19 noviembre 2010

desviaciones curriculares

era la tercera que tenía esa semana y esto hacía que se sintiese afortunado. la mayoría de personas, tal y como estaba la situación en el país, no conseguían ni una al mes, ni una al año, probablemente. sentado en uno de los cómodos sillones de piel de la sala de espera, memorizaba las respuestas que había ido repitiendo en las dos últimas ocasiones, en otras salas de espera, con sillones más o menos del mismo estilo. 
-sr. molina, ¿no es así? bien, bien… ¿veo que estudió usted en la universidad de boston? ¿y trabajó también allí, en boston? ¿en silver & morgan ltd? bien, bien… esto es muy interesante. ¿y cuáles eran sus funciones exactamente en silver & morgan ltd? ¿y por qué quiere cambiarse ahora de trabajo? ¿qué cree que puede usted aportar a nuestra empresa? ¿ha oído hablar alguna vez de nuestra compañía? 
para él se había convertido en una tarea muy fácil, bastaba con enchufar el piloto automático y soltar las explicaciones que ellos deseaban escuchar: sí, cinco años en boston. trabajando y estudiando al mismo tiempo. era un tipo responsable. ocupando un puesto de alta responsabilidad que incluía el siempre bien visto trabajo en equipo, dotes de mando, organización, competitividad, don de gentes y sus aportaciones a la empresa serían ésta y ésta otra y sí, por supuesto que conocía la compañía. ¿y quién no? de hecho, hacía mucho tiempo que les conocía y había leído y escuchado grandes excelencias de ella, no sólo por sus acciones sino por los profesionales que las llevaban a cabo. por este mismo motivo sería una enorme oportunidad para él poder unirse al grupo y aprender y mejorar en su carrera laboral y también como persona. en ese momento tenía comprobado que la cara del entrevistador solía dibujar una discreta y boba sonrisa, orgullos y privilegiado por pertenecer ya al selecto grupo y tener la decisión final para ofrecer la posibilidad a otros de formar parte de la élite. esta era su táctica, y junto a su historial plasmado en un currículum inmaculado, solía funcionar. perfectamente trajeado, repeinado hacia atrás, con la manicura recién hecha y un poco de perfume fresco y ligero, fantaseó en cómo sería trabajar en esa compañía y si tendría un despacho con vistas a la ciudad, si habría alguna compañera que le alegrara la vista o si su jefe sería un despota. también tendría que ir pensando a qué compañía les decía que sí. sin duda con las otras dos anteriores entrevistas había causado una impresión inmejorable y sabía con certeza que el puesto era suyo. él sin embargo, tenía especial interés en esta tercera, mejor remunerada y con mejores condiciones, así que debería ofrecer su mejor perfil, hacer hincapié en su capacidad para… la recepcionista entró en la sala y le despertó de sus ensoñaciones. él enderezó su espalda y se saludaron. con una sonrisa entrenada para estos casos, la chica le pidió que le acompañara y él se levantó de inmediato y la siguió hacia un pequeño despacho. no pudo evitar fijarse en sus bonitas piernas, largas, morenas y bien torneadas. a ahí tenía la chica que le alegraría la vista por las mañanas. decidió que cuando le ofrecieran el puesto, tal vez la invitaría algún día a tomar una copa, o mejor aún, a su casa. 
-ahora mismo vendrán para hacerle la entrevista – dijo ella dejando entrever una dentadura torcida y amarillenta. 
-muchas gracias. 
-¿desea un café? 
-no, gracias, no hace falta – contestó él apartando la vista de sus dientes y descartando la posibilidad de invitarla a ninguna parte. 

