15 octubre 2013

poca cosa

es martes por la noche. las diez y diez. mi madre y yo esperamos que empiece el programa ése del hermano que busca a su padre después de quince años de no saber de él o de la hija que acaba de conocer a su madre biológica. es el que más nos gusta de todos y por eso, antes de que comience, preparamos las palomitas y sacamos un par de coca-colas con mucho hielo, tal y como nos gusta tomarla. mi madre se sienta en el sillón viejo, el que está ya roído por las esquinas, y yo me estiro en el sofá de dos plazas, los pies descolgados y desnudos. ella me advierte de que cogeré frío y me resfriaré. yo levanto la mano y la agito al aire, como diciendo que se calle, que está a punto de empezar el programa. ella suspira y coge una lata que sorbe ruidosamente.
-ssssssshhhh. 
ella deja la lata en el reposabrazos y, con la mano encima de su boca, eructa. 

la presentadora, una mujer joven que bien podría ser de mi misma edad, aunque esto es lo único que tengamos en común, espera el final de los aplausos, sonríe y da la bienvenida a los espectadores en el plató y en casa. a continuación explica muy brevemente las historias que nos tienen preparadas para esta noche. en todas ellas mi madre va soltando un “vaya por dios” o un “oh, no” o un “qué terrible”, como si fuera la primera vez que viera el programa y no estuviera ya habituada a tantas personas que buscan a tantas otras. siento un poco de frío en los pies, así que me acurruco por pereza a levantarme y coger unos calcetines. mi madre toma otro sorbo, esta vez en silencio, aunque vuelve a eructar. 

la primera historia es la de arturo y rosalia, que entran cogidos de la mano, un tanto perdidos, sin recordar en qué lugar debían sentarse. la presentadora acude en su ayuda al ver que están a punto de salir de plano. miro de reojo a mi madre. algunas veces llora con los invitados. se emociona cuando las familias se perdonan y se abrazan. siempre dice que la familia es lo más importante y que debería llamar a mis primas para saber cómo están. no las llamo nunca porque me da igual cómo estén. arturo y rosalía buscan a un tercer hermano. yo no tengo hermanos. mi madre tiene dos, rita y amalia, a las que ve de tanto en tanto a pesar de ser vecinas. las palomitas se han enfriado y algunas están totalmente carbonizadas. a medida que la historia de los tres hermanos avanza, el cuenco se va vaciando y mi madre se va poniendo más nerviosa. asegura que la historia no va a terminar bien. yo le digo que se calle porque cada vez que abre la boca para opinar me pierdo algún detalle. ella se calla, pero sólo un rato. efectivamente, tal y como ella pronosticaba, no termina bien: el tercero de los hermanos no ha querido saber nada de los otros dos, pero al menos, exclama mi madre, ahora podrán dormir tranquilos sabiendo que han hecho todo lo posible. 
-antes de seguir con la siguiente crónica - informa la presentadora – vamos cinco minutos a publicidad. no se muevan, volvemos enseguida. 
mi madre se levanta y desaparece por el pasillo. ha terminado su lata de coca-cola. yo hago lo mismo con la mía y grito que me traiga otra. 
-¡y un poco de chocolate! – añado. 
a su vuelta me lanza unos calcetines gruesos de rayas verdes, pero ha olvidado el chocolate. dice que no ha escuchado nada. yo niego con la cabeza porque sé que no es verdad. sólo cuando le conviene dice que no me ha escuchado, o que no sabía. se sienta de nuevo, abre su lata y vemos los anuncios porque el mando a distancia está en la mesilla y ninguna de las dos alcanza a cogerlo. tampoco importa mucho. a lo que encontremos algo interesante en alguna otra cadena ya habrá comenzado el programa, así que siempre miramos los anuncios. 

-¿es que no te vas a poner los calcetines? – me recuerda. 

la segunda historia termina mejor. las dos partes acceden a conocerse, y aunque les distancien miles de kilómetros, prometen, delante de las cámaras, mantener el contacto cueste lo que cueste. la presentadora, ahora más sonriente aún, les acompaña hasta el pasillo por donde se despiden jovialmente y desaparecen. escucho los sollozos de mi madre. con una mano apoyada en la mejilla intenta ocultar en vano una lagrimilla que resbala hasta su escote. como más palomitas y pienso en la tableta de chocolate que sigue en la nevera. 
el teléfono suena justo después de que hayan presentado a los siguientes invitados. es extraño que suene, ya de por sí, y mucho más a estas horas. 
-¿quién será? – pregunta ella, sin moverse del sillón. 
me levanto con lentitud. me duele un poco la espalda de la mala postura en la que me he tumbado. mi madre me apremia y contesto que puede ir ella misma si tanta prisa tiene. al dejar su lata en el reposabrazos, ésta cae y el líquido mancha parte del tapizado, de la bata y del parqué. 
-¿ves lo que has conseguido? – chilla al tiempo que yo descuelgo el teléfono. 

