15 febrero 2011

odeon*

el cine estaba en la calle haymarket, justo entre leicester y picadilly square. a cinco minutos del soho y a diez de green park. tenía un auditorio enorme en comparación con el resto de salas del west end. por esto costaba llenarlo. por esto y porque era un cine viejo, de esos que aún conservaban las butacas grandes, mullidas y cómodas pero con goteras en el techo y olor a moho permanente. las películas que ponían eran re estrenos de re estrenos y el hecho de que sólo tuviera una sala no hacía que las ventas fueran precisamente alentadoras. sin embargo, porqué pertenecía a una conocida cadena de cines y porqué en su momento de gloria, hacía ya mucho, habían asistido personalidades más o menos conocidas, y fe de ello lo demostraban las fotos en blanco y negro que adornaban las paredes, la dirección posponía su cierre definitivo.
simona hacía seis meses que trabajaba allí y le gustaba. era una buena manera de aprender inglés: ver una película una vez y otra y otra hasta memorizar los diálogos de los personajes. alguna palabra o frase conseguía recordar al final del día, aunque raramente la podía aplicar cuando salía del cine. había llegado a londres desde verona con la intención de mejorar su inglés y ya de paso, empezar a vivir su vida sin la perpetua sombra de sus progenitores.
bola y jean trabajan con ella los fines de semana. bola era nigeriana pero había nacido en londres. en el norte de londres, como le gustaba recalcar cada vez que tenía oportunidad. no era especialmente guapa pero sabía cómo sacarse provecho, cuando tenía el tiempo suficiente para hacerlo. y solía tener poco. estudiaba literatura en la universidad y cuidaba de sus dos sobrinos a cambio de una habitación minúscula en casa de su hermana y su novio, que no era el padre de las criaturas. tenía treintaiseis años, era delgada, de piel muy oscura, ojos enormes y no se llevaba muy bien con el resto de nigerianos que trabajan en el cine. simona creía que era porque bola iba a la universidad y se creía superior a los que no habían tenido esta oportunidad. a veces podía ser algo pedante.
jean era de parís. a sus veinticuatro años estaba en londres para pasarlo bien. fumaba, bebía, tomaba drogas, dormía poco y asistía a todas las fiestas que se organizaban, estuviera o no invitado. era bajito para ser chico, muy pálido, vestía siempre de negro y llevaba barba de tres días. en realidad simona y bola creían que no era una barba de tres días, sino la única barba que tenía cuando dejaba de afeitarse. fueran tres dias o cuarenta. solían burlarse de su poco pelo y jean solía responderles en francés. intuían que no era algo bonito, pero se reían de él igualmente.
bola y jean estaban liados. simona lo sabía no porque bola se lo hubiera contado una noche cuando pasaban la última sesión de “los idiotas”, sino porque previamente les había pillado follando en el baño de señoras. era algo que no acababa de entender. a bola le pegaba alguien más maduro, más estable y a jean le pegaba cualquier chica borracha que estuviera en la misma fiesta que él. y aún así, cada fin de semana, cuando coincidían en el cine, desaparecían en el baño de señoras.
cuando simona lo descubrió hacía justo un mes que había empezado a trabajar en el cine. entró en el baño para mear y reponer el papel higiénico. con el ruido de la puerta al cerrarse, jean soltó un “merde” lo suficientemente alto como para que simona reconociera su voz al instante. salió disparada. por qué jean estaba en el baño de señoras? el de señores se encontraba justo al lado…
se sentó en la última fila de butacas y esperó con la mirada clavada en la puerta del baño. pasaron cinco minutos y después diez. simona empezó a impacientarse. a lo mejor le había pasado algo. a lo mejor no era jean. a lo mejor incluso no había nadie en el baño… pasaron cinco minutos más. se levantó y esta vez abrió la puerta con mucho cuidado. con su inconfundible acento francés jean estaba balbuceando “joder, para un poco o me voy a correr ya”. su interlocutora no contestó y por lo que simona pudo deducir, no paró sino todo lo contrario. aceleró hasta que, a los pocos segundos, jean gimió “joder bola”.
salió de nuevo disparada. el corazón le iba a mil por hora, no tanto por oirles follar, sino porqué consideró que hacía demasiado poco que trabajaba allí como para poseer informaciones tan íntimas de los trabajadores del cine.
no tuvo problemas en disimular cuando, más tarde, jean y bola aparecieron por separado y la invitaron a salir a tomar un café en el bar de al lado, algo totalmente prohibido en horas de trabajo.
la semana siguiente pasó rápida. bola no apareció hasta el viernes, jean se pidió tres días libres para ir a un festival que hacían en brighton y ella aprendió tres nuevas palabras: bollocks, cunt y nigger. su inglés iba viento en popa.
siete días más tarde no tuvo reparos para entrar al baño y escucharlos. ni ese viernes en concreto, ni los que vinieron a continuación. al principio se quedaba pegada a la puerta por si debía salir corriendo, cosa que nunca sucedió. su sigilo evitó volver a interrumpir a los dos amantes de nuevo. solía quedarse poco tiempo, el justo para comprobar que estaban allí encerrados y parecían pasarlo bien. luego se sentaba en una de las butacas y controlaba el rato que tardaban en salir. poco a poco empezó a estar más tiempo en el baño, acercarse a su puerta e incluso ojear por debajo de ella. empezó a reconocer los gruñidos y sonidos de cada uno, a interpretar lo que significaban y a conocer los gustos y preferencias de él y de ella: a bola le gustaba que le mordieran los pezones y que le susurraran al oido lo bien que lo hacía, lo bien que se movía y lo locos que los volvía. era silenciosa, apenas se escuchaba su respiración un poco más agitada de lo normal y sólo cuando estaba a punto de correrse solía soltar un fuck me, con especial énfasis en la f. jean era mucho más ruidoso. gemía, hablaba, soltaba tacos y si no hubiera sido porque estaban en unos baños públicos, seguramente, podría asegurar que gritaba también. le gustaba que ella se sentara encima de él, agarrarla por la cintura y dejar que fuera bola quien marcara el ritmo. siempre le pedía que no cerrara los ojos, y en ese punto, simona sabía que no iba a tardar en eyacular. jean decía que no había nada que le calentara tanto como correrse y mirarse a los ojos con la otra persona al mismo tiempo y que era imposible conseguir la intensidad de esa mirada haciendo ninguna otra actividad.

