16 diciembre 2010

déjà vu

no sé muy bien cómo se nos ocurrió la idea. bueno, en realidad fue idea mía y josé me acompañó porqué se lo pedí. el pobre es tan bueno, que nunca dice que no.
la encontré vía internet y me gustó su foto y su anuncio. aseguraba discreción, seriedad y unas tarifas que me podía permitir. llamé al número y contestó una voz femenina, suave y tranquila.
- gabinete de la señorita nun, ¿dígame?

- hola. quisiera pedir una cita.
- de acuerdo. mañana o tarde?

- tarde mejor.

- veamos… ¿viernes a las siete?
- perfecto.

- ¿y qué quiere consultar exactamente?

me quedé en blanco. no esperaba resumir todas mis dudas y frustraciones en diez segundos, por teléfono y a una total desconocida.
- umm… pues bueno, supongo que cómo me irá en el futuro.
- ¿a un año vista, va bien?
- sí, esto estaría muy bien.

- pues viernes a las siete. la sesión es de cuarenta minutos y son ochenta euros.
pensé que tenía que ser buena porqué era lo siguiente que quería preguntarle.

esperé justo a la noche anterior a la visita para contárselo a josé. se puso hecho una furia: que si esto era una pérdida de tiempo y de dinero, que no debería creer en estas cosas, que se aprovecharían de mí y de mi buena voluntad. después le di un masaje en los pies y se calmó.


llegamos a la consulta diez mintuos antes. la señorita nun, que en realidad era una abreviación de anunciación y tenía más de señora que de señorita, nos recibió sonriente. era una mujer pequeña y delgada, de pelo negro, liso y exageradamente largo que vestía de púrpura de la cabeza a los pies. el piso olía a incienso y estaba iluminado con velas.
mientras josé se quedaba en la salita de espera, nosotras entramos a su consulta. previsiblemente a lo que mi imaginación había pronosticado, había más velas, más incienso, cartas del tarot y libros de astrología. faltaba la bola de cristal que no vi por ningún lado.
nos sentamos alrededor de una pequeña mesa redonda y sin ni tan siquiera avisar, puso su mano en mi frente. así permanecimos unos segundos: ella con los ojos cerrados y yo nerviosa, sintiendo el sudor frío de su palma.
- lo primero que debes saber – susurró – es que estás en cinta.


después de cuarenta minutos exactos salí de la habitación. josé seguía donde le había dejado, jugueteando con su llavero de madera.

- tienes mala cara. ¿qué ha pasado? – preguntó.

- me ha dicho que estoy preñada.
- ¿qué? ¿embarazada?

- eso ha dicho.

- pero esto es imposible, ¿no? porqué tú y yo nunca hemos... a no ser que tú hayas...

- ¿dudas de mí?

- ¡no! !claro que no dudo de ti, mi amor! pero a ver cómo explicas esto…

- podría haberse equivocado.

- ¡ay jesús! la que vas a liar, maría.

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