27 octubre 2013

Eulalia se colgó el bolso y salió del bar para que nadie pudiera ver que estaba a punto de echarse a llorar. No quería que las lágrimas sofocaran su furia. Se mordió los labios y echó a andar, casi a correr por el Paseo del Prado. Alguien se acercó a Jorge para proponerle tomar una copa en otro sitio. Tendría que haber dicho que no y salir corriendo a buscarla pero se dejó llevar por lo más fácil. Sabía cómo transcurriría la noche aunque aún no la había vivido, como si estuviera ya escrita y sólo hubiera que seguir los renglones con el dedo índice: irían a tomar una cañas ya picar algo a la Taberna de la Dolores, subirían luego la calle Huertas hacia la plaza de Santa Ana y entrarían en el Café Central. Allí se tomarían uno, dos, varios gin tonics. Y si hubiera algún grupo tocando jazz, el alcohol le ayudaría a cerrar los ojos, a creer que la música entraba dentro de uno subliminando cualquier dolor sentimental. Se imaginaría a sí mismo escribiendo una novela, se imaginaría la historia misma, la música de las frases, que se parecería a la música que estaría escuchando. Empezaré mañana mismo, se diría, o esa misma noche. En algún momento había que poner en marcha ese mecanismo adormecido de la ambición. El alcohol y la música harían su trabajo, como siempre, dispararían los mejores deseos, los que le llevan a uno a pensar que puede hacer cosas grandes, que de pronto tiene la voluntad que le faltaba, y que esa voluntad no va a fallar al día siguiente. Pero luego, el nivel de los grandes propósitos iría bajando, en cuanto salieran a la intemperie, fuera del encanto de la música. Los sentidos irían apreciando poco a poco, según los mejores efectos del alcohol se transformaran en los más desagradables, la vida tal y como es, ajena al amparo de las luces matizadas y de las baladas melancólicas. Se metería en un taxi. Subiría en el ascensor evitando mirarse al espejo. Y, al fin, se derrumbaría en la cama. Pero lo más terrible llegaría unas horas después, cuando la luz cruel de la mañana entrara en el cuarto, en el que desde hacía un año se había caído la cortina y no había sido capaz ni de colocar la barra. Sabía perfectamente cuál sería entonces su primer pensamiento: crees que estás en el centro del mundo y no estás en el centro de nada.

Algo más inesperado que la muerte, E. Lindo

6 comentarios:

  1. Un texto, lo que se dice, inspirador.

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  2. El Café Central y su más que apreciable aroma a añejo ayudaría, sin duda, a modelar algún que otro castillo en el aire, por más que éste se nos cayera encima con los primeros signos de realidad...más que inspirador, el texto es desolador...vivir es mucho más fácil cuando quieres hacerlo que cuando te empeñas en no ver más allá de tus propios ojos...

    Abrazo, hilia.

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  3. Para no decepcionarme mucho siempre he creido que estoy enlos margenes del mundo o entre lineas. En el centro hay mucha presion y siempre esta lleno.

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  4. El texto redime a la protagonista; y a la autora, y a nosotros. Me gusta.

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  5. No intentarlo es la forma de pensar que siempre podríamos haberlo logrado.

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  6. No quedarse nunca en la estacada.
    Qué grande Elvira.
    Besos más abrazos wapita

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