31 agosto 2013

Esa división de la atención de Nailles durante el culto había comenzado en la infancia, cuando pasaba casi todo el tiempo en la iglesia examinando las figuras capturadas en el grano de la madera de roble. Bajo ciertas iluminaciones y disposiciones mentales, parecían bastante coherentes. Había una carga de jinetes mongoles en el tercer banco de la derecha, junto a la pila. En el banco de delante se vía un ancho lago (algún tipo de extensión de agua) con un faro en una península. En el banco del otro lado del pasillo había una batalla, y en el de delante, lago así como un rebaño de reses. Esa falta de concentración no inquietaba a Nailles, que no tenía previsto desprenderse del atrio de su cuerpo mortal ni de su memoria. Su interés por la iglesia seguía siendo al menos parcialmente prosaico, y esa mañana de invierno advirtió que la señora Trenchman persistía en su particular versión competitiva de fervor religioso. La señora Trenchman era una conversa reciente (había pertenecido a la iglesia unitaria), y estaba más que orgullosa de su dominio de las respuestas y formalidades del servicio; era combativa. Nada más oír la voz del sacerdote en la sacristía, se ponía en pie y empezaba a disparar su amenes y sus gracias con voz firme y resonante, bastante antes que el resto de la congregación, como si participara en algún tipo de carrera eclesiástica. Sus genuflexiones eran profundas y elegantes, su credo y su confesión eran literalmente perfectos, su agnusdéis era sentido y, si le salía competencia, como a veces sucedía, añadía un par de señales de la cruz, como prueba de la superioridad de sus devociones. La señora Trenchman era una ganadora. 

Bullet Park, J. Cheever

2 comentarios:

  1. Qué mal hice en comenzar a Cheever por su novela carcelaria y seguir sin leer uno solo de sus cuentos que lo hicieron famoso. Ahí es dónde explica mucho en poco, como Carver.

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  2. Un "iluminao" maravilloso. Merci por compartir.

    Abrazo wapa

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