06 diciembre 2010

final feliz

mara se despertó de repente por el codazo que acababa de recibir en plena cara. abrió los ojos, giró la cabeza y vio al chico que tenía a su lado: tenía el rostro aniñado y el pelo corto y claro, ocupaba toda la cama y dormía profundamente sin apenas moverse para respirar. notó los primeros martilleos en la cabeza nada más abrir los ojos y a los pocos segundos notó cómo se acrecentaban y cómo las primeras arcadas que subían con fuera por su garganta. tragó un poco de saliva pero tenía la boca seca. no sabía dónde estaba, ni cómo había llegado hasta allí, ni quién era el tipo que estaba a su lado, pero al menos seguía con las bragas puestas, aunque esto tampoco era prueba concluyente de nada en concreto, y una camiseta agujereada que no reconoció como propia. levantó un poco su pesada cabeza. también le dolía el cuello y le costó girarlo a un lado y otro. la habitación era grande, estaba vacía, desordenada y olía a humo y a colilla ce cigarro mal apagada, pero al menos no se escuchaba ningún ruido de personas, ni música, ni de la calle, lo cual agradeció mucho en su estado. en el suelo reconoció su ropa arrugada y esparcida que había llevado la noche anterior. volvió a dejar reposar su cabeza en la almohada maloliente y cerró los ojos. no podía ser que estuviera de nuevo en esa situación: desubicada, con ese martilleo insistente y medio desnuda en una cama que no era la suya. el chico se dio la vuelta y le dio una patada en la rodilla. 
-me cago en todo – murmuró. 
se apartó, se levantó muy lentamente y con cuidado y se sentó en el borde de la cama. sentía que la cabeza iba a explotarle de un momento a otro. necesitaba un par de aspirinas, algo para beber y un cigarrillo. aunque antes de todo esto, debía despertar al chico, preguntar lo de siempre, recoger sus cosas y marcharse de allí cuanto antes. no le apetecía verle despierto, ni saber mucho más de él. sin moverse de donde estaba y de espaldas a él, dijo: -!eh! el chico no se inmutó. 
-oye,!eh! – repitió alzando la voz. esta vez consiguió despertarlo. 
-¿qué coño pasa? – respondió él de malas maneras. 
-¿hemos follado? 
-¿qué? 
-¿que si follamos ayer? 
-joder tía, tú estás fatal. déjame dormir. 
-¿pero sí o no? 
-joder. que me dejes dormir te digo. 
-de puta madre. 
se levantó de la cama, se quitó la camiseta agujereada y la tiró encima de él en un amago de despertarle, pero él ni lo notó y siguió inmóvil en el centro del colchón, de espaldas a ella. se vistió con la máxima rapidez que le permitía su dolorido cuerpo y cuando estaba a punto de abrir la puerta de la habitación, vio la cartera del chico, en el suelo, junto a un paquete de malboro y las llaves. recogió el paquete en busca del primer cigarrillo del día, pero estaba vacío. 
-maldita sea. vaya mierda de día. – masculló. 
después recogió la cartera, la abrió y sin pensarlo dos veces retiró el billete de veinte euros que había dentro y se marchó asegurándose de dar un portazo bien sonoro. siguió por el pasillo estrecho, oscuro y de techo alto y llegó a lo que parecía ser el comedor de la casa, una sala igual de vacía y con la misma penumbra del pasillo. una chica más mayor que ella, con albornoz y una toalla enroscada en el pelo estaba mirando dibujos animados en la televisión y removiendo su taza de café con una cucharilla de plástico. 
-¿por dónde se sale de aquí? – le preguntó sin saludar ni presentarse. 
la chica señaló hacia la derecha sin apartar la vista de la pantalla. 
-gracias. oh, ¿no tendrías un cigarro, por casualidad? – dijo, utilizando un tono de voz más amistoso esta vez. 
-no fumo. 
-joder. 

