02 agosto 2013

no es que el libro sea malo, tampoco lo es la música que suena en su reproductor. es que hoy va a ser un día complicado y sabe que no le será fácil concentrarse en nada más que no sea en césar y en ese ticket arrugado y con las puntas dobladas hacia arriba que ha encontrado esta mañana en el bolsillo de su chaqueta; dos vinos y dos gin tonics, pagados a las 23:47 en un bar donde ella no ha estado jamás. sabía que no tenía que rebuscar entre sus cosas, lo sabía perfectamente, esto denota una falta de confianza en la pareja y si césar se enterara algún día negaría con la cabeza y le diría que está decepcionado, haciéndola sentir ridícula y culpable. pero después de tres jueves consecutivos de llegar más tarde de lo habitual, de pasar los fines de fumando en el balcón pendiente del móvil y de apartar su mano cada vez que ella había comenzado a acariciarle la rodilla, sólo pueden inducir a pensar que está con otra. tal vez no sea nada serio, puede que sea sólo un lío de esos de una noche y que hoy, viernes, después de los vinos de ayer él haya tomado la decisión de terminar con la otra. puede incluso que no sea nada de esto y que, tal y como ha asegurado alguna vez estos días, tengan una temporada de mucho trabajo y se viera obligado a salir con los nuevos clientes. a pesar de todos los argumentos con los que ella misma se intenta convencer, sigue con la mirada clavada en el libro abierto del revés, intentando imaginar cómo será la otra y cuándo se lo piensa contar. 
-perdona, ¿vas a bajar? – le pregunta una señora pintarrajeada y que desprende un intenso olor a un perfume dulzón y empalagoso. asiente, sin casi mirarla, cierra el libro y avanza hacia la puerta junto a otra decena de personas que se arremolinan para ser los primeros en salir. camina arrastrando los pies, encorvada, sin darse cuenta que entorpece el paso de los que se han levantado con más entusiasmo para dirigirse, probablemente, a sus puestos de trabajo. si pudiera elegir, ella no iría. no se siente con ganas ni energía para aguantar ocho horas de reuniones , llamadas y problemas que ahora mismo le parecen insustanciales. aunque tampoco volvería a su casa, con césar, así que consciente o inconscientemente, sigue la ruta de cada mañana, sube escaleras, espera, se mete en otro vagón, busca un asiento libre con la mirada, se sujeta a la barra de la plataforma, abre de nuevo el libro y no puede evitar asociar las letras menudas de las hojas amarillentas con las letras menudas del ticket arrugado del bar. cuando por fin llega al edificio que se alza en el número cuarenta y dos de la calle molina, ha sacado su pañuelo un par de veces, sólo para no arruinar el maquillaje que, sin demasiado éxito, se ha aplicado esta mañana para disimular sus ojeras. antes de entrar se detiene a unos metros de la puerta. algunos de sus compañeros la saludan desde lejos y ella les devuelve el saludo con una sonrisa apagada y un leve movimiento de cabeza. 
-qué mala cara tienes, chica. ¿no has dormido hoy? – le dice una de las traductoras de la segunda planta. 
guadalupe no contesta. la chica se aleja taconeando con gracia, sin esperar respuesta alguna. nerviosa y con el pañuelo aún en la mano, busca el número de césar en el móvil. lo imagina todavía durmiendo, tal y como le ha dejado hace una hora. no se ha atrevido a despertarlo, ni tan siquiera para desearle los buenos días, algo impensable tan sólo hace unos meses. cuando su número aparece en pantalla, acerca su dedo a la tecla de marcar, pero desiste en el último segundo, puede que más tarde, cuando haya despertado y sea mejor momento para hablar, o al menos tantear la situación. guarda el pañuelo húmedo en su bolsillo y mira hacia el logo plateado y brillante del edificio número cuarenta y dos.