el despacho era pequeño y estaba desprovisto de cualquier elemento que pudiera distraer la atención; una mesa redonda de madera oscura ocupaba el espacio central, un teléfono encima, un fluorescente frío e impersonal, un calendario con fotos de paisajes colgado en la pared y un par de sillas forradas con piel alrededor de la mesa eran el único mobiliario. estaba bien acostumbrado a este tipo de situaciones y por lo tanto no notaba los típicos nervios en el estómago, ni las manos sudadas, ni las dudas de si su currículum estaría suficientemente bien detallado. de hecho, era más bien lo contrario, le gustaban las entrevistas de trabajo: uno podía hablar de sí mismo eternamente, mientras el otro asentía y anotaba sus impresiones en el margen de los folios. era como ir al psicólogo pero sin pagar, pensó, aunque él tampoco había ido nunca al psicólogo. no le hacía falta. él siempre estaba bien y los problemas tenía que arreglarlos uno mismo. 
esperó cinco minutos hasta que entró en la habitación un hombre mayor, de unos sesenta años, bajito, de tripa prominente, con gafas, el semblante serio y el pelo canoso. se presentó como el señor alejandro rojas, jefe de recursos humanos. tenía una voz grave y dedujo por su presentación directa y escueta que no le gustaba perder el tiempo en nimiedades. estrecharon la mano, se sentó enfrente de él y echó una ojeada rápida a las hojas que había traído consigo. 
-bien, bien, bien… señor álvaro molina – dijo alzando las cejas y mirándole con cierta curiosidad - ¿veo que estudió usted en la universidad de boston? -sí, así es. 
 -¿y estuvo también trabajando allí una buena temporada? 
-cinco años. 
-bien, bien. ¿supongo que fue una buena experiencia? 
-sin duda, la mejor. 
-lo imagino. y nada más y nada menos que en silver & morgan ltd… cuando yo tenía su edad también estuve una época viviendo en el extranjero. en nantes. 
-qué interesante – mintió. 
-sí, fue una época bonita - se quedó mirando el muro unos instantes, rememorando los años en nantes, una ciudad que odió desde el primer día en el que aterrizó y a la que se prometió no volver jamás en su vida. – recuerdo el frío que hacía en invierno y que a la cuatro de la tarde ya era negra noche. desde luego creo que nunca podría acostumbrarme a eso, pero tenían buenos quesos, eso sí. 
-vaya, algo es algo. 
álvaro molina cruzó su pierna derecha y el señor alejandro rojas adivinó su impaciencia por retomar la entrevista. 
-en fin, no estamos aquí para hablar de mí, sino de usted. 
los dos hombres sonrieron y el señor alejandro rojas volvió a repasar la información de los folios. era obvio que no se había tomado la molestia de hacerlo hasta el momento de la entrevista y a álvaro molina le pareció un detalle muy poco profesional. pasó un minuto y después otro. las manos de álvaro molina comenzaron a sudar. se preguntó si el hombre no estaría ya un poco senil para ese puesto. el señor alejandro rojas continuó un rato más en silencio con los ojos pegados al papel. finalmente carraspeó, se pasó la mano por la frente y miró al joven por debajo de sus gruesas gafas. 
-bueno… - dijo dubitativo y con un tono de voz que trataba de ser amigable y conciliador – aquí leo algo que no sé muy bien cómo tomarme… 
-dígame. 
-no sé si se tratará de un error. es algo poco común, la verdad. – declaró sin atreverse a decirlo de una vez. 
álvaro molina se secó las manos con los pantalones, sin ningún disimulo. hizo un rápido repaso mental a su currículum y a su trayectoria profesional. no sabía muy bien a qué se debía tanto misterio y hubiera deseado poder beber un poco de agua. 
-verá… - continuó - aquí pone… aquí pone que… que le gusta a usted… vestirse de mujer – y esta vez no se atrevió a levantar la vista. 
-¿cómo dice? -me sorprende más a mí que a usted. sinceramente… no he podido evitar comentárselo. tampoco sé si se es un error o una broma y desde luego me gustaría pensar que se trata de lo primero porque con los tiempos que corren no estamos aquí para perder el tiempo ni usted ni yo. 
-sin duda tiene que ser un error. un grave error. este no es mi currículum - respondió álvaro molina alzando la voz más de la cuenta. 
el señor alejandro rojas se quitó las gafas y las dejó encima de la mesa. estaba acostumbrado a lidiar con la desesperación de los que hacía meses que buscaban trabajo y no encontraban, con los que no tenían suficiente preparación, con los que tenían demasiado, con los que le hacían perder el tiempo y con los que creían saberlo todo. decidió que álvaro molina estaba en el último grupo y que además era un cretino. con pausada calma y un suspiro suficientemente alto para que álvaro molina se percatara de su malestar, alargó las hojas impresas a lo largo de la mesa oscura y señaló con su índice el apartado de “otros datos de interés”, donde explicita y claramente se declaraba que al sr. álvaro molina, de treinta años, soltero, licenciado en economía, viviendo y trabajando en boston durante cinco años y con un nivel alto en inglés y alemán, le gustaba vestirse de mujer. álvaro molina le arrebató la hoja y releyó la frase un par de veces hasta que se le nubló la vista. notaba que le apretaba la corbata, le molestaba la chaqueta y le faltaba el aire. pasaron unos segundos más en los que no se le ocurrió nada qué decir, ni tan siquiera levantar la mirada del maldito currículum. 
-la verdad – declaró derrotado al final - es que no sé cómo ha llegado esto aquí. 
el señor alejandro rojas respiró aliviado. quizá no era tan cretino como había imaginado, aunque a él tampoco le quedaba claro como alguien que parecía tan profesional y preparado hubiera cometido un error tan torpe. 
-no se preocupe. estoy seguro de que no se dio cuenta cuando escribía su currículum. estas cosas pasan. - mintió también él. 
-sí... desde luego, una equivocación. estaría pensando en… bueno, da igual. lo siento muchísimo. puedo reescribirlo de nuevo y enviárselo hoy mismo. 
-creo que no hará falta. ignoremos este contratiempo y si le parece bien, continuemos con la entrevista. 
álvaro molina hubiera querido replicar que no era necesario. que mejor se marchaba a su casa y se olvidaban de todo el asunto, que habrían otras personas más preparadas que él y que en realidad ya no deseaba entrar en la empresa. ya sólo quería salir a la calle, aflojarse la corbata, respirar aire fresco, secarse las manos de nuevo y beber un poco de agua. 
-por supuesto, continuemos - mintió por segunda vez.
el resto de la entrevista fue un breve formalismo en el que el señor alejandro rojas intentó concentrarse y escuchar con atención las respuestas inconexas y balbuceantes que álvaro molina iba aportando, pero cada vez que le miraba, a través de sus gruesas gafas, no podía evitar preguntarse cómo le sentarían unos tacones de diez centímetros. 

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