noto el suelo helado y encojo los dedos de los pies tanto como puedo. tal vez haya habido algún accidente o haya fallecido algún conocido o alguien nos esté buscando para acudir a un programa de la tele. no suele llamarnos mucha gente. 
-¿sí? ¿dígame? 

cuando vuelvo al salón mi madre está todavía intentando quitar la mancha del sofá, pero ha desistido con la de la bata y ahora, además del lamparón de coca-cola, hay a su alrededor una enorme mancha de agua. me pregunta quién era, aunque sigue con más interés el programa que mi contestación. me estiro de nuevo en el sofá y justo entonces recuerdo que he olvidado el chocolate. hay una actuación. es un cantante muy conocido, el artista favorito del invitado, que se llama rodrigo y tiene un tic nervioso en el ojo derecho, aparte de una enfermedad degenerativa que la presentadora explica por alto. el chico va acompañado de sus padres, dos personas ya mayores. o quizá es que la enfermedad de su hijo les ha envejecido más rápidamente. rodrigo, absorto, como mi madre, contempla a su ídolo con lágrimas en los ojos. ella al menos no llora, pero sigue el ritmo de la melodía con la cabeza y tararea algunas palabras inventadas del estribillo. 
-ssssshhhhh. 
-¿qué pasa ahora? ¡si no están hablando! 
-me molesta. 
ella se calla, pero el ruidito que hace al masticar también me pone nerviosa y al final me reincorporo, cojo el mando y subo el volumen hasta que consigo silenciarla. no dice nada. parece que no se ha dado ni cuenta. cuando el artista termina de cantar la presentadora agradece su colaboración en el programa y le hace un par de preguntas sobre su carrera profesional y todo el éxito que ha conseguido en los últimos años. mientras, rodrigo, al lado del cantante, solloza y su madre le seca los mocos que él no puede quitarse. las cámaras lo enfocan unos segundos y luego vuelven a la sonrisa de la presentadora. cuando poco después despiden a los tres. rodrigo, mediante titubeantes muecas y algún movimiento leve de cabeza, asegura que este ha sido el día más feliz de su vida. el cantante le abraza por fin. mi madre, ahora sí, también llora. el programa termina después de la quinta historia. siempre hacen cinco, ni una más ni una menos. creo que esta última es la que menos le ha gustado a mi madre porque en algún momento la he visto cabecear y sólo cuando ha sonado la melodía final del programa ha parecido desvelarse de repente. 
-bueno… - dice haciendo un esfuerzo para reincorporarse y recoger el bol de palomitas vacío. 
apago la tele y la estancia se queda a oscuras. antes de que mis ojos se acostumbren a la penumbra de la habitación, tropiezo con la esquina de la mesilla y cojeo aparatosamente hasta mi cuarto. cierro la puerta y me siento en la cama. tengo un rasguño en la rodilla que humedezco con saliva abundante. oigo los pasos de mi madre a lo largo del pasillo hasta llegar a su habitación y desde allí vocea un “buenas noches” que me llega amortiguado a través de las paredes finas que nos separan. me tapo con la manta y me estremezco con el contacto de las sábanas frías y un poco húmedas. me acuerdo de los calcetines gruesos de rayas verdes, que imagino siguen en el suelo del salón, y de la tableta de chocolate. 

8 comentarios:

  1. ¿Y cuál es la historia? Dos personas sin nombre, hija y madre, que cuando cogen el teléfono la una está pendiente de la tele y la otra sólo piensa en si le va a pasar una historia de película. Que haya fallecido alguien o un accidente. Pero no, el mayor circo de la pantalla ocurre en el lado de acá. En la parte que no sucede nada. Bueno, que se olvida el chocolate y los calcetines.

    La pregunta que se me ocurre es, ¿de qué lado estamos nosotros? Esto de leer a veces es como una televisión refinada.

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  2. Pequeñas secuencias de cotidianidad, pulcra lasitud...desesperanza.

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  3. Yo encuentro el placer de la historia en el placer de los detalles(ese rasguño ensalivado es una delicatessen literaria). Y luego está que la historia nos dé ingredientes y nosotros la terminemos de cocinar. En realidad la historia ya está hecha, sólo miramos la olla, el sentido último de cada historia es la interpretación que le da cada lector. A mí me han transmitidoe stos dos personajes casi lo mismo que a Ánima. Especialmente, insisto, esas secuencias impagables de cotidianidad tan bien retratada marca de la casa.

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  4. Estos frescos cotidianos que pintas, muy a menudo me provocan una extraña angustia. Quizás sea por la aprensión que tengo hacia la rutina, o por la familiaridad del texto. Sea como fuere, me fascina tu capacidad de inventiva. Escribes como si hubieses vivido 7 veces. Aunque bueno, leer ayuda a ello, y no nos obliga a convertirnos en gatos.

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  5. Aprende a puntuar, la RAE te ayudará.
    La historia... me esperaba algo más.

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  6. También le podemos preguntar acerca de puntuación a Faulkner, McCarthy o cualquier otro que puntúe como le salga del ojal.

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