-el problema, lupi – le explica rafa, gesticulando con exageración, como hace cada vez que se siente con la ventaja de poder aleccionar a los demás – es que tú no te enteras de nada y cuando por fin lo haces, ya es demasiado tarde. 
-así pues, ¿crees que está con otra? rafa suspira y pone los ojos en blanco. 
-ay, lupi, lupi… guadalupe no puede contener las lágrimas. 
-¿vas a llorar otra vez? anda, sal un rato, date una vuelta a la manzana, tómate un café y vuelve cuando te hayas tranquilizado. aprovecha ahora que está la cosa calmada. 
ella se levanta de su silla y con la mirada aún nublada y los ojos enrojecidos, coje otro pañuelo de su bolso y se dirige al pasillo para esperar el ascensor. tarda apenas unos segundos en llegar a su planta y cuando las puertas se abren se topa con el vicepresidente de la compañía, que, sin casi desviar la vista del espejo, susurra un “buenos días” grave. en un gesto reflejo, ella baja la cabeza, no tanto por la incomodidad de compartir un espacio tan reducido con él, sino por la intención de querer ocultar la hinchazón de los párpados. 
-buenos días – contesta y a continuación carraspea, como si necesitara aclararse la voz para decir algo más, aunque se queda callada y clava la mirada en sus propios zapatos. 
el hombre desprende un olor fresco pero intenso, una mezcla de limón y lavanda que a guadalupe le recuerda el acondicionador que usa en su casa. es alto y delgado, con el pelo canoso, peinado hacia atrás, luce un moreno permanente durante todo el año y viste casi siempre con traje gris oscuro y camisas de color pastel. a pesar de que ella iba hacia abajo, el ascensor sube hasta la sexta planta. se cuida mucho de hacer ningún comentario y por unos segundos se olvida de césar y de su nudo en la garganta. justo antes de que las puertas del ascensor se abran suena el móvil de él. ella se aparta un poco, como si no quisiera entrometerse en una conversación que no le incumbe, aunque con el espacio tan limitado, lo único que consigue es arrimarse a la puerta de salida, de una forma un tanto cómica. el vicepresidente mira la pantalla y contesta rápidamente con voz firme: 
-hola. claro, sí. bien. acabo de llegar y no todavía no lo he visto, pero ya te dije ayer que no, que si lo hacemos de esta forma nos arriesgamos demasiado a que el clientes nos... ¿hola? ¿hola? ¿sigues ahí? vaya… la cobertura – dice, como si hiciera falta justificarse. 
por primera vez se miran. ella sonríe un poco, asiente con la cabeza e inmediatamente vuelve a mirarse los zapatos. piensa que él se habrá extrañado de sus ojos hinchados y se lleva una mano a la ceja, ocultando más aún su cara. cuando él sale del ascensor su móvil vuelve a sonar. -perdona, estaba en el ascensor y se ha cortado. te estaba diciendo que no podemos… su voz se va apagando con cada paso que da hacia su despacho. cuando las puertas se cierran, lo callan definitivamente. ella pulsa rápido la tecla cero, resopla y se mira en el espejo. niega con la cabeza y de nuevo siente ese nudo en la garganta que le oprime la respiración y los pensamientos. 

una noche, muy al principio de haberse conocido, cuando aún no llevaban ni dos meses juntos y ninguno de los dos se veía con el derecho a exigir demasiado del otro, césar le contó que, durante un tiempo, había estado con una mujer casada. a ella le sorprendió. no esperaba que él fuera de ésos, aunque tampoco hubiese sabido describir demasiado bien cómo eran ésos. césar parecía el tipo de persona que desde bien pequeño había aprendido a no pasarse de la raya mientras pintaba y desde entonces había seguido haciendo lo correcto porque era lo que conllevaba menos problemas. y eso era una de las cosas que le había gustado de él. imaginarlo con una mujer casada le borró parte de esa imagen de persona prudente y apocada. ella, movida por la curiosidad ante el nuevo césar, quiso indagar más sobre el asunto, pero él la cortó enseguida. ella reculó y se abrigó con las sábanas hasta la cintura, a pesar de estar en pleno verano. 
-no es algo de lo que me sienta muy orgulloso – se excusó él. 
-ya. 
-no lo supe hasta al cabo de un tiempo. ella me mintió y lo descubrí un día, por casualidad. 
-vaya. ¿y la dejaste cuando te enteraste? 
-bueno, no. estuvimos unos meses más hasta que… 
-¿hasta que…? 
-hasta que el marido se enteró también. luego ella me dejó. 
guadalupe sintió lástima por él. lo imaginó triste y deprimido, recordando a la mujer casada, recreándose en las horas que ella pasaría con su marido después de la reconciliación con éste, y siendo él relegado al olvido, a una aventurilla sin importancia, a un torpe desliz, a un capítulo cerrado. a la mañana siguiente, cuando césar la despertó con tostadas, café y su mano deslizándose por entre su camiseta, ella se olvidó por completo de la mujer casada y así continuó hasta hoy, hasta ahora. y mientras da la vuelta a la manzana, ligeramente mareada, incapaz de tranquilizarse, maldice a su marido porque es consciente, por primera vez en la vida, de que si lo hizo una vez puede volver a repetirlo. 