salió del piso y esperó a que llegara el ascensor. tampoco hubiera tenido la suficiente energía como para bajar las escaleras a pie. le pareció que tardaba una eternidad y una vez dentro, no pudo evitar mirarse en el espejo: estaba pálida, despeinada, tenía ojeras, el rímel corrido y los labios agrietados. tampoco hizo ningún intento por salir a la calle con mejor aspecto. aparte de las aspirinas y la dosis de nicotina, sus otras dos prioridades en ese momento eran descubrir dónde se encontraba y cómo llegar a su casa. fuera hacía un día espléndido, brillaba el sol y la temperatura era ideal para pasear y tomar una cervezas en alguna terraza tranquila y soleada. no reconoció el nombre de la calle cuando leyó el cartelito de una de ellas y se inquietó un poco porque pensó que quizá no estaba ni en su propia ciudad. caminó desorientada diez minutos, esperando toparse con alguien a quien poder preguntar, pero a esas horas parecía que todos estaban en sus casas preparando la comida dominical, hasta que vio una farmacia y un bar abierto justo al lado. “caray, a lo mejor termina siendo mi día de suerte, al fin y al cabo”, pensó. tuvo tentaciones de entrar primero al bar, pero pensó que ya había cometido suficientes estupideces en lo que iba de día y se dirigió hacia la farmacia. abrió la puerta pesada haciendo sonar el móvil metálico que estaba justo encima y esperó hasta que apareció la farmacéutica. 
-buenas tardes – saludó una mujer sesentona de uñas largas pintadas de rojo y luciendo todo el surtido de joyas que poseía. 
-hola. necesitaría la píldora del día después – informó. 
-ahá. 
desapareció detrás de unas cortinas de mimbre y volvió a los pocos segundos con la familiar cajita blanca con letras azul marino que mara reconoció de inmediato. 
-¿sabes cómo funciona? – preguntó la farmacéutica. 
-sí. 
-pues son diecisiete euros. 
-oh, y también necesitaría aspirinas. 
-¿aspirinas?… vaya nochecita... 

el bar estaba totalmente vacío, iluminado con un molesto fluorescente parpadeante, las mesas y las sillas eran de plástico, el suelo estaba pegajoso y las paredes mal decoradas con pinturas de paisajes de color pastel, y bodegones sin ninguna gracia. el camarero estaba entretenido leyendo un periódico deportivo que celebraba la victoria del equipo local. cuando vio a mara, lo dobló y la saludó como si hiciera días que no hablaba con ningún ser humano. 
-hola guapa, ¿qué te pongo? 
mara sonrió agradecida por el piropo, aunque sabía que no lo merecía en absoluto. al menos ese día. 
-mmm… un gin tónic. sin hielo, por favor. 
-!marchando ese gin tónic sin hielo! 
-¿vendéis cigarros? 
-la máquina se estropeó ayer. a ver si vienen a arreglarla pronto. 
-vaya. qué mala suerte tengo hoy. en fin, está claro que todo son señales para que deje de fumar. 
-no hay mal que por bien no venga, o eso dicen por ahí. 
se sentó en uno de los taburetes de la barra, abrió las dos cajas y sacó tres aspirinas y la píldora. las colocó en fila, una detrás de otra, después las desordenó y esperó a tener la bebida para tomarse las cuatro de un solo golpe. con el primer sorbo, notó como ardía su garganta y la tripa rugía, se encogía y se revolvía. con el segundo saboreó el regusto amargo de la tónica. con el sexto, los martilleos en la cabeza remitieron y con el décimo, se sentía lista para el siguiente sábado. 

4 comentarios:

  1. hilando hilando se hace una madeja. ovillo fino que se desata.

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  2. y si es h i l i a n d o...? también se desata? :-)

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  3. Eso de hiliando me sugiere hilar pero a lo fino. Esto de escribir es como cosa de manejar agujas y ovillos...enhebrar, una puntilla por aquí, un encaje por allá...desenredar la madeja e hiliar. Una labor artesanal.

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  4. En realidad la casa en la que despertó era la suya, el chico junto a ella su novio y la de la toalla enroscada en la cabeza su hermana. En efecto, fumaba demasiado, y no tabaco precisamente.

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