cada vez más a menudo, cuando los escuchaba, podía imaginarse sus caras, gestos y expresiones, como se tocaban y como se movían. y cada vez más a menudo, cuando los escuchaba, se encerraba en el lavabo contiguo, con las bragas mojadas, y se masturbaba.

uno de esos viernes por la noche, simona decidió no entrar en el baño. no estaba de humor y se quedó sentada en la butaca viendo “annie hall” por séptima vez. ni se dio cuenta cuando salieron. al poco rato jean fue a buscarla.
- te vienes fuera a fumar?
- claro – contestó ella
bola no fumaba y éste era uno de los pocos momentos en el que los dos estaban solos. tampoco tenían mucho de qué hablar. solían comentar lo horrible que era el tiempo en londres, las pocas horas de luz que había durante el día, lo maravilloso que era parís, lo bien que se comía en italia y sobretodo las descontroladas fiestas de jean.
se sentaron en las escaleras de la entrada y él encendió un porro. se lo pasó a ella y hizo las primeras caladas en silencio. de repente jean preguntó:
- por qué no has venido hoy?
simona aspiró y olió la hierba quemándose. no entendía la pregunta.
- no he venido dónde?
- al lavabo de señoras.
notó que todo el frío que hacía en la calle esa noche de febrero entraba dentro de su cuerpo y empezó a temblar.
- no sé lo que quieres decir.
estaba claro que los dos sabían lo que él quería decir y con esta evasiva simplemente estaba haciendose la tonta para ganar tiempo y buscar una explicación lógica a algo que no la tenía.
- sabes a lo que me refiero. lo sé desde el primer día que entraste. no sabes disimular. como ahora.
volvió a aspirar, pero el porro se había apagado. jean le pasó el mechero. ella lo encendió con parsimonia porque la marihuana le estaba causando los primeros efectos. a veces le daba por reírse, otras por sentirse terriblemente relajada.
- jean… - respondió por fin – no te parece gracioso que nos paguen por fumar canutos y corrernos en el lavabo de este gran cine?
en realidad le hubiera gustado decir: si te encierro en el baño conmigo sabrías lo que es gemir de verdad, pero se dio cuenta que no sabía como era gemir en inglés.


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