-¿ya has vuelto? tienes mejor cara – miente rafa al verla. 
-ahora lo veo claro. está con otra. lo veo tan claro que no sé cómo he sido tan idiota todo este tiempo. voy a llamarle. 
-bueno, más vale tarde que nunca, pero ni se te ocurra llamarlo, lupi. ¿qué vas a decirle? no mujer, no. estas cosas se hacen cara a cara. no le des la oportunidad de que pueda colgar y escaquearse del asunto. o peor aún, de tener tiempo para pensar e inventarse una excusa y al final parecer que seas tú una histérica controladora. no lupi, estas cosas no se hacen por teléfono. ¿sabes lo que te quiero decir? 
ella asiente y mira la pantalla del móvil. de nuevo ese maldito nudo en la garganta que le nubla la vista. le hubiera gustado encontrar un mensaje, aunque fuera breve, una llamada perdida, algo, pero lo único que ve es la hora, las 10.22 de la mañana, y que apenas la queda un 20% de batería. 
no se concentra. no hay forma. no le salen los números, se equivoca con los comunicados, pasa mal las llamadas, se echa el segundo café encima y se quema el dorso de la mano. por si todo esto no fuera poco, las horas no pasan y el móvil, en silencio, parece mantener un victorioso pulso con ella. cuando no han pasado ni dos horas, se excusa otra vez y sale del despacho. de fondo, el ruido de los teléfonos, las voces chillonas y las risas de sus compañeros, la ponen aún más nerviosa y susceptible. aprieta las mandíbulas y el botón del ascensor repetidamente, como si esto asegurara su llegada inmediata. cuando se abren las puertas, con una lágrima rebotando en su camisa azul, aparece de nuevo el vicepresidente, menos repeinado. la oleado de limón y lavanda también se ha evaporado un poco, pero sigue siendo fresca y agradable. 
-vaya, qué casualidad. – dice él, previsiblemente - el día que nos busquemos, no nos encontraremos. 
guadalupe se limita a sonreír, sin ganas ni convicción. en realidad duda mucho de que algún día él se vea en la necesidad de buscarla y se pregunta si en el caso extremo de que así fuera, sabría cómo se llama y en qué departamento trabaja. el vicepresidente le pregunta a qué piso va y marca de nuevo el cero. esta vez los dos hacen el trayecto callados, él aflojándose un poco el nudo en la corbata. ella, contando los pisos que faltan y deseando poder descansar la cabeza en el hombro de césar. 

