esta nueva forma. pensaba tan poco que a menudo los demás tenían que recordarle que debía levantarse por las mañanas, ir a trabajar, organizar las vacaciones o sacar al perro a pasear. tampoco esto tenía ya mucha importancia porque mientras lo hacía, diligente y mecanicamente, no pensaba. no pensaba nunca en nada. y así le iba mucho mejor. no pensar: mejor. bucle.

como consecuencia, también dejó de ser un hombre hecho y derecho; pero a medio hacer y arrastrándose continuaba llegando igual a los mismos lugares, aunque un poco más lento.

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