qué habrá podido pasar, se pregunta sentada delante del segundo café, el sustituto del que hace un rato se ha tirado encima. las cosas parecían ir bien, no habían llegado aún a ese punto de tedio y conformismo al que se llega tarde o temprano, y de hecho, fue él quien no hace mucho tiempo propuso hacer un viaje largo en verano. ¿o era precisamente ese viaje el indicativo de que césar ya había llegado a ese estado de aburrimiento? ¿habría sido tan ciega de no darse cuenta antes, como decía rafa? tal vez todavía está a tiempo de ir a comprar una guía, la que fuera: la costa báltica, vietnam, marruecos. pero luego se acuerda del ticket, de su móvil sin mensajes, ni llamadas perdidas. y de la otra. y sorbe el café, se quema la lengua y rompe a llorar en medio del bar, esta vez sin apretar las mandíbulas ni contenerse. los clientes de las mesas más cercanas intentan mirar hacia otro lado para dar a la mujer un poco de privacidad. los más alejados la miran sin disimulo alguno. “llámale, no seas tonta. seguro que es todo un malentendido y no hay nada de qué preocuparse. qué sabrá rafa de todo esto. él no tiene ni marido. ni mucho menos pareja. qué sabrá si en su vida ha conseguido mantener una relación de más de una semana. llámale. deja de montar el numerito en el bar y habla con él”, se repite una y otra vez, mientras consigue detener el llanto y amontonar las monedas del café encima de la mesa. 
de vuelta al despacho, decidida a ignorar a su compañero y con la esperanza de que una palabra de césar consiga aniquilar todos los demonios de su cabeza, coge el móvil y busca su nombre nerviosamente. rafa niega con la cabeza y se queda plantado delante de ella. son las 10.50. a estas horas ha tenido tiempo de levantarse y debería estar en el trabajo, piensa cuando el teléfono comienza a sonar. no le dirá nada. sólo “hola, cómo estás, no quería despertarte porque te escuché llegar tarde”. podría estar en una reunión. no, mejor no mencionar nada de la noche anterior. o podría haber salido un momento con unos clientes, los mismos que tuvo que atender ayer por la noche. simplemente le dirá “hola”. o mejor aún “hola, ¿vamos al cine esta tarde?”. o unos clientes nuevos. ahora tienen mucho trabajo y también nuevos clientes, recuerda que le repite él incansablemente cuando ella insiste en el poco tiempo que pasa en casa. “hola, necesito que hablemos”. o podría estar tomándose una ducha, después de haber llamado a la otra “ven un rato, anda, que guadalupe está trabajando y no llegará hasta las seis”. “hola, no puedo más”. 
-¿lo ves? ya te lo decía yo. no era una buena idea – afirma rafa cuando ella cuelga después de escuchar el tono intermitente durante un buen rato. 
vuelve a intentarlo al mediodía, cuando rafa no está y puede llorar a gusto encima de los papeles que debería estar archivando. también llama a casa y escucha el mensaje que grabó en su día, con voz risueña y despreocupada, para luego colgar y continuar con su llanto y una larga lista de insultos. 

-no me encuentro bien- informa a su jefe a las tres de la tarde. 
él la mira por encima de sus gafas redondeadas y gruesas. es un hombre regordete y estricto que aborrece las excusas y las enfermedades de poca gravedad que se resuelven con una aspirina. 
-haga lo que considere oportuno. – masculla, volviendo inmediatamente a los papeles que estaba revisando. 
ella regresa a su puesto y después de dudar unos minutos, recoge sus cosas y se despide de sus compañeros. rafa asegura que la llamará más tarde, aunque los dos saben que no lo hará. el aire fresco de la calle, o quizá saber que en pocos minutos estará en casa y podrá, tal vez, desenredar el nudo de su cabeza, hacen que se ponga a temblar. 
para cuando lo reconoce, a escasos metros, es demasiado tarde para cruzar la calle sin que parezca que le está evitando. aun así, al pasar por su lado él la ignora por completo. camina rápido, gesticulando y negando con la cabeza mientras vocifera por teléfono algo sobre horarios que se solapan y escalas de dos horas en el aeropuerto de frankfurt. ha perdido sus buenas formas y el olor a limón y lavanda ha desaparecido completamente. guadalupe observa su expresión crispada, el traje arrugado y la corbata manchada. siente pena por él y siente pena por ella. 
“una guía de viaje, eso es.” susurra, mientras baja las escaleras apoyada en la barandilla y el agradable calorcillo de la estación la reconforta momentáneamente. 

2 comentarios:

  1. Es como si conociera a Guadalupe o a alguien que se le parece mucho. O como si fuera todo el reflejo de algo que me ha ocurrido a mí alguna vez. Porque a ver quién no se ha sentido morir alguna vez en un mar de dudas. Y cuantos han tenido razón por dudar. Y cuantos no. Si se puede tener pesadillas estando despierto, este cuento explica una manera perfecta de hacerlo...

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  2. Sergio siempre lo clava, sus comentarios son magníficos, y es que es así, a ver quién es el humanoide que no siente cada día, de una a mil dudas, yo desde luego, navego siempre en ese mar en cuanto a situaciones y emociones; en mi trabajo, aunque también se asoman, ahí, no me lo puedo permitir, acción, reacción y que no se escape.

    Besos preciosa

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